dimanche 6 mai 2012

Harpo MARX/ GROUCHO, mi hermano


Artículos
Groucho, mi hermano
Por Harpo Marx

De los tres hermanos Marx, Harpo era el mudo, el de las pantomimas. Sin embargo, en una de las contadas ocasiones que abrió la boca fue para realizar este perfil.

El apartamento de los Marx, ubicado en la calle 93 en Nueva York, era el cuartel general de la familia. Ahí, entre el burbujeo de una cafetera siempre hirviendo, el barullo constante de la conversación, y la suma de las locuras de cinco niños, crecimos hasta ser adultos jóvenes. Chico (Leonard) era el mayor, luego venía yo (originalmente Adolph, después Arthur), luego Groucho (Julius), luego Gummo (Milton) y por último Zeppo (Herbert).

Como Groucho era un estudiante con muchas capacidades, al que además le gustaban los libros, nunca tuvo problemas en la escuela. Y siempre estaba enamorado de su profesora, sin importar su apariencia. El amor que sentía Groucho por la palabra escrita era igualado, si no superado, por el que sentía por el sexo opuesto. Desde los dos años le han gustado las niñas (para ser uno de los hermanos Marx estaba un poco retrasado).

La pasión de Groucho por el lenguaje ha sido la columna vertebral de su vida y fue la principal responsable de que se convirtiera en uno de los ingenios más grandes de nuestro tiempo. Cuando toma una palabra, Groucho la observa primero en su forma habitual, luego la ve patas arriba, de atrás para delante, de la mitad hacia los extremos, y de los extremos hacia la mitad. Después la tira en un mezclador mental, la revuelve cuidadosamente y la estudia una vez más desde cada ángulo. No busca dobles sentidos, los prefiere cuádruples y, por lo general, los encuentra.

La quiebra de la familia Marx tuvo importantes efectos en la carrera de Groucho: lo hizo ver el dinero con el saludable respeto que se merece y le enseñó a tener una conciencia social siempre alerta, que cumple ahora un papel fundamental en su filosofía. Groucho sabe –porque él mismo lo vivió– que en esta tierra maravillosa hay mucha gente para quien la sola lucha por sobrevivir es una realidad constante. Seguramente me va a llamar a darme latigazos verbales por decir esto, pero deben saber que –si bien tímidamente– Groucho es una persona muy considerada y generosa.

El esfuerzo constante por conseguir comida, y la aun más angustiosa búsqueda del dinero con el cual pagar la renta, nos hacían salir a todos en excursiones para levantarnos algunos dólares. Recuerdo una vez que la administración de la ciudad estaba despedazando la vía férrea de la Tercera Avenida. En el proceso, los trabajadores apilaban grandes placas de hierro a intervalos regulares, pues eran necesarias para volver a poner las vías en su lugar cuando se reanudara el tráfico.

A Groucho, quien tenía buen ojo para el dinero fácil, se le ocurrió el plan de intercambiar por dinero tantas placas como fuéramos capaces de recoger. Tras emplearnos todos en esta tarea por varias horas, secuestramos y luego vendimos más de mil libras de placas, por las que el traficante de chatarra nos pagó un total de diez centavos. La cautela, la sagacidad y en general el talento económico de Groucho le fueron de gran utilidad en los años siguientes. En breve verán a qué me refiero.

Un hermoso día otoñal neoyorquino de 1929, Groucho caminaba por un exclusivo campo de golf de Long Island con su viejo y sagaz amigo en asuntos financieros, Max Gordon, el famoso productor de Broadway. Mientras jugaban fumando cigarrillos de a dólar, pegándole a la bola con palos chapados en oro y, por lo demás, encarnando la imagen pública de Hombres de Evidente Distinción, Groucho se voltea hacia Gordon y le pregunta: “¿Hace cuánto sucede esto?”.

Bien podía él hacer tal pregunta. Gracias a sus astutas jugadas en Wall Street, estaba facturando miles de dólares por día. La mañana del día siguiente, el Viernes Negro, dormía profundo y soñaba ingenuamente con la vida de multimillonario, cuando lo despertó el teléfono.

–¿Groucho? –preguntó una voz ronca del otro lado.

–Sí –fue la respuesta adormilada.
–¡Se acabó el juego! –El golpe del auricular quedó resonando en su oído. El Indigente Gordon le había notificado al Indigente Marx de la caída de la bolsa.

En la familia todavía hay desacuerdos sobre las circunstancias exactas alrededor del primer trabajo de mi hermano como artista profesional. Les daré mi versión, la cual suscribe mi hermano con muy poco entusiasmo. 

A los trece, Groucho tenía una voz de soprano fina y clara, admirada por los vecinos, por él mismo y, con especial sinceridad, por Minnie, nuestra madre, quien al escuchar que se necesitaba un niño soprano en el coro de la iglesia episcopal de la avenida Madison, movió todos los contactos posibles para conseguirle el trabajo. Groucho cantó… por cinco domingos seguidos, con un salario de un dólar por día, pero luego perdió el trabajo. 

Ahí es donde la familia no se pone de acuerdo. Según algunos, la congregación se fue de vacaciones de verano. Aunque puede que sea cierto, no encaja muy bien, nunca he escuchado hablar de congregaciones que tomen vacaciones en conjunto. Otros decían que Groucho se había enamorado de la hija de uno de los feligreses y pasaba más tiempo haciéndole ojitos que ejercitando su laringe, hasta que lo despidieron. Pero la versión verdadera, estoy seguro, involucra un largo alfiler de sombrero y el fuelle del viejo órgano de la iglesia. Todo parece indicar que Groucho le hizo un agujero al fuelle.

Sin embargo, este trabajo fue un importante suceso en su vida. Ahora Minnie estaba convencida de que su hijo podía cantar profesionalmente y pasó poco tiempo antes de que lo mandara a empujones donde un hombre de apellido Le May, que ofrecía un trabajo para un niño soprano en un trío que planeaba hacer una gira por todo el país. 

Para resumir, Groucho ganó la competencia entre una docena de aspirantes. Así empezó su carrera artística, con un salario de cuatro dólares por semana. No intentaré describir la vida que llevó durante la gira porque no estaba presente y de todas formas no sé qué sucedió. Basta decir que cuando el trío llegó a Denver perdió su empleo por dos motivos: el señor Le May no podía pagarle, y su voz pasó de soprano a barítono débil.

Hoy en día, no pasan muchas cosas sin que Groucho las entienda y comente al respecto inmediatamente. Tiene un conocimiento instintivo de temas de actualidad, política, filosofía y economía, que interpreta a su manera. Si bien otros hacen lo mismo, la diferencia radica en la frecuencia con la que Groucho opina y su desinhibición para expresar a viva voz lo que piensa.

Es posible que el único mundo que no entienda sea el de las cosas mecánicas. Durante uno de nuestros primeros espectáculos en Broadway, su incapacidad de compenetrarse con ellas pudo haber sacado fácilmente del mapa a los Hermanos Marx. El acto necesitaba una pistola grande que debía ser manipulada por Groucho. Ese fue el error.

Le habíamos asignado a mi hermano el trabajo de conseguir cartuchos vacíos para la pistola y, como compró unos que no le cabían, decidió empujarlos cuidadosamente en el cargador con un martillo. A pesar de eso, todo iba bien hasta que Groucho presionó el gatillo para disparar el último cartucho. Resulta que no estaba vacío, tenía una bala de verdad que recorrió un tortuosísimo camino a través del escenario, el telón, mi baúl de teatro y la bota izquierda de los pantalones que había empacado cuidadosamente dentro de él. Se imaginarán el alivio con el que cuento esta historia, ¡era a mí a quien Groucho apuntaba!

Quizá debería aprovechar esta oportunidad para contar los detalles de cómo me sumé a Groucho y a Gummo en el escenario. He leído muchas narraciones de la historia, pero estos son los hechos.

Mientras Groucho y Gummo cantaban y actuaban en el interior del país, yo era un botones en el hotel Seville de Nueva York. A mi madre le gustaba mantener el rebaño unido para conservar su posición de vigía maternal y le quedaba difícil hacerlo con los tres esparcidos por todas partes. Entonces, se apareció un día en el Seville en un taxi, me tomó del cuello de la camisa, me arrastró hasta el taxi, me llevó al pequeño teatro en el que aparecían Gummo y Groucho, y literalmente me tiró en el escenario. Obvio, yo no tenía ni experiencia ni instrucciones, lo único que tenía era una sensación de confusión absoluta. Pero me paré ahí, tan idiota como un poste de teléfono, mientras Groucho y Gummo improvisaban mi entrada en el acto.

Entre los muchos otros éxitos que tuvimos después en Broadway, creo que el que más disfrutamos fue nuestro primer gran espectáculo, I’ll Say She Is. Para los miembros de la familia, la escena de Napoleón es la más chistosa que hayamos logrado.]

Groucho, en el papel de Napoleón, se despide de Josefina. Está vestido con un sombrero tricorne, una levita con charreteras del tamaño de melones, botas hasta la cadera, y una espada que lo hace tropezarse a cada paso. Toma a la adorable Josefina en sus brazos y pronuncia una línea que ahora hace parte de los clásicos del teatro: “¡Jo, tus ojos brillan como el fondillo de un traje de sarga azul!”.

Al decir esto sale y los demás, amantes de Josie, salimos de debajo del sofá, detrás de las cortinas, de la lámpara de araña. Luego hay un ruido y todos volvemos a nuestros lugares. Groucho, quien se tropieza con su espada al entrar, sospecha un leve caso de infidelidad por parte de su mujer.

–Jo –dice–, eres tan veraz como una corneta de tres dólares.

Desde la ventana vienen sonidos de música marcial. –Ah –dice Groucho–, La Mayonesa, deben estar preparando el ejército.

–Yo soy fiel al ejército francés –dice Josefina.

–¡Gracias al cielo no tenemos armada! –dice Groucho.

Y se vuelve a ir. Los amantes vuelven a salir de sus escondites. Una vez más entra Groucho al tocador de su amada. Y una vez más sospecha.

Con una caja de rapé en la mano, Groucho recorre el cuarto, esparciendo con suavidad el polvillo mientras camina. Del sofá viene un violento estornudo, de detrás de las cortinas una erupción volcánica, del clóset gruñidos y gemidos. En este punto, salgo de debajo del sofá con una máscara de gas, mientras Groucho, con una voz de soprano canta: “¡Salgan, salgan de dondequiera que estén!”.

Escoger la línea más divertida que haya dicho Groucho en Broadway es una tarea muy difícil, incluso para él mismo. En la familia tenemos algunas favoritas.

En Los cuatro cocos, por ejemplo, estoy en la mitad del escenario tocando el arpa. Excepto por una tenue luz que cae sobre mí, todo está a oscuras. La audiencia está en silencio, el ambiente es perfecto. Toco suavemente. Más suave. Cada vez más suave. En ese momento, la voz inimitable de Groucho interrumpe como si se hubiera disparado un cañón desde los bastidores: “¡Más suave, todavía te escucho!”.

También hay una frase de Un día en las carreras, en la que Groucho interpreta un médico charlatán que en plena fiesta decide hacerme un examen físico. Mientras estoy acostado bocarriba, durmiendo, agarra mi mano, toma el pulso, mira su reloj y dice: “¡O mi reloj se ha parado, o usted está muerto!”.

A continuación me gustaría hablarles del bigote de mi hermano. Originalmente, en su personaje como Groucho el Loco, lo llevaba pintado. Después fue a You Bet Your Life, su programa de radio, y los productores, en especial su socio John Guedel, lo convencieron de que el público esperaba que Groucho Marx tuviera bigote. Entonces, por primera vez en su vida, Groucho se lo dejó crecer. Funcionaba bien, excepto por el hecho de que Kay, su bella y joven esposa, se opuso enérgicamente. “Cuando me besas”, se quejó, “es como besar un cepillo Fuller. Esa… cosa… tiene que desaparecer”. Y así fue.

Guedel y el público pusieron el grito en el cielo. Y el bigote volvió. Kay puso el grito en el cielo. El bigote desapareció. El dilema duró trece meses. Al final, Groucho sucumbió: se quedó con el bigote.

Cuando el norteamericano promedio piensa en Groucho, lo imagina persiguiendo a una rubia voluptuosa, estafando a una viuda crédula o corriendo sigilosamente en cuclillas de una experiencia ligeramente fraudulenta a la siguiente. Con un bigote de verdad, Groucho es un personaje nuevo. 

Pero el nuevo Groucho es en realidad el verdadero Groucho: más sensible, más ingenioso, más cálido, más creíble. A decir verdad, el Loco, tal como lo conocen millones de fans de su trabajo en las tablas y la televisión, es un personaje imaginario que necesita otros tres personajes imaginarios que le den sustancia. Los Hermanos Marx, como unidad, ya no existen, todos sentimos que esos días han concluido y cada uno sigue su camino. Por lo pronto, a Groucho le ha ido supremamente bien por su cuenta. Su programa radial You Bet Your Life, patrocinado por DeSoto-Plymouth, es uno de los más exitosos al aire. He aquí cómo lo conduce.

Imagínense un escenario simple, despejado, y en el centro una butaca alta junto a una consola. Los micrófonos se encuentran como a un metro de distancia. Groucho va vestido con una camiseta deportiva y unos pantalones. Lo vemos sentado en la butaca, con un cigarro en mano y brillo en los ojos. Sus concursantes están parados frente a él, nerviosos, sonriendo, asustados.

Groucho no los ha visto hasta que se presentan por primera vez al aire. Su equipo recorre la audiencia buscando amas de casa, plomeros, doctores, tenderos, carniceros y gente común y corriente cuyas ocupaciones puedan servir de combustible para su cerebro explosivo. Y a pesar de que ha hablado con más de setecientas personas en 228 programas, todavía no ha tenido un mal programa.

A través de los años, el béisbol ha sido uno de los hobbies favoritos de Groucho. Durante la temporada, es probable encontrarlo varias noches por semana apoyando a su equipo favorito, los Hollywood Stars. Sin embargo, en una ocasión su interés por este deporte lo llevó a sufrir una experiencia humillante.

Cuando nos íbamos de gira con nuestros espectáculos, siempre teníamos un equipo de béisbol de la compañía conformado por nosotros y los actores que contratábamos. Dondequiera que fuimos retamos a los equipos locales, hasta que recibimos nuestro merecido en San Diego, California.

Nuestros oponentes eran un equipo de acomodadores de teatros que habían arrasando en una liga semi-profesional de invierno. Pero nosotros, como éramos de la gran ciudad, dimos por sentado que cualquier cosa al occidente del Hudson sería fácil de manejar.

Tan pronto empezó el partido, notamos el tamaño de los acomodadores, pero no lo tuvimos en cuenta. Debimos haberlo hecho. Groucho tomó su posición como paracorto, Gummo estaba en primera base, Chico cubría la tercera y yo correteaba en el centro del campo. El primer acomodador tomó el bate, miró hacia el campo izquierdo, y anunció: “Creo que voy a mandar la bola por encima de esa cerca”. Efectivamente lo hizo. 

El segundo acomodador golpeó el bate contra sus zapatos como un profesional, ajustó su gorra y anunció: “Creo que mandaré esta sobre la cerca del campo derecho”. Pero el tipo era un mentiroso de lo peor: mandó la bola por encima de la cerca central.

Al final de la primera entrada, el marcador era: Marx Brothers: 0;
comodadores de San Diego: 30.

¿Qué pasó? Pues bien, a los Hermanos Marx les habían hecho un chiste colosal. ¡Habíamos jugado prácticamente contra todo el equipo titular de los Gigantes de Nueva York!

No obstante, la broma suele ir en sentido contrario. Hace poco, estábamos Groucho y yo en el Brown Derby de Hollywood cuando una anciana pequeña y alegre, de pelo blanco peinado en bucles, se nos acercó con una libreta de autógrafos y, mirando a Groucho a los ojos, le preguntó atrevidamente: “¿Es usted Harpo Marx?”.

Groucho la miró por un momento y levantó una de sus cejas. “No”, respondió, “¿usted?”

***
Antes de hablar, tengo algo importante que decir
Tres textos de Groucho Marx
Por Groucho Marx

Gafas redondas, gran bigote y un puro en la boca hicieron del rostro de Groucho Marx un ícono de la pantalla. Menos conocida es su faceta de escritor, en la cual también brillaba con una luz incandescente.

Julius Henry Marx (1890-1977) pasó a la historia de la comedia con un par de sellos característicos. Uno fue la combinación de gafas redondas, bigote grueso y un infaltable puro en la boca, rasgos que convirtieron su rostro en algo muy cercano a un logotipo. El otro, intrínsecamente unido, fue el sobrenombre que le puso el actor Art Fisher y que terminó llevando durante las últimas seis décadas de su vida: Groucho.

Alguna vez dijo que el sobrenombre le disgustaba pero que lo aceptó porque al menos sonaba mejor que su nombre de pila. Y todo fue irreversible cuando la literatura se lo apropió. En las primeras páginas de Finnegans Wake, James Joyce lo saca a relucir como verbo: “grouching”, lo cual, sabiendo del amor que el cómico profesaba por los libros, fue seguramente uno de los mejores elogios.

De los tres hermanos Marx, Harpo era el mudo, el de las pantomimas. Chico imitaba un acento extranjero y todos sus chistes se basaban en el malentendido. Groucho, en contraposición, se hizo un ilusionista de la palabra. Jugaba con parónimos y con salidas de contexto, exponía premisas surreales para llegar a una conclusión acomodada, remataba conversaciones con frases tan lapidarias como hilarantes, todo con una rapidez que dejaba mudo a cualquier interlocutor. 

Es cierto que tenía libretistas que trabajaban para él, pero también es cierto que nunca recitaba un libreto tal como se lo entregaban. Siempre tenía algo que agregar y que, sin duda, lo mejoraba. En la película Animal Crackers, de 1930, su personaje, el capitán Spaulding, acaba de llegar de África y cuenta una retahíla de aventuras exóticas: “Una mañana le disparé a un elefante, estando todavía en piyama”. Y entonces remata: “Cómo hizo el elefante para ponerse la piyama, no lo sé”.

Groucho Marx leía, leía mucho. De adolescente, su idea de las vacaciones perfectas era sacar una pila de libros de la biblioteca pública y leer sin descanso todo el verano. Cuando a principios de los años treinta la crítica europea comparó el mundo de los Marx con el de François Rabelais y el de Lewis Carroll, él era el único de los hermanos que conocía esos referentes. El ratón de biblioteca que solo había estudiado hasta séptimo grado terminó codeándose con Somerset Maugham y Noël Coward, que representaban para él un universo intelectual alejado del circuito de chistes repetidos. Como escribe su biógrafo, Stefan Kanfer, Groucho profesaba “una admiración por varios escritores combinada con una aspiración literaria”.

Por eso escribía. Y, a diferencia de la mayoría de figuras del entretenimiento (antes y ahora), lo hacía sin la ayuda de esa persona conocida en los círculos editoriales como “escritor fantasma”: el tipo que elabora toda la redacción para que luego el famoso ponga la firma. Cuando en 1963 una reseña del New York Times expresaba sus dudas acerca de que el propio Groucho hubiera escrito el libro Memorias de un amante sarnoso, el cómico atacó a través de este comunicado: “Cualquier Groucho Marx hubiera podido escribir ese libro, pero la verdad al desnudo es que yo soy el único Groucho Marx que lo hizo”.

Groucho dejó un total de cinco libros. En español, casi todos ellos están publicados por Tusquets. Pero hay otra faceta paralela, menos difundida, y es la de sus colaboraciones en revistas y periódicos de la época. Bien fuera escribiendo a la sección de cartas como un lector cualquiera, o en artículos expresamente encargados, Groucho Marx plasmaba en el papel el mismo estilo satírico, absurdo y veloz que se veía en sus películas. Para la muestra, estas tres piezas escritas en un período particularmente fértil (1946-1947) y aparecidas en el New York Post, el Hollywood Reporter y This Week. (J.C.G.)

Grouchismos

La revista Variety, que se hace llamar la Biblia del entretenimiento –en realidad es la Babel del entretenimiento o, si queremos hacer un chiste mortal, el Abel del entretenimiento–, publicó recientemente que las ganancias de Al Jolson por la película La historia de Al Jolson han llegado a sumar tres millones y medio de dólares, a pesar del hecho de que él no aparece en la película excepto por una escena fugaz.

Yo he aparecido en muchas películas a lo largo de los años (por estos días pueden apreciar todo mi prístino encanto en Copacabana) y juro que nunca me he hecho a una pasta que se acerque remotamente a esa cifra.

Tal vez esta sea la señal que el entretenimiento estaba esperando. Si, por ejemplo, una película de Jolson puede alcanzar diez millones en taquillas sin tener a Jolson, ¿cuánto hubiera podido obtener sin Evelyn Keyes o William Demarest? Es posible que los estudios cinematográficos hayan venido haciéndolo todo al revés. Tal vez deban frenar la costumbre actual de apiñar siete u ocho estrellas y en lugar de ello eliminar todos los nombres famosos de las producciones.

Ya puedo ver las marquesinas de los teatros –de hecho, no puedo verlas. En realidad casi ni puedo ver las teclas de mi máquina de escribir, pero vamos a obviar ese tema–: “Próxima semana: Quién la besará ahora, sin Olivia de Crawford ni Clark Power”.

No tiene pérdida. Estoy seguro de que millones de personas se mantienen alejadas del cine porque no les simpatizan las estrellas. Pero si les aseguran que fulano y fulana no van a estar besándose horrendamente en la pantalla, se amontonarán y romperán las puertas para entrar.

Hablo desde mi experiencia personal. En la vida me he topado con cientos de personas que me dicen: “Oye, tonto, ¿cuándo vas a dejar de hacer películas y a conseguir un trabajo decente?”. Y si es cierto para mí, con seguridad lo es para docenas de personalidades del cine, muchas de las cuales tienen menos talento que yo.

Este sistema podría aplicarse también a otros campos. Estoy seguro de que muchos candidatos pierden las elecciones porque los votantes han tenido la oportunidad de conocerlos. La próxima gran victoria política será obtenida por el partido que sea tan sagaz de no tener a nadie encabezándolo. Admitamos que ya hay partidos encabezados por nadie, pero es ese tipo de nadie que siempre pronuncia lo mismo: nada. El primer partido que en verdad anuncie que se lanza sin candidatos llegará, estoy seguro, a la oficina de gobierno.

Mi teoría es que hay demasiada gente en demasiadas cosas. Suponga que le llega el anuncio bianual de su dentista, notificándole que sus colmillos están a punto de caerse y tiene que apresurarse al desolladero que tiene por consultorio para no pasar el resto de su vida masticando con las encías. ¿No iría usted con mayor celeridad si supiera que no va a estar allí ese asesino de bata blanca con un cincel en una mano y unos alicates en la otra? Imagine también que las carreras de caballos no tuvieran caballos: miles de personas podrían ir al hipódromo todos los días y ahorrar millones de dólares.

No sabría cómo llamar a mi teoría. Hace unos años hubo una llamada tecnocracia. Quizá esta pueda ser llamada la teoría de la escasez. Saquen a los actores de las películas. Saquen las calabazas y los nabos de los menús de restaurantes. Saquen los beisbolistas de los Cardinals. Saquen a Gromyko de las Naciones Unidas.

Saquen a las esposas del matrimonio. Conozco a cientos de maridos que estarían felices de irse a sus casas si no fuera porque sus esposas los están esperando. Si se elimina a las mujeres del matrimonio, no habrá más divorcios. Claro, alguien podría argumentar: “Y si no hay mujeres, ¿qué va a pasar con la próxima generación?”. Miren, algo he podido atisbar de la próxima generación y tal vez lo mejor sería que todo acabara ahora mismo.

New York Post, julio de 1947


El tío Julius

Querido Irving: Entre un golpe de fortuna y otro, he venido acariciando la idea de nombrarte como padrino de mi inminente hijo. Sin embargo, antes de hacerlo oficial, quisiera ver un certificado notarial de tus bienes. No quiero repetir la triste experiencia que aconteció a mis padres a finales del siglo XIX.

En esa época había un tío Julius en mi familia. Medía un metro y medio sin zapatos, con todo y los calcetines rotos. Tenía una barba puntiaguda de color castaño, anteojos gruesos y una calva en la coronilla del tamaño de una torta de trigo. Por alguna razón, a mi madre se le metió en la cabeza que el tío Julius era rico y le dijo a mi padre (que nunca entendía a mi madre) que sería una brillante estrategia lisonjera convertir al tío Julius en mi padrino.

Bueno, como nos sucede a todos, finalmente nací y antes de que pudiera decir “Jack Robinson” me bautizaron Julius. En el momento en que este histórico evento ocurría, mi tío estaba en la trastienda de un almacén de cigarros sobre la Tercera Avenida, ganándoles a todos en los naipes. Cuando le llegó la noticia de que lo habían nombrado mi padrino, dejó todo a un lado, incluidos dos ases que llevaba en la manga en caso de emergencia, y salió apresurado a nuestro apartamento.

En un discurso tan húmedo de emoción que sus anteojos lo enceguecieron, dijo que se sentía abrumado por ese gesto sentimental de nuestra parte y sugirió que mi futuro color de rosa estaría irrevocablemente ligado al suyo. Al concluir sus palabras, aún incapaz de ver a través de sus lentes nublados, besó a mi padre, le dio un cigarro a mi madre y corrió de regreso a su juego de cartas.

Dos semanas más tarde se pasó a vivir con nosotros. Con el paso del tiempo, mi madre empezó a sospechar y un día, conversando en familia, no solo descubrió que el tío Julius parecía carecer de fondos sino que, aún peor, le estaba debiendo 34 dólares a mi padre.

Puesto que el tío solamente medía un metro y medio, mi padre se ofreció a sacarlo de la casa pero mi madre dijo: “Esperemos un poco más”. Había leído de varios casos en los que personas millonarias tenían vida de pobres para después de fallecidos dejar enormes fortunas a sus herederos.

De modo que se quedó con nosotros hasta que yo me casé. Para ese momento ya tenía la mejor habitación de toda la casa y le debía a mi padre 84 dólares. Poco tiempo después de mi boda, mi madre admitió por fin que el tío Julius había sido un error abominable y le ordenó a mi padre que lo echara a la calle. Pero el tío Julius había crecido un par de pulgadas con los años, en tanto que mi padre se había encogido proporcionalmente. Por eso terminó convenciendo a mi madre de que la violencia no era la solución al problema.

En breve, el tío Julius resolvió todo el lío largándose de este mundo, con lo cual me convirtió en su único heredero. Cuando se probó su patrimonio, este consistía en una bola número 9 que se había robado de un salón de billar, una cajita de pastillas para el hígado y una pechera de plástico.

Supongo que debería ser más sentimental con este caso pero fue un golpe severo para todos nosotros y, si puedo evitarlo, no va a suceder de nuevo. El punto es que mi actual esposa tiene un tío llamado Percy. Ella admite que no es el mejor de los nombres, pero dice que el tío Percy es un tipo poderoso en el sur. Le han dicho que en Nashville, por ejemplo, es prácticamente imposible ir a algún lado sin oír mencionar a su tío y está segura de que, si bautizamos a nuestro hijo con ese nombre, el pequeño Percy vivirá confortablemente. Sin que mi esposa lo supiera, hice que investigaran a su tío y descubrí que Percy es la versión sureña del tío Julius. Su gran negocio consiste en vender barras de chocolate en la estación de trenes de Nashville. ¡Así que Percy queda descalificado!

Bueno, Irving, esa es la historia. Si estás interesado, házmelo saber tan pronto como sea posible y recuerda: un estado financiero actualizado ayudará considerablemente a hacer todo más expedito.

Amorosamente tuyo,

Groucho Marx
The Hollywood Reporter, marzo de 1946


Solo hay espacio de pie

No hace mucho, un reportero de Nueva York descubrió que una mujer enana vivía dentro de una cabina telefónica. Su equipo de ama de casa consistía en una estufa portátil, una silla plegable, un manojo de habas y una revista Selecciones. “Lo considero un golpe de suerte”, declaró la mujer. “Piense que no solo tengo un hogar, sino algo mucho más difícil de conseguir: un teléfono”.

Si la empresa telefónica no se opone a perder unos cuantos millones de monedas de cinco centavos al año, este puede ser el inicio de un nuevo estilo de vida.

Claro, entiendo que hay probablemente más cabinas que enanos, pero pienso que con algo de práctica las personas altas podrían también adaptarse a ese hábitat. Desde luego, tendrían que aprender a dormir de pie, pero no es tan difícil: hasta los caballos pueden hacerlo.

Y existen otras posibilidades para vivir agradablemente, más allá de las cabinas telefónicas. Un amigo mío ha encontrado refugio en el tanque de gas municipal. La familia tiene que usar respiradores, desde luego, y la esposa del tipo no lo deja fumar dentro. Pero al menos tienen un techo arriba de sus cabezas, 75 metros arriba, para ser exactos.

Otro amigo tiene un apartamento de soltero en una mezcladora de cemento. Ni siquiera necesita un despertador: cuando los obreros encienden la mezcladora en la mañana, se despierta sin falta. Sin embargo, se queja de lo difícil que es vestirse cuando está apurado.

¿Ha pensado en un establo? La mitad de la gente que conozco creció en establos, y hoy ganan mucho dinero.

En California, la gente tiene ideas incluso más elaboradas para conseguir un hogar. Están comprando tranvías para convertirlos en cabañas. Luego de la transformación quedan equipados con cocineta, baño y un estupendo sistema de timbre para llamar al mayordomo, en caso de que puedan tener un mayordomo. Yo personalmente prefiero una mucama francesa. Pero mi sensación general es que resulta mejor olvidarse del tranvía inmóvil y hacerse a uno que todavía esté en ruta. Imagino que su respuesta será: “Pero es posible que no tenga dónde sentarme”. Tal como lo imaginaba: usted es ese tipo de persona holgazana que quiere estar sentada todo el día. Pero no vamos a pelear por eso. El truco consiste en llegar a la primera estación muy temprano en la mañana. Por diez centavos –siete, si vive en Cleveland– usted tendrá un hogar durante todo el día. Es cierto que habrá sobresaltos, pero a cambio conocerá un montón de nuevas caras, muchas de ellas mejores que la suya.

Vivir en un tranvía tiene muchas ventajas. Hay un constante cambio de paisaje y, si es usted muy tacaño para suscribirse a un periódico, puede esperar a que alguien deje un ejemplar tirado en el piso. Si la ruta pasa por un barrio rico, podría incluso hacerse a algunas revistas. Y quién sabe: si es usted una señorita, al cabo de un par de años podría incluso casarse con el conductor.

Otro posible hogar es una jaula del zoológico. No recomiendo esta modalidad para parejas casadas ya que, francamente, no hay mucha privacidad en una jaula. En cambio, para un joven soltero definitivamente ofrece muchas posibilidades. El pabellón de los monos es tal vez su mejor opción: hasta podría quedarse ahí permanentemente sin que nadie note la diferencia. Para no hacerse notar demasiado, yo le sugeriría sacarse la ropa antes de entrar a la jaula. Pero no convirtamos esto en un problema: si usted es un ex soldado, lo más probable es que ni siquiera tenga ropa.

Si en cambio usted es uno de esos tipos afortunados que tienen un lapicero que escribe debajo del agua, podría intentar vivir en una piscina. La ventaja es que puede bañarse y contestar su correspondencia al mismo tiempo. Encontrará una piscina en casi todo jardín trasero de Hollywood. Son piscinas que ya vienen equipadas con trampolín, balsa inflable para hacer reuniones de trabajo, y tres chicas en traje de baño que se parecen a Jane Russell.

Y si tiene la fortuna de vivir en las afueras de California y no puede encontrar una piscina, podría seguir el ejemplo de un amigo que vive en un pozo. El único equipo que se requiere son un par de botas de pesca y una buena provisión de zanahorias para poder leer en la oscuridad. Dice mi amigo que el servicio de transporte está bien: sale de su hogar en el balde de las 8:00 y regresa en el de las 5:45. El único inconveniente es que todo el tiempo los vecinos se dejan caer inesperadamente.

Si usted no es cobarde, una solución al problema de vivienda es alquilar una casa embrujada. Los callejones de los pueblos están llenos de magníficas casonas que permanecen vacías simplemente porque hay gente pusilánime que teme habitarlas. Un joven recién casado no vacila si le ofrecen irse a vivir a casa de sus suegros, pero si en cambio le sugieren una casa embrujada (que en mi opinión resulta un lugar más seguro) se pone pálido y lanza excusas tontas con voz temblorosa.

Para esa gente sin coraje, yo recomiendo un árbol. Se trata de una vivienda plenamente segura a no ser que usted sea sonámbulo, y desde las ramas altas se tiene una vista preciosa de los alrededores. Sugiero incluso que sea un árbol de nueces, ya que están llenas de vitaminas y las cáscaras vacías pueden usarse como ceniceros.

A esta altura, probablemente estarán de acuerdo conmigo en que el problema de vivienda tiene solución. El inconveniente es que nos hemos ablandado, pensando erróneamente y aferrándonos a la idea anticuada de que un hombre solo puede ser feliz en una casa. ¡Qué ridículo! En los sectores rurales, los gallineros se están volviendo cada vez más populares. Los modelos más elegantes vienen con calefacción, lámpara solar y trituradora de granos, y si usted les agrega cuadros y cortinas puede sentir aún más el calor de hogar. Para evitar cualquier sospecha, es bueno que empiece a cacarear al amanecer. Si el granjero es uno de esos tipos rústicos con escopeta, hay que ser más astuto que él. Esté atento a sus pisadas y, si siente que se está aproximando al gallinero, corra a posarse sobre un montón de huevos y quédese ahí quieto hasta que se vaya.

Existen muchos otros sustitutos de hogares. Hay cuarteles, canaletas, carpas, bolsas de dormir e incluso casas de muñecas de tamaño gigante. Sin embargo yo no recomendaría este último, ya que alguna vez tuve una mala experiencia en una casa de muñecas. El papá de la muñeca me persiguió con un bate de béisbol. 

Mucha gente ya está viviendo en los palcos de los cines. El espacio es ideal para dormir, como también lo son muchas de las películas. En el vestíbulo se pueden comprar crispetas, mentas, barras de chocolate y maní. En los baños encontrará agua fría, básculas para pesarse y algo de poesía.

En conclusión, le digo a mi país: “Mantengamos la frente en alto. Recuerden que somos una nación productiva. El hogar lo hacemos nosotros”. Si tuviera tiempo, podría enseñarles muchas otras maneras de solventar la crisis de vivienda, pero debo salir ahora a buscarme una habitación amoblada. El gran danés cuya casa alquilé está regresando de Florida. Y, como suelo decir, ninguna casa es suficientemente grande para dos familias. ?

This Week, noviembre de 1946

Articulo: http://www.elmalpensante.com Marzo 2012

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