dimanche 29 juillet 2012

A los 86 años muere Miguel ARTECHE, Premio Nacional de Literatura 1996


A los 86 años muere Miguel Arteche, Premio Nacional de Literatura 1996

El poeta llevaba diez años retirado de la vida literaria, aquejado de una enfermedad muscular. En 55 años de trabajo, publicó decenas de obras.

SANTIAGO.- Llevaba diez años sin publicar nuevos títulos por decisión propia: Tras la salida a la luz del poemario "Jardín de relojes", determinó que simplemente había llegado la hora de retirarse.

Una llama en la vida de Miguel Arteche se había apagado entonces, y otra terminó de extinguirse anoche, cuando el poeta y Premio Nacional de Literatura 1996 murió a los 86 años a causa de una insuficiencia respiratoria, y tras varias temporadas aquejado de una compleja enfermedad muscular (arteritis temporal).

Sin embargo, una obra que comenzó hace 65 años con la publicación de "La invitación al olvido" (1947), y que desde entonces se desarrolló hasta elevarlo como uno de los principales poetas locales, devuelven hoy a Arteche al lugar que en las últimas temporadas sólo ejerció como observador.

El poeta nació en Nueva Imperial en 1926, como Miguel Salinas Arteche, nombre que invertiría en su primera firma literaria, y que legalizaría décadas más tarde. Su formación no comenzó en las letras, sino en el derecho, carrera que intentó cursar, pero que abandonó en el segundo año.

Ya tenía claro que la literatura era su norte, y a ella se integró formalmente con apenas 21 años, tras unos primeros pasos como escritor en su época escolar. Y durante los siguientes 55 no se detendría: Veinte poemarios, pero también cuatro novelas, colecciones de cuentos y decenas de ensayos completan su obra.

Toda esa trayectoria fue reconocida en 1996 con la máxima distinción que un escritor chileno puede recibir: El Premio Nacional de Literatura, que obtuvo por unanimidad del jurado.

No ocurrió lo mismo en 2000, cuando desde la nómina de jueces se negó a firmar el acta que entregaba la distinción a Raúl Zurita, acusando que el autor de "Purgatorio" no tenía "oficio de poeta". Fue uno de los últimos episodios que marcó a Arteche en otro de los roles que cumplió en el mundo de la literatura local: El de polemista.

En ese ámbito, también anotó desencuentros con Nicanor Parra, en quien cuestionó la fórmula de la antipoesía, y con Volodia Teitelboim, sobre quien dijo que había recibido el Premio Nacional debido a razones políticas.

Tras su retiro, no habrían quedado más poemas de Arteche por publicar, según reconoció en una reciente entrevista con "La Tercera". Sin embargo, sí habría dos novelas que permanecerían inéditas en el hogar del escritor, donde vivía con su esposa, Ximena Garcés, con quien se casó en 1953.

El matrimonio se produjo mientras ambos estaban en España, donde se conocieron y donde Arteche cursó estudios de literatura, en la Universidad de Madrid.

Luego, el poeta regresaría a ese país como agregado cultural del gobierno de Eduardo Frei Montalva (para quien escribió el célebre himno de la Patria Joven). Esa labor no sería la única que el autor tendría por fuera del ámbito estrictamente editorial: Además, escribió en "El Mercurio" y "Las Últimas Noticias", fue profesor universitario y subdirector de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (1990 y 1991), entre otros pasos.

También fue miembro activo de organismos como el Colegio de Periodistas y la Sociedad de Escritores de Chile.

Por lo mismo, es que su muerte golpea en prácticamente la totalidad del mundo cultural, que lo despedirá a partir de las 13:00 horas de hoy, cuando sus restos lleguen para ser velados a la parroquia Santo Toribio, de Las Condes (rotonda La Capitanía). Allí mismo se efectuará una misa mañana, a las 13:00 horas.



La luz bajaba desde la colina.
El sonido de un tren, un paso que he perdido.
Juventud, herida de otro tiempo,
te alejas soñolienta
como una verde lámpara sepultada en la noche...

Algo silencioso
estaba junto a mí. La lluvia
penetraba los techos perfumados.
Juventud, perdiste tu campana antigua,
tu yelmo mágico,
tu vara transparente.

Ésta es mi habitación. Ésta tu llama.
Éste el vestido. Ésta tu cintura.
"Tu nombre", dijiste, "se ha perdido en la sombra.
Búscalo más allá, detrás de las colinas".

Era yo el que cantaba.
Nadie ha de saciar nuestro encuentro perdido.
Me perdí en el bosque. Partiste a los canales.
La luz bajaba desde la colina.


COMIENZO

El jardín se ha posado en mi jardín.
Toda su galaxia resplandece a medianoche. 
Los árboles destellan, las flores fulgen. 
Tiene el césped una tersura de nimbo. 
Bajan los Transparentes 
y de sus cuerpos surgen peldaños de escala. 
Los Radiantes me llaman con sus cristales. 
Mis años descienden en el cáliz de un instante. 
Los Centelleantes me han rodeado 
y me tienden sus ojos de oro.
El amor es una paloma de fuego que elevan.
Por fin llegaron. 

DAMA

Esta dama sin cara ni camisa, 
alta de cuello, suave de cintura, 
tiene todo el temblor de la hermosura 
que el tiempo oculta y el amor desliza. 
Esta dama que viene de la brisa 
y el rango lleva de su propia altura, 
tiene ese no sé qué de la ternura 
de una dama sin fin, bella y precisa. 
Aunque esta dama nunca duerma en cama 
parece dama sin que sea dama 
y domina desnuda el mundo entero. 
Esta dama perdona y no perdona. 
Y para eso luce una corona 
esta dama que reina en el tablero.



A mi hermana muerta

La niña de la oscuridad, 
la niña que tiene el rostro en la oscuridad 
de los jardines sombríos: 
en donde llueve y nadie sabe 
o solo sabe que la niña lleva 
la mitad de su rostro, 
la mitad de sus ojos:
.........la niña
de la oscuridad,
volado el rostro,
el rostro en sangre que derrama 
sobre las flores: la niña que me llama 
sobre la lluvia que no cae, 
en su mitad perdida, 
en los jardines sombríos de la tierra.



Hay hombres que nunca partirán, 
y se les ve en los ojos,
pues uno recuerda sus ojos muchos años después de que han
partido.

Pueden estar lejanos,
pueden aparecer a medianoche 
(si están muertos)
y jugar a que viven.
Pero siempre, con la desolación de su ausencia, 
uno comprende que no han vivido en vano, 
y que su esperanza
es la única esperanza digna de ser vivida.

Y los hombres que nunca partirán 
suelen no aparecer en los periódicos, 
no se habla de ellos en las radios, 
su imagen no gesticula en la televisión: 
no son gente importante, 
no circulan entre las altas esferas. 
........Son aquellos 
que aceptaron el sufrimiento 
y lo hicieron suyo para la salvación de otros hombres
sin decir una sola palabra: 
pero dejaron abiertos, bien abiertos sus ojos
para que nunca los olvidemos cuando ellos hayan partido.



Si entras a esa casa, a medianoche, 
si entras en ese mundo, 
y sigiloso y en puntillas dejas 
quietas las manos, con cuidado 
no respiras, y si los ojos fijas 
en una hoja de papel en blanco 
por algunas semanas, y luego te desprendes, 
aunque es difícil, de tu cuerpo, 
o si lo dejas en los años que te quedan 
por vivir, y nadie hay en la casa, 
y nadie hay en el mundo de la casa:

verás que el cigarrillo enciende al fumador, 
y el vino se bebe al embriagado, 
y el libro lee a su lector, 
y la chaqueta se viste de su dueño, 
y el pan engulle a sus hambrientos, y el espejo 
se mira en el azogue de la dama, 
y de improviso se enciende una pared, 
y asoma una cabeza, y la saludas, 
o muy de súbito sale de tus hombros 
el niño que serías, y lo besas, 
o una mano en el aire arroja de improviso 
abejas de oro sobre tu cabeza, 
o ves llegar la madrugada 
y te duermes
en otra casa, y en el sueño tratas 
de buscar lo que has perdido: 
ese mundo real que ya no tienes,
porque entraste en el mundo de los ojos irreales.

Salvo que entraras de nuevo en esa casa...



Este es el fin del Cristo abandonado, 
el fin de la lanzada, el clavo y el vinagre, 
el nunca más de la Resurrección, 
el siempre de la muerte en el Sepulcro, 
el fin del pan que multiplica 
la sangre, el fin del buen ladrón y Magdalena, 
el fin del hombre Lázaro sin muerte. 
Este es el fin del traidor en Judas, 
del cobarde en tu Juan, 
el fin de la ramera perdonada, 
la huida en mercader y a latigazos,
el balbucear del rico que entra al cielo 
cada cien mil años, y el sisear del pobre
descoyuntado a huesos por el rico.
Esta es la fuga a noches en el asno,
el apagarse de la estrella, 
el reventar de los belenes, el estallido 
de la pregunta que no dice
José de Arimatea.
Este es el fin
del centurión y de los lirios
del campo (mirad los lirios del campo, y Salomón con toda
su gloria no pudo alimentarlos).
Este es el fin: buscadme ahora, 
decidme ahora que no sea 
el fin de la Palabra
(en el principio la Palabra, en el principio
las tinieblas que jamás,
se van), y el río que a los mares 
se va, según el Cristo, y el Cristo no regresa: 
se va, se fue: lo dejo escrito 
a ver si no es el fin, a ver si en esta noche 
Tú no me has abandonado.



Te llama el sur esta noche, te llama como nunca 
el corazón secreto de la lluvia, te llama un perfume 
dejado en la distancia y que regresa ahora. 
¿Hay algo para el cuerpo que espera con nostalgia, 
algo para su sed, para el canto que escapa; 
hay algo, viene algo por el cielo, no oculta la cordillera 
nuestra pregunta insomne, no guarda su pecho oscuro 
la respuesta a ese tiempo que desde el mar avanza? 

¿Es eso lo que recuerdas, es ese ser oculto que por las calles
canta,
es ese vagabundo que duerme en la basura, 
con los zapatos rotos y la cara hacia el cielo, 
en una horrible mueca?
¿Es eso lo que recuerdas, es eso que por las ramas 
insiste en la primavera:
la joven esposa muerta, la huella de los hombres 
en el parque mojado? ¿Era eso en la noche, 
eran las luces secas de brillos petrificados 
en las calles del lujo? 

Para ti, tierra, las vidas de los hombres solitarios, 
los niños harapientos jugando entre la lluvia, 
los nombres, las fechas y las personas muertas; 
para ti las tormentas, las colinas purpúreas, 
las castañas en duros zurrones afilados, 
las lámparas en grandes
habitaciones, los vientos, 
los vientos sobre plazas desiertas, 
mientras las hojas secas en el sediento asfalto 
acumulan la futura lluvia que aparece. 

Es cierto: porque cuando pasas sobre la noche; 
cuando, sigilosamente, aparece la lluvia,
y recuerdo los seres que pasaron, 
el calor de unas sienes doradas por el vino; 
cuando cruza el otoño -rojo de furia triste-
por semáforos, autobuses, tiernas escalinatas, 
¿hay algo en esa cara que interroga hacia el aire 
de un día que soporta otro día lejano? 

Para aquéllos las luces llenas de terciopelo, 
las sibilinas voces de perfumes, las vagas 
promesas de placer en cálidos recintos; 
para ellos las noches de promesas ocultas, 
las estampas de un invierno pasado, 
el entierro lejano, el humo 
sobre el parque. Papeles enloquecidos 
caen hacia un otoño rabioso que se acerca.
Están sobre los puentes acumulando angustia, 
el agua tiene secos reflejos afiebrados, 
sus ojos se adormecen, fiebre y frío penetran 
los ansiados retornos que por el río pasan. 
¿Qué han perdido en las noches, 
en la esquina poblada qué interrogan sus caras? 
Hablan del mar cercano (el viento se estremece, 
el viento cruza y pasa) y apretados esperan 
un ayer imposible para un futuro incierto. 

Tierra, tierra sobre deseos, sobre puentes y ramas, 
sobre arenas desiertas, sobre pasos que mueren, 
¿qué buscas, qué esperas 
para alcanzar un rostro, un harapo, una mano quemada 
por la moneda avara? ¿Es que esperas sus muertes 
en la noche, sólo sus vidas hoscas 
consumidas sin haber conocido 
el hueco de un calor, 
el sueño sin temores, el alba 
por fin mágica y buena? 

Articulo: http://www.emol.com/ 21/07/2012