JONATHAN LETHEM Y LA NOVELA ESTADOUNIDENSE
Cruces y recorridos en Chronic City
Por Elvio E. Gandolfo
LA ÚLTIMA novela de Jonathan Lethem,
Chronic City, es la culminación de una búsqueda narrativa que ya tiene varios
libros en su haber. La "ciudad crónica" del título es Nueva York.
Pero una Nueva York a la vez conectada con
y distinta a la real. Todo comienza cuando el narrador, Chase Insteadman (ex
"actor de serie" infantil de televisión) se encuentra en la vereda de
la Criterion Collection con Perkus Tooth. Quien narra va a interpretar la voz
de Von Tropen Zollner, un director de culto, para un film noir
"perdido" de los años 50: La ciudad es un laberinto. En cuanto lo conoce,
Perkus le empieza a hablar de otra película extraña, donde intervino el
conocido Werner Herzog, junto al desconocido director Morrison Groom.
Ya en esas primeras páginas hay una mezcla
equilibrada de realidades e invenciones. La Criterion Collection difunde
ediciones en DVD de clásicos y rarezas, y es muy respetada por los cinéfilos
del mundo entero. Habría que zambullirse en Internet Movie Data Base para saber
si existen los films de los que hablan Insteadman y Tooth. Pero el sortilegio
del estilo de Lethem lleva a seguir leyendo, y dejar los fanatismos
"dateros" para más tarde. El título con la frase "la ciudad es
un laberinto" describe bien el proyecto y el logro del libro. Otra frase
suena a convicción estética: "el horizonte de la vida cotidiana era un
ensueño masivo: por debajo de él quedaba todo lo que importaba".
El personaje de Perkus Tooth va siendo
construido con esmero a través de la novela. Es al mismo tiempo una especie de
marginado total y de sabio no interesado en la autopromoción. En principio se
lo podría acusar de "nerd" o "freak", pero en seguida
revela mucho más: "Puede que Perkus Tooth tuviera un ojo loco, pero casi
servía de advertencia para que no subestimaras sus escrúpulos, la atención con
que se mantenía en el lado bueno del escepticismo del oyente, realizando esos
ajustes minuciosos que constituyen la firma de la cordura: la realpolitik
interpersonal de la persuasión. El ojo estaba loco y el resto de él era casi
acerado". A medida que va creciendo su estatura y complejidad, recuerda a
distintos críticos culturales que saben descubrir los recovecos insondables de
los géneros populares, y elaborar conceptos generales alternativos a los
obvios: Greil Marcus (el autor de Rastros de carmín), o Manny Farber (Arte
termita contra arte elefante blanco), o el periodista y ensayista
"gonzo" Hunter S. Thompson, entre otros. En menor medida, también el
propio Jonathan Lethem, que ha publicado decenas de artículos sobre temas tan
variados como la utilidad del plagio, H. P. Lovecraft, el director John
Carpenter o Philip K. Dick (de quien compiló tres tomos de novelas en la
prestigiosa Library of America). Perkus Tooth agrega el aspecto físico un poco
ruinoso del músico Tom Waits en su primera época.
Tampoco cuesta mucho asociar el narrador
al propio Lethem, aunque se ocupe de diferenciarlo de diversos modos. Para él,
alguien como Perkus es una especie de Virgilio en el mundo de la cultura, que
está muy cerca del mundo esencial a secas: "Con sus peroratas, sus
entusiasmos, en sus aportes abruptos e improbables, Perkus me llevaba al mundo
dentro del mundo".
ANTES.
En castellano se han traducido varios
libros de Lethem. Hay dos novelas cortas: Cuando Alice se subió a la mesa y
Todavía no me quieres. La primera tiene puntos de contacto con la ciencia
ficción, aunque sin entrar del todo en ella. Es una historia agridulce de amor
necesariamente frustrado: en un campus universitario el narrador ve cómo su
novia, investigadora de física, se va alejando de él, enamorada de "una
anomalía espacial generada artificialmente". El tono es leve, aunque la
angustia se filtra poco a poco, sin llegar a la desesperación. Todavía no me
quieres, por su parte, cuenta a través de un personaje femenino el armado y
disolución de un grupo de rock, que se cruza con temas tan diversos como la
industria y la manipulación cultural, la contradicción entre el amateurismo y
lo profesional, entre la juventud y la veteranía. Si algo une a ambas novelas,
separadas por una década, es la construcción de un estilo sutil, cargado de humor
y encanto pero también de suave ironía. Ese estilo no se detiene ante la
soledad, o incluso la depresión, pero tampoco ante la euforia o el goce,
distante de la ciclotimia o la bipolaridad.
En la década entre esas dos novelas cortas
Lethem escribió dos novelas más largas, también traducidas al castellano:
Huérfanos de Brooklyn, que elabora una historia policial, mezcla de creación
personal y homenaje al género, y La fortaleza de la soledad, que supera las 600
páginas. Tiene que ver con su infancia y adolescencia, bucea la realidad en
profundidad y con recursos diversos, con hincapié en el aspecto racial de la
amistad entre un niño blanco y otro negro, pero de algún modo es un nuevo
intento de Gran Novela Americana (obsesión de esa literatura nacional). Le ganó
a Lethem cierta atención académica y el respeto de la crítica más asentada.
Chronic City fue en cambio un salto de libertad, perfeccionado por su extensión
intermedia (alrededor de 450 páginas) y por su alto grado de logro en lo que
buscaba. Es además el libro donde más ritmo y rendimiento tiene su capacidad
para elaborar un estilo literario flexible, entre informativo y poético, teñido
con una melancolía controlada (J. G. Ballard es una influencia notoria).
DURANTE.
A partir del primer encuentro en la vereda
de la Criterion Collection la amistad entre el francotirador crítico y la ex
celebridad televisiva crece, se complica, los lleva a entendimientos y
distanciamientos. La novela se va poblando además de personajes inolvidables,
con nombres a menudo extraños. Y sobre todo va creciendo la ciudad misma, una
Manhattan con una zona de niebla perpetua, y un tigre entre metafórico y real,
que destruye edificios o vidas. Un conjunto de calderos con características
místicas enreda a los personajes en aventuras que incluyen una prolongada
fiesta en casa del alcalde de la ciudad.
Las búsquedas multiplican esos
"no-lugares" donde una ciudad parece desmentirse a sí misma, a veces
no muy lejos del centro: baldíos, callejones, bruscos manchones casi rurales, o
arcaicos. De a poco Perkus revela sus zonas en crisis (la sentimental o sexual
es una de ellas), mientras se despliega el noviazgo casi mediático entre
Insteadman y Janice Trumbull, una astronauta que contrae cáncer estando en la
luna. En un momento de fastidio Perkus comenta desde su soledad empecinada:
"A ti las mujeres te caen de las ventanas, de los árboles, tienes mujeres
hasta en la Luna, Chase. No tienes ni idea de lo diferente que puede llegar a
ser para mí. Tú eres un actor, una nopersona redomada".
Todo enamorado sabe que la distancia
importa más que el tamaño, y aunque Chase recibe cartas de su astronauta
(transcriptas en el libro), pronto la escurridiza Oona Laszlo ("ghost
writer" de autobiografías) se convierte en amante huidiza de Insteadman,
con momentos epifánicos que mantienen la llama encendida. Perkus y el narrador
van seguido al Piano Bar Brandy`s a comer hamburguesas, todos se interrogan si
Marlon Brando murió o sigue vivo, como encarnación de "los aspectos de la
posibilidad americana que ha probado para todos nosotros". La pareja del
tenaz y contundente Richard Abneg con Georgina (parecida a un avestruz) se gana
un espacio especial: llegan una y otra vez desde afuera de la novela, pero la
alimentan en secreto. Tampoco ellos son meros símbolos o metáforas, sino
personajes existentes, con su propio perfil.
Lethem sigue varios modelos al mismo
tiempo: la "novela de compinches", la novela de soledad, la novela
urbana fantástica, el tejido cultural entre inventado y reflejado. Para el que
lee el libro es una forma de recordar con nitidez cómo son las ciudades que
tienen entre uno y diez millones de habitantes, tanto en sus calles de cemento
como en la proyección mitológica interna o de sus leyendas urbanas. Cuando el
lector la cierra, tiene la sensación de haber pasado por una experiencia
inclasificable dentro de modelos como la ciencia ficción, la fantasía o la
novela realista estadounidense.
LOS OTROS.
Le bastará a ese lector cierta curiosidad
investigadora para descubrir otros autores en búsquedas similares. Tal vez la
obra más destacada sea Las obras escogidas de T. S. Spivet, de Reif Larsen, muy
bien editada en castellano por Seix Barral. Cuando presentó este primer libro a
algunas editoriales, hubo una subasta por conseguir sus derechos, que terminó
en el orden del millón de dólares. Un caso clásico de locura editorial, ya que
la novela no calza en formatos exitosos preexistentes. En ese sentido recuerda
La historia interminable, de Michel Ende, por el modo en que incorpora el
aspecto gráfico, material, del libro a su relato. Su joven autor inventa un
niño de doce años que traza en imágenes el mapa del mundo, sin cesar: pájaros,
nubes, costumbres, gestos, carreteras o ferrocarriles. Vive en un entorno
rural, tiene un hermano menor muerto misteriosamente, una madre científica sui
generis y un padre cowboy. El relato comienza en Montana y sigue en buena parte
del mapa de Estados Unidos cuando el niño gana una beca del Museo Smithsoniano
y atraviesa ese mapa. Con cruces diversos entre Mark Twain, Henry James (la
idea del extranjero en distintos ambientes cerrados), Thomas Pynchon y otros
autores (incluido Stephen King), y un deslumbrante armado visual, que incluye
decenas de los "mapas" o dibujos de Spivet en columna aparte. La intriga
de su propuesta se proyecta más allá de la última página.
El peso de este autor poco citado tal vez
vaya creciendo poco a poco, por la originalidad de la propuesta, su falta de
interés en la promoción, y la investigación en acción de la identidad
estadounidense, siempre tensionada entre el Este y el Oeste del inmenso país.
Las complejas fábulas Jonathan Carroll,
por su parte, parecen cruzar el cuento oriental o de sabiduría con los
ambientes y datos sofisticados de ciertos best-sellers, para tallar libros
memorables. Carroll vive desde hace años en Viena. Tanto en El mar de madera
como en Los dientes de los ángeles y El museo del perro, los hilos de la
historia se entretejen una y otra vez con la muerte, con insólitos saltos en el
tiempo o el espacio, con el cruce de la creatividad y el negocio, con la
búsqueda o el encuentro de ciertas moralejas de la existencia. De las tres
citadas, El mar de madera es la que mejor consigue mantener el equilibrio y la
energía. En castellano sus títulos están ocultos en las colecciones de ciencia
ficción y fantasía de La Factoría de Ideas, de distribución espasmódica en el
Río de la Plata.
Michael Chabon ha tenido mejor suerte.
Publicó en Anagrama Chicos prodigiosos (ver El País Cultural Nº 457) una novela
sobre escritores veteranos o muy jóvenes, llevada al cine con eficacia (Fin de
semana de locos, Curtis Hanson, 2000). Pero son las novelas y cuentos
publicadas por el sello Mondadori las que se internan en la búsqueda de lo real
a través de sus aspectos menos obvios, esquivando también las aristas más
consabidas de los géneros populares. Las asombrosas aventuras de Kavalier y
Clay, y El sindicato de policía yiddish (ver El País Cultural Nº 992) hacen un
uso a la vez dinámico, respetuoso y desopilante por momentos de elementos clásicos
como el cómic (en Las asombrosas...) y la ucronía en El sindicato...: judíos
que viven en Alaska en vez de Israel, amenazados con la expulsión, aunque el
relato es más bien una jugosa novela de "serie negra", o hasta
realista, una vez que se acepta la premisa básica.
En todos estos títulos impera una mezcla
de elementos diversos que complican su asignación a un solo género. Para
algunos lectores proponen una vacuna eficaz contra el desaliento ante las
complejidades de la actual vida estadounidense en particular y occidental en
general. A la larga son menos tranquilizadoras y más absorbentes que el
realismo un poco sobado a esta altura de gente como Richard Ford, Jonathan
Franzen, Philip Roth o incluso Don DeLillo, que en buena parte de su obra defrauda
las altas expectativas que despierta con el ingenio inicial y la oportunidad de
sus tramas.
La narrativa estadounidense más destacada
suele moverse como un péndulo: después del predominio experimental de autores
como Donald Barthelme y John Barth, entre otros, llegó el cambio de dirección
que ofrecieron Raymond Carver, Richard Ford y Tobias Wolff. De ninguna de esas
dos corrientes pudo decirse que "llegó para quedarse". Tampoco de
esta zona en crecimiento que integran Lethem y compañeros de ruta. De todos
modos, aunque es evidente que conocen lo que escribe cada uno de ellos,
evitaron con cautela la formación de un grupo o tendencia. En Chronic City hay
discretos homenajes: Ava, una perra de tres patas, recuerda al perro de tres
patas de El mar de madera de Carroll, y una bandada de pájaros recuerda otra,
de gorriones, que le salvan la vida al niño protagónico de Las obras escogidas
de T. S. Spivet de Reif Larsen (a su vez homenaje a Stephen King).
En todo caso su carácter fluctuante,
negador de seguridades previas, está incrustado en la materia misma de estos
libros. No desdeñan el humor ni reverencian el testimonio o el realismo. Están
destinados más a copiar, reflejar o hacer montaje con las distintas realidades
cruzadas de la así llamada realidad, que a asegurarse el puesto de estrellas en
un cielo literario alto, incambiable.
DESPUÉS.
Luego de terminar y publicar Chronic City,
y de vivir unos años en su ciudad protagonista, Lethem se fue a California, a
ocupar el sitio de profesor de escritura creativa de David Foster Wallace en el
Pomona College. El autor de La chica del pelo raro y La broma infinita se
suicidó en 2008, y fue, como para muchos otros escritores colegas (en especial
su amigo Jonathan Franzen), el faro iluminador para recorrer los lugares
oscuros surreales y ocultos de la realidad americana (ver El País Cultural Nº
628 y 1148). Con Lethem no llegaron a conocerse en persona, pero cada uno era
muy consciente de la existencia del otro. Si Wallace habló bien de su
escritura, él reconoció a la vez en su artículo sobre el plagio que Foster
Wallace había sido en su caso un ejemplo de esa actividad.
La mudanza es a la vez un desafío y un
modo de ver desde lejos una ciudad que tanta importancia ha tenido en su obra.
Aunque él mismo ha recordado que gran parte de La fortaleza de la soledad, por
ejemplo, la escribió cuando vivía en Toronto (Canadá). En cuanto al tejido
editorial intrincado y rico de Nueva York, también le parece adecuado alejarse:
"Hay algo especial en trabajar desde el margen y no a la sombra de la
industria editorial. Uno debiera encontrar un modo que hacer eso más lento y
demorarse en el aprendizaje y tener placer en ser juguetón e inconcluso
mientras pueda. Una vez que uno profesionaliza esta actividad, no hay vuelta
atrás".
En cuanto al enfoque de su taller
subrayará la importancia de la lectura: "Es muy atrayente escribir y
sentarse en una mesa de talle y felicitarse o atacarse mutuamente, pero leer es
el cimiento de esta actividad". Entre los autores que dará a leer a sus alumnos
se cuentan desde Balzac hasta el propio Foster Wallace.
CHRONIC CITY, de Jonathan Lethem.
Mondadori, 2011. Buenos Aires, 443 págs. Distribuye Random House Mondadori.
Trayectoria
Jonathan Lethem
APENAS TUVE ocasión de contemplar el
deprimente paisaje urbano mientras el tren emergía a la superficie, los
monolíticos edificios marrón pizarra de antes de la guerra, los letreros
oxidados de los ultramarinos patrocinados por Coca-Cola, los solares llenos de
cristales y ailantos retorcidos, antes de que abandonásemos las vistas elevadas
y descendiéramos a un mapa poco amistoso. Al ser de los que se resisten al gran
mundo y prefieren sentirse en casa en Manhattan, me abrumó un poco atisbar las
provincias y desiertos de la isla, sus márgenes. El viento frío había amainado
y las aceras estaban llenas de almas a la deriva, hombres con sombreros de copa
baja apoyados en coches aparcados o sentados en sillas de playa, grupos de
niños que no habían ido al colegio. Oona sabía perfectamente adónde se dirigía,
iba dejando atrás las avenidas comerciales primero y luego, al cruzar Fort
George, también las casas de vecinos, hacia las zonas verdes del borde de la
isla. Me estaba meando, pero no me tentaba demasiado la idea de cualquiera de
los lavabos que podríamos encontrar si retrocediéramos un poco. De todos modos
era imposible parar a Oona. Guiada por alguna brújula interna, nos condujo al
perímetro vallado con tela metálica de una cuesta empinada y cubierta de maleza
que no se parecía en nada a las márgenes cuidadas del río que yo conocía. A
nuestros pies asomaba parte de una cancha de béisbol vacía, con la jaula para
batear, pero ni rastro de un sendero que pudiera llevarnos hasta allí.
Articulo: http://www.elpais.com.uy 05/2012

