Faulkner, en su santuario
50 años después de su muerte, celebramos
al Nobel más díficil, influyente y descreído
Un 6 de julio como hoy de hace cincuenta
años moría en Byhalia (Oxford) el genio que dinamitó la novela contemporánea:
se llamaba William Faulkner, Falkner en realidad, y había nacido en 1897.
Sureño, Nobel, dipsómano y descreído, impregnó de manera decisiva a varias
generaciones de creadores, desde los grandes del boom (García Márquez, Vargas
Llosa, Onetti) a los novísimos narradores contemporáneos. Instalado
literariamente en el territorio mágico de Yoknapatawpha, un condado “diseñado
como un infierno de almas” según Alejandro Gándara, se ganó la vida como
guionista de cine, trabajo que despreciaba, sin olvidar jamás que era preciso
soñar y apuntar “más alto de lo que sabes que puedes lograr”.
Desde su primera novela, La paga de los
soldados (1926) a La mansión (1959), pasando por Sartoris (1929), El ruido y la
furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932),
¡Absalón, Absalón! o El villorrio (1940), su obra fue referencia segura, y hoy,
pese a su dificultad, sigue moviendo al asombro.
¿Su secreto? Trabajar y leer
incansablemente, todo, bueno y malo, sin ocultar su desprecio por los autores
más jóvenes, hasta proclamar que “El día en que los hombres dejen de tener
miedo, volverán a escribir obras maestras, es decir, obras perdurables”. El
Cultural brinda por él con Alejandro Gándara, que lo desnuda letra a letra; con
Ignacio Echevarría, que evoca al “Maestro inservible” y con José Antonio
Gurpegui, que reseña sus Cartas escogidas.
***
F.A.U.L.K.N.E.R
El escritor de la A a la Z
Por Alejandro GÁNDARA
Alcohol. La bebida no construye el estilo,
pero lo acompaña. Hay una sinuosidad detectable, una longitud de párrafo, una
bruma que espesa la sintaxis, una elaboración de imágenes que nunca definen sus
contornos y que se suceden y encabalgan mediante asociación libre. El alcohol
huye de la literalidad y permite la fuga a mundos alternativos que se sienten
verídicos, irrefutables. No es fácil escribir mientras se bebe. Sólo en algunos
casos escogidos el alcohol y la literatura funden sus propósitos.
Amor. “Entre la pena y la nada, me quedo
con la pena”.
Bondad. Las hay de varias clases y todas
ellas peligrosas. Confiere dignidad y dolor a un tiempo.
Coro. La inspiración que proporcionan las
tragedias griegas tiene una larga tradición. Las sociedades disponen de un alma
que rebasa y no necesariamente coincide con la de los individuos particulares.
El coro antiguo es el canto común de las leyes aceptadas y de la moral
compartida. No es una invención, sino una atenta observación de la realidad.
Los ciudadanos que se reúnen de manera casual en los bares y en las verandas
producen ese alma y en ocasiones fatales la imponen con inconsciencia. A menudo
sin piedad.
Dios. Producto del fatum humano, no hay
más Dios que el que los hombres hacen. La consecuencia es que se manifiesta
imponderable, inescrutable y la conciencia individual no lo abarca. Los hombres
no necesitan creer en Dios para saber que existe. Saben que existe porque es de
su exclusiva competencia, es su obra.
Empatía. La novela no es tesis, ni
fotografía de un mundo, ni Historia. Es un acto voluntariamente deformante de
una realidad compartida que intenta ponerse en el lugar de lo que se ha quedado
mudo: personas, sociedades, culturas. No hay pretensiones de salvación,
justificación o redención. Sólo cuenta el acto de empatía. No es dar cuenta, es
darse cuenta.
Faulkner, William. Nacido en Albany en
1897 y muerto en Byhalia en 1962, con el apellido Falkner. La “u” que le añadió
tiene motivos imprecisos, pero se corresponde con el sistema de investimiento
que todo escritor lleva a cabo para borrar su rastro. A William le parecía más
aristocrático y en una sola letra creyó concentrar su sentido de la distinción.
Ya se sabe que el creador empieza por crearse a sí mismo.
Geometría moral. “Antes había honor y
sacrificio. Ahora sólo hay ángulos”. Guerra de Secesión. Nadie ganó, a pesar de
las crónicas y de las soflamas. Solamente impuso un horizonte de incertidumbre
moral que dura hasta hoy. Las heridas de la carne no fueron más que la
apariencia de las heridas irrestañables del espíritu.
Infierno. A diferencia de Sartre el
infierno no son los otros, sino nosotros. Flem Snopes desciende a los
infiernos:
-¿Qué le habéis ofrecido?- preguntó (el
Príncipe).
-Las gratificaciones.
-¿Y?
-Las tiene. Dice que para un hombre que
sólo masca tabaco, cualquier escupidera sirve.
-¿Y luego?
-Las vanidades.
-¿Y...?
-Las tiene. Ha traído una gruesa en la
maleta, hecha de amianto especialmente para él, con broches que no se funden.
-Entonces, ¿qué es lo que quiere?- gritó
el Príncipe- ¿Qué es lo que quiere? ¿El Paraíso?
Y el anciano servidor se le quedó mirando,
y el Príncipe creyó primero que era porque no había olvidado la burla anterior.
Pero pronto descubrió que no era ese el motivo.
-No- dijo el anciano servidor- Quiere el
Infierno.
Látigo. Cuando el sureño lo levanta para
descargarlo es por un cierto sentido de la pedagogía y por obediencia a un
mandato superior, que no está escrito, pero que él cree haber leído.
Mal. Es la herencia de las generaciones.
Pasa de unas a otras, no se detiene. Una vez se ha puesto en pie, sigue su
curso. Es lo que nos reúne con nuestros antecesores, lo que hace del tiempo un
único instante. Una forma de religare mortal, fuera de toda mística. Estructura
del alma.
Miseria. Una forma de fanatismo de la
propia impotencia. Necesaria como la fe. Su proliferación es la prueba de que
existe la divinidad y de que nos escucha.
Muerte. La presencia constante. A veces,
buscada. Alistamiento en la RAF durante la Primera Guerra Mundial. Ya había
sido rechazado en Estados Unidos por su corta estatura. Amenazó con enrolarse
en el ejército alemán si no le dejaban pilotar en combate. Su primera hija
muere a los nueve días. La entierra en solitario, cargando hasta el cementerio
con su pequeño ataúd.
Narrador. Hasta cuando se identifica, el
narrador no es otro que la tierra, muy por encima de la precariedad y de la
mortalidad humana. Hay una lengua y un relato que está por encima de nosotros.
Es la voz que prefiere Faulkner, la que no es de nadie. La que afecta a todos.
Pero no es omnisciente, por la sencilla razón de que no sabe. Habla porque
busca, no porque conozca el desenlace ni los misterios del corazón. Una voz
sabia, a fin de cuentas, porque conoce todo lo que ignora. De ahí su fondo
poético, su elección del pneuma en vez del logos, su profunda paciencia.
Naturaleza. Naturaleza. Blancos, negros,
mujeres, niños animales, tierra. Todo habla a la vez y todo lo hace con la
misma voz. Y todos cumplen su misión de entonar el canto y el relato. Es la
forma en que el autor escucha la música de su mundo.
Niño. Es el padre del hombre. Nunca
dejamos de ser lo que fuimos. La idea no pertenece al campo de la psicología,
sino al de nuestra forma de estar en la tierra: es el destino al que servimos.
Siempre somos los de antes.
Nobel (discurso). "El hombre
prevalecerá por su espíritu capaz de compadecerse y sacrificarse y soportar el
sufrimiento".
Novela. Género en extinción, último gran
aliento de las antiguas palabras y de los antiguos relatos. Por ello mismo, el
género más adecuado para tratar con lo que se extingue: los viejos valores y
sentimientos de un Sur derrotado, legítimamente derrotado. Sin nostalgia, sin
retórica para la Historia.
Paraíso. El mito reiterado y constitutivo
de la humanidad entera. Es el mito de la expulsión eterna. Siempre estamos
yéndonos del Edén. Pero nadie lo ha conocido. Su fuerza práctica reside tanto
en su falta de evidencia como en la contundencia con que es trasmitido de
generación en generación con palabras invariables. No hay versión posible.
Forma parte de la realidad palpable.
Progreso. Es un empujón regresivo. Siempre
marcha hacia atrás. La memoria del pasado histórico es más que una invención:
es una herramienta de la identidad, la consagración del grupo, la tribu o la
sociedad. Cumple funciones de adiestramiento e integración. De ahí que “la
memoria crea antes de que el conocimiento recuerde”.
Religión. El jinete oculto del
Apocalipsis. Propagadora del fatalismo, del pesimismo existencial,
intelectualmente aberrante y espiritualmente la visión del hombre como animal
caído, siempre proclive a una abyección mayor.
Ruido (y furia). “La vida no es más que
una sombra andante, jugador deficiente, que apuntala y realza su hora en el
escenario y después ya no se escucha más. Es un cuento contado por un idiota,
lleno de ruido y de furia, y que no significa nada.” Lo escribió Shakespeare en
su Macbeth, pero era de Faulkner.
Sur. Violencia en todas direcciones,
expresada como una fuerza de la naturaleza, pero construida con manos humanas.
La creación divina también está implicada. Hay una destrucción intrínseca en
todas las criaturas y en todo lo creado. Todo tiende a una epifanía dolorosa y
Dios es el Supremo Artífice. El Sur es la obra directa de Dios.
Yoknapatawpha. Condado imaginario, no
ficticio, diseñado como un infierno de almas. Puede situarse al noroeste de
Mississippi, pero en cuanto tal imagen carece de pertenencia exclusiva y puede
trasladarse donde se quiera. Lo propio de las imágenes son su permanencia y su
desarraigo, en particular cuando proceden de la literatura. Tal vez la
literatura sea en sí misma una forma de desarraigo de aquello que resulta
demasiado cercano, concreto, aislante.
Alejandro Gándara desnuda letra a letra a
William Faulkner.
***
Un maestro inservible
Por Ignacio ECHEVARRÍA
Decía Faulkner: “El día en que los hombres
dejen de tener miedo, volverán a escribir obras maestras, es decir, obras
perdurables”. Y uno, extrañado, se pregunta a qué tipo de miedo debía de
referirse.
¿Miedo a la muerte? ¿Miedo al fracaso, al
daño, a la miseria?
Quizá miedo a las palabras, simplemente. Y
no sólo a las grandes palabras -esas que Faulkner no tenía empacho en emplear-,
sino también a las palabras todavía sin pulir, ásperas, enrevesadas, oscuras; a
aquellas que se adentran en zonas de sombra donde no llega la luz de la razón,
a menudo ni siquiera la relativa claridad de la sintaxis, y que por eso mismo
despiertan quizá confusión, y entrañan dificultad y zozobra.
“Requeriría una ardua labor y cálculos muy
precisos lograr que las combinaciones verbales expresen lo que Faulkner
pretende que expresen... Es cierto que su nuevo estilo le ha permitido verter
impresiones con más exactitud que antes; pero los pasajes ininteligibles por
culpa de una profusión de pronombres, o que hay que releer por deficiencia de
la puntuación, no son resultado de un esfuerzo por expresar lo inexpresable,
sino los efectos de un gusto indolente y una labor negligente."
Así se expresaba Edmund Wilson a propósito
de Intrusos en el polvo. Pero ésta es sólo una de los centenares de
declaraciones -muchas provenientes de lectores tanto o más excelentes aun que
Wilson, entre ellos algunos de los más grandes escritores contemporáneos- que
integran el abultado dossier relativo a la dificultad de Faulkner, a la
irritante proliferación de sus “imposibles estruendos bíblicos” (Nabokov).
A la vista de ese dossier, y de sus
displicentes o exasperados dictámenes, cuesta explicarse el enorme ascendiente
de Faulkner sobre la narrativa americana y europea de la segunda mitad del
siglo XX. Un ascendiente que cobra, en el ámbito de la lengua castellana,
proporciones sencillamente asombrosas, pero cuyo rastro cuesta muchísimo
detectar en la actualidad.
Para justificar ese ascendiente, hay que
considerar el prestigio del que gozó durante unas pocas décadas lo que alguna
vez se ha llamado “estética de la dificultad”; un prestigio asociado a los
resplandores de la alta cultura en un momento histórico marcado por el acceso
masivo a la cultura letrada de nuevas capas de población que hasta hacía bien
poco habían permanecido al margen de ella.
El descrédito galopante de esa “estética
de la dificultad” convierte a Faulkner en un viejo maestro cuyo poder de
irradiación parece quedar fuera de esta época. De hecho, ya lo parecía cuando
Wilson lo señalaba como una especie de “primitivo”, extraño a “las técnicas de
la novela moderna, con su ideal de eficiencia tecnológica y su especialización
de los medios para alcanzar el fin”.
Puede que el magisterio de Faulkner sólo
pueda ser asumido cabalmente por parte de quienes están dispuestos a adentrase
con armas y bagajes en el mismo territorio selvático y ruinoso que él exploró.
Puede que la marca de quienes se deciden a ello sea la de ejercer, como el
propio Faulkner, un magisterio intimidante y dislocado, absorto. Baste pensar
en Juan Carlos Onetti y en Juan Benet, en la posición tan indiscutible y a la
vez tan obviada que ocupan en sus tradiciones respectivas.
Por los tiempos en que Faulkner emergía
como narrador, Adorno alertaba sobre la rebaja del pensamiento que conlleva el
sacrificio de la complejidad sintáctica; la claudicación implícita que él
reconocía en las pretensiones de lucidez, de dureza objetiva, de claridad que
profesan tantos escritores modernos.
Faulkner atribuía a esta rebaja del
pensamiento una profunda dimensión ética. Su estilo es el campo de batalla en
el que, exponiéndose valientemente a la derrota, la palabra pugna por abrirse
camino hacia esas “grandes verdades fundamentales” a las que él mismo se
orienta. El miedo al que él se refiere, ese miedo que a su juicio impide a los
nuevos narradores escribir obras maestras, es -por decirlo con palabras de
Adorno- el “miedo suscitado por el mercado, el miedo al cliente que no quiere
esforzarse y al que fueron adaptándose primero los redactores y luego los
escritores”. Un miedo que entretanto ha sido a tal punto interiorizado por la
mayoría de éstos, que ya ni siquiera lo experimentan como tal, y les mueve -a
ellos y a sus lectores- a ver a Faulkner y a sus seguidores, cada vez más
escasos, como excéntricos representantes de una especie en extinción, digna de
ser protegida y contemplada quizá con veneración, pero con curiosidad
arqueológica, apenas concerniente.
***
Cartas escogidas
William Faulkner
Por José Antonio GURPEGUI
“He causado bastante sensación.[...] he
aprendido asombrado que actualmente soy la figura más importante de las letras
americanas. Es decir, me espera el mejor de los futuros. Incluso Sinclair Lewis
y Dreiser acuerdan citas para verme...” (p. 82).
En estos términos se dirigía
William Faulkner (New Albany, 25 de septiembre de 1897-Byhalia, 6 de julio de
1962) a su esposa, Estelle, el 13 de noviembre de 1931 desde Nueva York, donde
había sido invitado tras el éxito alcanzado por Santuario. El autor sureño
tenía plena conciencia, por primera vez, no solo de su éxito literario, sino de
la influencia que tendría en la historia de las letras norteamericanas. No son
muchas, por desgracia, las cartas que tienen tan jugoso contenido como la
referida. Bien es cierto que la vida de Faulkner no fue tan intensa, trágica,
ni venturosa como la de un Edgar Allan Poe o Ernest Hemingway, cuyas
colecciones de cartas en ediciones de Ostrom el primero y Carlos Baker el
segundo -en una edición comparable si acaso a la de Letters to Felice de Kafka
en edición de Heller y Born, y tal vez la dedicada a James Joyce por Stuart
Gilbert- me atrevería a decir que son fundamentales para comprender y
aprehender la complejidad narrativa de estos autores.
La vida de Faulkner, por el contrario, fue
comparativamente bastante tranquila. Si acaso algún que otro escarceo amoroso,
al que tendremos que referirnos más tarde, su “tangencial” participación en la
Gran Guerra, contados viajes a Europa, y poco más. Y eso es fundamentalmente lo
que reflejan las más de 600 páginas de cartas. Tampoco encontraremos
correspondencia con autores contemporáneos -una carta a Hemingway es la
excepción a la regla-, aunque sí algunas en las que expresa ciertas
consideraciones sobre la literatura y escritura en general como la dirigida a
Bennett Cerf en julio de 1940: “¿Qué ha pasado con la escritura? Hemingway y
Dos Passos y yo ya somos veteranos; debemos luchar con uñas y dientes para
mantener nuestros puestos frente a los jóvenes escritores. Pero no hay
escritores que valgan un pito, que yo conozca.” (p. 187). En cuanto al Premio
Nobel escribía en 1950 que “preferiría estar en el mismo saco que Dreiser y
Sherwood Anderson [nunca lo recibieron] que con Sinclair Lewis y la señora
Chinahand Buck [sí lo recibieron. Se refiere a Pearl S. Buck cuyas novelas se
ambientan en China].
El asunto más común en las misivas tiene
que ver fundamentalmente con asuntos económicos; en román paladino, la continua
necesidad que tenía de dinero -primero de un centenar de dólares y más delante
de miles- ya fuera para pagar sus impuestos tributarios o disquisiciones sobre
lo que iba a recibir por sus escritos. De relativo interés a no ser por
pequeños detalles, como que no leía sus primeros contratos con las
consecuencias posteriores: “Creí que solo firmaba para el presente en cada
caso, pues no había leído el contrato.” (p. 91). Sí resulta más llamativa e
interesante su insistencia, verdadera obsesión, en preservar su privacidad: “Mi
ambición, como individuo privado, es ser abolido y anulado de la historia...”
(p. 388) escribía a Malcolm Cowley en 1949, y en similares términos escribía
también a Bog Haas: “Sigo manteniendo que mis obras impresas son del dominio
público y cualquiera puede discutir sobre ellas. Pero mi vida privada y mi cara
fotografiada son de mi propiedad y las defenderé como tales hasta el final.”
(p. 432, 1951).
Es éste un volumen de cartas que irá
supurando información poco a poco, de forma que seremos nosotros mismos quienes
vayamos haciéndonos la propia composición sobre el remitente. El William
Faulkner que refleja su correspondencia es un hombre aficionado a la caza, a
montar a caballo y a la vida en el campo, que repite continuamente que escribir
le produce “agonía y sudor” (p. 418), “angustia y sudor” (p. 426)…etc, poco
pasional, que únicamente en su juventud utiliza expresiones del tipo “acabo de
escribir algo tan bonito que estoy a punto de estallar. [...]He trabajado en
ello durante dos días y cada palabra es perfecta” (p. 37) para referirse a lo
que está escribiendo en el momento, Santuario. Es en esta temprana
correspondencia que mantiene con su madre -tan solo en una misiva se dirige a
ella como “mamá”-, en la primera visita a Europa, cuando vemos la cara más
“normal” de Faulkner. Habla de lo que hace habitualmente, qué piensa de
aquellos a quienes conoce -“Los franceses viven para ganar el dinero y hacer el
amor, los ingleses para comer.” (p. 53)- del tiempo meteorológico, del trabajo
que dedica a su producción literaria con el lógico entusiasmo de un joven que
se refiere a lo que está escribiendo con adjetivos como “grandiosa” (p. 32) o
“terriblemente buena” (p. 33).
También está bien desarrollada y
documentada la sección correspondiente al tiempo que pasó trabajando para
Hollywood, algo que nunca llegó a compensarle como ocurrió con Hemingway o
Steinbeck: “Cuando recurrí por primera vez al cine, creí ver en él una especie
de pequeña mina de oro... Muy pronto me di cuenta de que yo no era un escritor
para el cine... Ahora creo que el cine se acabó por lo que a mí concierne.” (p.
155) escribía a Bob Haas en 1939.
Entre las omisiones me ha llamado la
atención la escasez de referencias -casi nulas- a la Segunda Guerra Mundial y
la ausencia de calidez con que trata la muerte de Mammy Callie, la sirvienta
negra que estuvo toda su vida con la familia Falkner (sic.), y referida por
muchos como una influencia fundamental en las historias de Faulkner, pues era
el nexo de unión con el mundo de los negros. Tan solo en un par de misivas se
refiere al luctuoso acontecimiento… junto a temas de índole comercial: “No pudo
tener mejor muerte, ni más feliz. Vendí el relato por mil dólares y me
encuentro en buenas condiciones.” (p. 165).
Dos de las cartas más interesantes tienen
que ver, precisamente, con el asunto de los negros en Estados Unidos en unos
años especialmente complejos. La actitud de William Faulkner resulta, en el
siglo XXI, un tanto paternalista e incluso denota una cierta superioridad. En
carta a Paul Pollard rehúsa enviarle una aportación económica. Los motivos son
lo de menos, lo interesante son sus reflexiones: "Tal como yo lo veo, la
gente de su raza debe ganarse la libertad y la igualdad que quiere [...] si la
gente de su raza quiere disfrutar de igualdad y justicia como seres humanos en
nuestra cultura, la mayoría de ellos tendrá que cambiar completamente su forma
de actuación actual." (p. 593). Desde el punto de vista literario las más
interesantes son las remitidas a Malcolm Cowley, a quien se dirige como
“hermano”; la extensa carta que le dirige en enero de 1946 (pp. 293-96) es un
verdadero compendio de sus principios narrativos en lo referente al Sur.
También son tremendamente interesantes las dirigidas a quien fuera su amante,
la jovencísima Joan Williams, pero por desgracia en muchas de ellas, si no en
todas, se ha omitido parte del contenido. Tal vez lo censurado -entiendo que
así fue en el original de 1977- fuera motivo sólo de chismorreo.
Para esta edición en español hubiera sido
buena idea, dada su importancia, incluir los textos completos, máxime cuando ya
se conocen la gran mayoría de ellos tras la publicación del volumen de Lisa
Hickman en el 2006 de William Faulkner and Joan Williams.
Eso sí, nos revela por qué alguien se
sienta frente a una cuartilla en blanco para escribir: "... al fin y al
cabo, un hombre escribe simplemente porque le gusta hacerlo; es su pan de cada
día." (p. 403).
Edición: Joseph Blotner. Traducción de
Alfred Sargatal y Alicia Ramos. Alfaguara, 2012. 642 pp.., 22'50 e. e-book:
9'49 e.
Articulo: http://www.elcultural.es
06/07/2012

