dimanche 6 mai 2012

María GABRIELA MÉNDEZ/ Juan VILLORO: "Me gusta ser un aforista plebeyo"


LITERATURA
Juan Villoro: "Me gusta ser un aforista plebeyo"
Por María GABRIELA MÉNDEZ

"En muchos de mis textos se filtran pasajes que tienen que ver con lo que he vivido. Mis textos han recibido descalificaciones que los antologadores no incluyeron para no poner en entredicho sus propósitos", señala el escritor y periodista mexicano.

Las biografías de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) lo definen como "uno de los principales escritores latinoamericanos contemporáneos". Aunque suena a la fórmula manoseada para definir a muchos escritores, en el caso del mexicano, no hay ni pizca de exageración. El puesto se lo ha ganado a fuerza de talento, luego de haber transitado durante los últimos treinta años por todos los géneros literarios (novela, cuento, ensayo, crónica, cuentos para niños, teatro) y hasta traducciones. 

No es de extrañar que cuente ya, como escritor de renombre, con un libro dedicado íntegramente a analizar su obra. Lo publicó hace pocos meses la editorial española Candaya con el título Materias dispuestas. Juan Villoro ante la crítica. 

Oswaldo Zavala y José Ramón Ruisánchez, compiladores y prologuistas tuvieron la idea después de un congreso académico en el que algunos escritores hablaron del trabajo de Villoro. "Para un autor es decisivo que se discuta su obra, pero él no debe intervenir en eso", explica Villoro sobre este libro que prácticamente se puede leer como su biografía literaria. 

Escritores como Roberto Bolaño, Sergio Pitol, Antonio Skármeta, Carlos Fuentes, José Balza, Alejandro Rossi, entre otros; así como críticos y académicos analizan la obra de Villoro: desde sus primeros relatos, hasta su trabajo como novelista y cronista. Y llevan al lector a recorrer el camino transitado por un experimentado escritor. 

Villoro es un observador compulsivo y debe ser por eso que las metáforas más impensables y atinadas le salen tan natural. Pero no es de los que se la pasa anotando todo lo que se le ocurre. Al contrario, no toma notas porque cree que si las cosas importan lo suficiente debe recordarlas, se trata de una cábala con él mismo: "Si no las recuerdo, no las merezco". 

Y parece que son muchas las que recuerda porque el ganador del Premio Herralde en 2004 no detiene su producción. En febrero publicó ¿Hay vida en la tierra? Una recopilación de escenas, historias mínimas escritas en los últimos 17 años en las que trata la realidad cotidiana. Además, revela que Berlín, la ciudad donde vivió tres años como agregado cultural de México, será el escenario de su próxima novela. 

- Hay quienes creen que la crítica es muy aguafiestas porque disecciona el texto como a un cadáver, lo racionaliza y le quita emoción. ¿Cómo se lleva con la crítica? 
-Algunos de los mejores libros que he leído son de crítica literaria. Me interesa mucho el ensayo como lector y como autor. En lo que toca a lo que se ha escrito sobre mí, siempre ha sido una compañía. Empecé a publicar a fines de los años setenta y pasaron unos veinte años para que mis libros recibieran una atención más o menos significativa del público o para que el azar les concediera algún premio. En ese tiempo, la lectura cómplice y estimulante de varios críticos equivalió a faros en una navegación a oscuras. También aprendí que el autor no es el verdadero destinatario de la crítica. Esas luces me permitieron avanzar, pero no modifiqué mi trayecto por ellas. 

-García Márquez dijo que los años más difíciles para un escritor eran los primeros 40. Luego de 30 años como escritor, ¿cuál es el balance? 
-Todos los años son igualmente difíciles, y eso hace interesante el viaje. No he dejado de tener dudas, lo cual me permite transformarlas en ilusiones. En los últimos años me he dedicado bastante el teatro, género que me gustaba mucho y que había traducido, pero que no practicaba. Es estupendo ser principiante en un género y eso me lo ha permitido el teatro. 

-En una entrevista, usted dijo que los grandes autores inventan una manera, no sólo de leer su obra, sino la realidad, y que le gustaría llegar a ese punto, ¿cree que llegó? 
-Me gustaría llegar y espero morir con la certeza de que no he llegado. 

-Ha transitado por todos los géneros narrativos, excepto la poesía. Sin embargo, ha dicho que es un consumidor de poemas y que la prosa le debe mucho a la poesía. ¿Qué le hace falta para escribir poesía? 
-Algunos de los mejores momentos de la poesía han ocurrido en la prosa. Pensemos, si no, en Broch, Proust, Joyce, Rulfo, Onetti, Valle-Inclán, Nabokov, Borges. Leer poesía ayuda mucho al ritmo, a entender el lenguaje como algo donde el silencio y las alusiones son decisivos. La mayoría de los prosistas logran esos efectos, pero para llegar a ellos necesitan un soporte bastante concreto (la trama, los personajes). Escribo por amor a ciertas palabras y ciertas metáforas, pero sólo las encuentro o sólo siento que se justifican enmarcadas en una historia. 

-Dice Vicente Leñero en Villoro ante la crítica que la idea original pide el género, y que la obediencia del escritor a la exigencia genuina determina su feliz resultado. ¿Los temas y las historias son las que le dicen qué género usará? 
-Es así, pero a veces surgen dudas. Cuando el tema para una crónica tiene huecos que sólo pueden ser llenados por la ficción, opto por reescribir el texto en clave ficticia. Lo curioso es que este cruce de fronteras siempre me toma años. Me gusta escribir en diversos géneros, pero las aduanas entre ellos son muy severas. 

-En todo el libro no hay críticas negativas. ¿No le asusta que sus textos no tengan defectos? 
-Hay una crítica muy buena, de Christopher Domínguez Michael, que pone muchos reparos a mi obra anterior a El testigo. Es una discusión muy intensa de cómo un autor se redime. Obviamente, agradezco el desenlace al que llega. No estoy muy seguro de haber sido un protozoario que de pronto evolucionó en anfibio, pero esa apasionada forma de entender contradicciones mías me resulta muy estimulante. Por otra parte, mis textos han recibido descalificaciones que los antologadores no incluyeron para no poner en entredicho sus propósitos. No me ha faltado ese contacto. En lo que toca a los defectos, creo que incluso pueden formar parte de una estrategia narrativa. Los defectos son una forma de la elocuencia. El problema está en que no acaben ahogando las que podrían ser tus virtudes. 

-Su vocación de escritor se le reveló el día en que, leyendo a José Agustín, se identificó con un personaje, y le pareció que su mundo, que era absurdo e indigno de ser contado, podía adquirir forma narrativa. ¿Podemos pensar que en cualquier momento tendremos su autobiografía? 
-No. Con los años, el pasado cobra mayor fuerza y va emergiendo ante ti con una consistencia casi telúrica. Es como disponer de una ciudad entera con cosas que ya no existen en el mundo de todos los días. Esto provoca que las zonas memoriosas adquieran mayor importancia y que el presente sea visto, en buena medida, como un eco de un misterio anterior. En muchos de mis textos se filtran pasajes que tienen que ver con lo que he vivido, pero este discurso autobiográfico opera en forma lateral, fragmentaria, distraída. No me interesa entender mi vida como un todo ni darle una coherencia retrospectiva a lo que a fin de cuentas no fue otra cosa que una secuencia azarosa. 

-Twitter parece una red social creada para usted que, como dice en el libro Mihaly Des, es "un aforista metido a narrador". ¿De qué manera le interesan las redes sociales y cómo cree que éstas han cambiado la forma en que nos comunicamos? 
-Me gusta mucho la posibilidad de ser un aforista plebeyo, sin la grandilocuencia de quien entrega máximas para ser publicadas o esculpidas en mármol. Eso me divierte. 

-¿Usted "huele" y escoge los temas, o es, como dijo en una ocasión, como un sastre de Taiwán, de ésos que hacen una camisa de cualquier talle en el tiempo que sea necesario? 
-Siempre hay una mezcla de intuición y posibilidades prácticas, de impulso y oficio. Con las novelas o los cuentos me puedo dar el lujo de interrumpir la escritura, de posponerla durante años, de reescribir por el mero gusto de hacerlo. Cada vez que publico una novela me propongo que no pasen 6 ó 7 años para publicar otra, pero siempre pasan 6 ó 7 años. En cambio, los artículos y las crónicas se cumplen en el presente. Vivo de esos plazos de entrega, de los que siempre me quejo, pero que, casi sin que me dé cuenta, conforman una parte decisiva de mi trabajo.

-¿Cuánto influyó ser hijo de Luis Villoro y compartir desde muy joven con los grandes intelectuales que llegaban a su casa tan solo de visita? 
-Mis padres se separaron cuando yo tenía 9 años. Esto reforzó el hecho de que mi padre fuera para mí sobre todo una presencia cultural y ética. Fue un magnífico profesor, muy admirado en la Universidad, dueño de una retórica impecable que lo llevó en su juventud a ganar varios premios de oratoria. Nadie recuerda que haya dicho una mentira o que haya reaccionado sin reflexionar profundamente en las consecuencias morales de sus actos. En los días que pasaba con él su compañía fue muy formativa, en un sentido de cordialidad pedagógica. No es un hombre interesado en cosas mundanas (salvo el fútbol) ni en sostener apasionadas relaciones amistosas. Ha sido siempre un devoto del conocimiento. No se expiden títulos por ser hijo, pero fui su alumno hasta que sucedió lo inevitable en todos los procesos de enseñanza; adquirí otros gustos, deliberadamente ajenos a sus intereses: el rock, la contracultura, los chismes, la literatura. 

-Hay mucho de sociología en el periodismo y viceversa. ¿Le han servido sus estudios de sociología para su trabajo diario? 
-Durante años pensé que no me servía de nada. Estudié la carrera con mucha pasión y me interesó especialmente la sociología del conocimiento, derivada de la escuela de Frankfurt. Para desmarcarme de mi padre, puse un excesivo acento en no ser académico. Esta ingenua rebeldía se fue quebrando con los años y creo que en mis crónicas (incluso o en especial en las de fútbol) se nota al lector de sociología.

Articulo : http://www.eluniversal.com 06/05/2012

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