dimanche 13 mai 2012

Hugo FONTANA/ La espía sin atributos


BIOGRAFÍA DE MATA HARI
La espía sin atributos
Por Hugo FONTANA

Si bien algunos consideran que el oficio femenino de espía es tan viejo como el más viejo de los oficios -algunas virtudes, en uno y otro caso, suelen confundirse o combinarse con certera insistencia- e incluso atribuyen a la hermosa Dalila ser una de las primeras en ejercerlo -ella habría informado a los filisteos que el punto débil de su amante Sansón era su esplendorosa cabellera- las investigaciones modernas ubican en la Guerra de Secesión estadounidense a algunas de las primeras mujeres en obtener información de una de las partes en conflicto para brindársela a la otra.

Entre ellas destacaron la actriz Pauline Cushman (1833-1893), quien espió para el ejército del Norte y fue detenida y condenada a muerte, aunque una vez finalizada la conflagración fue liberada, y Belle Boyd (1844-1900), también conocida como la "Belle Rebel", quien estuvo al servicio de los estados sureños y concluida la guerra resultó desterrada.

Pero sin duda el nombre más emblemático de estas misteriosas féminas sigue siendo el de Mata Hari, una holandesa nacida en 1876 y fusilada en las cercanías de París en 1917, pocos meses antes de que terminara la sangrienta Primera Guerra Mundial. Su nombre verdadero era Margaretha Geertruida Zelle, de casada McLeod, a veces conocida como Greta o Griet y finalmente por el alias con que alcanzaría, simultáneamente, la muerte y la eternidad, y que en idioma indonesio quiere decir "el ojo del día". Muchos relatos ayudarían a alimentar su leyenda: unas cuantas películas -la primera de ellas, de 1931, protagonizada por la divina Greta Garbo- series televisivas, canciones -Madonna, Joaquín Sabina- y varias novelas y biografías, la última de ellas Mata Hari. Espía, víctima, mito de la paleoantropóloga estadounidense Pat Shipman.

Una mujer golpeada. Mata Hari fue hija de padre holandés y madre nacida en Java, por aquel entonces parte de las llamadas Indias Holandesas. Hasta que sus progenitores se separaron, su infancia transcurrió amablemente en un hogar de clase media que de buenas a primeras se fue a pique. A los 18 años, y tras algunos equívocos episodios que la unieron con uno de sus profesores, Mata Hari, quien solía perder la chaveta ante el primer uniforme militar que se cruzara en su camino, leyó en un diario la propuesta de matrimonio de Rudolph McLeod, un oficial veinte años mayor que ella, que había servido en Indonesia y que se aprontaba para su segunda misión en aquel destino. A las pocas semanas contrajeron matrimonio y marcharon para las exóticas islas, donde todo se desmoronó con la furia y la rapidez de un tornado.

Rudolph, quien padecía sífilis, contagió a su esposa y seguramente a sus dos hijos, Norman, quien murió a los cuatro años, y Jeanne Louise, conocida como Non. Era un marido celoso y violento, que acostumbraba golpearla e insultarla en público. Por su parte, ella flirteaba con otros oficiales y pronto aprendió las primeras danzas nativas con las que empezó a deleitar a un público por entonces reducido.

Cuando la familia regresó a Europa, tras algunas idas y venidas la pareja se separó, y mientras Rudolph permaneció en Ámsterdam a cargo de su hija, Greta hizo sus primeras incursiones en París, donde pronto descubrió que sus habilidades de danzarina y de amante podrían proporcionarle suculentos ingresos. En cuestión de pocos años se convirtió en una de las mujeres más famosas de Europa y recorrió escenarios de toda estirpe a lomos de sus sugestivos contoneos y de sus muy transparentes atuendos. Llegó a actuar en la Scala de Milán, en el Folies Bergère y en el Metropol de Berlín, y a acostarse en centenares de camas, por lo general muy bien acompañada. El comienzo de la guerra la encontró en Alemania, donde al parecer uno de sus amantes, Karl Kroemer, le ofreció una elevada suma para que se transformara en espía. Ella aceptó el dinero y nunca entregó la menor información.

Chivo expiatorio. Ya de regreso en París, y tras algunos avatares y contrariedades, enamorada perdidamente de un joven oficial ruso y con las nieves del tiempo acercándose a su sien, a los 40 años es reclutada para convertirse en espía de Francia, tarea que desarrolla durante algunos días con la esperanza de cobrar una gran suma de dinero, pero con tanta torpeza que todo lo que obtiene son unos insignificantes datos que no logra hacer llegar al destino adecuado. Pero para ese entonces, el contraespionaje francés la vigila noche y día y finalmente es encarcelada en la prisión de Saint-Lazare, un lugar inmundo que la alejaría para siempre de sus lujosas costumbres mundanas.

Durante meses es interrogada casi a diario por las autoridades francesas, que no logran dar con más pruebas contra ella que unos vagos telegramas apócrifos, pero lo que verdaderamente la condenará, más allá de la oportunidad política de convertirla en un chivo expiatorio tras los sucesivos errores militares que terminaron con la derrota de Verdún, fueron sus andanzas de casquivana a las órdenes, más que de un ejército extranjero, de sus más apasionados y bajos instintos. Con el propósito de demostrar su inocencia, o al menos de poner en duda las escasas pruebas de sus servicios, Shipman acumula una buena cantidad de páginas desbaratando las razones por las que siete jurados en apenas cuarenta y cinco minutos la hicieron fusilar por un batallón de gendarmes súbitamente enamorados de la desventurada víctima.

El libro no es una maravilla pero su estilo es fluido, y el interés que aún sigue despertando el trágico destino de Mata Hari justifica su lectura.

Mata Hari. Espía, víctima, mito, de Pat Shipman. Edhasa, 2011. Barcelona, 474 págs. Distribuye Gussi.

Einstein y Felisberto

Se podría decir que detrás de toda gran espía hay un gran hombre, o al menos un hombre ingenuo que se ha dejado seducir por las virtudes de la pérfida dama en cuestión. Así le ocurrió a Albert Einstein, casado dos veces, consuetudinario mujeriego que solía sostener que "la mitad superior del cuerpo piensa y hace planes, pero la mitad inferior determina nuestro destino". A mediados de la década de 1930, Moscú encargó a su agente Margarita Konenkova que le sonsacara datos acerca de las investigaciones sobre energía nuclear que se desarrollaban en EE.UU. No se sabe con exactitud qué y cuánto le comentó Albert a Margarita, pero lo cierto es que la relación entre ambos duró casi diez años.

Mucho más cerca de nosotros, Felisberto Hernández, hombre también especialista en matrimonios y divorcios, conoció a África de las Heras Gavilán en España y para fines de 1948 se casó con ella y la trajo a vivir a Montevideo. Pero África, a veces conocida como María Luisa y otras simplemente como Patria, era una espía al servicio de Moscú, que para ese entonces ya había recorrido medio mundo y participado en el operativo que acabó con la vida de León Trotsky a manos de Ramón Mercader. El matrimonio duró un par de años y cuando se separaron, el autor de Nadie encendía las lámparas seguía sin saber quién era aquella mujer que tan brevemente había amado.

Articulo: http://www.elpais.com.uy 13/05/2012

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