mardi 10 juillet 2012

Javier MUNGUÍA/“El Escritor de Epitafios”, de Hernán RIVERA LETELIER


“El Escritor de Epitafios”, de Hernán RIVERA LETELIER
Por Javier MUNGUÍA

Si en algo solemos coincidir detractores y admiradores de Hernán Rivera Letelier (yo me cuento entre los segundos) es en que el chileno es un buen contador de historias.

A algunos, ansiosos de autoficción y erudición explícita, esto les parece poco. A otros, convencidos de que la narrativa tiene, ante todo, la obligación de contar, nos parece bastante. No es que Rivera Letelier sea un narrador del todo convencional: en sus novelas desfilan recursos como la alternación de planos, la fragmentación e inversión temporal, e incluso la hibrides entre memorias y ficción. Su estilo, mechado de imágenes poéticas (algunas incluso temerarias) que nunca se vuelve mera palabrería, que dotan de contundencia a las acciones en vez de estorbarlas, tampoco se puede llamar precisamente discreto. Sin embargo, todos estos trucos se encuentran en sus libros no por afán de exhibicionismo, sino al servicio de las historias que su autor narra.

A lo largo de doce novelas y un libro de cuentos, pocas veces se ha apartado Letelier de la pampa salitrera chilena, a la cual ha convertido en su propio territorio ficticio: desfilan por sus páginas tiernas prostitutas, cristos fornicadores, mineros explotados y locos inofensivos. Su creador no nos ahorra detalles de sus vidas difíciles y solitarias ni de sus entusiasmos bíblicos. Aun con la dureza de sus vidas y sus destinos aciagos, la amistad, el sexo, el futbol, el amor, la música, la rebelión, el juego, el cine o la fe, entre otros paliativos, parece redimirlos.

En su más reciente novela, El Escritor de Epitafios, que no transcurre en la pampa salitrera, la capacidad de fabulador de Rivera Letelier resulta puesta en duda. Uno se pregunta si le habrá llegado ya un agudo agotamiento creativo. Aun cuando su anterior libro, El arte de la resurrección, que le hizo ganar el Premio Alfaguara y favoreció su internacionalización, no está entre lo mejor que ha escrito, es una buena novela, pletórica de humor y ternura, de personajes excéntricos y entrañables enfrentados al poder. No es el caso de la obra que hoy reseño.

El Escritor de Epitafios transcurre en su mayor parte en el modesto café de una anónima ciudad de provincia, muy parecido al que el propio autor suele visitar casi a diario en Antofagasta (la portada de la edición chilena del libro, que puede verse aquí, muestra al propio Rivera Letelier escribiendo en un café, lo cual pretende sugerir cierta filiación entre el autor y su protagonista). El personaje central es un ángel con pretensiones de poeta metido al oficio de escribir epitafios. Sus compañeros de tertulia no son menos singulares: el Pintor de Desnudos, el Escultor de Locomotoras, el Fotógrafo de Cerros, el Actor de Teatro Infantil y la Poetisa Erótica. Cada apodo nos será explicado a través de anécdotas con cierta gracia a lo largo del libro.

El vértice de la obra es el amor entre el presunto ángel y la Niña Gótica, que un día se apersona en el café y deja prendado a nuestro héroe. El problema es que este amor es lánguido en exceso y no da para las 129 páginas de la novela. Da la impresión incluso de que, más que una historia, Rivera Letelier inventó un puñado de personajes que le gustaron y quiso desarrollarlos sin tener en mente un conflicto sustancioso que sostuviera la trama. El resultado: una novela que aburre pese a ser tan corta.

Nos encontramos con algunos capítulos, muy cortos, en cursiva, que pretenden configurar un plano íntimo, lírico, del Escritor de Epitafios, pero que nada aportan a la historia, ni progreso de la acción ni imágenes memorables. El resto del libro, la mayor parte, tampoco está más poblado: como no hay un motivo poderoso para que el ángel y la gótica no estén juntos (a nadie le importa la diferencia de edad), la contrariedad se le atribuye a una inverosímil panda de góticos cuyas motivaciones para amenazar al protagonista nunca se nos sugieren siquiera. Se busca dar mayor peso al libro narrando de forma somera el duro pasado del escritor como opositor de la dictadura y su enfrentamiento ante la moral conservadora, pero ni eso salva una novela escasa de sucesos, de emociones, de humor, desprovista de los mejores atributos de su autor.

El Escritor de Epitafios, libro prescindible y de cierto modo excepcional, en el mal sentido, en el conjunto de la valiosa obra de este minero metido escritor, apasionado de las historias y admirador de Rulfo, García Márquez y Vargas Llosa.