dimanche 13 mai 2012

Milan KUNDERA/ CAMUS, SARTRE, PAZ... Los míos (los nuestros) de Jean Daniel


Camus, Sartre, Paz... Los míos (los nuestros) de Jean Daniel
Por Milan KUNDERA 

Una galería de retratos que es al tiempo celebración vital de un carácter y un destino, con introducción de Milan Kundera

El vecino siglo XX es ya un siglo de leyenda. Sus testigos no tienen precio, aquéllos que a todos conocieron, a los mejores, a los suyos, rinden cuentas.

A la vuelta de la esquina de la memoria, el periodista francés Jean Daniel (Argelia, 1920), cofundador en 1965, junto a André Gorz de Le Nouvel Observateur, entrevistó, terció tragos, lidió con todos ellos: Malraux, Camus, Sartre, Foucault, Octavio Paz, Lévi-Strauss, Solzhenitsyn, Jorge Semprún... Ahora lo cuenta en 'Los míos' (Galaxia Gutenberg), una galería de retratos que es al tiempo celebración vital de un carácter y un destino. Porque como señala Milan Kundera en la introducción que adelantamos, Jean Daniel vive, pero sus 52 retratados han muerto y sólo cabe proteger el pasado de sus supervivientes. Así, redescubrimos al “resplandeciente” Malraux y al “diabólico” Sartre, con parada en la Argelia del “samurai” Foucault o en el México del inusitado poeta bailarín Paz.

Es natural: cada cual se considera autor exclusivo de su actitud, de sus convicciones, de sus actos: de sí mismo: cada cual tiende a subestimar el papel del azar que, mediante encuentros imprevisibles, nos modela desde fuera. Pero un buen día, percibimos a nuestro alrededor una dispersa comitiva de personas y reconocemos en ella a algunas sin las cuales no seríamos lo que somos. Jean Daniel las llama 'los míos'. 

Su libro, que lleva ese título, es la galería de sus retratos. Quizá también sea una autobiografía discretamente escrita en su reverso. Son cincuenta y dos retratos. El primero es el de su madre y, a través de ella, el de toda su familia que es judía, vive en Argelia y se considera francesa. El “triángulo identitario”. El signo grabado en la primera piedra de su vida y uno de los grandes temas del libro. El segundo retrato es el del amigo de su primera juventud, Vicente, hijo de una familia pobre, que un día se irá a España donde lo matarán los franquistas en la guerra civil. Un sueño de revolución que se mantendrá presente en la vida de Jean Daniel, convirtiéndose luego en otro gran tema de su galería. Los cincuenta y dos personajes ya han muerto. En esa ausencia de los vivos, incondicional ausencia, veo un sentido profundo que elucidan los versos de Guillaume Apollinaire que encabezan el libro: Nada hay más muerto que lo que no existe todavía / Al lado del brillante pasado, incoloro es el mañana. 

El mañana no tiene una existencia real, el mañana ha muerto. La vida se concentra en el pasado. Debemos pues protegerlo de los supervivientes, quienes, sin saberlo, están dispuestos a olvidar lo que eran, hacían y pensaban. No consiguen ignorar las lecciones que les dicta el “mañana”, que, mientras los absorbe, rescribe ya su memoria. Excluir a los supervivientes es el modo de dar la espalda al “mañana incoloro” para que se mantenga intacta la belleza del “pasado brillante”. 

Esto me recuerda la visita de un amigo checo a París, unos meses después de la caída del comunismo. Es invierno, pasamos por una avenida donde nos vamos topando con indigentes tumbados o sentados en las aceras. Sin decir nada, mi mujer se los señala a nuestro amigo que reacciona con alegre ironía: “¿Quieres hacerme propaganda comunista?”. En efecto, mi amigo ha olvidado del todo que en su país hubo una odiosa policía política pero nunca vio a un mendigo por la calle. El futuro ya estaba remodelando en sordina el pasado. 

El recuerdo del joven revolucionario Vicente alumbra tenuemente a unos veinte retratados, Camus, Sartre, Gide, Jean Cau, Furet, Czeslaw Milosz y tantos otros. Jean Daniel no los juzga ni interviene en sus disputas. Nada más lejos de su intención. Conserva sus actitudes y discusiones tal como eran, con toda su belleza pasada. Y, sorprendido, me doy cuenta de que, por muy grande que haya sido la inteligencia de los retratados y su conocimiento del mundo, ninguno de ellos dijo nada válido sobre el futuro. Nada, ni sobre la cercana caída del comunismo europeo ni sobre la fascinante transformación del comunismo chino, ni sobre los voraces progresos de la técnica que, más que los regímenes políticos, será la que cambie la vida. Pero esa incapacidad de previsión no debilita en modo alguno su pensamiento. ¿Están obligados los intelectuales a ser adivinos? ¿Eran tan racionales las soluciones que ha aportado la Historia a los problemas de la humanidad? ¿Tan dignas de admiración? Considerar la Historia como dueña de la verdad es la principal sandez hegeliana, y no me seduce. Aunque no supieran predecir la Historia, los personajes de quienes nos habla Jean Daniel, “los suyos”, me son queridos, y contemplo con nostalgia ese “pasado brillante” que, gracias a ellos, sigue siendo inimitable, original y bello.

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Ocho de los nuestros

Malraux, Foucault, Sartre, Camus, Octavio Paz, Solzhenitsyn, Lévi-Strauss y Semprún vistos por Jean Daniel
Publicado el 11/05/2012

André Malraux
“Con él no había descanso ni respiro”

“Malraux es la imagen, la senda, la antorcha que ilumina todo lo que un adolescente sueña ser. Ese resplandor lo encarnará un hombre, e incluso al principio, un hombre joven. De rostro delicado y perspicaz, Malraux formula todas las preguntas que nos han obsesionado desde la Revolución hasta -sí, Mauriac- desesperarnos. ¡Y con qué irrebatible ascendiente! ¡Con qué asombrosa, despiadada lucidez! Tenía buen cuidado de no responder a las preguntas. Algo que, en su momento, hubiera interesado a muy pocos y hoy dividiría a todos. Pero las blandía, las trituraba, las machacaba hasta que solo formaban una, la única que importa: ¿qué hacer con la muerte? Con él no había descanso. Ni respiro. Con él, la vida solo podía ser intensa”. 

Michel Foucault
“La ilusión de ser inteligente”

“Cuando en los años 60, uno deambulaba por las empinadas callejuelas de Sidi Bu-Said, era fácil tropezarse con una especie de samurái endeble, sarmentoso, seco, hierático, con cejas de albino, de atractivo un tanto diabólico y cuya curiosidad ávida y afable intrigaba a todo el mundo. Era Michel Foucault, en aquella época profesor en Túnez. Estaba escribiendo La arqueología del saber. Desde la publicación de Las palabras y las cosas, su autoridad se imponía ya en los cenáculos parisinos. (...) Nos contentamos con ser sus amigos, beneficiándonos de su amable y atenta consideración, de la exigencia, a veces cruel, de sus juicios. Desde Bergson, ningún filósofo se ha preocupado tanto de escribir bien, y el lenguaje de Foucault era espléndido; pero, además, la conversación con él tenía el don seductor y peligroso de lograr que su interlocutor se hiciera la ilusión de ser inteligente”. 

Jean-Paul Sartre
“Obsesivo sentimiento de culpa”

“Con él yo me sentía -nos sentíamos- en una situación indefinida, indefinible: nunca dejábamos de dialogar, aunque no hubiese respuesta por su parte ni esperásemos nada de él, aunque nos entraran deseos de buscar en otros un estímulo más cómplice. Solo ahora es posible entender a fondo lo que escribió a la muerte de Camus y que, en su momento, nos pareció fraternal pero forzado: que las disputas no eran más que un modo de relacionarse. A condición, por supuesto, de que la intensidad del sentimiento de culpa fuera obsesiva. De hecho, nosotros estábamos obsesionados por Sartre. Cuando percibíamos que su genio dialéctico le hacía desviarse del modo más diabólico, era cuando sentíamos más viva la necesidad de reacción e intercambio. Y cuando por fin la relación entre nosotros volvía a ser cálida era como si recuperásemos la unidad”. 


Albert Camus
“No quería ser un pensador”

“Desde que le conocí, la pasión me amarró a él. Era la posguerra, yo era joven. Él todavía lo era. Yo, un desconocido; él, ya famoso. Desde el principio comprendí que él sería el sol y el orgullo de mi juventud. (...) Camus había concebido su obra como un gran tríptico, asombrosamente calculado. Repitamos que no cesó de decir que no quería ser un pensador, y mucho menos un filósofo. Que no tenía suficiente confianza en la razón. A pesar de ello, había elaborado todo un plan para su obra que se desarrollaba tanto a través de la novela como del teatro y del ensayo. La muerte le impidió completar la tercera parte de ese gran plan, a menos que se considere -y no hay que excluirlo- que el libro inacabado y póstumo, encontrado en el lugar del fatal accidente en 1960 y reconstruido gracias al cuidado riguroso y apasionado de Catherine Camus, en una palabra, que El primer hombre, sea una suerte de himno inaugural, como la aurora y la promesa de una posibilidad de amor”. 

Octavio Paz
“Un poeta bailarín”

“Paz se dedicó, junto a Claude Roy, a rivalizar citando versos de autores surrealistas de diversos países. También bromeó conmigo sobre la pretensión que yo había tenido, durante mi última estancia en México, de reconciliarlo con otro gran escritor mexicano, Carlos Fuentes. Por último, evocó la impopularidad que compartió con otros dos premios Nobel, Czeslaw Milosz y Albert Camus, durante la época en que habían sido antiestalinistas en París, tras la Liberación. Los tres eran criticados y a veces perseguidos por la inteliguéntsia parisina. Decía que, a diferencia de los otros dos Nobel, él no se sentía en absoluto culpabilizado por haberse visto marginado, pues era más difícil ser anticomunista cuando se vivía en México, es decir, cerca de Estados Unidos, que lejos de allí. (...) Según su esposa, el gran hombre debía retirarse para irse a dormir. No lo hizo: se fue a bailar a una discoteca cubana. Retrospectivamente, esa fantasía me llenó de envidia. ¿Por qué no nos llevó?”. 

Aleksandr Solzhenitsyn
“El hacedor de la Historia”

“Solzhenitsyn forma parte de los hombres que hacen la Historia. Es difícil cuestionarlo ante los calificativos que le ha dedicado la prensa mundial: ‘gigante de la Historia', ‘icono', ‘conciencia de la eterna Rusia'. Estos hombres no se contentan con padecer la Historia como una fatalidad, modifican su curso. El milagro, en el caso de Solzhenitsyn, es que lo lograra solo por sus escritos y por el modo en que los dio a conocer. Bastó un texto, Un día en la vida de Iván Denisovich, para contribuir en 1962 a la desintegración de un sistema. (...) La obra de este escritor ruso -oficial del ejército soviético, víctima de un cáncer tras haber sido desmovilizado y encarcelado después en uno de los campos del sistema concentracionario, cuyo nombre, el gulag, él hará ingresar en el vocabulario universal- fue un poderoso instrumento de guerra contra el totalitarismo”. 

Lévi-Strauss
“La dignidad recuperada”

“¿Qué puede hacer realidad la unión consensuada de un mundo, su unidad fusional, si no es la comunión en el duelo? Para el planeta entero, al menos para lo que se denomina las elites, la noticia de la muerte de un francés llamado Claude Lévi-Strauss se ha recibido como si no pudiera tener sucesor. Este hombre que declaraba que nunca le había preocupado la trascendencia es ahora objeto de una singular sacralización, como si a través de su persona se celebrase la dignidad recuperada de cierto número de sociedades llamadas primitivas, origen de la humanidad. No tuve el privilegio de ser su amigo. Sencillamente, me manifestó una cálida y amable consideración durante cinco entrevistas que jamás olvidaré. (...) Dando la espalda a toda una tradición, nos enseñó los mecanismos del pensamiento racional en la mentalidad de los ex primitivos. Fue una revolución que tendría consecuencias en la historia de las ideas y en la ciencia de las costumbres tanto como en el pensamiento político”.

Jorge Semprún
“La seducción en persona”

“Él era todo menos una persona de trato fácil. No siempre era accesible. Se reservaba el derecho de elegir el momento en que mostrarse seductor, y entonces era la seducción en persona. Había sido comunista, deportado y militante en las filas del pueblo, al que sabía hablar como nadie. No hacía nada por ocultar que procedía de una familia de la alta burguesía, de diplomáticos, educado por institutrices, y que sólo se sentía a gusto entre escritores, a condición de que fueran además filósofos. (...) Yo apreciaba mucho nuestras conversaciones, y el peso de su obra, tanto en mis lecturas como en mi cultura, ha sido enorme. Su universo era el de mi familia intelectual y lo admiré por su compromiso y por su gallardía, sin llegar a saber nunca si yo formaba parte de su familia. Teníamos muchos amigos en común y todos lo considerábamos un ser singular, diferente, autónomo y también excepcional. Quizá su secreto consistía en que temía no estar a la altura de los más grandes: Husserl y Gauss en el pensamiento, Carlos Fuentes en la novela”. 

Articulo: http://www.elcultural.es 13/05/2012

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