samedi 19 mai 2012

Quinta del 62


Quinta del 62

Los grandes títulos que pusieron letra a un año prodigioso: Las ratas, Bomarzo, El siglo de las luces, Tiempo de silencio, La plaza del diamante y Dos días de septiembre

1962 fue el año del milagro literario en español. Acostumbrados como estamos hoy a la multiplicación de títulos y a la mediocridad reinante, mueve al asombro que en los doce meses del 62 tantos y tan buenos títulos, imprescindibles y fundacionales, concidiesen en librerías con otros muchos menores en la producción de sus autores, como Historia de cronopios y famas de Julio Cortázar, o Aura de Carlos Fuentes, que también iban despertando la curiosidad sobre el boom que estaba naciendo en las dos orillas. El Cultural ha invitado a seis creadores y lectores para que, desde la distancia de estos cincuenta años que lo son todo y nada al mismo tiempo, narrativamente hablando, celebren seis de las mejores novelas publicadas en español en ese mítico año 62. Así, Rafael Chirbes recuerda “ese mundo que existió y conocimos”, el de Las ratas, de Miguel Delibes; Caballero Bonald evoca “el fin de trayecto narrativo” que supuso Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos; Fernando Aramburu baila con Colometa en La plaza del Diamante, de Mercé Rodoreda, novela que persiguió a su autora toda su vida; Luis Antonio de Villena comparte confidencias sobre Bomarzo y su autor, Manuel Mujica Láinez, Manucho; Belén Gopegui reivindica la revolución de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, y Marta Sanz disfruta Dos días de septiembre, de Caballero Bonald, cuando “el mundo olía mal” y el gaditano escribía sobre “lo que le duele” con lenguaje “ubérrimo”. 

Los otros 62

En enero de 1962, José María Mendiola ganaba el Nadal por Muerte por fusilamientoy ese mismo mes se publicaba Las ratas, de Miguel Delibes. Arrancaba así un germinal año frontera en el que iban a ver la luz un puñado de inolvidables novelas,Warhol inventaba el pop art, la actriz Norma Jeane Baker, más conocida comoMarilyn Monroe, ponía fin a su vida, y la carrera espacial alcanzaba un punto de no retorno. 

Es este un año literario inaudito en el que brotan obras como Historias de Cronopios y famas, de Julio Cortázar; Bomarzo, de Manuel Mújica Láinez; El siglo de las lucesde Alejo Carpentier; Aura, de Carlos Fuentes; El cuaderno dorado, de Doris Lessing;La naranja mecánica, de Anthony Burgess; El hombre en el castillo, de Philip K. Dicko Un día en la vida de Iván Denisóvich, del disidente soviético Aleksandr Solzhenitsyn. El premio Nobel de Literatura iría a parar (nunca fue más justo) a John Steinbeck. Mientras, en Nueva York el asombroso Spiderman trepaba sus primeros rascacielos, tal y como recogían en el número 15 de Amazing Fantasy Stan Lee ySteve Dikto. 

Otro novedoso héroe se asomaba a las salas este año con intención de quedarse mucho tiempo. Se trata del agente secreto Bond, James Bond, que con la percha de un jovencísimo Sean Connery hacía su primera aparición en 007 contra el Doctor No. En EE.UU. triunfaban El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford,Lawrence de Arabia, de David Lean, Hatari!, de Howard Hawks y Lolita, de Stanley Kubrick. Truffaut estrenaba en Francia Jules et Jim, Pier Paolo Passolini hacía lo propio en Italia con Mamma Roma y en España arrasaba Atraco a las tres, de Forqué. El 5 de agosto se abatía la tragedia: Marilyn Monroe era hallada muerta en su domicilio de Los Ángeles.

Los nombres no resultaban especialmente conocidos. Pero, en 1962, Brian Jones, Mick Jagger, Keith Richards, Ian Stewart, Geoff Bradford y Dick Taylor fundaban The Rolling Stones. Nacía así una de las grandes leyenda del rock. Aquel mismo añoThe Beach Boys lanzaban su primer disco, Surfin' Safari y un tal Ringo Starr se unía a The Beatles. Los dos superventas del mercado norteamericano eran Ray Charles yElvis Presley, y en nuestro país la más tarareada era una jovencísima Rocío Durcal. 

Aquella era su primera exposición. El 9 de julio de 1962, Andy Warhol presentaba su obra en la galería californiana Ferusel y el movimiento pop debutaba en la costa oeste de los EE.UU. El 6 de noviembre llegaba a Nueva York para mostrar en la galería Stable su serie de 100 latas de sopa Campbell's. 

La ciencia y la técnica aceleraban este año la disputadísima carrera espacial que enfrentaba a los EE.UU. Pero el más importante de ellos resultaba ser el del primer satélite de comunicaciones comercial del mundo, el Telstar 1. Y en 1962, al fin, el Nobel de Medicina honraba Crick, Watson y Wilkins, los codescubridores de la molécula de ADN, la molécula de la herencia llamada a revolucionar la biología.

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Ese mundo que existió
Las ratas, de Migel Delibes
Por Rafael CHIRBES 
Publicado el 18/05/2012

"-…Pero un día se desprende una tonelada de tierra y te sepulta a ti y al chico. 
"El tío Ratero sonrió estúpidamente. 
"-Más tendremos 
"-¿Más? 
"-Tierra encima, digo." 

Justito, el Alcalde, quiere arrasar la cueva en la que vive el cazador de ratas. Asegura que lo hace por razones de seguridad e higiene; e incluso le ofrece una buena vivienda en el pueblo a cambio de que la abandone, pero El Ratero, ante cada oferta, repite: "la cueva es mía", como, en el cuento de Melville, Bartelby repite que "preferiría no hacerlo". En realidad, el Alcalde actúa presionado por Fito Solórzano, "El Jefe", empeñado en ser considerado como el hombre que terminó con las cuevas habitadas de la provincia. Fito es un producto del nuevo régimen, un urbanita que se escandaliza porque los habitantes de la cuenca comen ratas (El Alcalde: "Fritas con una pinta de vinagre son más finas que codornices". El Jefe: "¡Eso no lo puedo tolerar! ¡Eso es un delito contra la salud pública").

En Las ratas, la historia del desalojo de una cueva y el trágico destino de El Ratero que la habita es sólo uno de los soportes que le sirven a Miguel Delibes para registrar los estertores de un mundo que agoniza. Como ya había hecho en sus novelas anteriores, y seguirá haciéndolo en las siguientes, también en ésta elige para situar la mirada de su narración el lugar de los condenados a desaparecer, o de los que miran la historia desde los márgenes: niños, viejos, labriegos, criadas, bedeles, cazadores legales y furtivos, seres sin ambición social, o iluminados, pueblan sus novelas: supervivientes que luchan a su anárquica manera contra lo que se les impone, humildes héroes enfrentados al arbitrario dominio de señores y autoridades civiles o religiosas; a la oquedad uniformadora de lo moderno en imparable expansión. 

Desde ese espacio, está construida la minuciosa arquitectura de Las ratas, y se teje el dibujo de su estilo, reelaboración del habla rural, densa, rica en matices, y en la que cada tarea y apero, cada accidente de la orografía, cada hierba, o cada movimiento de un animal silvestre encuentran la palabra exacta que los nombra y define. Ese vocabulario, ese habla, en la pluma del novelista, además de retrato de sus modelos, sirve como depósito de saberes a punto de perderse, es archivo de una memoria en peligro, y, sobre todo, funciona como arma contra el lenguaje estereotipado de los de arriba, acto de resistencia ante la ola de modernidad que, por esos años, está cambiando la estructura de la sociedad española. Se trata de materiales que le permiten alumbrar un texto extremadamente eficaz, en el que, como sin querer, en la narración de un hecho concreto y en el espacio aparentemente cerrado de un pueblo, se filtra la historia española de los últimos decenios: la fanfarronería estúpida de los vencedores (El Alcalde y El Jefe -suponemos que Jefe Provincial del Movimiento- se han hecho amigos en el frente), el papel vicario de la Iglesia (Baltasar, el hombre que se lleva al Viejo Rabino a fusilar exhibe una cruz en el pecho. El hijo del fusilado pregunta: "¿No es la cruz la señal del cristiano, señor cura?"), la violencia con que la guerra ha infectado el aire (Matías Celemín, el furtivo que mata por pura maldad al zorrito domesticado con el que juega el pequeño Nino se ha vuelto así desde que volvió de la guerra, nos cuenta el novelista). Todo está pudorosamente prendido en esa trama que aparenta ser cerrada y, como sin querer, no cesa de incorporar indicios de fuera. 

Quizá esa sutileza, ese pudor que impregna el libro, impidió que lo leyéramos como un texto de denuncia. Sin embargo, medio siglo más tarde, uno tiene la impresión de que el libro se ha recargado de significados y que su voluntad de ser aquello que los decimonónicos llamaban tranche de vie amplifica sus efectos. Las ratas nos devuelve con dolorosa intensidad un mundo que existió y conocimos y ya sólo está entre sus páginas. La capacidad de concentración, el cuidado formal, que multiplica su potencia expresiva; y la maestría para dar vida a una espléndida galería de personajes y al medio en el que se mueven y sobre el que actúan, nutren una mirada pesimista de la condición humana, que, paradójicamente, despierta en el lector un intenso movimiento de piedad, un deseo solidario que desborda lo humano y se extiende a ese mundo rural que se extinguió, a la propia naturaleza en peligro. 

“La cueva es mía”, resiste El Ratero las ofertas del Alcalde durante toda la novela, como, en el desenlace, repetirá una y otra vez: “Las ratas son mías”, mientras le clava el punzón al muchacho de la ciudad que las caza por entretenimiento, disputándole su medio de subsistencia y el espacio que lo hace ser quien es: brutal violencia de los de abajo, anticipo de la que, un cuarto de siglo más tarde, en Los santos inocentes -de la que Las ratas es antecedente y, de algún modo, borrador-, sacudirá al bendito Azarías cuando ahorca al señorito que, por esa maldad arbitraria de los poderosos, le ha matado la grajilla que es su única propiedad, el ser en el que deposita su afecto, y en el que encuentra su mismidad: un estallido -aquí ya sí- que es expresión cruda de la violencia social y ejerce un efecto catártico sobre el lector, solidario con la mirada del inocente que contempla el pataleo en el aire del señorito. 

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El esplendor del Renacimiento
Bomarzo, de Manuel Mújica Láinez
Por Luis Antonio DE VILLENA 
Publicado el 18/05/2012

Cuando a Manuel Mujica Láinez (1910-1984) se le preguntaba que por qué no escribía unas memorias -pues tuvo una vida tan rica de andanza- siempre respondía “Manucho” (como le llamábamos los amigos y los no tanto): “Porque mis memorias son mis libros. Todo está en mis libros, por ejemplo en Bomarzo”.Esa fue su principal novela histórica -aunque utiliza el género con mucha libertad- y es evidente que él anda camuflado es esas bellísimas páginas. El duque Pier Francesco Orsini es quien nos cuenta su vida, tan estética y paganamente renacentista. Como es giboso, hace construir el manierista Parque de los monstruos que está en Bomarzo, cerca de Viterbo... 

Manucho estuvo allá en 1958, y de esa visita surgió la novela que tanto recrea el esplendor del Renacimiento como las torturas e inquitudes de un alma.Bomarzo se publicó en 1962 y fue uno de los libros que mayor éxito le reportaron a su autor, además de traducciones y otros reconocimientos internacionales. Un año después también salió Rayuela de Cortázar (novelas muy distintas) y ambas recibieron un notorio premio en EEUU. Cortázar le escribió a Mujica Láinez -ambas son libros grandes- proponiéndole con humor editarlas juntas, con el nombre (a elegir) de Boyuela o Ramarzo. A Manucho le encantaba contar la anécdota. El músico argentino Alberto Ginastera, hizo primero una cantata y luego una ópera con Bomarzo. La ópera se estrenó en Washington en 1967, porque el gobierno de Onganía la prohibió en Buenos Aires. Manucho comentaba con su fina sorna: Como el libro está editado en Argentina, no puede haber duda de que lo inmoral es la música... En Buenos Aires se estrenó (en el Colón) en 1972. Pero la novela, exquisita y refinada, nunca ha dejado de editarse. Una joya con su puntito de decadencia. 

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Algo inadmisible
El siglo de las luces, de Alejo Carpentier
Por Belén GOPEGUI 
Publicado el 18/05/2012

“Vida maravillosa -decía Sofía-. Pero detrás de esos árboles hay algo inadmisible”. Detrás de los cipreses y la vegetación circundante se hallaba “el mundo de los barracones de esclavos que a veces hacía sonar sus tambores como un granizo remoto”. Carpentier nos trajo ese granizar remoto, Europa no era centro ni era cuna, “todo lo que hizo la Revolución Francesa en América fue legalizar una Gran Cimarronada que no cesa desde el siglo XVI. Los negros no los esperaron a ustedes para proclamarse libres un número incalculable de veces”. 

La Habana, último tercio del siglo XVIII, en un viejo caserón los adolescentes Carlos, Esteban y Sofía, hijos de la burguesía colonial, han quedado huérfanos y viven encerrados en su reino de libros, ensueños y juegos. Hasta que un día Víctor Huges entra en sus vidas y, con él, un viento de revolución. 

Leer hoy El siglo de las Luces exige aceptar una presencia de la descripción muy superior a la que encontramos en la mayoría de las novelas. La realidad de los sentidos se ampara en la enumeración y la pintura de imágenes de un modo distinto, casi opuesto, al de la llamada cultura visual de nuestras días que dibuja y olvida el movimiento. “Aunque se adornaran de mármoles preciosos y finos alfarjes de rosáceas y mosaicos [...] no se libraban las mansiones señoriales de un limo de marismas antiguas que les brotaba del suelo apenas empezaban los tejados a gotear”. Así también la materia invade el texto de Carpentier mediante verbos que cercan la acción y nombres que hoy resultan excesivos, desacostumbrados, pero que entonces inventariaban un mundo excluido de la tradición literaria. 

Sorteada la primera extrañeza se entra en una novela dialéctica, allí la muerte significa perder la voluntad y la necesidad de hacer algo que no sea pactar y transigir. Victor Huges, protagonista central, personaje tomado de la Historia y descrito en Los jacobinos negros de C.L.R James como “una de las grandes personalidades de la revolución francesa para quien nada era imposible”, es a la vez condenado y salvado en el relato, condenado por sus actos, por su final, sus renuncias y contradicciones, pero salvado por su honestidad trágica en la acción. No hay revancha sino una voz matizada que nos toca cuando dice: “Una revolución no se razona: se hace”; en 1922 Lenin afirmaba: “la práctica es más importante que todas las discusiones teóricas del mundo”. 

Al terminar la lectura, no el día en que se llega a la última página sino algunos más tarde, el libro deja en las casas el ruido de granizo de esos tambores de guerra y un recuerdo ajeno que ahora nos pertenece, como si ya supiéramos que las advertencias, el “cuidémonos de las palabras hermosas”, o el “creyendo maniobrar mi destino fui llevado por los demás, por esos que siempre nos hacen y deshacen, aunque no los conozcamos siquiera”, se parecen a la primera y la segunda lluvia, avisan, dan tiempo a los preparativos pero después queda aguantar a pie firme los derrumbes y fragores, el grueso del huracán en la ciudad. 

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Fin de trayecto
Tiempo de silencio, de Luís Martín-Santos
Por José Manuel CABALLERO BONALD 
Publicado el 18/05/2012

Releer lo que en un primer momento supuso una lectura placentera puede deparar alguna insospechada rectificación. Para bien o para mal, según. Por supuesto que los gustos se modifican con los años y que pueden producirse notables desniveles entre el juicio que mereció la primera lectura de un libro y el que suscita medio siglo después. Tal es el caso deTiempo de silencio, que ha comparecido no sin desgastes ante la justicia del tiempo y cuya aceptación en los menguados medios culturales de la época fue realmente considerable. 

Recuerdo muy bien mi primera lectura de esa novela, un poco condicionada por el sombrío entramado político en que se produjo. Martín Santos instaura de hecho la ruta canónica de lo que él mismo denominó “realismo dialéctico”. Las líneas maestras de ese programa eran sumamente atractivas: desmantelar los más zafios modales del socialrealismo y montar un andamiaje narrativo movilizado por la estética de los espejos deformantes. ¿Se alcanzan esos objetivos en Tiempo de silencio? Supongo que en parte sí, que el autor logra promover al menos una nueva manera de disentir de tantas esquemáticas copias del natural. Ese era sin duda un planteamiento que, en aquellos tiempos de urgencias literarias, tenía que resultar ciertamente aleccionador.

En Tiempo de silencio se consolida, como primera medida, lo que se ha calificado de “destrucción de mitos”. Martín Santos ratifica así una propuesta a contracorriente del neorrealismo imperante. Frente a esa limitación operativa, recurre de hecho a una temática que conculca las leyes más ridículamente intocables de una sociedad anémica. El novelista iba a representar en este sentido un precedente muy valioso. Exploró un territorio que incluso podía producir malestar en ciertos sectores literarios, y anduvo buscando por allí materiales con los que poder encauzar sus pericias creadoras, su gusto por la parodia o la ironía, su capacidad para valerse del esperpento como diagnóstico crítico. 

Tiempo de silencio puede ser considerada efectivamente como un punto de partida, aunque quizá sea más razonable entenderla como un fin de trayecto. Su propia condición de ruptura la dota de un eminente carácter de cierre de un ciclo que ya no podía tener ninguna plausible continuidad. De ahí el rango desmitificador de una novela que pretendía desprenderse del corsé atosigante de las normas socialrealistas, pero que sólo lo consigue en la medida que desfigura, caricaturiza determinados enfoques de los hechos narrados. Entre el sórdido submundo de las chabolas y el clima versátil del salón burgués, la novela asimila los nutrientes “dialécticos” de la pauta costumbrista, sin olvidar por ello el rango ornamental del simbolismo. Para alguien que había publicado Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955), pasar de las terapias escatológicas de Quevedo al saneamiento léxico de Valle-Inclán, o de la beligerancia alegórica de Joyce a la psicológica reducción al absurdo de Kafka, era una tarea ciertamente oportuna. 

Pero la muerte del novelista, a los dos años de la publicación de Tiempo de silencio, quebró también la duración modélica de una novela que era más un epitafio que un preludio. 

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Un baile con Colometa
La plaza del diamante, de Mercé Rododera
Por Fernando ARAMBURU 
Publicado el 18/05/2012

Ciertas novelas envejecen estupendamente. Son, claro está, clásicas, pero no sólo porque ayudan a comprender mejor este o el otro periodo de la historia humana o porque en un momento determinado el canon vigente las considere paradigma de determinadas virtudes formales, sino porque pura y simplemente continúan despertando emociones en quien las lee. De tal naturaleza es, a mi juicio, La plaza del Diamante, de Mercè Rodoreda, cuya primera edición, en lengua catalana, data de 1962. 

La novela se centra básicamente en el relato de las pocas alegrías y los innumerables sinsabores y contratiempos de Natalia, una mujer humilde del barrio de Gràcia, en Barcelona. Los episodios, contados por ella misma, se suceden a lo largo de un tramo turbulento de la historia de España, el que va desde la dictadura de Primo de Rivera hasta los años más crudos de la posguerra. Son, en gran medida, revelaciones íntimas, de ahí que la narración sólo haga referencia a acontecimientos históricos cuando estos repercuten directamente en la trama, cuyo componente esencial es la evolución que experimenta la protagonista en el lapso antes mencionado. 

Ya se sabe que, a la hora de conmoverse leyendo o escuchando una historia, no menos crucial que los sucesos narrados es la voz responsable de transmitirlos. De ella dependen en no poca medida la gracia, el encanto, la maestría de lo que se cuenta. La plaza del Diamante fue escrita por su autora de tal manera que el texto destila en grado óptimo un encanto peculiar. A la vista de la obra terminada esto se dice rápido; pero el logro de semejante acierto por medio del ejercicio de la expresión literaria no es cosa al alcance de cualquiera. 

El resultado es una novela entrañable donde las haya, y no será porque cada dos por tres el lector, de la mano de la narradora, no se adentre en espacios de dolor y miseria. Acciones, diálogos, descripciones, por la ostensible verdad humana que contienen, no han perdido con el transcurso de los años un ápice de su capacidad de conmover. Todo el relato está teñido de la dulzura e ingenuidad de la narradora, desde cuya perspectiva femenina el lector asiste a la narración completa. El texto no suena en ningún momento a escritor de oficio. Suena a voz que expresa con naturalidad, como olvidada de que está dando lugar a una novela, los modos y cadencias propios de la lengua popular barcelonesa de la época. 

Se deriva de ello una cercanía emocional entre la narradora y su historia. Natalia nos subyuga con su ingenio y amenidad a la hora de elegir detalles significativos en la descripción de lugares, objetos o personas, así como con su enternecedora manera de arrancarse a recordar por escrito los asuntos tantas veces infortunados de su vida pasada. 

Habría que tener un corazón de hierro para no compadecerse de una muchacha desamparada, huérfana de madre, cuyo padre, casado en segundas nupcias con una mujer que no quiere saber nada de la niña, se desentendió de ella salvo para sacarle periódicamente un pellizco de su sueldo de dependienta. Natalia llena por así decir la novela. A fin de cuentas, esta consiste en un testimonio confidencial suyo. Su capacidad de sacarles jugo humano a personajes y situaciones es prodigiosa. Trenza con sutileza de matices psicológicos, siempre fiel a su deliciosa manera de expresarse por escrito, diversos hilos argumentales, empezando por el que mayor espacio ocupa en su memoria: su noviazgo y matrimonio con Quimet, un personaje que entra en la novela con timbre de macho mandón, pero que poco a poco se va revelando como depositario de una humanidad compleja, cargada de debilidades y contradicciones. 

Se solapa esta historia con la de la lucha penosa y constante por obtener el sustento en una época de estrechez colectiva, lucha que entra en una fase crítica cuando Natalia, viuda y pobre, está en un tris de envenenar a sus hijos porque no puede alimentarlos. El nutrido elenco de personajes se completa con Enriqueta, la amiga de edad avanzada que con su afecto y consejos suple a la madre difunta; los amigos de Quimet, víctimas igual que él de la historia sangrienta de España; los señores de la torre adonde Natalia va a hacer limpieza y donde será despreciada, precisamente cuando más la apretaba la necesidad, por su condición de esposa de un miliciano; en fin, Antoni, el tendero bonachón que, a cambio de familia y compañía, los sacará a ella y a sus hijos de la miseria. Acaso no sea aventurado predecir que todos ellos perdurarán por largo tiempo en la memoria de cuantos aman la literatura de calidad. 

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El fúnebre olor a mosto
Dos días de septiembre, de J.M. Caballero Bonald
Por Marta SANZ
Publicado el 18/05/2012

La realidad de Dos días de setiembre no es una realidad estilizada, sino precisa: las palabras de una literatura que no se avergüenza de serlo captan la complejidad de los interiores de alcoba y tabaco, pensamiento y conversación, el urbanismo de una ciudad del sur durante dos días de septiembre de 1960. Tiempo de vendimiar. 

El lector se alza a la altura de un texto que se ajusta al claroscuro de una sociedad encerrada en el asfixiante vidrio de la damajuana. Bienteveo, barda, tranquera… Cada palabra apunta a su exacto referente y delimita un espacio en la masa amorfa de lo real. Lo hace visible. El autor mete el líquido en la botella y se lo da a beber a un lector que disfruta paladeando los matices -el caldo es excepcional-. Pero, con el último trago, pesa la tristeza. La culpa del vino. 

El mundo huele mal. Sobre todo para la carne de cañón como Joaquín, cantaor, vencido, presidiario, un nadie que anda sin cédula por la vida, pobre. Joaquín no se puede quitar de la nariz el fúnebre olor a mosto. Aquí huele a mosto que apesta. Como en esas películas de terror que se parecen tanto a las historias de los documentales. La realidad pincha gracias a un tratamiento hiperestésico de la narración: la perspectiva múltiple resulta abrumadora mientras filma el falso movimiento de una geografía y un periodo que permanecen inmóviles en su miseria física y moral. Cuerpo y mente degeneran al ritmo de la abundancia de unos y de la precariedad de casi todos. 

El vino se retrata bajo su doble máscara: alegría y desesperación, hastío y excepcionalidad, lucidez y ceguera, violencia y mansedumbre. El agrio sabor del exceso. El olor de la putrefacción en la propia carne. Fúnebre olor a mosto. Ese vino al que se alaba llamándole "hideputa" como en la cita cervantina que abre la novela. Entre la borrachera del lenguaje se barrunta la tragedia y la tragedia no deja de ser lo de siempre: la imposibilidad de escapar de un círculo vicioso donde el lector también se encuentra encerrado cuando repara en que todos, briagos y desposeídos, somos Miguel Gamero: oímos un "tengo que hacer algo", gota de tortura china, que engorda el bolo de la mala conciencia y enrancia los corazones. Aquí se habla de la cobardía y de lo difícil que resulta mantener la dignidad. Del sometimiento a la fatalidad, al miedo y a la norma que dicta que vivir es acodarse al mostrador. 

Caballero Bonald, con un lenguaje que despierta a los lectores, tiene la valentía de escribir sobre lo que le duele: el precio de las cosas y los efectos corrosivos de la guerra en la conciencia pública y privada. Sobre esa caridad del rico que mantiene el desnivel subrayando el talante magnánimo de su corazón de mierda. Escribe sobre el individuo en la Historia en plena dictadura. Bilis, rencor y lucha de clases. Ni siquiera a los niños puede explicárseles el mundo con un vocabulario de mil palabras: por eso, la prosa de Caballero Bonald tenía que ser ubérrima, embriagadora, emocionante, exacta, dolorosa, acre. 

Articulo : http://www.elcultural.es 15/05/2012

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