dimanche 27 mai 2012

Gabriela IZCOVICH/ Dos nocturnos con TABUCCHI


Personaje / Realidad y ficción
Dos nocturnos con Tabucchi
Por Gabriela Izcovich 

La dramaturga argentina rinde homenaje al escritor italiano con dos textos: la evocación de su encuentro en Italia y un cuento entre Buenos Aires, Pisa y Barcelona

Desperté con la noticia de la muerte de Antonio. Fui y vine en el día, trabajé, conversé; la pena no me soltó. Y ahora, en la noche, sentada en mi cocina, recuerdo: "Las personas que duermen mal parecen ser más o menos culpables: ¿Qué es lo que hacen? Confieren presencia a la noche". Con esa cita de Maurice Blanchot, Antonio Tabucchi comenzaba Nocturno hindú.

Según Tabucchi, ese libro, además de un insomnio, es un viaje. "El insomnio corresponde a quien ha escrito el libro, el viaje a quien lo hizo", escribió. Siento que le debo a Antonio Tabucchi dos insomnios y un viaje: su Nocturno, el libro por el que lo conocí, y estas horas de la noche en que lo recuerdo. Y un viaje. Aquel viaje. Con los codos apoyados sobre la mesa cierro los ojos y me voy volando al teatro Studio de la ciudad de Florencia, donde había sido invitada, junto a Javier Lorenzo y Alfredo Martín, a representar mi versión teatral del Nocturno hindú .

Estábamos ya por comenzar el espectáculo cuando un muchacho italiano corrió hacia nosotros para decirnos a viva voce que Antonio estaba viniendo desde Pisa, junto con su esposa, ¡que venía a vernos! Y así fue como se encendieron las luces del escenario, con Antonio Tabucchi en nuestra platea, sentado junto a su mujer y mis padres. Completaban un total de nueve espectadores, incluyendo al dueño de la sala. Comencé mi representación con Alfredo y Javier, envuelta en un sari hindú que vestía mi personaje indio, mientras escuchaba su risa y percibía su envolvente energía. Al finalizar se puso de pie, se acercó al escenario y nos agradeció en su perfecto español.

Luego de la función fuimos a cenar y compartimos con él nuestras anécdotas de producción independiente, cómo habíamos pretendido crear una escenografía que evocara el sur de la India juntando sillas desvencijadas en la calle.

A la mañana siguiente me despertó su voz en el teléfono de la habitación del hotel. "Gabriela, soy yo, Antonio, quisiera invitarlos a tomar el té a mi casa." Subimos cinco pisos por la escalera de un hermosísimo edificio antiguo, cargados de valijas debido a que desde ahí nos íbamos a París. Cuando ya estábamos por el tercero, comenzamos a escuchar la voz de Gardel que se acercaba. Venía de la puerta entreabierta de la casa de Tabucchi. Así nos recibió.

Entramos tímidamente y allí estaban los dos, María José y Antonio, otra vez sonrientes, frente a nosotros. "La felicidad se puede palpar", pensé. Ese espacio lleno de libros, dibujos del rostro de Pessoa por doquier, y esa calidez tan entrañable del matrimonio Tabucchi. Apareció un delicioso té servido en preciosas tazas de porcelana. Me sorprendió lo informado que estaba acerca del caso Cabezas. "Mucha gente nace con el camino marcado. Algunos luchan por cambiarlo, otros se abandonan a él, entregándose de forma total a lo que ese destino les señala."

Así era Antonio, un hombre preocupado por la libertad de las personas. "Gaby, quiero que conozcas a Jorge Herralde", dijo y ahí mismo escribió una nota dirigida al director de la editorial Anagrama. Lo alentaba a conocerme. Pude sentir su enorme generosidad que intentaba abrirme caminos. Fue por él que nació mi relación con Ana Jornet. Regalo de su amistad.

-Hace poco fui a París a ver una versión teatral que hicieron unos parisinos sobre mi Réquiem -me dijo sorbiendo el té.
-¿Y cómo fue? -pregunté.
-Un tanto curiosa. El actor se olvidaba los textos. Pero por suerte yo estaba sentado en la primera fila y se los iba soplando.
-Esto es para vos, Gaby -me dijo María José entregándome un CD de fados interpretados por Alfredo Marceneiro, Carlos Ramos, Hermina Silva, João Braga. Siempre pensé que una buena forma de transitar la tristeza es encontrándole su melodía. Y la saudade la tiene. Eso quisiera hacer hoy, encontrarle su canción.

En esta evocación hay dos protagonistas que ya no están: mi padre y Tabucchi. Ambos enriquecieron mi alma. "La vida no está hecha de paisajes naturales, sino de paisajes humanos", decía Antonio. Cuánta razón tenía. A él dedico mi cuento.

AQUÍ, ALLÁ, EN TODAS PARTES

-¿Éste? -pregunta Esteban señalando el menú.
-No, éste -le muestra Mabel.
-Ah, bueno, compartámoslo -le propone Esteban.
-No.
-¿Por qué?
-Porque me lo quiero comer yo sola.
-¿Todo?
-Todo.

Mabel mira por la ventana que está junto a su mesa. La plaza de Echeverría del barrio de Belgrano. Es el final de una hermosa tarde porteña, con ese cielo celeste, llano e inmenso, que suele instalarse en los veranos de Buenos Aires.
Sin dejar de mirar a través de la ventana, Mabel le dice que podría convidarlo con un mordisco.
-Sí, un mordisco va a estar bien, Mabel. -Y riéndose agrega: -Me gustan los mordiscos.
Mabel no se ríe. Tal vez no lo haya escuchado. Esteban toma la servilleta y la retuerce mientras la mira mirar por la ventana.
-No lo puedo evitar.
-¿Qué cosa? -pregunta ella.
-Quererte.
-Ah, sí. A veces no se puede evitar.
El mozo se acerca a la mesa.

Mabel está comenzando a llorar. Esteban le seca las lágrimas con la servilleta y le acaricia las mejillas.
-¿Qué se van a servir? -pregunta el mozo, seguramente un poco afligido.
Mabel baja cautelosamente la escalera para entrar a la librería. Abre su cartera y se pone los anteojos. Ve una foto de Antonio Tabucchi recortada de un diario, que está pegada en una columna. "Es él -piensa- es él." Antonio está sentado en una silla de madera. Pero está sentado al revés. Con su pecho apoyado sobre el respaldo, sosteniendo su cabeza con las manos. Sonriendo, mira a la cámara. "Me mira a mí -piensa Mabel-, me está mirando a mí."

El empleado teclea en una computadora. Ella se acerca aún más a la fotografía.
-Esta foto...
-Sí -dice el empleado.
-¿De dónde la sacaron?
-La recorté del diario. El mes pasado estuvo aquí.
-¿Aquí, en la librería?
-No, aquí, en Barcelona.
-Ah.
Se miran. Parece que la conversación ha terminado. Él vuelve a su teclado.
-Me gusta -dice ella.
-Si quieres la despegamos.
-No, por favor, no quisiera que se rompa. Me gusta él, él -y señalando la imagen, dice: -Tabucchi.
-A mí también.
Mabel se aleja de la columna. Camina hacia la zona Poesía. Le llama la atención ver un libro de Alejandra Pizarnik en una librería de Barcelona. Una compilación. Toma el libro, lo abre.
"Y yo sola con mis voces, y tú, tanto estás del otro lado que te confundo conmigo." Quiero memorizar esto -piensa-, cada palabra. Deja el libro en su sitio. Vuelve a la columna.
-¿La podemos despegar?
-Por supuesto -responde el empleado, poniéndose de pie y dejando a un lado su trabajo. Cuidadosamente despega cada pedacito de cinta scotch. Cuatro pedacitos. Se la entrega-. Toda tuya.
-Gracias. La voy a fotocopiar ampliada.
-No conviene porque tal vez se deforme. A veces cuando amplías las cosas se deforman. Mejor verlas como son.
-Sí. Es cierto. ¿Dónde puedo ir a fotocopiarla?
-Sales, vas hacia la izquierda hasta llegar a la avenida. Ahí mismo, en la esquina. Pero puedes quedártela. Es un obsequio.
-No, gracias. Te la voy a devolver. Enseguida.
Vuelve a pasar por Poesía. "Ya me olvidé del poema -piensa-. Ya me lo olvidé..." "Sola con mis voces"... "con mis voces"... "No puedo, me lo olvidé".
Y ya en la puerta de la librería murmura:
-Qué linda sos, Barcelona.
"Tal vez la caminata la debería haber dejado para después", piensa Mabel sosteniendo la fotografía de Antonio Tabucchi, frente a la puerta cerrada de la librería. "No importa, vendré mañana -piensa-. Vendré mañana."
En la esquina, donde está la vieja farmacia, hay un árbol. Detrás del árbol se asoma el empleado para mirarla.
Ya es de noche. Desde el teléfono público que está frente a su hotel, Mabel llama a Esteban.
-Mabel, ¿dónde estás? Hace cuatro días que te estoy llamando.
-Estoy en Barcelona.
-¿Cómo? ¿Qué hacés ahí?
A Mabel se le nubla la vista. Brotan lágrimas, demasiadas, lo que sorprende a Mabel. "Qué cantidad -piensa-. ¿Por qué sale agua salada de los ojos cuando uno se pone triste? ¿Por qué?"
-Mabel... -dice Esteban desde el otro lado del teléfono.
Pero ella cuelga el auricular y luego camina por la Avenida Diagonal.

Es de madrugada. Mabel pone la foto como señalador en la página cuarenta y dos de Le fil de l'horizon y cierra el libro. Lo apoya en la mesita de luz. Se acurruca entre las sábanas en posición fetal. Respira serenamente y se duerme.
Ahora en Buenos Aires también es de madrugada. Esteban se sostiene la cabeza con las manos, sentado al revés, apoyando su pecho en el respaldo de una silla de madera. Pero él no mira a ninguna cámara. Ni tampoco sonríe.

Es una mañana fresca en Barcelona. Mabel baja cautelosamente la escalera de la librería. Él la ve venir pero baja la vista hacia su teclado simulando no verla.
-¿La pegamos de nuevo? -le ofrece Mabel.
-Bueno. ¿Me ayudas?
-Sí. -Y le tiende la foto.

El empleado saca de su cajón una cinta scotch y comienza a despegarla, cortando con los dientes pedacitos que tiende a Mabel uno a uno. La foto ya está pegada nuevamente en la columna. Tabucchi sonríe y ellos dos también.

Él está sobre ella besando su cuello. Mabel respira agitadamente en su oreja dejándose besar. Las sábanas están enredadas entre las cuatro piernas. El empleado tiene un nombre: Jordi. Y un segundo nombre, que es Antonio.

Antonio Tabucchi está desayunando en su casa de Pisa. Toma un capuchino mientras lee Il Corriere della Sera . Y ya fuma su tercer cigarrillo, a pesar de que el día recién ha comenzado.

Articulo : http://www.lanacion.com.ar 25/05/2012

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