samedi 19 mai 2012

Mercedes ESTRAMIL/ Los ingredientes de la felicidad


Cultural
Los ingredientes de la felicidad
Por Mercedes Estramil

El profesor y juez alemán Bernhard Schlink (1944) se hizo conocer como escritor con un puñado de novelas policiales, la primera de ellas escrita en colaboración con Walter Popp (La justicia de Selb, 1987), donde presentaban a un particular detective privado viudo, sesentón y con un oscuro pasado de fiscal nazi: Gerhard Selb.

Schlink continuó la serie -correcta, pero nada singular- él solo, y dio el gran batacazo comercial con una novela que tocaba el tema de la culpa histórica desde otro ángulo: El lector (1995) narraba una historia de amor trunca entre una mujer madura y un estudiante de quince años, pero ese asunto privado tomaba otro espesor años después, cuando él asistía como estudiante de derecho a un proceso penal contra ex guardianas nazis entre las que se encontraba ese antiguo amor. El dato de que la mujer fuera analfabeta y lo ocultara con vergüenza, además de otorgarle tensión a una relación amorosa de por sí prohibida, subrayaba metafóricamente la dificultad de leer en la Historia, comprender, tomar partido, juzgar. El éxito de El lector, llevada al cine en 2008 por Stephen Daldry, no se repitió. Y aunque Schlink ha seguido releyendo culpas pasadas de su país en libros de no ficción sobre la posguerra, también ha puesto el ojo narrativamente en los avatares sentimentales; tema universal, intemporal e inagotable. Lo había abordado en los siete relatos de Amores en fuga (2000), y vuelve a hacerlo en los siete de Mentiras de verano (2010).

INSTANTES 

Con su habitual sabiduría, siempre útil para citar, Ambrose Bierce definió felicidad como la "sensación agradable que nace de contemplar la miseria ajena". Ese aserto que puede ser incontrastable para un cínico estadounidense como Bierce, es impensable en un alemán serio como Schlink, por más que reparta su estadía entre Berlín y Nueva York. Los relatos de Mentiras de verano versan sobre la felicidad, concepto vago, amplio, delicado. Sea esta una cualidad genética, un estado de ánimo, una proyección ilusoria o un estadio del pasado, lo cierto es que el siglo XX, y el XXI más, han puesto de moda su imperativo: ser feliz se ha convertido en un mandato natural, venimos al mundo para eso y no serlo es casi vergonzoso. Incluso prestigiosas universidades se dedican a estudiar cerebros para averiguar los grados de felicidad de sus dueños (según investigadores en neurociencia afectiva de la Universidad de Wisconsin, lidera la punta un francés asceta y célibe, asesor personal del Dalai Lama). La psicología trata de que seamos felices y los libros de autoayuda dan recetas; y la pregunta sobre qué es la felicidad sigue tan vigente como en la antigua Grecia, tratando de pescar una respuesta que ayude a encontrarla.

En Mentiras de verano hay vacaciones, gente en familia, parejas, niños, ausencia de miseria económica, playas solitarias por donde transitar en compañía. En un primer vistazo, componentes en apariencia necesarios -si no suficientes- para generar ese estado envidiable. Excepto que la felicidad surge, como la mayoría de las cosas, por contraste. En "El último verano" un hombre viejo reúne a su familia (esposa, hijos y nietos) en una casa de campo mientras evalúa de qué modo tomará el "cóctel" a la hora en que su cáncer de huesos no le permita vivir sin dolor. En esos días repasa su vida analizando cómo teniendo todos los elementos para ser feliz no lo fue. Incluso considerando que Schlink tiene una veta sensiblera bastante fuerte y que "redimir" a su personaje en el cuarto de hora final con una declaración de carpe diem casi in extremis no era lo mejor, el cuento conmueve.

En otro nivel se sitúa "El viaje al sur", la historia de una abuela internada en un residencial, visitada por su familia, que un día simplemente deja de quererlos. O deja de actuar la comedia de la felicidad: primero se enferma y luego decide viajar a un lugar donde cree haber sido feliz, de muy joven, con un hombre al que terminó abandonando. Aquí de nuevo la felicidad asoma como un proyecto interrumpido, mal interpretado, falseado básicamente por su propia esencia imperativa, saboreado como un dato del pasado que cuando vuelve a corporizarse enseguida se desvanece.

En el resto de los relatos los protagonistas son mayormente jóvenes, pero la trampa continúa siendo la misma.

PERMANENCIA

La anciana del último relato bien podría ser (no lo es, cabe aclarar) la joven rica del primero, que vive apasionadamente algunos días de amor con un desconocido durante unas vacaciones y se separa de él con la esperanza de volver a verlo, mientras él considera el asunto con otra calma. Sin dificultad los personajes de Schlink podrían suscribir los versos de su coterráneo Hans Magnus Enzensberger: "Porque el instante/ en que la palabra feliz/ se pronuncia/ no es nunca el instante de la felicidad". Tal cual. En cada uno de los cuentos se percibe esa tensión de la vida a destiempo, del desfasaje entre lo vivido y el relato interno que cada cual establece sobre lo vivido (y que frecuentemente, aun desde la mentira, lo sustituye).

En "La casa en el bosque", un frustrado escritor alemán casado con una escritora estadounidense exitosa encuentra por fin algo parecido al paraíso conyugal cuando se mudan con su pequeña hija a una casa situada a cinco horas de Nueva York. Lo que comienza como un deseo de asegurar uno de los mitos de la felicidad (su permanencia) aislándose de los elementos amenazantes externos (la ciudad, los otros) termina en un viraje de falseamiento de la realidad y locura posesiva. Frente al exceso de compromiso afectivo de ese personaje está la carencia del protagonista de "La noche en Baden-Baden", un hombre que teniendo una relación estable pero semi oculta con una mujer, gusta de viajar con otra amiga y dormir con ella aunque no hagan el amor. La explicación edípica del asunto no da realce al texto, por desgracia, y la resolución se escapa por un pelo de instalar un happy end que resultaría extraño.

Hay que decir que el enfoque de Schlink va dirigido, sobre todo, a la cuestión amorosa, las relaciones en las parejas o entre padres e hijos, y que la felicidad aparece (o desaparece) como parte de un proyecto compartido, familiar. Un cuento inusual, que promedia el libro y descomprime en parte su presión intimista es el excepcional "Un extraño en la noche", donde un narrador ignoto se ve abordado en un avión por un tipo que le cuenta su vida, anunciándole que la misma ha tenido una exhibición mediática importante desde el momento en que su novia fue raptada por un diplomático árabe y su cuenta abultada en algunos millones como parte de una supuesta venta. La narración es extensa e incluye varias peripecias y el oyente -un físico poco versado en cuestiones del corazón- cae de distintas maneras en las redes de seducción del narrador por una razón bien sencilla que Schlink no necesita explicitar: en el relato de ese extraño hay vida. Y que, por suerte, no explicita. Estos cuentos de Schlink no son excepcionales por virtud de su prosa -sin exquisiteces, a veces muy explicativa y con "mensaje"-, pero tienen sin duda el encanto de ser vitales y la audacia de no temer emocionar al lector.

MENTIRAS DE VERANO, de Bernhard Schlink. Anagrama, 2012. Barcelona, 258 págs. Distribuye Gussi.

Articulo : http://www.elpais.com.uy 18/05/2012

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