dimanche 13 mai 2012

Ivanna SOTO/ Tomás ABRAHAM: “Para pensar tenés que ser una persona que se caga en todo”


Filosofía
Tomás Abraham: “Para pensar tenés que ser una persona que se caga en todo”
Por Ivanna SOTO

El filósofo presentó “La lechuza y el caracol” en la Feria del Libro, con el que analiza críticamente los relatos kirchneristas. "Cuando todo es traición o lealtad, es para no pensar", dice.

 “Pensar es desmitificador”, dice Tomás Abraham. Y eso hace: desde el rol del mitólogo que describe Roland Barthes, Abraham, con intensidad, arremete contra lo que está naturalizado, lo estanco, lo instituido, lo que decimos cuando somos hablados por el lenguaje. De esto trata La lechuza y el caracol. Contrarrelato político, su nuevo libro, con el que otra vez vuelve cuerpo esa filosofía de lo bajo desde la que se ubica para pensar. 

-En el libro hacés referencia a que antes los intelectuales tenían un rol desmitificador. ¿Qué rol les queda hoy en este contexto político?
-El otro día estaba leyendo un reportaje a Foucault en el que decía que los intelectuales no existen, que nunca encontró uno en su vida. Él encontró gente que escribe novelas, que pinta cuadros, que hace matemáticas, que hace teorías económicas, pero jamás se encontró con un intelectual. Yo me sentí medio cagado con eso porque yo siempre hablo de los intelectuales (Risas). Hay gente de la cultura que habla de la necesidad y justifica el hecho de la creación de mitos. Evita, Néstor, el Che -que no solamente son personajes históricos, sino que se transformaron en mitos o religiones. Entonces, que alguien desde el lugar de la cultura y el pensamiento fabrique un mito para otros, por encargo -porque uno no cree en un mito fabricado, sino en las religiones que hereda porque son así-, pero ir a un laboratorio y ver cómo se hace, eso es marketing. Y hacerlo para la gilada además, para los otros. Esto es típico de una corriente de ilustración, es al revés de lo que pretende. Son los ilustrados los que creen en una especie de razón, los que creen que se puede crear mitos, es decir, cosas para que crean los otros. Entonces son como una especie de Gran Hermano que va creando mitos: hacen una película, un festival musical, llenan de afiches toda la ciudad, meten cuarenta programas de televisión, crean una vida heroica, le meten un poco de martirio, un poco de sacrificio: todo lo que se hace para crear un mito. El intelectual que hace eso es un papanatas. Por lo general la tradición es que desde el lugar del pensamiento y la cultura se desmistifica, porque en la sociedad hay mil ochocientos poderes que domestican a la gente con mitos, con marketing, con creencias, con un montón de cosas. Y sólo se puede decir: “Sí, Padre; sí, Monseñor; sí, Profesor; sí, señor Policía; sí, Señora Presidente; sí, esto, lo otro ¡Viva!, ¡Viva!”. ¡Momento! Paren la mano, no hace falta, levántense, no hace falta todo el tiempo gastar las rodilleras. Somos pares, hay que pensar, qué tanto creer, creer, creer. ¿Creer en qué? ¿En el cielo? ¿En el tótem? ¡Pensar! Y pensar es desmitificador. Pensar vacía el universo de la creencia, es otro tipo de cosas. 

-Dentro de esta creación de mitos, con respecto a Malvinas, desde el relato kirchnerista se hace referencia al mito de la Patria, de los héroes, de la soberanía, con los mismos argumentos que llevaron a la guerra en el ’82. Entonces, mientras se distancian de la dictadura y sus efectos, utilizan los mismos recursos retóricos. ¿Qué pensás de esto?
-Mirá, hay algo que se llama nacionalismo. La Patria ¡Viva la Patria! La Patria es muy importante, es como la mamá. ¡Mi mamá me ama! ¡Viva la Patria! Con la Patria no se juega. Eso rinde. Eso rinde con Galtieri o con Cristina. Rinde. ¡Viva la Patria! Cuando vos decís “¡Viva la Patria!”, también estás diciendo “nos robaron”: una tierra, el petróleo, las Islas. El relato argentino siempre fue “me robaron”. Nosotros somos como una doncella virgen que la violaron cada tres, cuatro años. Es una fiesta que se hicieron con nosotros. Somos inocentes. Igual, yo fui uno de los tres o cuatro que estuvo en Malvinas para los treinta años. Yo el nacionalismo, escucháme: nací en Rumania, soy judío, mi lengua materna es el húngaro, soy ciudadano argentino, amo y odio a la Argentina depende la hora, me eduqué en Francia: el mundo me queda chico. Voy a las Malvinas y siento la cosa Argentina ahí (so golpea el corazón). Yo viví el ’82 acá y me morí de vergüenza. Solo me morí de vergüenza, no podía compartir con nadie. Pero en las Malvinas vi la cosa, el cementerio de Darwin, vi una presencia argentina trágica ahí y eterna. Eso queda allá. Y eso me hizo pensar en algunas cosas, pero no tiene nada que ver con el uso de gente que murió para conseguir poder. Son especialistas acá con eso. Usar la muerte, el dolor. Lo mismo hicieron con los desaparecidos. Y entonces, claro, la gente se siente culpable. “¿Cómo, no estás con las Madres, con las Abuelas, no querés que se le de unos pesos a cada madre por cada hijo con la asignación universal?” Todo el tiempo te están chantajeando para decir “¡Viva Néstor! ¡Viva Cristina!”. Te tienen así todo el tiempo con la culpa. Este libro esta escrito contra eso. 

-Desde el discurso instalan una política de discusión, de revisión, ¿creés que esto es posible en la práctica al estar construida la política como sistema de creencias?
-Si vos vivís en un mundo en el que el poder dice: “O estás conmigo o sos un desertor”, “estás conmigo o sos un traidor”, “estás conmigo o estás con Clarín”, “estás conmigo o estás con los oligarcas del campo”, al final, vos no tenés que pensar nada, lo único que tenés que decir es “estoy con vos”, porque sino sos un enemigo. Entonces, cuando se viven climas así, es para no pensar. Cuando todo es traición o lealtad, es para no pensar. Eso en la Argentina existió mucho, nos llevó a un desastre, a una guerra civil, a muertos y además tiene una larga historia. Nosotros hemos vivido la mayor parte del tiempo con dictaduras militares. Venía un militar y decía: “Los comunistas no van a dominarnos y vamos a salvar a Cristo, y esto y la religión y la Patria”. Siempre hemos vivido eso. Entonces, para que haya un debate, tiene que haber libertad. Y para que haya libertad, tiene que haber gente que use esa libertad. Lo que pasa es que ciertos poderes, a través de este tipo de climas, producen miedo. Y la gente, cuando tiene inquietud -no necesariamente tiene que estar atemorizada, no es lo mismo ahora que durante la dictadura del Proceso-, pero basta que estés inquieto. Acomodás tus palabras, hacés una especie de ceremonia, no decís las cosas como las sentís, empezás a hacer un preámbulo, un prólogo. “No quiero ofenderlo”, “Bueno, esta es mi verdad, es mi punto de vista”. Eso se llama autocensura. Y sino, terminás como terminé yo, peleándome todos los días, hasta que dije “¿Qué sentido tiene esto? Me voy a enfermar”. Además, nunca terminás de pelear, siempre te falta un round. Cuanto más te exponés mediáticamente, más te peleás, cuanto más rating tiene un programa, más te peleás, porque, cuanto más aparecés, del otro lado de la trinchera te basurean más. Y no me quiero enfermar, la salud es muy importante. Como decía Nietzsche: “Cuando uno vive enojado, daña la salud, te pudre el carácter y te arruina el gusto”. Debe haber algo mejor que la exposición mediática o la felicidad mediática. Hay algo mejor. Y hay que bancarse no tener la audiencia, porque es una adicción. Claro, no es lo mismo que te manden 40 mails a que te manden uno, porque los medios de comunicación son voraces, devoran. Cuanto más comen, más hambre tienen. El rating siempre es poco. Cuando vos llegás a mucha gente, siempre te falta uno. Es una bicicleta. Hay que pensar mucho para no entrar en eso.

-En el libro hablás de la exaltación de la militancia de los jóvenes por parte del Gobierno, ¿cómo creés que se generó ese fervor que tienen algunas agrupaciones cuando festejan las políticas? 
-El entusiasmo está bien, ser joven está bien, lo que no sé es qué es lo que está bien con el kirchnerismo. Eso no lo entiendo. Algunas cosas hicieron bien, otras más o menos, otras se robaron mucho, son muy mentirosos, son cínicos hasta el mango, de repente tuvieron coraje, hay políticos de raza, hay políticos de mierda. Ahora, ¿la mística? ¿Qué hacemos? ¿Queremos cambiar el país? Está divino, con el paco, los cartoneros, la gente que vive en la calle, la gente que gana 2000 pesos que son millones… ¿Está todo bárbaro? “No, no falta mucho, falta mucho”, dicen. Hay que laburar. ¿De qué? Bueno, hoy en día tenés que tener algún conocimiento para laburar, porque para barrer ya viene la máquina. Hay que estudiar. ¿Y sabés lo que quiere decir estudiar? Es no estar conectado. Libro, lápiz, cuaderno, escribir, aislado, muchas horas de silencio, concentrados, estudiamos el país, estudiamos la disciplina varios años, y militamos también, porque tenemos ideas, y le damos algo a esa militancia aparte de pogo. Pero la gente es muy vaga. Lo que quieren es joda. Entonces, yo creo que allí no hay un mensaje de laburo. “La militancia, la militancia, la militancia”. ¿Qué necesita la Argentina? No inventa una patente. Está bien, no seremos como Dinamarca, Suecia, pero algo podemos hacer. Que vengan a explotar nuestro petróleo, ahora no es Repsol, ahora va a venir la ESSO. ¿Por qué hay tantos argentinos profesionales por todas partes de primera? Traemos a diez pero se quedan 400 en el mundo. Entonces, a ese fervor hay que sumarle cosas. Pero yo no digo que ellos le sumen cosas, pero si mi generación los mima con ese fervor, hacemos un papel de idiotas. Porque yo entiendo, yo también como estudiante estuve en el Mayo francés y hacíamos quilombo. Pero me gustaban más las ideas del Mayo francés que éstas, eran más jóvenes. No nos enseñaban a arrodillarnos ante un rey. Cohn Bendit era como nosotros, tenía 22 años. Y no decíamos “Reina Cristina” y no decíamos “Viva Néstor”. No nos enseñaban a ser serviles, éramos anarcos -los de los viejos. Entonces, hay distintos modos. Todo este pogo es para ser serviles. Después lo traen a Boudou y lo llevan arriba a Boudou, lo más mediocre que hay. Está bien Mahatma Ghandi, el Che…pero Aníbal Fernández, Cristina. ¿Qué es? ¿es más que Dilma Rousseff, que la Bachelet, que la Merkel? Está lleno de mujeres en el mundo. ¿Son todas reinas? Esta sí. Entonces, mucho pogo y mucha obediencia. Están domesticados. 

-¿Cómo llegás a posicionarte desde esta “filosofía de lo bajo”?
-La filosofía de lo bajo es un modo de ver las cosas. La filosofía generalmente –no digo nada original- siempre fue pensada como algo elevado, algo espiritual. Cuando uno escucha que alguien se define como filósofo piensa que va a decir cosas importantes, profundas, relacionadas con el sentido de la vida. La gente común labura, hace lo que puede, vive en la tierra; y el filósofo es el que ve desde arriba todo ese tipo de cosas. Esa es una imagen tradicional de la filosofía. Ahora, si uno se pone en ese lugar hace un papelón, porque es ridículo, el filósofo no está por arriba de nada. Y después, eso bajo o terrenal, esa necesidad de estar con los pies bien plantados, de no vivir toda la vida en una universidad, salir, conocer cosas que no corresponden a tu vocación, mezclarte con gente no letrada. Eso no es por un afán de humanismo, sino que es absolutamente indispensable para poder pensar. Wittgenstein decía: “Para ser filósofo elegí cualquier oficio que no sea ser profesor de filosofía”. Hay ciertos autores que a mí me daban esa imagen de un tipo de pensamiento bien agarrado en las cosas: el joven Sartre; el polaco Gombrowicz; Artaud, el poeta; y mis maestros Foucault y Deleuze. Tiene que ver con un modo de hacer filosofía que no toma en cuenta a la autoridad, ni la referencia, ni la competencia en cuánta gente citás, ni en el fisioculturismo bibliográfico, ni en el formulario de tesina. Es otra cosa, que se llama pensar. Y para pensar tenés que ser una persona que se caga en todo, especialmente en aquellos que te dicen cómo pensar y qué pensar. Vos ahí tenés que agarrar la aspiradora, borrar todo y ahí empezar a saltar como un mono y decir: “Esta alfombra es mía y acá digo lo que quiero”. Ahora, esta actitud de apropiación de la página, de la pantalla, de lo que sea, de tu cabeza, no es ni espontánea ni surge por voluntad solamente, sino que tenés que meter mucho trabajo. No tiene ningún sentido si no hay un esfuerzo a saltear. Todo esto tiene sentido si vos encontrás una resistencia, una pelea. Y la pelea te exige estar armado, porque el ejército de la cultura está con gente muy armada con mucho arsenal. Entonces, conseguir una voz propia, un pensamiento que sea tuyo, valga lo que valga, desentenderte de lo qué dirán, de cómo queda, bancarte estar en minoría, bancarte la frustración, no publicar un libro, que nadie lea un texto, que no te salga un renglón. Bueno, todo eso para mí forma parte de lo bajo. Es decir, no de la imagen del pensador, que te habla con voz grave, cavernosa, con buena sintaxis y que se lleva la mano al mentón y realmente está en estado de pañales, eso no.

-En “La lechuza y el caracol” señalás que estos animales inspiraron a Sócrates y Diógenes, respectivamente, ¿qué animal del bestiario filosófico te inspira? 
-Yo tengo como un metejón con el burro. No sé si llamarlo mula o asno. No solamente porque los ejemplos en general de la filosofía medieval, de la filosofía escolástica y de la teología, lo meten siempre. Son esos ejemplos que dicen: “Sócrates, ¿se parece más a Platón o a un burro? Bueno, más a Platón. ¿Por qué?” Entonces tenés que explicar que porque pertenece al mismo género, y después tenés que explicar género, especie… pero siempre meten al burro. Y yo me quiero comprar un burro además, pero ese es otro tema (Risas). Así que, dentro del bestiario filosófico, el burro es el que me tiene especial simpatía.

Articulo: http://www.revistaenie.clarin.com 13/05/2012

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