dimanche 27 mai 2012

Juan Manuel VIAL/ La macabra lucidez de PYNCHON


REVISTA UDP
La macabra lucidez de Pynchon
Por Juan Manuel VIAL

Ensayo sobre la obra de Thomas Pynchon, escritor estadounidense contemporáneo, calificado por Harold Bloom como el más grande prosista vivo de Estados Unidos. Artículo escrito por Juan Manuel Vial, periodista y crítico literario, que será publicado en la Revista de la Universidad Diego Portales (UDP) en su próximo número y que ha sido concedido como adelanto para El Boomeran(g).

El número 09 de la Revista UDP saldrá a finales de mayo y estará disponible en su página WEB.

"Es cierto que la literatura de Pynchon no es papita para cualquier paladar, pues acarrea un alto nivel de complejidad y, con frecuencia, puede estar teledirigida a un espacio que el lector, quienquiera que sea, por lo general no domina a cabalidad: el subconsciente".
Los paranoicos no son paranoicos (Proverbio 5) porque sean paranoicos, sino porque siguen metiéndose deliberadamente, los malditos imbéciles, en situaciones paranoicas”.
Thomas Pynchon, El arcoíris de gravedad.

Durante el ano 1999 vi en tres o cuatro ocasiones a Harold Bloom pasear tranquilamente por Washington Square, la famosa plaza neoyorquina. Entiendo que el daba clases en una facultad adyacente de la New York University, mientras que yo vivía a un par de cuadras del lugar. Hastiado del blanco que reflejaban las desnudas paredes del departamento en que moraba, buena parte de las mañanas se me iba holgazaneando por aquella plaza que, sin aviso previo, podía transformarse con impresionante fluidez en un llamativo circo humano. A veces, dispuesto a perder cinco dólares en pocos minutos, jugaba una partida de ajedrez con alguno de los innumerables vagabundos ilustrados que vegetaban por allí; en otras ocasiones solo miraba a mi alrededor, sin tener mucho en que pensar y ciertamente sin algo mejor que hacer. Fue bajo aquel estado que un día distinguí entre el resto de los caminantes la figura del crítico literario más poderoso de Estados Unidos. Sus rasgos físicos, ciertamente, eran notorios e inequívocos: gruesa papada bamboleante, ojos líquidos y saltones, de tamaño bovino, manos finas, la mirada divagante, el cuerpo ancho, muy alto, y ese andar sereno y reposado. Si mal no recuerdo, ni en aquella ni en las siguientes ocasiones lo vi por su cuenta, sino que siempre acompañado de alguna mujer atractiva, quizás colega, quizás amiga, quizás alumna privilegiada o tal vez amante. Pero jamás se me paso por la mente abordarlo y decirle lo que mascullaba entre dientes al verlo avanzar a la distancia: pocos años antes, Bloom había publicado El canon occidental, un libro que a algunos jóvenes de ese entonces nos pareció abusivo, arbitrario, prepotente y elitista.

Hoy por hoy, 16 o 17 años después de que publicase su polémico canon, mi opinión acerca de Bloom ha cambiado. La mesura que otorga la edad, mas ciertas lecturas claves, han hecho que mi sentimiento hacia el se acerque a la admiración. El canon occidental, volumen que he vuelto a leer recientemente, es sin lugar a dudas un libro ineludible. Y probablemente buena parte del encono y la animadversión que provoco su publicación en muchos de nosotros, muchachos graves, severos, y por ende bastante tontones, se debió a la falta de humor que en su momento demostramos ante el ingenioso ardid publicitario apreciable en el titulo. Pero no es el canon, sino un par de juicios de su autor, tan ciertos como que después del día cae la noche, lo que mas me ha acercado a Bloom en el ultimo tiempo. En el primero de ellos sostiene algo que la gente juiciosa de todo el mundo sabe de sobra hace rato, a excepción, claro esta, de las elites políticas chilenas: “Isabel Allende es una pésima escritora”. En el segundo predicamento, desarrollado con variedad de matices a lo largo de décadas, Bloom se demuestra un grandísimo admirador de la literatura de Thomas Pynchon, a quien considera “el más grande prosista vivo de Estados Unidos”.

Quienes no han leido los libros de Pynchon, o quienes si, y en vez de provecho han obtenido una sensacion confusa que media entre la perplejidad y la repugnancia, suelen decir que sus obras son inaccesibles, excluyentes e incluso sucias, o que están diseñadas para el disfrute de una casta de lectores híper intelectualizados que poseen un conocimiento de mundo similar al del autor. Otros, yendo más lejos, aseguran que hay que ser un iniciado en el gnosticismo, como lo es Pynchon, para entender de qué tratan sus escritos. Juicios de esta naturaleza o liviandad pasan por alto una regla fundamental de la literatura: los libros inteligentes tienen la virtud de hacer más inteligentes a quienes los leen hasta el final (y más a aquellos que, no habiéndolos entendido bien en una primera lectura, se permiten una segunda intentona). Sin embargo, es cierto que la literatura de Pynchon no es papita para cualquier paladar, pues acarrea un alto nivel de complejidad y, con frecuencia, puede estar teledirigida a un espacio que el lector, quienquiera que sea, por lo general no domina a cabalidad: el subconsciente.

Ahora, lejos de cualquier profundización teórica, a simple vista, podría decirse, es fácil percibir un atributo tremendo en la narrativa de Pynchon, y este tiene que ver con el hecho de que el autor vendría a ser un delicado parlante de su fragorosa imaginación. La técnica de Pynchon es exquisita, eso no lo discute nadie, pero su verdadero logro –en su caso una hazana es aquella capacidad de articular una infinidad de universos paralelos dentro de lo que para el es el enorme, si es que no infinito, campo de la novela. Todo esto lo aprehendió muy bien Roberto Bolaño. En palabras de Bloom, “Pynchon sobrepasa en inventiva a cualquier escritor estadounidense desde Faulkner, característica que el doctor Johnson, el mas grande los críticos literarios occidentales, consideraba correctamente como la esencia de la poesía o la ficción. Lo que puede juzgarse como el mayor talento de Pynchon es su vasto control, una habilidad preternatural para ordenar tamaña exuberancia de inventiva. La cualidad estética suprema de Pynchon es aquello que Hazlitt llamaba gusto, o lo que transmitió Blake en uno de sus proverbios infernales: exuberancia es belleza”.

Pynchon, se sabe, es también el más grande desconocido de las letras estadounidenses. Por casi cinco décadas, con una monomanía y una dedicación impresionantes (hay quienes dicen que el motor de todo ello es la exacerbada paranoia que sufriría), el hombre ha cultivado un estricto anonimato, al punto de que la única fotografía cierta que existe de su persona es la de un anuario universitario de principios de los cincuenta. No obstante, los datos biográficos que interesa conocer son de común acceso: nace en 1937, en Glen Cove, estado de Nueva York; egresa del colegio en 1953, a los 16 años, como el segundo mejor alumno de su clase; en 1958 se matricula en la Cornell University, donde estudia física y literatura; abandona Cornell brevemente para unirse a la Marina, pero regresa a completar ambas carreras; atendió a las conferencias que dio Nabokov en Cornell, aunque el ruso aseguro mas tarde no recordar a nadie llamado Pynchon entre su grey; se gradúa en 1958 y ese mismo ano rechaza una oferta de Cornell para ensenar escritura creativa, un puesto editorial en Esquire y la beca Wilson.

Mientras escribe V., su primera novela, vive en el Greenwich Village; en 1960 comienza a trabajar como ingeniero de la Boeing en Seattle, ocupación que mantendrá hasta 1962; en ese periodo publica algunos cuentos en revistas literarias, así como también un articulo relativo al misil guiado Bomarc en Aerospace; en 1963 publica V., que gana el premio de la fundación Faulkner a la mejor novela del ano; en 1965 publica La subasta del lote 49, también premiada; en 1973 le corresponde el turno a El arcoíris de gravedad, considerada su obra maestra, con la que obtiene el National Book Award (el autor envío a un payaso a recibir el galardón); pese a ser elegida en forma unánime por el comité del Pulitzer para competir por dicho premio, una entidad consejera ajena al Pulitzer le niega dicho privilegio por tratarse de “una novela obscena”; luego vendrán una colección de cuentos, Lento aprendizaje (1984), y cuatro novelas mas: Vineland (1990), Mason y Dixon (1997), Contraluz (2006, recién traducida al castellano) e Inherent Vice (2009).

El misterio alrededor de la figura y la identidad de Pynchon se ha convertido en un tema de culto que ha estimulado incesantes habladurías y una notable seguidilla de especulaciones alocadas. El mito se vio alentado por la desaparición de los papeles que atestiguaban su paso por la universidad, por la Marina y por la Boeing. Pynchon, un tipo inteligente, no ha hecho nada por desmentir los rumores. Pero una investigación periodística, a través de la cual cierta reportera de CNN dio con el, revelo que, además de existir en carne y hueso, el hombre es un ciudadano común y corriente, uno entre millones de neoyorquinos que habitualmente hacen sus compras en el almacén de la esquina, se juntan a almorzar con sus amigos y, con frecuencia, escapan de esa ciudad infernal para disfrutar algunos días de campo junto a sus familiares o amigos. En la novela Vineland figuran brevemente dos geniecillas del montaje cinematográfico, las hermanas Pisk, quienes aportan algo al respecto: “Se habían criado en Nueva York, lugar que, salvo geográficamente, jamás habían abandonado. Para ellas, lo único real de California eran las mil formas en que no llegaba a ser Nueva York [...]. Encontraban a la gente de la costa oeste ‘fría y distante’, y jamás se olvidaban de la ‘calidez y espíritu de vecindad’ de la vida en los apartamentos de la Gran Manzana [...]. Nosotras no tenemos que pasarnos las vidas encapsuladas en nuestros autos –señalaba Zipi–, .verdad? No, y nunca tenemos que mandar a nuestros perros y gatos al psicoanalista, y desde luego nosotras no salimos del agua, le echamos un polvo a alguien ahí mismo y después nos vamos a paso ligero sin dejar ni el numero de teléfono”.

Por ser sumamente oscura, retorcida, paranoide, extensa, compleja, y a ratos perturbadora, es la identidad literaria de Thomas Pynchon, y no la real, la que de verdad interesa. Tanto Borges como Pynchon escribieron fantasías, pero mientras Borges encamino sus aptitudes hacia ciertas curiosidades del lenguaje o de las matemáticas, Pynchon centro las suyas en la capacidad del hombre para ejecutar los pasos del mal y los tropiezos del amor.

Ahora, es fácil, muy fácil, dejarse tentar por un jueguecito inútil y ligeramente ordinario, y así forzar, aunque sea por un instante, algunas conclusiones al vuelo. La orgia de drogas, depravaciones, coprofagía, pedofilia, o de “sublimidad negativa”, para ocupar la elegante expresión de Bloom, es demasiado vivida en sus libros, esta demasiado enquistada en su ADN de escritor, como para conseguir sofocar permanentemente todo rapto de suspicacia.

A mi, por ejemplo, me parece improbable que alguien que jamás haya probado la cocaína pueda describirla con la seguridad y lucidez que lo hace Pynchon. “Delante de la puerta de acceso a la proa se encuentra con un grupo de borrachos y atontados aristócratas que bloquean el pasillo, junto con un desordenado montón de botellas, vasos y copas, a los que hacen compañía, sentados en circulo, en el suelo, un corro de adictos a la cocaína que, en ese momento, no sienten otra cosa que el cosquilleo de pajaritos de cristal que les revolotean narices arriba, a través de una selva de pelos, que se les antojan salidos de la punta de un puñal de oro con rubíes engastados”. El arcoíris de gravedad, libro del cual procede la cita anterior, esta dedicado a nos lo quita de las manos, Justicia y el FBI tratan de hacer ellos el negocio o arruinarlo, y francamente –bajando la voz– .te das cuenta de lo barata que esta la coca desde el ano 81? .Como demonios justificas eso?”. En El arcoíris de gravedad casi todos los participantes, alrededor de trescientos, pueden perfectamente llegar a calzar en una de las siguientes caracterizaciones denigratorias: “Dentro descubren una combinación de bar, fumadero de opio, cabaret, casino y casa de lenocinio, con todas las salas rebosantes de soldados, marineros, mujeres, bribones, conjuradores, traficantes, drogadictos, ganaderos, perdedores, voyeurs, homosexuales, fetichistas, espías y pobres diablos solo necesitados de compañía..., todos ellos hablando, cantando o armando alboroto, pero las paredes insonorizadas de la casa impiden que el jolgorio se oiga fuera”.

James Wood, otro de los grandes críticos estadounidenses en ejercicio, sostiene acertadamente que la farsa del siglo XVIII calo profundo en el estilo de Pynchon (Wood se refiere específicamente al Tom Jones, de Henry Fielding): “No hay nada mas dieciochesco que el amor de Pynchon por la acumulación de argumentos picarescos; su burla de la pedantería, que al mismo tiempo es amor por la pedantería; su habito de hacer que sus personajes planos dancen por un instante en el estrado para luego eliminarlos bruscamente de escena; su devoción vodevilesca por nombres tontos, bromas, percances, disfraces, errores tontos, y suma y sigue. Hay placeres que obtener leyendo estos lienzos amistosos y poblados, y hay pasajes de inmensa belleza, pero, como en la farsa, el costo en cuanto a la seriedad final es considerable: cada quien esta protegido de las amenazas reales porque nadie realmente existe. Las enormes turbinas del incesante creador de historias producen tal ruido que al final nadie puede ser escuchado”. Es fácil entender el desden Richard Farina, poeta, cantante de folk e icono de la contracultura narcotizada de principios de los sesenta, quien, dicho sea de paso, sufrió una muerte de lo mas pynchonesca en abril de 1966 (Wikipedia ofrece una excelente versión del hecho).

Ambos muchachos se conocieron en Cornell, el ano 1958, en un ambiente en el que para Pynchon, a diferencia de Farina, reinaba una acentuada represión sexual: “1958, ténganlo por cierto, era otro planeta [...]. El rock and roll nos había acompañado por algunos pocos anos, pero la formula sexo, drogas y rock and roll aun no estaba lista para muchos de nosotros”, apunto en un famoso prologo a la única novela que escribió Farina. La declaración, además de que nos permite fijar con exactitud la época en que Pynchon comenzó a probar ciertos narcóticos prohibidos, alcanza también una insospechada trascendencia visual: la única imagen que de el conocemos, la que retrata a un muchachote dientan y encorbatado que luce su mejor sonrisa de anuario, ciertamente no coincide con la imagen del Thomas Pynchon que llegaríamos a conocer a través de sus libros.

Los personajes de Pynchon, los cientos que aparecen en sus novelas, conforman una humanidad llamativamente morosa. En la novela V., donde una misma historia es contada a través de una docena de variaciones, uno de los protagonistas, Profane, “seguía siendo un muchacho ameboideo, blando y gordo, el pelo trasquilado corto, creciendo a retazos, los ojos pequeños como los de un cerdo y demasiado separados”. En Vineland, obra ambientada en una comunidad de marihuaneros californianos que lucha contra los embates persecutorios de la era Reagan, las conspiraciones –y las suspicacias que estas incitan- se despliegan a cada instante. “Nadie nos protege en esta administración, el Departamento de Estado no nos puede ver, para el Consejo Nacional de Seguridad somos bazofia, si Aduanas no que denotan sus palabras, pues, a fin de cuentas, Wood es un predicador fanático del realismo a ultranza, pero, aun así, su juicio pasa por alto una cualidad fundamental, y a la vez perturbadora, en la literatura de Pynchon: muchos de sus “argumentos picarescos” son tan reales como la letra misma en que están impresos.

Las conspiraciones descritas en los libros de Pynchon no son, como pudiera pensarse en un primer instante, producto de una imaginación enfurecida y desatada. Allí, en ese rasgo perturbador, radica uno de los más grandes placeres de leer a Pynchon: su inventiva afiebrada no se desboca a la hora de describir conflagraciones; las conflagraciones están y siempre estarán ahí, a tiro de piedra. Leer a Pynchon implica calibrar la paranoia del que escribe y, luego, en mayor o menor grado, comenzar a sentirla en carne propia. Es sorprendente el numero de personajes secundarios reales (o si se prefiere “históricos”) que animan las ficciones de Pynchon, así como también lo es el llamativo numero de complots genuinos, aunque no muy conocidos, que el escritor plasmo en sus novelas. Tras leerlas, siempre persiste una macabra interrogante: .y si Pynchon estuviera en lo cierto? El foco de todas las relaciones, de las innumerables relaciones propuestas en El arcoíris de gravedad, es el carismático cohete V-2. Y aunque así, a primera vista, el asunto pueda parecer alocado, es imposible ignorar el hecho de que una de las mejores novelas sobre la Segunda Guerra Mundial, que tiene mucho más asidero en la investigación de hechos reales que en la farsa, fue escrita por alguien que cumplió ocho anos el día de la victoria aliada.

Si se trata de vislumbrar la difusa identidad de Pynchon por medio de sus libros –en un momento de candor esa fue la ambición de este artículo, tal vez lo mejor sea centrarnos en un solo personaje, en Tyrone Slothrop, protagonista de El arcoíris de gravedad. Antes que nada, el joven es un paranoico profesional que, entre 1944 y 1945, deambula de manera incesante por Europa, casi siempre disfrazado, ya sea de chancho, de oficial ruso, de dandy o de “Hombrecohete”. El fin de la Segunda Guerra Mundial queda ensombrecido en el relato por la dureza y el desenfreno reinantes en los continuos círculos depravados o decadentes que visita Slothrop. Sin embargo, ni las drogas, ni los raptos de pedofilia dura, ni las partusas, ni el exorbitante número de amistades reprobables con que se codea logran corromper al estoico Slothrop. Al poder, al poder oculto e innominado, a esos que Pynchon denomina Ellos, siempre con mayúscula, Slothrop solo les interesa porque, dicen, es capaz de predecir cuando caerá un cohete en un lugar determinado: “Su supervivencia hasta la fecha es una prueba de que ha actuado con información anticipada y evitando la zona en el momento en que se suponía caería el cohete”. Por sobre esa habilidad inconsciente, Slothrop se define como un puritano que cree en la Palabra, también con mayúscula, aunque es muy improbable que con ello Pynchon se refiera a la palabra de Dios. Sus ancestros, los de Slothrop, y también los de Pynchon, ya habían hecho el pacto generaciones atrás: “Mierda, dinero y Palabra, las tres verdades norteamericanas impulsoras de la movilidad norteamericana, los ligaron definitivamente, según afirmaban los Slothrop, al destino del país”.

Mierda, dinero y Palabra, tres ingredientes que puestos en una misma licuadora infernal rebalsan los capilares de la imaginacion de Thomas Pynchon. ¿Salvación?, ¿Redención? Claro que no. Más bien, una posibilidad aterradora: la paranoia “no es nada menos que el comienzo, el primer paso, en el descubrimiento de que todo está conectado, todo en la Creación”.

Juan Manuel Vial. Periodista. Crítico literario del diario La Tercera.
Articulo: www.elboomeran.com 05/2012

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