samedi 19 mai 2012

Theodore DALRYMPLE/ Tiempos difíciles otra vez


Artículos
Tiempos difíciles otra vez
Por Theodore DALRYMPLE

El pasado 7 de febrero se cumplieron doscientos años del nacimiento de Charles Dickens. En tiempos de crisis, tan aciagos como los suyos, la crítica social presente en la obra del clásico inglés renueva su vigencia.

Vivimos en tiempos difíciles y todo indica que pueden volverse mucho, tal vez muchísimo peores. Al menos en este momento nadie se atrevería a apostar lo contrario.

El número de niños que piden subsidios de alimentación en las escuelas norteamericanas se ha disparado; la cantidad de personas sin vivienda aumenta cada hora; quienes antes llevaban una vida próspera son ahora despedidos de sus empleos sin recibir siquiera las gracias; los jóvenes tienen problemas para encontrar cualquier tipo de trabajo, y los mendigos regresan a las calles como si hubieran estado escondidos todos estos años, esperando el momento apropiado para salir de sus guaridas subterráneas al mundo exterior.

El bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, celebrado en febrero, no hubiera podido llegar en un momento más apropiado de la historia económica. Él fue el revelador, el verdugo y el poeta en prosa de la pobreza extrema en las ciudades –una pobreza que, como en nuestras peores pesadillas, tememos esté de regreso–.

Dickens sabía de qué hablaba. Acostumbraba caminar kilómetros por las calles de Londres, y –quizá con excepción del abogado y reformista social Henry Mayhew (1812-1887)– no ha habido un hombre más observador que él. Acusado a menudo por sus detractores de exagerar la realidad, declaró en el prefacio a Martin Chuzzlewit que él simplemente veía lo que otros no podían o no querían ver, y lo presentaba en el lenguaje más sencillo posible. Lo que para algunos eran caricaturas, para Dickens no era más que la realidad sin adornos: su obra obligaba a su época a mirarse en un espejo.

La palabra “dickensiano” está más cargada de connotaciones que cualquier otro adjetivo creado a partir del nombre de un autor, incluidos “jamesiano”, “joyciano” y hasta “shakespeariano”. Nos hace pensar en asilos para pobres, casas ruinosas con camas hechas de harapos; en escuelas sádicas con maestros explotadores que, a punta de golpes, ponen ideas absurdas en la cabeza de los niños; en los descorazonados defensores de la fría caridad; en abogados corruptos que dilatan sus casos en oficinas atestadas de polvo y dependientes. Nos recuerda a Oliver Twist pidiendo más, a Wackford Squeers cuando exclama: “¡He aquí algo nutritivo!”, mientras prueba la leche rendida que reparte entre sus desventurados alumnos, a la señora Gamp cuando mira a su paciente y dice: “¡Sería un hermoso cadáver!”

No obstante, si Dickens no hubiera sido más que un comentarista de la sociedad, todos, con excepción de algunos historiadores especialistas en su época, lo habríamos olvidado. Y obviamente no ha sido así. Su memoria ha sobrevivido los notorios defectos de sus libros –el sentimentalismo que a veces resulta grotesco, la falta de estructura que los lleva a desbordarse, el carácter a menudo improbable de sus historias– y ha logrado la inmortalidad que confiere la literatura, cualquiera que esta sea. La genialidad pura de su escritura brilla en las páginas una y otra vez, pasaje tras pasaje, para angustia de todos los narradores que lo sucedieron.

Cuando se llamó a sí mismo “el inimitable”, no decía más que la verdad: Dickens ha sido el mejor escritor cómico de su lengua, quizá de todas las lenguas. Y la comedia es profunda, nada trivial: al tiempo que representa el absurdo, la pomposidad e incluso la crueldad, a pesar de poner sobre la mesa las debilidades humanas para que sean examinadas, nos reconcilia con la vida.

Por ejemplo, ¿quién querría ser atendido por la desaliñada y alcohólica enfermera de Martin Chuzzlewit? Sairey Gamp es una criatura tan indeseable como es posible, un personaje que da prueba de la necesidad de reformar por completo una profesión. Sin embargo, por medio de algún extraño tipo de alquimia, Dickens hace que nos alegremos de que haya un mundo en el que la señora Gamp pueda existir. Un mundo sin personajes como ella sería más pobre precisamente por su ausencia.

Cuando, al hablar de la ginebra guardada en la tetera, la señora Gamp dice: “No me brinde nada, colóquela sobre la chimnea y deje que le ponga los labios encima cuando tenga dispisición”, nuestros corazones saltan con una alegría indefinible. El genio verbal, detrás del simple cambio de la o por la i en “disposición”, nos deleita. (No obstante, Dickens hubiera dicho, sin lugar a dudas, que en vez de inventar la transposición la había escuchado, de tal forma que su genio recayera en haberla notado y recordado, y no en inventarla: un reproche más por nuestra falta de observación.) La ridícula pretensión de gentileza y refinamiento de la sucia mujer mientras hace evidente su abandono nos incita a reflexionar acerca de nuestras propias pretensiones –después de todo, aparentar es una condición permanente de la humanidad–.

Y mientras nuestro amor por la señora Gamp –con todo y el matiz de culpa que implica sentir cualquier afecto por un ser tan desagradable– no nos impide reconocer la obvia necesidad de darle a la enfermería más dignidad, también ayuda a restringir nuestro deseo de una perfección sin alma. Un mundo perfecto o, mejor, un mundo que intenta ser perfecto, que no tiene personajes dickensianos, sería un infierno sobre la tierra.

Creo que a esto se refería un estudiante de literatura inglesa del Instituto Norcoreano de Lenguas Extranjeras cuando se me acercó sigilosamente en Pyongyang y me dijo, rápido y sotto voce (para los norcoreanos la comunicación espontánea con extranjeros era peligrosa): “Leer a Shakespeare y a Dickens es la más grande, la única alegría de mi vida”. Obviamente, su hazaña de aprender inglés con tal competencia como para leer a ambos autores sin haber salido nunca de su hermético infierno nativo, y además que fuera capaz de comunicar su entusiasmo por ellos de forma tan elegante, me produjeron gran admiración. Sin duda le enseñaron la obra de Dickens para mostrarle la naturaleza diabólica de la sociedad capitalista, pero la lección que había extraído de ella era radicalmente opuesta: la señora Gamp (por ejemplo), pobre y menospreciada como era, al menos hablaba con una voz inconfundiblemente propia que no le había sido impuesta por ningún régimen político. Era libre como no lo era ningún norcoreano.

Como vivimos en tiempos difíciles, vale la pena considerar la novela de Dickens del mismo título, especialmente porque uno de sus temas más importantes es la economía política. ¿Tiene este libro, publicado hace más de un siglo, algo que decir acerca de nuestra situación actual, más allá de la exclamación de Tom Gradgrind: “¡Por Dios, no hables de banqueros!”?

A menudo se le reprocha a Dickens la ausencia de una visión moral, política y filosófica que sea firme y unívoca. Se mueve de forma abrupta entre lo ferozmente reaccionario y el liberalismo blando. Satiriza la filantropía desinteresada de la señora Jellyby (en Casa desolada) con el mismo entusiasmo y ferocidad con los que critica el egoísmo del señor Veneering (en Nuestro común amigo). Sugiere a la vez que los hombres de negocios son cerdos descorazonados (Bounderby en Tiempos difíciles) así como caritativos y desinteresados (los hermanos Cheeryble en Nicholas Nickleby). Satiriza la abstinencia (en Los papeles póstumos del Club Pickwick) tanto como se burla del alcoholismo (en Martin Chuzzlewit). Contrarresta la imagen del judío malicioso (en Oliver Twist) con la del judío santo (en Nuestro común amigo). Como dice Stephen Blackpool, el héroe de la clase obrera deTiempos difíciles, “es un embrollo”.

En su famoso ensayo sobre Dickens, George Orwell vio en este desorden moral y filosófico no una debilidad, sino una fortaleza: una muestra de generosidad del espíritu, una postura abierta frente a la complejidad irreductible de la situación moral de la humanidad, el resultado de tener inmunidad frente a lo que él llamó “las pequeñas ortodoxias malolientes en pugna por nuestras almas”. Y esa ortodoxia, mezcla de un utilitarismo terco y un liberalismo inquebrantable (liberal en sentido económico, no cultural), es precisamente el principal blanco de Tiempos difíciles.

En la novela, los portadores de las doctrinas son el señor Gradgrind y el señor Bounderby. El primero es un maestro cuya filosofía pedagógica se expone en una de las mejores formas de empezar una novela jamás escritas:

Lo que yo quiero son hechos. Enséñeles a estos niños y niñas nada más que hechos. Solo se necesitan hechos en la vida. No plante nada más y arranque cualquier otra cosa de raíz. Las mentes de los animales racionales solo se pueden formar a partir de hechos: nada más les será útil. Este es el principio con el que educo a mis propios hijos y es el principio con el que educo a estos niños. ¡Limítese a los hechos, señor!

Hacia el final de la novela, Gradgrind ha aprendido que los hechos son insuficientes para modelar la conducta humana, algo que hubiera podido lograr examinándose un poco a sí mismo, o al reflexionar sobre la naturaleza de los juicios morales y estéticos. Sin embargo, no puede decirse que Gradgrind sea una caricatura, un personaje tan exagerado que nunca haya existido o nunca haya podido existir: episodio a episodio, Tiempos difíciles es un paralelo de la educación de John Stuart Mill, tal como la cuenta él mismo en su Autobiografía, publicada diecinueve años después que la novela. Más aún, “las mentes de los animales racionales” es una frase que captura por completo el espíritu de algunos textos cientificistas mucho más recientes acerca de la condición humana. Así como la esperanza brota del alma, el cientificismo brota eternamente de la mente humana.

Josiah Bounderby de Coketown, el dueño del molino, dice haber crecido a las malas:

Mi madre me dejó al cuidado de mi abuela, quien, hasta donde me da la memoria, era la anciana más malvada, la peor vieja que haya vivido. Si por algún motivo llegaba a tener un par de zapatos, me los quitaba y los vendía para comprar alcohol… mi cuna era una vieja caja de huevos. Tan pronto como crecí lo suficiente para huir, lo hice, por supuesto. Después me convertí en un joven vagabundo, y en lugar de que una vieja me maltratara y me dejara morir de hambre, personas de todas las edades me lastimaban y me mataban de necesidad.

Lo anterior resulta ser falso, sus padres hicieron bastantes sacrificios por él. Sin embargo, la mentira justifica su filosofía: los trabajadores que piden un salario más alto quieren que les den sopa de tortuga en una cuchara de oro; la más leve regulación del trabajo infantil va a llevar a los empleadores a la bancarrota y los va a obligar a abandonar sus fábricas; el humo de los molinos no solo no puede ser reducido, sino que en realidad es bueno para los pulmones; cualquier tipo de acción colectiva de propia mano es el primer paso de una revolución violenta; cualquier tipo de caridad estimula la pereza. En suma: “Aquello de lo que no pudiera demostrarse que era posible comprar en el mercado más barato, para vender en el más caro, no existía y no existiría hasta el fin de los siglos. Amén”.

Una vez más, la descripción no alcanza a ser caricaturesca. Durante la primera hambruna irlandesa, liberales como Charles Trevelyan –entonces parte de la izquierda en el espectro político– alegaban que de cualquier forma aliviar la hambruna era fomentar los mismos hábitos y prácticas, por no decir la existencia de la misma población, que ellos creían responsable en principio de la hambruna. Una verdad abstracta –así veían su ideología– era más importante que cualquier consideración humanitaria. La verdadera compasión consistía en permitir que los eventos siguieran su curso.

Uno hubiera podido suponer, entonces, que Dickens estaría mucho más a favor de los sindicatos, pero su descripción del líder sindical Slackbridge en Tiempos difíciles es muy poco favorable. Se dio cuenta de la capacidad de los líderes demagógicos para atrapar multitudes de hombres buenos:

Slackbridge no era tan honesto, varonil o afable [como sus seguidores]; la sencillez y el juicio sólido y prudente de ellos se manifestaban en él como astucia y pasión… Siempre resulta extraño ver cualquier tipo de aglomeración rendirse sumisamente ante la inanidad de cualquier persona satisfecha de sí misma… pero era particularmente doloroso ver a esta multitud de rostros serios, de cuya honestidad no podría dudar ningún observador inexperto y sin prejuicios, agitada por semejante líder.

En medio del impacto de la crisis económica actual, han aumentado las estridencias producidas en campos opuestos, por personas emitiendo diagnósticos y curas. Incluso la misma página financiera de un mismo periódico puede contener artículos que propongan soluciones diametralmente opuestas, cuyo único elemento en común es la certeza con la que se presentan. Cada una tiene un único principio fundamental, sea gradgrindiano o no: la supuesta llave hacia la felicidad es la prosperidad, el crecimiento económico. No obstante, ahora, más que nunca, es necesario suprimir nuestra tendencia inherente a buscar respuesta a todas las preguntas, y leer a Dickens podría ayudarnos a lograrlo.

Articulo: http://www.elmalpensante.com 03/2012

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