samedi 21 juillet 2012

Erik HEDEGAARD/ El último hombre salvaje de Hollywood


ROLLING STONE
El último hombre salvaje de Hollywood
Por Erik HEDEGAARD

Rolling Stone pasa una semana al límite con el hombre que más escándalos ha acumulado en los últimos tiempos. Tequilas, tríos y dinero para descubrir al verdadero Charlie Sheen. Artículo de  Erik Hedegaard, publicado en el número de julio de la revista Rolling Stone.

"Charlie Sheen es capaz de meterse en líos  con mayor facilidad que nadie. Sólo en el último año, despotricó sobre su antiguo jefe, el creador de la serie  Dos hombres y medio, Chuck Lorre ("Ese sociópata de baja estofa y sin huevos"); alardeó de sus llamadas ‘diosas' (una actriz porno y una antigua niñera); sus hijas fueron sacadas de casa por orden judicial; dejó a más de uno paralizado por su lunática verborrea (se definió a sí mismo como "un brujo asesino del Vaticano"); e interpuso una demanda contra Warner Bros. y Lorre de 100 millones de dólares [unos 80 millones de euros] por incumplimiento de contrato. El pasado junio, parece que finalmente se cansó y decidió tranquilizarse, resurgiendo únicamente para lanzar alguna pulla a Dos hombres y medio y para salir tocado -no del todo borracho- de un concierto de Guns N' Roses. En otras palabras y resumiendo, parece que últimamente ha sido un buen chico".

Pero ahora, esta noche, justo en este momento, ya está buscando líos. Está en un restaurante de Hollywood llamado Boa, disfrutando, feliz, de un tartar de atún. Una veinteañera se le ha acercado y se ha presentado. Cuenta que su nombre es Erica y que hace unos días estuvo en el cásting para conseguir el papel de hija de Sheen de 15 años en Anger management, su nueva serie, pero que no la llamaron. Hace un puchero. Pelo oscuro, falda corta, una blusa bastante ajustada, resulta deliciosa cuando hace pucheros. Se gira un poco, para mostrar su perfil. “Me dijeron que lo había clavado, pero que mi cuerpo no se correspondía con el de una quinceañera”, cuenta.

Charlie, de 46 años, se acerca, se limpia los labios con la servilleta, y corrobora: “Bueno, no soy ningún experto en fisiología, pero tengo que darles la razón en eso”.Y así, sin más, determinados mecanismos de su cabeza se ponen en marcha. Muy pronto, están por el patio, fumando.

Luego, Charlie pregunta: “¿Estás casada? ¿O prometida? ¿Cómo puede ser que tú y yo no nos hayamos conocido antes? ¿Cómo hacemos para impedir que ésta sea la última vez que te vea?”. En nada, Charlie ya tiene su número en el móvil. La verdad es que es bastante espectacular cuando ocurre. Sus ojos brillan. Es lanzado sin resultar agresivo, su voz áspera suena a pelea de bar, pero transmite un rollo amable, cálido, divertido. ¿Cómo no va a gustar? “Es una de las chicas más guapas que he visto en tiempo”, asegura más tarde. “Alguien como ella sólo puede existir los domingos. ¿Has visto lo adorable que era? Tío, necesito sacar más de esto. Era jodidamente sexy”. Se pone cómodo, y sigue: “La gente cree que una chica se me acerca y que me da igual. No, soy como un niño de 9 años que está sentado con su colega y que piensa: ‘¡Oh Dios mío!’. Ese es el Charlie Sheen que nadie conoce. No soy un puto bicho raro, no provoco el caos. Lo hice durante un tiempo, pero nunca formó parte de un plan. Tan solo intentaba mantener en pie las cosas mientras se estaban derrumbando”, explica.

Un poco más tarde, le envía un mensaje a Erica, sugiriéndole quedar pronto, aunque, de hecho, ella no está destinada a ser el problema de hoy. Ni tampoco los tres o cuatro chupitos de tequila que Charlie se bebe con facilidad. Esta noche, el lío es uno de los dientes de oro de su boca –concretamente el diente número 12, arriba a la izquierda, un premolar que salió mal y que fue reemplazado por uno de oro. Aunque suene ridículo, el canal FX ha pedido que cada vez que Charlie esté en público, debe disimular el diente con pintura. Parece ser que no les gusta el aspecto que le da, que parece salido de un gueto. Suspira: “Hace un año, les habría dicho: ‘¡Que os jodan, es mi diente!’. Pero de qué sirve ser un gilipollas, ¿para enseñarles? ¿Para enseñarles qué? Ahora simplemente digo: ‘Vale, tienes derecho a hacerlo”.

Pero, claro, ese diente no está pintado esta noche y brilla cuando sonríe, y seguro que hay muchos fotógrafos en la puerta, esperando a que aparezca. Se toma un minuto, toma aire. Podría ser peor. Podría estar en la cárcel   O –según se dice– peleándose con alguna chica en un hotel o soltándole dólares a una stripper. Mucho peor. “Se me olvidó pintármelo, eso es todo”, confiesa. Y aún así quiere arreglarlo, así que se dirige hacia la puerta de atrás y se mete en un coche, evitando a los fotógrafos y el escándalo, mostrando un lado más maduro de sí mismo, el Charlie Sheen que nadie conoce, el que intenta hacer las cosas bien por primera vez en su vida, si le es posible.

Ha sido un viaje salvaje casi desde el primer día: hijo de Janet y Martin Sheen, nació el 3 de septiembre de 1965 en un hospital de Nueva York, y aún no había salido cuando surgió el primer problema. El médico, Irwin Chabon, se dio cuenta de que el cordón umbilical le estaba oprimiendo la nariz, sofocándole. “¡Aguanta!”, gritó Chabon, y Janet paró de empujar, dándole tiempo para cortar el cordón. “¡Ahora!”, exclamó, y Janet empezó a empujar con todas sus fuerzas. “Y ahí salió Charlie volando, y estaba azul, era un bebé azul. No emitió ni un sonido, ni respiraba, nada”, recuerda su padre, Martin, que por entonces era un joven actor desconocido. El doctor Chabon cogió al bebé y le dio unos cachetes. Janet preguntó: “¿Qué pasa?”. Martin respondió: “No pinta bien”. Pensó que Charlie iba a morir y pidió que le bautizarán, pero luego, según recuerda, “Chabon se armó de valor y le dio otra vez, y Charlie empezó a gritar, y no ha parado desde entonces”.

Diecinueve años más tarde, consiguió su primer papel co-protagonista en Amanecer rojo (1984), dos años después interpretó a un vago y gamberro en Todo en un día, encasillándose por primera vez, con un gran efecto cómico. Pero realmente no dio el gran salto hasta que Oliver Stone le fichó para dos de las películas más incendiarias de la década, interpretando a un joven soldado en Vietnam en Platoon (1986), y al protegido de Gordon Gekko en Wall Street (1987). Las críticas eran entusiastas, las películas importantes y estaba preparado para participar en una tercera cinta de Stone. Todo iba viento en popa.

Sin embargo, las cosas se empezaron a torcer rápidamente. Primero, Stone le dejó plantado y le cedió el papel protagonista de Nacido el 4 de julio a Tom Cruise, y las siguientes elecciones de Charlie –comedias como Una mujer en la liga y Hot Shots! y películas de acción como Navy seals, comando especial – no hicieron mucho por reforzar su reputación de actor serio, aunque muchas de ellas, especialmente las que implicaban jugar al béisbol, una de sus grandes pasiones, eran bastante buenas. Y luego estaba su vida personal. Por entonces, cuando llevaba tres años de carrera, ya era un reputado juerguista. Se movía en un Porsche negro; llevaba encima una lista con nombres de 25 mujeres a las que puntuaba con estrellas como en una crítica de cine y que contaba con anotaciones del tipo “pechos”, “jacuzzi” o “animadora”; poseía una colección de armas (le gustaba dispararlas hacia el océano); y pensaba mucho en el dinero, llegando a la máxima vital, tal como declaró en 1987, de que “el dinero es energía, tío, mueve cosas”.

Resultaba descabellado incluso para Hollywood. Y la cosa no hizo más que empeorar. En 1990, su entonces prometida Kelly Preston cogió en el baño unos pantalones suyos de los que cayó al suelo una pistola que se disparó, impactando contra el retrete de modo que un trozo de porcelana fue a parar al brazo de Kelly. La prensa contó que Charlie le disparó en el brazo y por esa razón ella le dejó y se casó con John Travolta. Unos años más tarde, mientras salía con la modelo Donna Peele, Charlie subió al estrado para declarar en el juicio de la madama de Hollywood, Heidi Fleiss, y admitió ser un gran admirador suyo que había pagado 53.000 dólares [unos 43.000 euros] por sus servicios. Aún así, Peele se casó con él poco después, formando un matrimonio que duró menos de un año. “Si compras un coche malo, se estropea”, declaró Charlie entonces.

En 1998, su carrera se había venido abajo y sólo filosofaba: “¿Qué haces cuando los jefes de los estudios no te contratan, a pesar de que os habéis tirado a las mismas prostitutas?”. Ese año, sufrió una sobredosis de cocaína y entró en rehabilitación. “Rezad por Charlie. Tiene apetitos que le meten en problemas, pero un corazón de oro”, aseguró su padre.

Sin embargo, en el 2000, su carrera dio un vuelco al reemplazar a un cada vez más enfermo Michael J. Fox en la serie Spin City: Loca alcaldía durante dos temporadas, convirtiéndola en un éxito mucho más grande de lo que ya era. Después, en 2003, arrancó Dos hombres y medio, donde interpretaba a Charlie Harper, una versión de sí mismo, siempre con una camisa de jugar a los bolos, aliento a alcohol y una chica fácil en su cama. Y ahora, tiene intención de volver a la carga, con la serie Anger management. Está basada en la película de 2003 protagonizada por Adam Sandler y Jack Nicholson, pero sólo en el título [en España, estrenada como Ejecutivo agresivo], y en ella Charlie interpreta a un exjugador de béisbol cuyos problemas con la ira le llevan a convertirse en psicólogo. Pero si este nuevo proyecto consigue un público no se deberá a la calidad de la serie, sino al gran atractivo que tiene Charlie en la pequeña pantalla. Tal como ha demostrado Dos hombres y medio, sin Charlie ya no tiene gracia, por mucho que su sustituto, Ashton Kutcher, sea renovado para otro (pésimo) año más o no.

Pero durante todo este tiempo, Charlie no ha sido capaz de poner orden en su vida personal. Otros dos matrimonios fracasados (las actrices Denise Richards y Brooke Mueller), numerosos pleitos, maleficios de brujos y demás locuras. Aún así, últimamente se respira la calma en el mundo de Charlie. Se pasa la mayor parte del tiempo trabajando en la serie, por cuyo triunfo siente un especial interés; su salario inicial no va a ser el de Dos hombres [unos 1,6 millones de euros por capítulo], pero tiene una participación en el capital, y si las cosas van bien –si los diez primeros capítulos alcanzan un cierto índice de audiencia, FX comprará otros 90 capítulos, asegurando su distribución – con el tiempo puede conseguir unos 160 millones de euros, que es una  gran cantidad de energía que mueve cosas, tío.

Sin embargo, ahora está en casa, fumando cigarrillos, bebiendo café e intentando explicar los motivos de su gran derrumbe del año pasado. Su casa tiene un estilo moderno, muy limpia, muy silenciosa, con gusto. Tiene algunos de sus coleccionables de béisbol a la vista, junto a una espada samurai, un imponente telescopio, una vieja gramola y un gran cuadro de su padre junto a Marlon Brando, en Apocalypse Now, con un infernal fondo rojo. Nada está abarrotado, salvo las puertas de la nevera, de donde cuelgan fotos de sus hijas, junto a recuerdos de algunas salidas nocturnas: un puro a medias de Ray Lewis, un paquete de tabaco vacío de Sean Penn y un rotulador con el que Russell Brand solía firmar autógrafos.

Fuera, en el patio, mirando hacia la piscina, Charlie se enciende otro Marlboro rojo (“Me fumo 30 al día”, cuenta) y no para de hablar con su voz áspera. El primer punto de la jornada, claro, es Chuck Lorre, causa primera de su derrumbe. “No puedo con este tío, lo siento. ¡Es una mierda! Lo bueno es que ya no es un problema”,  asegura Charlie, como si no quisiera ordenar su vida. Su principal queja contra Lorre (y tiene miles de ellas) es que se negó a escribir más capítulos, cuando, sorpresa, sorpresa, Charlie salió antes de lo esperado de una rehabilitación exigida por la serie en 2011 (la hizo en casa, en dos semanas). La decisión de Lorre no sólo le costó un montón de dinero a Charlie, sino también al resto del reparto y el equipo de la serie. Y Charlie explotó. Pero no se sabe qué fue lo que le encendió de esa manera. Todo el mundo piensa que fue la droga, debido a su largo historial de abusos, principalmente con la cocaína, sus “me meto siete gramos, porque así es como me muevo” y demás. Pero insiste en que no tomó drogas; le sometieron a varias pruebas por entonces, y todas dieron negativo. “Charlie fumaba como un carretero, pero aparte de eso, nada de alcohol ni drogas. Simplemente estaba cabreado y no tenía miedo de ocultarlo”, recuerda Bree Olson, actriz porno, su antigua novia –y ‘diosa’– de Sheen.

Entonces, si no fueron las drogas ni un desorden mental, ¿qué fue? Haciendo un intento, Charlie responde a Rolling Stone: “No creo que sólo fuera por la serie. Eran más de 30 años de complacer a mucha gente y pocos descansos”. Acto seguido, levanta los brazos y suspira. “No me he sometido a una evaluación psicológica para averiguar qué estaba pasando en aquel momento. Todo me fue mal tras el despido de la serie, todo era un fracaso, pero yo me creía el tío más famoso del planeta, lo cual fue verdad durante un par de semanas. Era incapaz de aceptar la realidad”.

Sea como fuere, el episodio vital en cuestión le debe mucho a su pasión por dos películas, Apocalypse now, protagonizada por su padre, y Tiburón. Ha visto ambas más de 150 veces, está obsesionado con ellas y se las sabe de memoria. “Frase por frase, palabra por palabra, y las sigue viendo constantemente, a día de hoy”, cuenta Olson. Y muchas de esas locuras verbales made in Sheen, frases locas que suelta, tienen su origen en grandes momentos de esas películas. Y quizás la influencia de ambas películas le condujo a cargar contra Lorre (con suerte la figura del coronel Kurtz pero con cierta tendencia a la monomanía), y la mandíbula afilada de la conspiración CBS/Warner Bros.

Como lo hizo, empuñando las únicas armas que tenía, su creciente ingenio verbal y la peliculera voluntad de hacer lo necesario por derribar a ese enemigo mucho más fuerte y grande aunque le vaya a suponer su condena.  O algo así. Lo importante es que, vistas así, sus acciones, aunque imprudentes, sólo se pueden considerar heroicas. Y durante ese tiempo, nunca buscó excusas para justificarse ni se escondió tras cortinas de humo, una de las grandes virtudes que tiene este tipo y el motivo por el que la gente le quiere y le sigue apoyando. “Es extraordinario, pero imperfecto, como todos, pero te diré algo sobre él: nunca ha mentido para salir de un problema. Él paga el pato, lo ha hecho siempre. Es honesto”, argumenta su padre.

Efectivamente. Ahora mismo, ha vuelto a la bebida y no lo niega. “A ver, esta mierda funciona, lo siento pero funciona. De todas maneras, no veo qué tiene de malo tomarse unas copas. ¿Tú qué bebes? ¿Tequila? Lo mío es el vodka y solo, porque siempre he dicho que el hielo es para las heridas”, comenta. Así que se dirige al bar de su casa, decantándose por algo de tequila, una botella de Don Ramón Platinum, sirve un chupito y lo baja con una Coca Cola, no sin antes decir “por nosotros y los que son como nosotros”, un brindis típico de guerreros, que se suele pronunciar al echar la vista atrás a batallas pasadas.

A penas cinco días después del nacimiento de Charlie, y mientras seguía estando azul y negro de los cachetes del médico, Martin y Janet se lo llevaron junto a sus dos hermanos, Emilio y Ramón, durante la gira de una obra en la que participaba Martin. Charlie, cuyo segundo nombre es Irwin (en honor al médico que le salvó la vida), pasó así sus primeros nueve meses de vida, de un lado a otro del país; de hecho, así fue la mayor parte de su infancia. Por ejemplo, a los 10 años, estuvo 8 meses en Filipinas, porque su padre estaba rodando Apocalypse Now allí, y pasó ratos con Marlon Brando y Dennis Hopper. “Imagínate tener esa edad y toda la mierda que vi, la violencia y la carnicería. Me lo explicaron, pero aún así, me impactó muchísimo”, recuerda Charlie. Por no hablar de que Martin sufrió un ataque al corazón durante la producción y Charlie se encargó de cuidar a su padre.

Pasó su adolescencia en Malibú y fue al instituto Santa Monica, donde destacó como un gran lanzador y hacía películas en Súper-8 con su hermano Emilio, Sean Penn y Rob Lowe, entre otros. Sin embargo, eran más mayores que él, y cuando empezaron a actuar y se convirtieron en la pandilla de moda en Hollywood, lo único que podía hacer era observarles desde la línea de banda. “Estaba tan celoso que me quería suicidar. Conseguían las chicas, comidas gratis, la droga, todas las ventajas, todas. Me decía a mí mismo que les iba a eclipsar. Quería lo que ellos tenían, pero más”, recuerda.

Sus padres le compraron un BMW cuando tenía 16 años, y eso, unido a sus instintos naturales, trajo consigo todo un cúmulo de problemas. Un día estaba colocado en el coche y se quedó dormido. Le despertó un policía que pronto encontró la droga, las pipas y el papel de liar, más un cuchillo que llevaba en el tobillo y una porra con incrustaciones de marfil; se salvó por la amistad de su madre con un juez. Un año más tarde, le arrestaron por fraude con una tarjeta de crédito. En su último año de instituto, tres semanas antes de la graduación le expulsaron. En otras palabras, Charlie siempre ha sido tal y como es hoy.

Con siete años, Charlie empezó a tartamudear coincidiendo con la época en la que tuvo un par de encontronazos con los matones del patio. “Mi hermano Emilio y yo estábamos esperando a que nos vinieran a buscar. Y estos dos chavales eran horribles, malos y violentos. No nos hicieron nada, pero lo que dijeron que iban a hacer fue incluso peor: ‘Os vamos a sacar los ojos’. Algo horrible para un niño de 7 años. Recuerdo que pensaba que íbamos a morir, que nos iban a matar”, relata. Empezó a sufrir ataques de pánico y luego, un día, empezó el tartamudeo. “Fue jodidamente horrible. Imagínate: me llamaban y, sin más, dejé de responder. Me sabía las respuestas, pero nunca levantaba la mano. Estuve mucho tiempo en silencio”,  explica.

El tartamudeo desapareció, y su vida se volvió ruidosa de nuevo. De hecho, lleva mucho tiempo haciendo ese ruido y no parece que vaya a cambiar. “Me quedan 14.000 días, y pienso disfrutarlos todos”, le gusta decir. Siendo este el caso, ha consumido toda la diversión consumible: montones de pastillas, mucho alcohol, mucha coca, coches, armas, relojes, muchos sabores de mermelada, café, recuerdos de béisbol, arte, cupones de lotería (compra por valor de 3.000 euros cada semana) – arriba o bajo, en un lado o en otro, ha intentado disfrutar de ello. Cuando era adolescente, se ganó el apodo de Machine (máquina), escrito Ma-Sheen. “Se trataba de ser el último en pie. El resto ya se arrastra por el suelo, y yo sigo ahí gritando: ‘¡Venga, la fiesta no ha terminado!”, sostiene. Pero un día la fiesta acabará y ¿qué será de él?. “Charlie es todo un misterio. Necesitará un milagro, pero su momento llegará. Cuando se dé cuenta de lo mucho que se le quiere y empiece a quererse a sí mismo, todo cambiará”. Estas son las palabras de un padre lleno de esperanzas, de dudas y de miedo por su hijo.

Charlie está en casa. Es martes, son las cinco de la tarde, el comienzo del día para él, y aparece duchado, afeitado y fresco, vestido con una camisa blanca. Sin gritar, parece estar en paz con el mundo. Detrás de él, aparece una rubia esbelta con una blusa vaporosa. Su nombre es Rachel, y no se encuentra bien. Asegura que ha estado vomitando. No explica el motivo, pero no es difícil de adivinar.“¿Estás bien?”, le pregunta Charlie. “Sí, estoy bien”, contesta Rachel, que sonríe con desgana y se sienta a la mesa, mientras él se va a hacer café. Bueno, ¿qué habéis hecho hoy Rachel? “Ah, estar juntos. De hecho es mi cumpleaños. He cumplido 22”, explica. ¿Ha sido como lo esperabas? “¡Y más! Anoche, esta mañana, ha sido cojonudo”, contesta. ¿Qué pasó? “Vino Sexual Stephanie [no dice quién es, pero también es fácil de adivinar] y estaba muy buena, muy sexy, ¿sabes?”, cuenta.

Charlie vuelve con su café, quiere saber lo que ha contado Rachel, y ella se ríe. Charlie solo sonríe. Ah, mujeres. La droga que no ha sido capaz de dejar. Perdió la virginidad a los 15 años con una prostituta de Las Vegas llamada Candy, mientras su padre dormía en la habitación de hotel de al lado. Le cogió la tarjeta para pagar por la experiencia y por la de su primo, Joey, también de 15. “Le dije: ‘Mira, ésta es la tarjeta de mi padre, tú vas segundo’. Recuerdo que pasé la mejor noche de mi vida. Dos semanas más tarde, mi padre me preguntó por ese extraño cargo que había en su tarjeta. Se lo expliqué y todo lo que le preocupaba era que no hubiera confundido eso con el amor”. Hace una pausa. “Aún estoy intentado procesar eso”. Y así han pasado los años, trabajándose a las mujeres, actrices porno y la ocasional dulzura con la que se quiere casar, y lo hace, e incluso tiene hijos con ellas, antes de darse cuenta, una vez más, de que necesita procesar un poco más, que realmente es un tío ‘poliamoroso’. “Hay chicas diferentes para cosas diferentes.

Con algunas te gusta fumar porros, con otras bebes, ves una película, otras sabes que se van a traer a una amiga, las de porno están un poco más locas y son más peligrosas, algo de épica. Es posible sentir algo por diferentes mujeres al mismo tiempo”, sostiene. Desafortunadamente, a veces esos sentimientos se han vuelto violentos, y han hecho caer a Charlie lo más bajo posible de la peor forma. ¿Ejemplos? Decirle a su por entonces esposa Denise Richards “espero que te mueras, puta”, amenazar con un cuchillo a Brooke Mueller e intentar estrangular a su ligue y estrella del porno durante un famoso escándalo en el Hotel Plaza de Nueva York en 2010. Y aún así tiene tal atractivo que ninguno de estos incidentes le daña por mucho tiempo. El público le sigue queriendo y las chicas también, como siempre lo han hecho. “Cuando era cliente, todas las chicas que le mandaba se enamoraban de él. La gente solo decía cosas buenas, de su atractivo y su generosidad, hasta que estaba bien dotado y que era un gran amante”, recuerda Heidi Fleiss. “Una chica tiene que tener una cara bonita, pero yo soy más de chicas monas que bellas. Natalie Portman es hermosa y Mila Kunis, mona, muy mona. No la conozco, pero soy un gran fan. También me gustan los pies de las mujeres. No he salido con algunas chicas debido a sus pies, por el largo de algunos de sus dedos y porque no tienen la forma que deben de tener. El dedo en martillo es feo. ¿Y que el segundo dedo sea demasiado largo? También”, confiesa. De nuevo, algo más del Charlie Sheen que nadie conoce. Se preocupa por sus amigos, y ha ayudado a enganchar a un par de ellos como co-productores ejecutivos de Anger management. Mientras trabajaba en Dos hombres y medio, cuidaba de su doble, el especialista Eddie Braun, insistiendo en que todas las escenas peligrosas de Charlie Harper, por pequeñas que fueran, las hiciera Braun, asegurándole a su amigo mayores pagas.

Después toca hablar de algunas de sus creencias. Tiene una teoría conspiratoria sobre el asesinato de Kennedy. Y dice que ha sido adivino toda su vida: “Suelo saber quién está llamando cuando suena el teléfono, y eso es raro”, señala. Asegura que cree en los platillos volantes, más o menos: “Por ejemplo, las luces de Phoenix de 1997: 10.000 testigos vieron una nave del tamaño de diez portaviones durante 4 horas”, cuenta. Luego intentas tener una conversación elocuente con él sobre su vida íntima y resulta casi imposible. ¿Cuál es ese vacío interior que estás intentando llenar, Charlie? “No estoy seguro, no sé qué es eso”, responde. ¿Sientes alguna vez que estás buscando algo? “Sí claro. Aunque no sé el qué, pero siento que un día voy a conocer a un guía que me enseñará el camino”, cuenta. Si su padre estuviera aquí, le diría: “Bueno, Charlie, tienes que ser tu propio guía, ¿no lo sabías”. Pero está solo y no oye otra voz excepto la suya. Una noche, va a ver a su exmujer Denise Richards, que vive a unos 20 minutos al noreste de su casa, y a sus dos niñas, Sam de 8 años y Lola de 7. Se casaron en 2002 y se separaron tres años más tarde, después de que Charlie empezara a apostar, se metiera en páginas porno, abusara de las pastillas y actuara de una forma “muy errática” según Richards, quien aseguró que una vez Charlie escribió con spray ‘el día más estúpido de mi vida’ sobre su foto de boda. Hasta hace aproximadamente un año, aún no se soportaban. Pero entonces, por sus hijas, arreglaron las cosas y ahora quedan y se van juntos de vacaciones, e incluso Richards ha participado en Anger management. Ella no apaga el móvil por las noches, por si Charlie se mete en líos.

Dentro de la lujosa casa de estilo italiano de Richards, Charlie habla con sus hijas, que son excesivamente monas y tímidas, y luego entra Richards, con un vestido largo de verano, oliendo a océano. Se dan dos besos, intercambian algunos bromas, y se sientan a cenar (nuggets de pollo, plato favorito de las niñas, preparado por el padre de Richards, Irv, que perdió a su mujer hace tres años y ahora vive con su hija), bendicen la mesa, y luego Richards lleva a las niñas a la cama, mientras Charlie sale al patio de atrás para fumar. Richards sale y cuenta: “Ahora somos como mejores amigos, confidentes. Él me lo cuenta todo. Hacemos viajes juntos y las niñas le adoran”. Charlie se acerca, exhalando con su voz áspera, y añade, “Y dormimos en habitaciones separadas. Todo el mundo va a querer saber eso”. La cara de Richards se apaga un poco, parece estresada. “No sabe filtrar lo que dice. No era así cuando nos casamos”, apunta. “Aburridooo”, entona Charlie. “No era aburrido. Llevaba tres años sobrio, era humilde, atractivo y un gran hombre”, explica. “Y aburrido, ¡aburrido!”, añade Charlie.Parece que Richards ha tenido suficiente. Le echa una dura mirada y se disculpa para ir a por más vino. Charlie la observa mientras se marcha. “Es genial, ¿verdad? Es genial y sigue estando jodidamente estupenda, ¿no?”, pregunta. Parece que se ríe. “Me fastidia. Quiero decir, ya sabes dónde se te va la cabeza, ¿no? A veces cuesta irse con ella de viaje. No quiero que las niñas nos pillen, ¿sabes? Habría que explicarlo. No es que no podamos echar la llave, pero ya sabes cómo es. ¿Quiero? ¡Claro! ¿Y ella? No lo sé”, se sincera.

Resulta un poco duro decir esto, pero Charlie, como de costumbre, no se puede contener. Así como divaga su mente es como sus pensamientos se convierten en palabras. Richards vuelve con la botella, le ofrece rellenarle la copa a Charlie, pero él rechaza. Está totalmente sobrio. Empiezan a hablar de su gran derrumbe y cuanto más hablan de ello, más se hunde Charlie en su sitio y más fuma. “Sé que esto suena horrible, pero esperaba que estuviera drogado, porque al menos habría una explicación”, recuerda Richards. Charlie se levanta, se acerca a Richards, y empieza, “¿Pero quién ganó a quién, eh? ¿Gané yo a Warner Bros o ellos a mí? ¡Con todo el dinero que me debían! ¡Un dinero que no me iban a pagar después de despedirme! ¡Todo mi dinero! ¿Quién ganó a quién?”. “¿Pero qué sacaste de todo eso?”. “¡Mi dinero!”. Ella suspira, frustrada.

Charlie ladea la cabeza hacia ella. Se ve que está luchando por entender lo que dice Richards, intentando averiguar cómo caminar en una línea un poco más recta, pero por el momento, todo le supera un poco. Lleva mucho tiempo comportándose de la misma manera en cuanto al dinero, la bebida, las drogas, las mujeres, el diente de oro que debería estar pintado pero no lo está y los gritos que aún no han terminado. Pero al menos lo está intentando, y si la intención sirve de algo, entonces algún guía debe estar sonriendo un poco esta noche.

Articulo: http://www.elboomeran.com 10/07/2012