samedi 21 juillet 2012

Sebastián OLIVERO/ BARTHES y los fantasmas orientales


REVISTA UDP
Barthes y los fantasmas orientales
Por Sebastián OLIVERO

"Venido del universo de las obras liberadas por herederos, Diario de mi viaje a China tiene varios atractivos: es extrañísima, reveladora y no obedece a un criterio de autor. Se trata de los apuntes que tomó Roland Barthes durante su viaje a China en 1974, junto al grupo de la revista Tel Quel (Phillip Sollers, Marcelin Pleynet, Julia Kristeva) y a su editor y amigo François Wahl, quien en 2009 criticó la publicación declarando que violaba la intimidad de Barthes y -a causa de lo inacabado de la escritura ("unwritten text")- su presumible voluntad". Reseña del escritor  chileno Sebastián Olivero sobre el libro de Roland Barthes Diario de mi viaje a China (publicado por la editorial Paidós). 

Barthes y los fantasmas orientales
Por Sebastián Olivero

Venido del universo de las obras liberadas por herederos, Diario de mi viaje a China tiene varios atractivos: es extrañísima, reveladora y no obedece a un criterio de autor. Se trata de los apuntes que tomó Roland Barthes durante su viaje a China en 1974, junto al grupo de la revista Tel Quel (Phillip Sollers, Marcelin Pleynet, Julia Kristeva) y a su editor y amigo François Wahl, quien en 2009 criticó la publicación declarando que  violaba la intimidad de Barthes y –a causa de lo inacabado de la escritura (“unwritten text”)– su presumible voluntad.

Es precisamente lo no escrito de los cuadernos lo que genera interés en la lectura. Barthes parece tener una relación personal con su cuaderno, haciendo que tome el rol de un oidor que recibe gran cantidad de información, impresiones y pensamientos que a veces ni el mismo Barthes valora. No es descuidado: vuelve a sus anotaciones e incluso ordena las hojas con números e índice, registra el lugar y la hora, las personas y delegaciones con que comparte, el clima, lo que otros le dicen, las discusiones que se generan, sus pensamientos, sus observaciones, estados de ánimo, desvaríos, etcétera. El semiótico va a la caza de los signos, pero se le escabullen: “Todas estas notas demostrarán sin duda el fracaso, en este país, de mi escritura (en comparación con Japón). De hecho, no encuentro nada que anotar, que enumerar, que clasificar”. Pero, sin embargo, anota todos los días sin saltarse ninguno de sus compromisos. La delegación visita fábricas, comunas, escuelas, festivales, restaurantes, es recibida por representantes del Partido Comunista chino o por personalidades totalmente cuadradas con la Gran Revolución Cultural Proletaria.

Barthes no puede escapar al tour ideológico ni a las más perfectas postales maoístas; muchas veces se hunde en el aburrimiento, la alienación y en sus migrañas. Acompañamos su aletargada rutina siempre adornada por extras chinos listos para aplaudir y alzar carteles de bienvenida al grupo Tel Quel. Luego viene la exposición de los “ladrillos”: extenuantes masas textuales que aluden a impermeables principios maoístas y datos duros: se encontraban en plena campaña Pilin Pikong contra el confucionismo y Lin Piao, que había dejado de contar con la simpatía del gran líder. Barthes no rechaza los encuentros discursivos ni la agenda maoísta, pero se frustra de no poder convertir su experiencia en objeto de estudio. Declara que su sequedad puede venir de la opacidad y el ambiente poco exótico; el turismo revolucionario le parece inerte, se queja de la ropa, de la asexualidad de los chinos, del realismo soviético en cada monumento que visitan (incluso en la tumba de un antiguo emperador). La república popular está convulsionada por la homogenización de la GRCP. Barthes ve la muerte del significante, que sólo sobrevive en la poesía y en los dazibaos. Pero el significado tampoco es exaltado, como lo descubre escuchando al mejor declamador de ladrillos que conoció, un filósofo de la universidad de Pekín:

[Universo burgués: positivismo.
Ciencia histórica, mundo de la
prueba, de lo experimental, etc. ≠
Marxismo: fantasmagoría discursiva y
argumentativa, sin “pruebas”; ¿retorno a
la Mitología?, ¿retorno del Discurso?].
[Pero tal vez en el siglo XVIII, en el
período de ascenso de la burguesía, el
discurso ascendente también me podría
haber parecido catequístico].

Entre corchetes anota cavilaciones semióticas que con el tiempo adquieren mayor seguridad y contundencia. Es como si no todo lo que pasa por su mente lo volcara al texto; sus reflexiones, una de las cosas que más aprecia, necesitan madurar antes de aparecer incluso en un cuaderno de notas, no hay líneas de inspiración escritas al azar, todo es por algo que ve, entiende o por lo que trata develar. Al pasar los días vemos diferentes puntos de atención; lo primero es la sexualidad de los chinos, encontrándose con el uniformismo de sus ropas y peinados, tratando de entender sus cuerpos y por qué son tan asexuados y dóciles. Los jovencitos despiertan su deseo y se vuelven inalcanzables: “(Siento tener que separarme de los dos guapos. Manos suaves y tibias)”.

Se sorprende frente al nuevo rol de las mujeres o frente al inconfesado espíritu matriarcal del imaginario revolucionario: obras de teatro con heroínas fuertes que doblegan una masculinidad corrupta y engañosa, las más firmes peroratas apoyando la liberación y la igualdad de la mujer en la voz de una exaltadora de masas. El Primero de Mayo lo decepcionó enormemente. Tuvo que sufrir un mega acto totalitario compuesto en su gran mayoría por niños. Barthes injuria la necesaria infantilización del adulto en el rol revolucionario, lamenta ver esa ciudadanía. Se aburre, quiere ciudad, cigarros y café. Es un pésimo turista y un gran observador que se deja observar.

El diario es un objeto personal, sin artificio, ni orquestación, ni montaje, un tipo de documento muy valioso para acercarse a la mente de los grandes. Barthesse muestra como un autor más afectivo que intelectual, para empezar a teorizar empieza por la observación y el gusto, sin huir ni descalificar la experiencia, aunque se asuma cansado, aburrido y migrañoso. La aparición de lo personal-íntimo saca la lectura de la somnolencia y perfila o desdibuja al protagonista, aparece su humor y el nuestro (como no reírse de las andanzas de un franchute gay entrampado en el protocolo oriental).

Barthes trata de entender a todo un pueblo más allá del insistente oficialismo, siempre olfateando las fisuras del discurso en un ejercicio textual sin miramientos hacía ninguna especie de público, un tejido donde el autor se resiste a morir porque su escritura no tiene la función de configurar una obra, sino que de dejar que su mente respire y descanse mientras pasa el tiempo. El resultado, en toda su riqueza, tiene inscrito una futura obra no sabida ni mesurada y mantiene un carácter experimental y simultáneo de donde genera el atractivo necesario para ser leído.

Diario de mi viaje a China
Roland Barthes
Paidós, Buenos Aires.

Sebastián Olivero. Escritor. Autor de Un año en el budismo tibetano.

Articulo: http://www.elboomeran.com 14/06/2012