dimanche 29 juillet 2012

Rafael GUMUCIO/Babel como un regalo


Babel como un regalo
Por Rafael GUMUCIO

El temor por la traducción nace de un error fundamental, el de creer que la literatura depende de las palabras.

 “Traduttore traditore” debe ser la expresión italiana mas socorrida en el mundo de las letras. Lo ha ido reemplazando con el tiempo el titulo de la película de Sofía Coppola, la aburrida pero ondea “Lost in Translation” (“Perdido en la traducción”, en castellano). Las dos expresiones, la italiana y la inglesa, dan por hecho la traducción como una pérdida de una pureza original, como una degradación que debemos soportar debido a nuestra incurable ignorancia. Reflejan la nostalgia por una sola lengua única y universal, pero también la idea utópica de que las lenguas tienen un alma propia que se encarna en escritores y libros que no son mas que accidentes en el dialogo del espíritu consigo mismo.

¿De dónde nace esa obsesión por lo que no calza, lo que se pierde en la traducción? En las casi mil paginas de Las vasijas quebradas, Andrés Claro recorre casi todo lo que se ha dicho sobre el tema. Lo hace con una honestidad que es pura valentía, la de no caricaturizar nunca las ideas ajenas, la de contarlas hasta sus ultimas consecuencias, uniendo todos los cabos como en una buena novela de detectives. Lectura que es también una aventura, una sorpresa constante e inesperada, como esos muebles llenos de cajones que esconden gavetas y trampas, y papel secante que esta ahí desde hace mil anos. Por el libro vemos desfilar los cantos de Pound y su reinvención del provenzal y el chino, la sabiduría solo a medias olvidada de la cabala, todo guiado por un hilo filo pero firme por Walter Benjamin. La traducción pasa así de ser un problema literario a ser una metáfora política y ética, una forma de enfrentarnos a la diversidad, a la otredad. Una manera de entender no solo el lenguaje sino el pensamiento.

Andrés Claro termina su libro donde otros lo abrían empezado: en la torre de Babel donde se supone que la maldición quedo sellada para siempre. Con milagrosa erudición, Claro termina dudando de que ésta haya sido, para los hebreos que escribieron el Génesis, una maldición. ¿No era una trampa esa torre en que creíamos entendernos? ¿No era mejor que nos dispersáramos sobre la faz de la tierra a que viviéramos en la miseria esclavizados a los ladrillos y las piedras que hay que levantar? ¿No es la diversidad de los idiomas, las posibilidades de la traducción, también un regalo de ese Dios celoso que no quiso dejarnos perder el tiempo intentando alcanzarlo? ¿No es mejor para un pueblo nómada y exiliado, como el hebreo que escribió la Biblia, tener cien torres, cien ciudades, que una sola?

Cada cierto tiempo la policía lingüística nos recuerda que leer en la línea 4 del metro santiaguino Eugenio Oneguin, en castellano, es un crimen. O que filosofar en un idioma que no sea el griego o el alemán es imposible. Idea esta de Heidegger, un autor que tiene singular éxito entre filósofos que no leen ni alemán ni griego, quizás porque a nadie le convenga mas que a él el equivoco, la confusión o la imprecisión de las malas traducciones. Mientras más nueva sea la lengua, mientras más cerca esté su pasado gutural, mas es su seguridad de que lo importante solo se puede decir con sus palabras. Los alemanes, los vascos y los rusos, que han dependido durante los siglos de sus respectivas edades de la traducción, son los primeros en sospechar de ella cuando los protege de sus propios monumentos. Olvidan voluntariamente que la riqueza de sus literaturas nació justamente de esa dependencia de la traducción. Bilingües, invadidos, parodiadores, bastados, copiones insignes, nada enriquece mas una literatura que el saqueo inmisericorde de palabras, versos, géneros, ademanes, ideas francesas, italianas, inglesas, mapuches o esquimales, da lo mismo. Palabras mal traducidas han originado teologías enteras. Nada ha destruido más la originalidad que la fidelidad con el original. El genio, la individualidad, es siempre un malentendido, leer a Chandler en Temuco, a Proust en Lima, disfrutar a Eugenio Oneguin como si se tratara de un cuento de Chéjov como si fuese tu vida misma.

El temor por la traducción nace de un error fundamental, el de creer que la literatura depende de las palabras. Lo que hace traducible cualquier texto es lo mismo que lo hace en el fondo intraducible: el hecho de que la lectura es ante todo una experiencia moral. Leer es entender no una forma ajena, otra pero incorporable a la tuya, de pensar las cosas. Un viaje hacia el otro que es necesariamente una traducción, la de una mente ajena que traduces primero al idioma de tu propia mente para luego encontrar un lenguaje intermedio, un espacio de ambos, un lugar publico que es lo que llamamos literatura.

Toda lectura es una traducción y toda traducción es una propuesta de lectura. Es quizás la presencia de ese otro lector, de ese otro autor, lo que molesta a ciertos lectores que creen que tienen derecho a hablar de tu a tu con el autor, sin mirones ni intermediarios. Creo yo, en cambio, que esa pequeña comunidad involuntaria enriquece el texto, lo convierte en una familia, en una comunidad. Ese otro, esa posibilidad de otro más, traductor, editor, comentarista, es quizás lo que convierte la lectura, el más solitario de los actos, en la menos solitaria de las experiencias.

Articulo: http://www.mer.cl 22/07/2012

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