dimanche 6 mai 2012

Patricia KOLESNICOV/ David GROSSMAN: “Para matar, tenés que matarte a vos primero, volverte anónimo”


LITERATURA
David Grossman: “Para matar, tenés que matarte a vos primero, volverte anónimo”
Por Patricia KOLESNICOV

Su hijo murió en un tanque, en el Líbano. Ahora sale el último libro de Grossman, donde el escritor israelí trata de entender cómo es vivir con la muerte.

En agosto de 2006, mientras su hijo Uri peleaba en la Segunda Guerra del Líbano, David Grossman, junto con otros dos escritores israelíes importantes –Amos Oz y A.B. Yehoshua– sacó una solicitada pidiendo “un inmediato acuerdo para el cese del fuego”, y dejando clarísimo que “la acción militar, como tal, aparece ante nuestros ojos justificada desde un punto de vista ético y está de acuerdo con la ley internacional sobre la autodefensa”. A la solicitada siguió una conferencia de prensa en la que Grossman (Jerusalén, 1954) criticó al gobierno israelí. Dijo que sus líderes parecían creer que “lo que no funciona con la fuerza, va a funcionar con más fuerza”. Unos días más tarde, su hijo Uri cayó en uno de los tanques que invadía el Líbano.

Tres años antes, cuando Uri estaba por entrar al ejército, Grossman había empezado a escribir una novela en la que una mujer sale a caminar por el país para evitar recibir a los militares que vendrían a avisarle que a su hijo lo mataron en el frente. Para ser “objetora de noticia”. Para impedir que lo maten. “Empecé a escribir el libro porque quería acompañar a Uri todo lo que pudiera”, dice ahora, que todo eso ya pasó y seguirá para siempre. Lo dice sentado en la confitería de un hotel de Buenos Aires, adonde viene por segunda vez; la segunda fue en abril de ese año, ese 2006.

El libro se llama La vida entera y aunque no lo es exactamente, puede ser leído como la antesala de Más allá del tiempo, el libro que acaba de salir. En las 807 páginas del primero, la madre trata de salvarlo. En el segundo, de sólo 189, los padres tratan de acostumbrarse, de procesar la idea indigerible de la muerte.

“El hombre y la mujer que un día fuimos”, dice el narrador en ese texto, “inclinaron su cabeza en señal de despedida”.
“A él –dice el hombre– sin su no ser no puedo recordarlo ya”.

Una vez dijo que la literatura sirve para no normalizar la brutalidad.
La literatura le da el nombre exacto a la brutalidad. La gente se adapta a las situaciones más extremas, tanto que deja de entender la locura de la situación. La literatura obliga a darse cuenta que es locura, no rutina.

¿Qué es locura?
Locura es cuando la relación de las personas con la realidad se deforma. Cuando una nación crea una situación deformada y crea las situaciones para justificarla. Entre los israelíes hay muchos que piensan que nunca llegaremos a la paz. Que esa es la situación existencial que nos toca. Pienso que esa creencia es destructiva y es la que nos impide conseguir la paz.

¿Pero la paz no precisa la aceptación de la derrota por parte de los palestinos? Como que su personaje, el árabe Sami, renuncie a las tierras de su familia, donde ahora hay un kibutz?
Sí, a veces es necesario que alguien acepte su derrota. Hablamos de soluciones parciales, no de la justicia absoluta. Hay que acostumbrarse a las limitaciones de la realidad: los israelíes tienen que renunciar a pretensiones territoriales; al Israel bíblico. Aceptar el retiro de los territorios ocupados, levantar asentamientos. Y los palestinos tendrán que renunciar a algunos de sus deseos, que comprendo perfectamente. Pertenezco al grupo que hizo el Acuerdo de Ginebra (2003): división de tierras, no hay ley del retorno palestina, Jerusalén dividida.

¿Como antes del 67, con el Muro de los Lamentos del lado palestino?
No, todo lo que perteneció a la identidad judía antes de 1967 será israelí y el resto, palestino. No es ideal, pero ¿qué es ideal? Justicia completa, en los hechos, es que Israel no esté o no estén los palestinos. Por eso hablo de justicia humana, de compromiso. Pero pensé que íbamos a hablar de libros, no de política.

Su obra está llena de política...
Sí, pero no de una política de quién tiene razón sino de qué hacer en una situación en la que todos tienen razón. Todos tienen razón y todos están equivocados.

Me decía que escribía para proteger a Uri.
No creo realmente que las palabras puedan salvar una vida, soy demasiado realista. Soy ateo. Pero quería estar con él tanto como pudiera. Quería entender la realidad en que vivía. Y sentía esa pequeña esperanza...

“Más allá del tiempo” es muy conmovedor. ¿Cómo fue su escritura?
Lo escribí durante dos años. Tenía que entender cómo era vivir con la muerte. Cómo seguís viviendo. La muerte es hermética y estática. Yo tenía el impulso de incorporar movimiento, flexibilidad en esa burbuja cerrada que es la muerte.

Se trata de morir, se trata de matar. Y Grossman sabe de eso: “La guerra –dice– hace todo chato, todo parece igual, sin cara. Esa es la guerra: matás gente de manera anónima, pero para eso tenés que matarte a vos mismo primero, tenés que volverte anónimo. La guerra achata. Y el trabajo de la escritura es, justamente, el de especificar”.

Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com 04/05/2012

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