mardi 10 juillet 2012

Alejandro KATZ/Christopher HITCHENS: La lúcida inteligencia de una mente sectaria


CLAVES DE LA RAZÓN PRÁCTICA
La lúcida inteligencia de una mente sectaria
Por Alejandro KATZ

"Escéptico y creyente, intelectual crítico y militante de las 'causas justas`, la trayectoria de Christopher Hitchens exhibe las contradicciones de una inteligencia aguda empeñada en la construcción de visiones sectarias del mundo". Reseña de Alejandro Katz, editor y profesor argentino, sobre el libro de Christopher Hitchens HITCH-22 (Debate, 2011). Publicada en Claves de la Razón Práctica.

"Christopher Hitchens se esforzó, y lo hizo exitosamente, por convertirse en una de las voces más revulsivas de la escena intelectual anglosajona de las últimas décadas. Hijo de un oficial de la Marina británica y de una judía que ocultó su origen hasta la adultez de sus hijos, Hitchens recibió la educación mestiza de un padre que solo podía ver en torno suyo la decadencia del imperio y de una madre que, espuriamente inglesa, y más espuriamente británica, solo quería que sus hijos, y en especial Christopher, obtuvieran la marca de autenticidad de la que ella adolecía". 

Polemista brillante y mordaz (“fue enfáticamente ajeno a la escuela de quienes piensan que gana un debate el que grita más alto”, escribió de él Richard Dawkins, “no tenía necesidad de gritar: podía confiar en sus palabras, en su polifacética tienda de hechos y alusiones, en su capacidad de dirigir el campo del discurso y en el relámpago bifurcado de su ingenio”), Hitchens hacía gala, a la vez, de una mente analítica y una prosa militante, de una argumentación racional y un espíritu evangelizador. considerado durante casi treinta años un activo fundamental de la izquierda inglesa y norteamericana, trotskista, heterodoxo y prudentemente transgresor, Hitchens hizo un tránsito desde el socialismo revolucionario hacia una especie de neoconservadurismo que desconcertó a muchos de sus antiguos amigos –y aliados– y provocó una inmensa satisfacción en su nuevo círculo de relaciones, uno de cuyos rostros más visibles y perturbadores era el de Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa de Donald Rumsfeld bajo el Gobierno de George W. Bush y el arquitecto principal de la segunda guerra de Irak. Publicado en inglés en junio de 2010, pocos meses antes de la muerte de su autor (quien, de hecho, debió interrumpir la gira de promoción del libro cuando le fue diagnosticado el cáncer de esófago del que no pudo ya recuperarse), el libro no es solamente una obra escrita para dar cuentas de una vida, sino también para saldar cuentas: con la propia historia familiar, como es previsible, pero especialmente con aquellos de los que es necesario dejar algo dicho, casi a modo de palabra final. 

Hitch-22 es, de hecho, tres libros: las memorias de infancia; el cuidadoso registro de los años formativos, y el ensayo político de un hombre adulto que se ocupa –muchas veces descalificando a quienes podrían haberlo descalificado–  de justificar sus elecciones. El primero de los tres libros es, posiblemente, el más bello, y el único que justifica el género que el autor atribuye a la obra: memorias. “el capítulo sobre su madre es en mi opinión, de lejos, el mejor del libro, porque sus sentimientos hacia ella están expresados simplemente, sin sentimentalismo y, sobre todo, sin la necesidad de enfatizar una posición o remachar un argumento”, comentó Ian Buruma. Es, también, imprescindible para comprender un trayecto de vida y de escritura guiado por la necesidad de apartarse del destino de quienes, como su madre, “nunca llegan a las brillantes luces de la gran ciudad y tampoco pueden contar con la supervivencia de su idilio provinciano. Oh, Yvonne, si hubiera algo de justicia deberías haber tenido la oportunidad de disfrutar al menos de una de las dos opciones, si no las dos”.

Las páginas dedicadas a Yvonne son una magnífica muestra de esa forma mayor de la sutileza que llamamos empatía, y que por escrito solo es posible expresar no solo gracias al dominio exquisito de los matices del idioma sino también gracias al acceso a los recursos infinitos de la cultura de que Christopher Hitchens disponía, y a los que ponía al servicio de la gozosa precisión de su prosa. Una prosa que sin embargo no tiene nada de autocomplaciente, y que aun en el relato de aquellos años de infancia y adolescencia, centrados en torno de la figura de “la más guapa e inteligente de las madres”, está implacablemente decidida a llevar hasta el final la disección de una realidad que, política, intelectual o afectiva, siempre merece el adjetivo ácido de un escéptico poco dispuesto a arrodillarse ante una ilusión perdida. Recordando la reunión con la que la familia celebró que Christopher fuera aceptado en el Balliol College de Oxford, dice: “De hecho, la bastante rara y copiosa cena ‘fuera’ de esa noche es casi la única celebración familiar de pura alegría que puedo recordar. Me duele decir esto”, añade, pero allí está, ya dicho.

Menos íntimo, el capítulo dedicado al padre es el comienzo de una reflexión no tanto sobre la decadencia del mundo imperial, sino sobre la idea misma de “decadencia”. el comandante (“el comandante Eric Ernest Hitchens de la Marina Real”) era un hombre “de relativamente pocas palabras”, que dejó en el joven Christopher tan solo el recuerdo de “un épico partido de golf”. Antes que dedicadas al padre, esas páginas están dedicadas a establecer un repertorio de conceptos y valores que, finalmente, conformarán el universo moral e ideológico del autor. Una serie de categorías siempre puestas a prueba, contestadas o reivindicadas, pero presentes como telón de fondo en la línea de tiempo de su vida: “el destino de su país”, el “rigor puritano”, “el patriarca calvinista” –el abuelo de Christopher–, “la lóbrega austeridad”, “la lealtad ciega”, “el carácter”. No hay mucho que decir del padre (“ando bastante yermo de recuerdos paternos”), pero hay un sentimiento provocado por esa figura “bastante pequeña” que, luego de dejar el uniforme, parecía “levemente encogida”: “Un instante de dolorosa piedad, del tipo que ahora solo creo que podría sentir hacia un hijo mío al que no pudiera ayudar”. y la compasión que el comandante provocaba en el hijo se debía a “aquella declaración que mejor lo retrataba”, según la cual la segunda Guerra fue “la única época en que había sentido que realmente sabía lo que estaba haciendo” –o, dicho en otros términos: la única época en la que el comandante tuvo una causa por la cual, literalmente, luchar.

Más allá de los recuerdos de infancia y juventud, de las páginas consagradas a los años iniciático en las escuelas privadas inglesas y su mezcla de denuncia de la pedofilia trabajosamente reprimida de los maestros y celebración de los juegos homosexuales mucho menos reprimidos de los estudiantes, las memorias de Christopher Hitchens agregan poco a una biografía suficientemente conocida y a un perfil público que, desde el retrato de Ian Parker en el New Yorker en octubre de 2006, pocas facetas había dejado escondidas de la vista del público. “parecía”, escribió Parker, “estar perpetuamente realizando audiciones para el papel de ‘el mejor hombre”, en un ejercicio de exhibición constante de sus artes de orador, de sus habilidades de polemista, de las inmensas posibilidades de una memoria que albergaba ingentes cantidades de poesía en lengua inglesa y citas de todos los autores que había leído –y este número era de por sí impresionante. Pero su atractivo no residía exclusivamente en su inteligencia, su cultura y su retórica, sino también en la construcción de un personaje que, como escribió Parker, “tiene la vida que un fogoso muchacho de trece años podría esperar tener al ser adulto: se despierta a la hora que le viene en gana, trabaja desde casa, está casado con una mujer que lleva zapatos de tacón alto de piel de leopardo, y se implica en embriagadoras y serias discusiones hasta tarde en la noche”. y, por añadidura, está lleno de amigos, y de amigos famosos, inteligentes e ilustrados. Nadie entraba en la vida de Hitchens sin credenciales de ciudadanía del estado universal de las letras –o, eventualmente, de las buenas causas políticas. así, en las memorias hay capítulos dedicados a “Martin” (amis, por supuesto), a “salman” (tan obvio que no merece apellido), y a Edward said, pero las páginas del libro están plagadas de referencias a su relación con Susan Sontag, Ian McEwan, Noam Chomsky, Kingsley amis, Saul Bellow, Isaiah Berlin, James Fenton y un ejército de grandes nombres cuya presencia parece destinada a probar (más a sí mismo que a sus lectores) que, a diferencia de su madre, Christopher sí llegó “a las brillantes luces de la gran ciudad”. Se extraña un poco la presencia de personas en el libro; quiero decir: personas y no nombres, gente y no escritores, o políticos, o militantes, sino algunos de aquellos que tanto importan en la vida de alguien pero no por su fama, prestigio o inteligencia. Un hijo, por ejemplo, o una mujer. Pero también llama la atención el modo en que el autor, a pesar de haber mantenido duraderas amistades con muchos de los mencionados, nos deja la impresión –quiere que nos quedemos con la impresión de que él siempre supo la verdad sobre aquellos que, luego del último y en apariencia sorprendente giro ideológico de Hitchens, quedaron, por así decirlo, en la vereda de enfrente. Edward said era “autocompasivo”, Chomsky “tenía algo atonal: algo casi mecánico”, “Norman Mailer, John Updike e incluso Susan Sontag”, por no mencionar a Noam Chomsky, “parecían petrificados ante el miedo de ser descubiertos en el mismo lado que un presidente republicano”, y así sucesivamente.

Esta pasada en limpio de la moralidad y la claridad ideológica de cada uno de sus antiguos amigos, así como la exaltación de la moralidad y la claridad ideológica de los amigos últimos, no debería sin embargo sorprender tanto si se tiene en cuenta que Hitchens estuvo durante toda su vida implicado en batallas sectarias, y que desde su juventud le resultó familiar la retórica según la cual “las contradicciones deben extremarse”. Uno podría estar tentado de decir que esa estructura de pensamiento fue la herencia madura del temprano y prolongado compromiso con los grupos trotskistas; pero también podría preguntarse si esa afinidad con la retórica sectaria del trotskismo no era más bien producto de su personalidad, condenada a ver el mundo sin matices entre el negro y el blanco –lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto– pero dotada de una cruel inteligencia y una terrible cultura que, al hacerse carne en el lenguaje, se convertían exclusivamente en los matices y las sutilezas que aquella retórica sectaria se empeñaba en negar. “No termino de ver a Christopher como un ‘hombre de acción”, le dijo Ian Buruma a Parker, “pero él siempre está buscando el momento decisivo; por así decirlo, nuestra Guerra civil española, donde te pones del lado correcto y haces frente al enemigo”.el gran tema de Hitch-22 es justamente el tema de la causa. A diferencia del comandante, que solamente supo “lo que estaba haciendo” en los años de la segunda Guerra Mundial, Christopher quiso siempre no solo saber “qué estaba haciendo” sino, sobre todo, tener algo que hacer: una causa por la cual luchar, una idea que defender, un grupo de camaradas con los cuales compartir la batalla contra el enemigo. Quizá es esto lo que faltaba en el retrato de aquello que el enérgico joven de trece años querría tener en su vida adulta: un compromiso, unos amigos, el intenso y cálido sentimiento de solidaridad que solo una causa común puede motivar.

Desde cierto punto de vista, el “vuelco conservador” de Hitchens no fue más que la actualización del deseo abstracto de la causa justa, en una época en que la izquierda había ya dejado de tener causas, y se limitaba –como lo sigue haciendo– a no perder demasiadas elecciones, y en que el socialismo había abandonado la idea de justicia por la idea –bastante menos movilizadora– de respeto de la diferencia.

el tema de las memorias de Hitchens, y el argumento del ensayo político que coexiste con aquellas en las páginas de este libro, es fundamentalmente lo que Tony Judt, en The Burden of Responsibility, denominó “hipercompromiso”. No el involucramiento –intelectual, social o político- orientado a provocar ciertas transformaciones en la sociedad y en la cultura para contribuir a que una y otra estén más acordes a determinado conjunto de valores, sino la forma retórica de un pensamiento cuyo mayor temor, como dice Judt, es que el buque de la historia pase una vez más al lado suyo, sin abordarlo. por paradójico que pueda parecer, ese concepto fue acuñado por Judt para comprender y describir la conducta de Jean-Paul Sartre, y quizá pocas comparaciones le hubieran resultado más odiosas a Hitchens que aquella que lo homologara con el filósofo francés.

pero hay algo común a ambas figuras: esa voluntad inquebrantable por sostener la causa, por encontrar cada vez “nuestra Guerra civil española”, y organizar el mundo en dos bandos, situándose a uno mismo, siempre, del lado de los justos.
Hay quienes adoran a Hitchens: libró batallas valientes e inteligentes. Condenó a Henry Kissinger y a la Madre teresa, se batió a fondo por el derecho al ateísmo y produjo uno de los argumentos más refinados y poderosos contra la religión, escribió sobre los Balcanes, sobre corea del Norte, sobre el conflicto palestino-israelí y sobre león Trotsky. Todos sus ensayos y artículos periodísticos son informados, sugerentes, provocadores y estimulan a reflexionar de un modo distinto sobre problemas viejos. No todos los partidos que tomó están a la altura de su inteligencia. a diferencia de Sartre, no solo nunca fue seducido por el totalitarismo estaliniano sino que intentó enfrentar cualquier régimen autoritario y, mucho más, totalitario. Su gran enemigo no fue el estalinismo: fueron aquellos que, en las sociedades libres, lo defendían y justificaban.

Hay quienes detestan a Hitchens. Quienes no pueden explicarse ese giro desde la izquierda trotskista al neoconservadurismo, su amistad con Paul Wolfowitz, su condena masiva del islam. Hitch-22 da los mejores argumentos a unos y a otros: es la reflexión aguda de un intelectual lúcido, de un polemista brillante, de un contendiente implacable. Es, también, el registro minucioso de la búsqueda permanente de una causa sectaria, el desprecio sistemático de quienes no acompañan esa lucha, el entusiasmo por la polarización. Es un libro sabroso, inteligente y lúcido. Pero, a pesar de la reivindicación de su judaísmo perdido; a pesar del acento británico que lo atraviesa; a pesar del fervor norteamericano que lo conduce, el pensamiento y el discurso político de Hitchens no provienen ni de la tradición judía ni de la ilustración inglesa ni de los padres fundadores de la revolución americana. Proviene del puritanismo calvinista, de esa combinación de fanatismo y disciplina orientada a la acción política que fue la marca de esos políticos audaces e ingeniosos que, en el siglo xvI, se propusieron instalar un mundo nuevo destruyendo el viejo orden. Así encaró Hitchens su militancia juvenil, y así hizo suya la necesidad de derrocar a Sadam Husein. Hitchens fue uno de aquellos a los que Michael Walzer caracterizó como miembros de las “bandas de hombres especialmente designados y organizados para desempeñar un papel creativo en el mundo político”: un “intelectual profesional” y un “laico instruido”, alguien que en definitiva fue, como tituló Ian Buruma la reseña de este mismo libro, “un creyente”.

Articulo: http://www.elboomeran.com 02/07/2012