dimanche 26 août 2012

Alberto OJEDA/ Albert CAMUS divide a Francia, todavía


Albert Camus divide a Francia, todavía
Por Alberto OJEDA

El historiador Benjamin Stora ha sido sustituido por el filósofo Michel Onfray al frente de la muestra de su centenario | Detrás de la decisión se atisban discrepancias políticas sobre la guerra colonial de Argelia

El 7 de noviembre de 2013 se cumplirán cien años del nacimiento de Albert Camus. Es una efeméride redonda que obliga a recordar a uno de los escritores que marcaron el siglo XX con una huella más profunda. En Francia ya se esfuerzan por estar preparados para entonces y honrarle como merece. Pero la figura de Camus, cuando intenta manejarse por instituciones oficiales que representan y ejercen el poder político, resulta cuando menos espinosa y todavía se rebela frente a cualquier tipo de simplificación o domesticación. Por eso están surgiendo las primeras polémicas en torno a los contenidos de la conmemoración. 

Uno de los principales es la exposición dedicada al autor de El extranjero en Aix en Provence. La organización de la muestra estaba siendo comisariada por el historiador Benjamin Stora, uno de los más relevantes estudiosos de la historia argelina (en particular, de los vaivenes de su colonización) en toda Francia. Tras dos años trabajando en el proyecto recibió una llamada de la mancomunidad de pays d'Aix (la autoridad regional) que le comunicaba la cancelación de la muestra. Las razones alegadas tenían que ver con la escasez de presupuesto y dificultades logísticas. 

Pero son numerosas las sospechas de que detrás de aquella decisión había un trasfondo más enrevesado. Stora quería poner de relieve la vinculación de Camus con Argelia. Hay que recordar que el escritor era un pied noir(residentes en el país norteafricano de origen francés, que llegaron a alcanzar el millón). Él, cuando los argelinos se alzaron en lucha por su independencia, mantuvo una posición intermedia entre la comunidad gala asentada allí y los rebeldes. Estaba de acuerdo en que Francia debía otorgar mayor autogobierno a su colonia pero no comulgaba con la independencia. Ese ejercicio de equilibrismo, que no buscaba otra cosa que la convivencia pacífica entre pieds noirs y la población nativa, fue mal visto por casi todos. En particular, por los primeros, que le consideraron un traidor a su propia identidad. 

Cuando Argelia alcanzó la independencia, en 1962, los franceses radicados allí se desplazaron de vuelta a la metrópoli. Buena parte de esa comunidad se instaló en la región en la que se encuentra Aix en Provence (se calcula que de sus 140.000 habitantes unos 40.000 son pieds noirs). También allí vivió Camus con su familia, en la casa de campo que tenía en Lourmarin. Y allí sigue viviendo su hija Catherine. Esos pieds noirs aún recuerdan el papel de Camus en la guerra colonial y no están muy abiertos a la idea de reivindicarle en su tierra. Menos en una exposición a cargo de un intelectual cercano en su día al Frente de Liberación Nacional argelino. Stora, además, quería resaltar en la exposición el humanismo de Camus durante esta guerra, que le llevó a denunciar las torturas y las penas de muerte impuestas a cientos de independentistas. 

El historiador ha llegado a poner sobre la mesa la palabra "censura". "No soy ciego -ha declarado en Libération-, he leído lo escrito por Maryse Joissains-Masini, la alcaldesa de Aix en Provence [de la derecha popular], sobre la Argelia francesa y conozco el peso de los pied noirs. Se esconden detrás de consideraciones técnicas, pero la verdad es que el comité organizador de Marsella 2013 no ha tenido la valentía de sostenerme". Stora habla de este comité porque la exposición de Camus se enmarcaría en los actos de la capitalidad europea de la cultura que ostentará la ciudad el año próximo. Por si fuera poco, este académico ha publicado recientemente un libro en el que acusa François Miterrand, ministro de Interior y de Justicia durante la guerra de Argelia, de no haber levantado casi ninguna pena de muerte. 

La cancelación de la exposición de Camus era una medida muy radical. Tanto que los responsables políticos de Aix en Provence se han visto forzados a reconsiderarla. Finalmente han optado por incluirla de nuevo en el programa conmemorativo. Eso sí, con un cambio notable: la función de comisario la ejercerá ahora el Michel Onfray (autor de El orden libertario. La vida filosófica de Albert Camus), que ha exigido como condición para aceptar el cargo que la muestra sea permanente. El mediático pensador también se ha apresurado a advertir, con intención de no avivar más la controversia, que él no sustituye a Stora, sino que le sucede en su antigua responsabilidad. "Pero entiendo que muchos quieran ahora montar una absurda dicotomía entre una Onfray camusiano, apoyado por la derecha, y un Benjamin Stora sartriano respaldado por la izquierda". Y remacha: "En realidad, entre él y yo no hay muchas diferencias en la visión que tenemos de la guerra de Argelia". 

Pero visto lo visto es difícil aproximarse a este contencioso abstrayéndose de sus aristas políticas. La polarización resulta todavía más evidente al conocer la reacción al cese de Stora de la ministra de Cultura del gobierno socialista de Hollande. Aurélie Filippetti, aparte de lamentar que no le ha sido consultado, lo considera un error: "La exposición de Stora hubiese sido la verdaderamente atractiva, porque él es un gran admirador de Camus y máximo especialista en la guerra de Argelia. Además, pertenece a los mismos paisajes físicos y mentales de Camus". Filippetti incluso ha advertido que el Estado no pondrá un solo euro para financiar la muestra. 

No está claro pues qué enfoque se le va a dar a la exposición. Es probable que el conflicto armado en Argelia se aborde de forma más somera, para no herir sensibilidades. Habrá que estar atentos el 7 de noviembre del año próximo, cuando, si las desavenencias en torno al escritor francés no la malogran, se inaugurará la exposición. Entretanto, uno no deja de preguntarse qué estará pensando Camus de la enconada dialéctica que sigue despertando entre sus compatriotas. Donde quiera que esté. 

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Catherine Camus
"Mi padre era un hombre severo, pero tierno y luminoso"
Por Alberto OJEDA
Publicado el 11/06/2012

La hija del autor de 'El extranjero' visita Barcelona para presentar el libro'Albert Camus. Solitario y solidario', un álbum fotográfico de la intensa vida de Camus, en el que se documenta, aparte de su trayectoria intelectual, el lado más jovial junto a sus hijos en el ámbito doméstico. 

"No poseo ninguna verdad sobre Albert Camus". Su hija Catherine no quiere parecer una evangelista de la figura paterna. Quita hierro a sus opiniones sobre él: "No soy ninguna experta en su obra". Con una voz dulce, casi de niña, esta mujer de 66 años entrecorta la conversación con Elcultural.es con una risa también infantil, que le brota al final de algunas de sus respuestas. Habla por teléfono desde Lourmarin, al sur de Francia, donde vive entre olivos, cipreses, vides y lavanda. Es pura amabilidad, cifrada en un español aprendido a salto de mata (sobre todo hablando con la asistenta andaluza de su madre: "Pasaba mucho tiempo con ella en la cocina"). Y cuando se atasca en nuestra lengua tira del italiano, hurtado a su marido. Como comodín siempre le queda el inglés, aunque ella se resiste a utilizarlo: "Espera un segundo que busco en el diccionario", y se pone a hojearlo a la caza de la palabra que no termina de venirle a la cabeza. "He estudiado mucho más tiempo inglés pero el español me entra mucho mejor, será porque me gusta mucho más". 

Ahora tendrá la oportunidad de refrescarlo (la asistenta de su madre se casó hace tiempo y volvió a España). Los días 12 y 13 estará en Barcelona. Presentará en el Instituto Francés de la capital catalana el libro de fotografíaAlbert Camus. Solitario y solidario publicado por Plataforma Editorial, que es un álbum biográfico del escritor donde se combinan pasajes de sus obras con cientos de fotografías. En España no ha estado muchas veces: "Mi padre no quería venir mientras estuviera Franco. Vinimos sólo una vez a las Islas Baleares [la madre de Camus era de Menorca]. Y luego, después de la muerte de mi padre, sólo he estado dos o tres veces, en casa de una prima mía en Alicante". 

La muerte de su padre fue consecuencia de un accidente en 1960. El coche que conducía el editor Michel Gallimard sufrió un reventón en uno de sus neumáticos y acabó estampado contra un árbol. Camus murió de forma instantánea. Catherine sólo tenía 14 años y, en realidad, no tenía ni idea de la relevancia pública de su padre: "Yo con él jugaba con al escondite y al balón". A partir de entonces empezó a tomar conciencia de que era hija de uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, un hombre que desafió a los grandes sistemas ideológicos cerrados, por considerarlos cauces demasiado estrechos para el espíritu humano, lo que le granjeó animadversiones de muchos bandos, aunque fue la izquierda la que lo tomó por un proscrito (dejó el Partido Comunista tras denunciar a Stalin y el Gulag y fue acogido por grupos libertarios). 

"Yo no fui al funeral. No sabía qué decir en un momento así, pero la verdad es que nadie me preguntó qué sentía". Catherine recuerda que todo el mundo hablaba del gran escritor, fallecido trágicamente con 47 años, en la cúspide de su carrera (acababa de ganar el Nobel), pero nadie parecía tener un minuto para la niña desconsolada. Esa niña, a la muerte de su madre, Francis Faure,en 1980 asumió los derechos de la obra de Camus. Y en 1994, sin prisas, publicó El primer hombre, el manuscrito que el autor de El extranjero dejó inconcluso al morir. "No sentía la urgencia de publicarlo. Además, quería conocer a fondo muchos aspectos del mundo de la edición para no caer en ninguna trampa, porque yo no tenía ninguna experiencia en este campo. Así que me tomé mi tiempo en estudiar la obra de mi padre para darla a conocer de la mejor manera posible a todos sus lectores". Al final decidió lanzar el manuscrito tal cual lo había dejado Camus, sin maquillarlo con una labor de edición ajena a las pretensiones del autor. Porque a su padre no le hubiera gustado. "Odiaba la mentira, no la podía soportar". 

Ella nunca le mintió, porque sabía que es lo que más le enfadaría ("en realidad, nunca he mentido, es algo que no puedo hacer; va contra la educación que él me dio"). Catherine recuerda que Camus era un padre "severo", sí, pero también "muy tierno y luminoso". De hecho, algunos de los detalles más valiosos del libro son las imágenes del escritor jugando con sus hijos como si él fuera un niño más. "Él no tenía mucho tiempo pero cuando estaba con nosotros se entregaba. La imagen de hombre serio y ensimismado que se suele tener de él queda diluida con las fotos familiares que ahora se pueden ver en este libro". Y es cierto, una ojeada a sus fotografías hace tambalear ese cliché: la figura de Camus cobra una dimensión humana todavía más rica. 

La familia y sus niños eran el refugio en el que replegarse tras sus batallas intelectuales. Una de las más conocidas fue la que libró con su amigo Jean Paul Sartre. Durante años estuvieron muy unidos. Ambos asentaron un certero diagnóstico de lo que se le avecinaba al hombre contemporáneo: vivir en mitad del absurdo en una sociedad desprovista de valores. Lo que pasa es que su filosofía existencial tenía recetas diversas para redimir a ese hombre asediado. Sartre veía en el marxismo y el Partido Comunista el camino. Camus jamás renunció, en cambio, a la dignidad íntima de cada individuo. La ruptura la desencadenó una crítica furibunda contra el libro El hombre rebelde que apareció en Les Temps Modernes, revista fundada y dirigida por Sartre. 

Aun así, tras el accidente mortal de Camus, el autor de La naúsea siempre se interesó por la situación de la familia de su antiguo amigo. "Preguntaba a Robert Gallimard cómo estábamos. Creo que si lo hubiéramos necesitado, él nos habría ayudado. Era un hombre generoso, al contrario que Simone de Beauvoir, que no lo era nada". ¿Ella fue clave en la separación de ambos? Catherine Camus se pone seria, por primera vez a lo largo de toda la charla: "Yo a esa mujer no la conozco". 

Conviene pues cambiar el tercio: 

- Dice en el prólogo que su padre le abrió en su momento los caminos que le han permitido vivir y sobrevivir...
- Es cierto, él me abrió un camino de luz y me puso sobre él como a una piedra pequeñita. Igual que en la canción de Paco Ibañez [poema de León Felipe]... La de la piedra y el camino. ¿La conoces? Es preciosa.
- Sí... 

Y de repente Catherine se pone a cantarla, con su español afrancesado, de niña de 66 años. "Como tú, piedra pequeña; como tú, piedra ligera; como tú, canto que rueda por las calzadas y por la veredas". 

Qué lujo escucharla al otro lado del teléfono, emocionado. 

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Albert Camus. Obras Completas
Edición de J. M. Guelbenzu
Alianza Editorial. Madrid, 2010. 5 volúmenes, 60 euros
Publicado el 26/03/2010

Albert Camus no escribió para la gloria, sino para la posteridad: “la verdadera generosidad para con el porvenir consiste en darlo todo ahora”. Con sus flaquezas y “desbordamientos”, Camus intentó ajustarse a este planteamiento vital. No pretendía ser un moralista ni un profeta, sino un inconformista consecuente. En Calígula (1938), constata que sólo hay una verdad elemental y obscena: “el hombre muere y no es feliz”. Calígula lo descubre tras perder a su hermana Drusilla y se entrega a un nihilismo feroz, abocado a un fracaso previsible, pues no es posible destruir el mundo y reinventar al hombre. 

Camus se propone algo más humilde: aceptar nuestra finitud, sin renunciar a rebelarnos contra nuestro destino. En su obra, la rebeldía existencial trasciende lo meramente personal para convertirse en categoría filosófica. Cincuenta años después de su prematura muerte, Camus no cesa de entrometerse en un presente que añora la ausencia de intelectuales sin miedo a ser intempestivos o a la rectificación y la autocrítica. 

La edición de sus obras completas nos devuelve a un autor que jamás se ha desprendido de la actualidad. Alianza ha reunido en un estuche con cinco volúmenes las novelas, el teatro, los ensayos, las crónicas periodísticas y los diarios, con un prólogo de José María Guelbenzu. Al reencontrarnos con los famosos Carnets o las Crónicas argelinas, sólo podemos deplorar que la vida de Camus haya sido tan breve. Nos habría gustado conocer su opinión sobre la guerra de Irak o Afganistán. Es cierto que su lucidez no le resguardó del error, pero cuando afirma que es necesario “aplacar a cualquier precio a los pueblos desgarrados y atormentados por un sufrimiento prolongado”, nos invade la sospecha de que el mundo se ha atascado en un callejón sin salida. 

Camus no fue un filósofo en el sentido académico, sino un pensador de la estirpe de Montaigne, Nietzsche o Cioran (que le aborrecía, pese a una proximidad divergente: ambos se enfrentaron al absurdo, pero Cioran resolvió su pensamiento con una apología del suicidio y Camus entendió que la superación del suicidio es la primera evidencia racional de nuestra libertad). La prosa de Camus no puede rivalizar con la de Malraux, el propio Cioran o Tournier, pero su esquematismo exento de banalidad, su limpidez sin aristas, su elocuencia elegante y sin alardes, su lirismo sencillo y eficaz, le garantizan un porvenir que no será tan complaciente con otros estilos más ambiciosos. 

Alabado hasta el exceso y denigrado por su apego sentimental a la Argelia francesa, Camus transitó por la vida con más honestidad que Malraux (mitómano compulsivo) o Sartre (malicioso y manipulador). Su antifascismo no le empujó a un pragmatismo revolucionario que subordina la moral a la necesidad de una pretendida escatología histórica. Su famosa polémica con Sartre (cuestionada, minimizada o exagerada) ha servido de inspiración al neoliberalismo más torpe, ignorando que Camus -al igual que Orwell- nunca abdicó de su filiación izquierdista. Su denuncia del totalitarismo soviético y del marxismo revolucionario no le alejó de la izquierda, pues “la izquierda ha estado siempre en lucha contra el oscurantismo, la injusticia y la opresión”. 

Es imposible no simpatizar con Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913-Villeblevin, Francia, 1959). Con el cigarrillo eternamente suspendido entre los labios y el cuello de la gabardina alzado, recuerda a los galanes de la novelle vague, que seducen mujeres y deambulan por los paisajes urbanos, acosados por la angustia y el vacío interior. Nacido en el seno de una humilde familia de pieds-noirs, mantuvo un vínculo muy estrecho con una madre analfabeta y casi sorda. 

Del padre, que muere en 1914 en el Marne, sólo conserva una fotografía y un relato casi mitológico o que al menos insinúa un linaje moral: su repugnancia como testigo de una ejecución pública. Durante las depuraciones que siguieron al final de la ocupación nazi, Camus solicitó el indulto para un colaboracionista implicado en la deportación de niños judíos, pues entendía que la oposición a la pena capital no contempla excepciones. Esta perspectiva moral no es incompatible con el derecho de rebelión contra la tira- nía. En Los justos (1950), Camus escenifica el conflicto entre los medios y el fin. La violencia ejercida contra la opresión está justificada, pero la legitimidad desaparece cuando hay víctimas inocentes. Camus pretende distanciarse de razonamientos como los de Malraux en La esperanza (1937) o Saint-Exupéry en Vuelo nocturno (1931), que subestiman al individuo frente a un bien superior, ya sea la revolución comunista o la epopeya de la aviación en sus orígenes. 

El maestro de primaria Louis Germain advirtió en la escuela el talento de Camus y le alentó a continuar los estudios, dirigiendo sus lecturas y corrigiendo sus escritos. Camus se lo agradecerá con una novela inacabada (El primer hombre, publicada póstumamente) y con una emotiva mención en el discurso pronunciado al recoger el Premio Nobel de 1957. Camus inició su carrera en el teatro y el periodismo. Denunciar la miseria que afligía a la mayoría de los argelinos, le costará su puesto de trabajo. Se traslada a París y el pacto germano-soviético le distancia para siempre del comunismo. Participa en la Resistencia y en la postguerra se convierte en jefe de redacción de Combat. 

En 1942 llega la consagración con El extranjero. Meursault trasciende su condición de personaje de ficción y se convierte en la encarnación del “desencantamiento del mundo” augurado por Max Weber. Meursault representa el nihilismo en sentido negativo del que habla Nietzsche. Condenado a muerte por un crimen absurdo, sin motivación aparente, no se inquieta por la inminente ejecución, pues “desde que uno sabe que debe morir, no importa ni dónde ni cuándo”. Además, “la vida no vale la pena de ser vivida”. No hay otra certeza que la muerte y la existencia de Dios es irrelevante comparada con “el cabello de una mujer”. En El mito de Sísifo (1942) hay un giro, y el nihilismo aparece en un sentido positivo: la vida es absurda, sí, pero la conciencia de ese hecho ya implica un progreso y el ser humano, en la medida de lo posible, debe esforzarse en transformar la realidad, combatiendo el mal moral y social. 

En 1947 aparece La peste, una alegoría sobre las sociedades infectadas por el totalitarismo. Camus adopta la figura del santo laico, que sólo actúa por una motivación ética, pero sin la expectativa de una justicia sobrenatural. Al luchar contra la peste, el artista y el doctor que protagonizan la novela demuestran que la solidaridad es posible y que “hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura”. El hombre rebelde (1951) cuestiona la filosofía de la historia de Hegel y Marx, que reemplazan a Dios por el Estado. El intelectual debe moverse en la escala de lo humano y no en el nivel de las grandes abstracciones. Por eso, nunca debe formar parte de un ejército regular, sino actuar como “un francotirador”. 

No es necesario recorrer toda la obra de Camus para apreciar su legado: amor a la finitud, confianza en el hombre, necesidad del compromiso. Cuando aún permanecían frescos y lacerantes los recuerdos de la II Guerra Mundial, se atrevió a escribir que “hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Esta inmerecida absolución tal vez sea la mejor herencia de un escritor donde la clarividencia nunca logró extinguir la embriaguez de vivir. 


Camus como antídoto 
Por Fernando Aramburu 

Es razonable vincular los orígenes humildes de Albert Camus con la atención sostenida que prestan sus escritos a los hombres humillados. Cuando algunas inteligencias famosas de Francia defendían el poder liberador de la crueldad revolucionaria, favoreció una moral basada en el ejercicio de la compasión. Le parecía bueno, aceptable, positivo (no fue ducho en terminología académica) cualquier gesto de obra o de palabra encaminado a aliviar el dolor de sus semejantes. Rehuyó el vicio habitual del filósofo de profesión que olvida detrás de espesos muros conceptuales, de montañas de jerga, al hombre concreto, vivo en un lugar y en un presente. Avezado a juzgar las ideas por sus consecuencias, comprobó que es propio de los dogmas dejar una estela de cadáveres en la historia. Admitió la rebeldía con tal que fuera fecunda y constructiva. Algunos agradecemos a sus libros que nos inmunizaran contra la ponzoña del fanatismo.

***
Fragmento de El extranjero
por Albert Camus

De Albert Camus. Obras completas Edición de J. M. Guelbenzu. Alianza Editorial. Madrid, 2010

Primera parte I

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: "No es culpa mía". No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él presentarme las condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto más oficial.

Tomé el autobús a las dos. Hacía mucho calor. Comí en el restaurante de Celeste como de costumbre. Todos se condolieron mucho de mí, y Celeste me dijo: «Madre hay una sola.» Cuando partí, me acompañaron hasta la puerta. Me sentía un poco aturdido pues fue necesario que subiera hasta la habitación de Manuel para pedirle prestados una corbata negra y un brazal. El perdió a su tío hace unos meses.

Corrí para alcanzar el autobús. Me sentí adormecido sin duda por la prisa y la carrera, añadidas a los barquinazos, al olor a gasolina y a la reverberación del camino y del cielo. Dormí casi todo el trayecto. Y cuando desperté, estaba apoyado contra un militar que me sonrió y me preguntó si venía de lejos. Dije "sí" para no tener que hablar más.

El asilo está a dos kilómetros del pueblo. Hice el camino a pie. Quise ver a mamá en seguida. Pero el portero me dijo que era necesario ver antes al director. Como estaba ocupado, esperé un poco. Mientras tanto, el portero me estuvo hablando, y en seguida vi al director. Me recibió en su despacho. Era un viejecito condecorado con la Legión de Honor. Me miró con sus ojos claros. Después me estrechó la mano y la retuvo tanto tiempo que yo no sabía cómo retirarla. Consultó un legajo y me dijo: "La señora de Meursault entró aquí hace tres años. Usted era su único sostén". Creí que me reprochaba alguna cosa y empecé a darle explicaciones. Pero me interrumpió: "No tiene usted por qué justificarse, hijo mío. He leído el legajo de su madre. Usted no podía subvenir a sus necesidades. Ella necesitaba una enfermera. Su salario es modesto. Y, al fin de cuentas, era más feliz aquí". Dije: "Sí, señor director". El agregó: "Sabe usted, aquí tenía amigos, personas de su edad. Podía compartir recuerdos de otros tiempos. Usted es joven y ella debía de aburrirse con usted".

Era verdad. Cuando mamá estaba en casa pasaba el tiempo en silencio, siguiéndome con la mirada. Durante los primeros días que estuvo en el asilo lloraba a menudo. Pero era por la fuerza de la costumbre. Al cabo de unos meses habría llorado si se la hubiera retirado del asilo. Siempre por la fuerza de la costumbre. Un poco por eso en el último año casi no fui a verla. Y también porque me quitaba el domingo, sin contar el esfuerzo de ir hasta el autobús, tomar los billetes y hacer dos horas de camino.

El director me habló aún. Pero casi no le escuchaba. Luego me dijo: «Supongo que usted quiere ver a su madre.» Me levanté sin decir nada, y salió delante de mí. En la escalera me explicó: «La hemos llevado a nuestro pequeño depósito. Para no impresionar a los otros. Cada vez que un pensionista muere, los otros se sienten nerviosos durante dos o tres días. Y dificulta el servicio.» Atravesamos un patio en donde había muchos ancianos, charlando en pequeños grupos. Callaban cuando pasábamos. Y reanudaban las conversaciones detrás de nosotros. Hubiérase dicho un sordo parloteo de cotorras. En la puerta de un pequeño edificio el director me abandonó: "Le dejo a usted, señor Meursault. Estoy a su disposición en mi despacho. En principio, el entierro está fijado para las diez de la mañana. Hemos pensado que así podría usted velar a la difunta. Una última palabra: según parece, su madre expresó a menudo a sus compañeros el deseo de ser enterrada religiosamente. He tomado a mi cargo hacer lo necesario. Pero quería informar a usted". Le di las gracias. Mamá, sin ser atea, jamás había pensado en la religión mientras vivió. 

Entré. Era una sala muy clara, blanqueada a la cal, con techo de vidrio. Estaba amueblada con sillas y caballetes en forma de X. En el centro de la sala, dos caballetes sostenían un féretro cerrado con la tapa. Sólo se veían los tornillos relucientes, hundidos apenas, destacándose sobre las tapas pintadas de nogalina. Junto al féretro estaba una enfermera árabe, con blusa blanca y un pañuelo de color vivo en la cabeza.

En ese momento el portero entró por detrás de mí. Debió de haber corrido. Tartamudeó un poco: "La hemos tapado, pero voy a destornillar el cajón para que usted pueda verla". Se aproximaba al féretro cuando lo paré. Me dijo: "¿No quiere usted?" Respondí: "No". Se detuvo, y yo estaba molesto porque sentía que no debí haber dicho esto. Al cabo de un instante me miró y me preguntó: "¿Por qué?", pero sin reproche, como si estuviera informándose. Dije: "No sé". Entonces, retorciendo el bigote blanco, declaró, sin mirarme: "Comprendo". Tenía ojos hermosos, azul claro, y la tez un poco roja. Me dio una silla y se sentó también, un poco a mis espaldas. La enfermera se levantó y se dirigió hacia la salida. El portero me dijo: "Tiene un chancro". Como no comprendía, miré a la enfermera y vi que llevaba, por debajo de los ojos, una venda que le rodeaba la cabeza. A la altura de la nariz la venda estaba chata. En su rostro sólo se veía la blancura del vendaje.

Cuando hubo salido, el portero habló: "Lo voy a dejar solo". No sé qué ademán hice, pero se quedó, de pie detrás de mí. Su presencia a mis espaldas me molestaba. Llenaba la habitación una hermosa luz de media tarde. Dos abejorros zumbaban contra el techo de vidrio. Y sentía que el sueño se apoderaba de mí. Sin volverme hacia él, dije al portero: "¿Hace mucho tiempo que está usted aquí?". Inmediatamente respondió: «Cinco años», como si hubiese estado esperando mi pregunta.

Charló mucho en seguida. Se habría que dado muy asombrado si alguien le hubiera dicho que acabaría de portero en el asilo de Marengo. Tenía sesenta y cuatro años y era parisiense. Le interrumpí en ese momento: «¡Ah! ¿Usted no es de aquí?» Luego recordé que antes de llevarme a ver al director me había hablado de mamá. Me había dicho que era necesario enterrarla cuanto antes porque en la llanura hacía calor, sobre todo en esta región. Entonces me había informado que había vivido en París y que le costaba mucho olvidarlo. En París se retiene al muerto tres, a veces cuatro días. Aquí no hay tiempo; todavía no se ha hecho uno a la idea cuando hay que salir corriendo detrás del coche fúnebre. Su mujer le había dicho: "Cállate, no son cosas para contarle al señor". El viejo había enrojecido y había pedido disculpas. Yo intervine para decir: "Pero no, pero no..." Me pareció que lo que contaba era apropiado e interesante. 

En el pequeño depósito me informó que había ingresado en el asilo como indigente. Como se sentía válido, se había ofrecido para el puesto de portero. Le hice notar que en resumidas cuentas era pensionista. Me dijo que no. Ya me había llamado la atención la manera que tenía de decir: "ellos", "los otros" y, más raramente, "los viejos", al hablar de los pensionistas, algunos de los cuales no tenían más edad que él. Pero, naturalmente, no era la misma cosa. El era portero y, en cierta medida, tenía derechos sobre ellos.

La enfermera entró en ese momento. La tarde había caído bruscamente. La noche habíase espesado muy rápidamente sobre el vidrio del techo. El portero oprimió el conmutador y quedé cegado por el repentino resplandor de la luz. Me invitó a dirigirme al refectorio para cenar. Pero no tenía hambre. Me ofreció entonces traerme una taza de café con leche. Como me gusta mucho el café con leche, acepté, y un momento después regresó con una bandeja. Bebí. Tuve deseos de fumar. Pero dudé, porque no sabía si podía hacerlo delante de mamá. Reflexioné. No tenía importancia alguna. Ofrecí un cigarrillo al portero y fumamos.

En un momento dado, me dijo: "Sabe usted, los amigos de su señora madre van a venir a velarla también. Es la costumbre. Tengo que ir a buscar sillas y café negro". Le pregunté si se podía apagar una de las lámparas. El resplandor de la luz contra las paredes blancas me fatigaba. Me dijo que no era posible. La instalación estaba hecha así: o todo o nada. Después no le presté mucha atención. Salió, volvió, dispuso las sillas. Sobre una de ellas apiló tazas en torno de una cafetera. Luego se sentó enfrente de mí, del otro lado de mamá. También estaba la enfermera, en el fondo, vuelta de espaldas. Yo no veía lo que hacía. Pero por el movimiento de los brazos me pareció que tejía. La temperatura era agradable, el café me había recalentado y por la puerta abierta entraba el aroma de la noche y de las flores. Creo que dormité un poco.

Me despertó un roce. Como había tenido los ojos cerrados, la habitación me pareció aún más deslumbrante de blancura. Delante de mí no había ni la más mínima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las curvas, se dibujaban con una pureza que hería los ojos. En ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella luz enceguecedora. Se sentaron sin que crujiera una silla. Los veía como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin embargo, no los oía y me costaba creer en su realidad. Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que les ceñía la cintura hacía resaltar aún más sus abultados vientres. Nunca había notado hasta qué punto podían tener vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran flaquísimos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados enfrente de mí, en torno del portero. Por un momento tuve la ridícula impresión de que estaban allí para juzgarme.

Poco después una de las mujeres se echó a llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus compañeras, y no la veía bien. Lloraba con pequeños gritos, regularmente; me parecía que no se detendría jamás. Los demás parecían no oírla. Se mostraban abatidos, tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más. La mujer seguía llorando. Yo estaba muy asombrado porque no la conocía. Hubiera querido no oírla más. Sin embargo, no me atrevía a decírselo. El portero se inclinó hacia ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y continuó llorando con la misma regularidad. El portero vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí. Después de un rato bastante largo me informó sin mirarme: "Estaba muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga aquí y que ahora ya no le queda nadie".

Quedamos un largo rato así. Los suspiros y los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbía mucho, luego calló por fin. Yo no tenía más sueño, pero me sentía fatigado y me dolía la cintura. Ahora me resultaba penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en cuando oía un ruido singular y no podía comprender qué era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus pensamientos que ni se daban cuenta. Tenía la impresión de que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no significaba nada ante sus ojos Pero creo ahora que era una impresión falsa.

Todos tomamos café, servido por el portero. Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto momento abrí los ojos y vi que los ancianos dormían amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolía mas la cintura. El día resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho. Escupía en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los demás, y el portero dijo que debían marcharse. Se levantaron. La incómoda velada les había dejado los rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mío, todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra intimidad.

Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá.

Pero esperé en el patio, debajo de un plátano. Aspiraba el olor de la tierra fresca y no tenía más sueño. Pensé en los compañeros de oficina. A esta hora se levantaban para ir al trabajo; para mí era siempre la hora más difícil. Reflexioné un momento sobre esas cosas, pero me distrajo una campana que sonaba en el interior de los edificios. Hubo movimientos detrás de las ventanas: luego, todo quedó en calma. El sol estaba algo más alto en el cielo; comenzaba a calentarme los pies. El portero cruzó el patio y me dijo que el director me llamaba. Fui a su despacho. Me hizo firmar cierta cantidad de documentos. Vi que estaba vestido de negro con pantalón a rayas. Tomó el teléfono y me interpeló: "Los empleados de pompas fúnebres han llegado hace un momento. Voy a pedirles que vengan a cerrar el féretro. ¿Quiere usted ver antes a su madre por última vez?" Dije que no. Ordenó por teléfono, bajando la voz: "Figeac, diga usted a los hombres que pueden ir".

En seguida me dijo que asistiría al entierro y le di las gracias. Se sentó ante el escritorio y cruzó las pequeñas piernas. Me advirtió que yo y él estaríamos solos, con la enfermera de servicio. En principio los pensionistas no debían de asistir a los entierros.

El sólo les permitía velar. "Es cuestión de humanidad", señaló. Pero en este caso había autorizado a seguir el cortejo a un viejo amigo de mamá: "Tomás Pérez". Aquí e director sonrió. Me dijo: "Comprende usted, es un sentimiento un poco pueril. Pero él y su madre casi no se separaban. En el asilo les hacían bromas; le decían a Pérez: 'Es su novia.' Pérez reía. Aquello les complacía. La muerte de la señora de Meursault le ha afectado mucho. Creí que no debía de negarle la autorización. Pero le prohibí velarla ayer, por consejo del médico visitador".

Quedamos silenciosos bastante tiempo. El director se levantó y miró por la ventana del despacho. Después de un momento observó:

"Ahí está el cura de Marengo. Viene antes de la hora". Me advirtió que llevaría tres cuartos de hora de marcha, por lo menos, llegar a la iglesia, que se halla en el pueblo mismo. Bajamos, Delante del edificio estaban el cura y dos monaguillos. Uno de éstos tenía el incensario, y el sacerdote se inclinaba hacia él para regular el largo de la cadena de plata. Cuando llegamos, el sacerdote se incorporó. Me llamó "hijo mío" y me dijo algunas palabras. Entró; yo le seguí.

Vi de una ojeada que los tornillos del féretro estaban hundidos y que había cuatro hombres negros en la habitación. Oí al mismo tiempo al director decirme que el coche esperaba en la calle y al sacerdote comenzar las oraciones. A partir de ese momento todo se desarrolló muy rápidamente. Los hombres avanzaron hacia el féretro con un lienzo. El sacerdote, sus acompañantes, el director y yo salimos. Delante de la puerta estaba una señora que no conocía. "El señor Meursault", dijo el director. No oí el nombre de la señora y comprendí solamente que era la enfermera delegada. Inclinó sin una sonrisa el rostro huesudo y largo. Luego nos apartamos para dejar pasar el cuerpo. Seguimos a los hombres que lo llevaban y salimos del asilo. Delante de la puerta estaba el coche. Lustroso, oblongo y brillante, hacía pensar en una caja de lápices. A su lado estaban el empleado de la funeraria, hombrecillo de traje ridículo y un anciano de aspecto tímido. Comprendí que era Pérez. Llevaba un fieltro blando de copa redonda y alas anchas (se lo quitó cuando el féretro pasó por la puerta) un traje cuyo pantalón se arrollaba sobre los zapatos, y un lazo de género negro demasiado pequeño para la camisa de cuello blanco grande. Los labios le temblaban bajo la nariz mechada de puntos negros. Los cabellos blancos, bastante finos, dejaban pasar unas curiosas orejas, colgantes y mal orladas, cuyo color rojo sangre me sorprendió en aquella pálida fisonomía. El hombre de la funeraria nos indicó nuestros lugares. El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez. El cielo estaba lleno de sol. Comenzaba a pesar sobre la tierra y el calor aumentaba rápidamente. No sé por qué habíamos esperado tanto tiempo antes de ponernos en marcha. Tenía calor con mi traje oscuro El viejecito, que se había cubierto, se quitó nuevamente el sombrero. Me había vuelto un poco hacia su lado y le miraba cuando el director me habló de él. Me dijo que a menudo mi madre y Pérez iban a pasear por la tarde hasta el pueblo, acompañados por una enfermera. Miré el campo a mi alrededor. A través de las líneas de cipreses que aproximaban las colinas al cielo, de aquella tierra rojiza y verde, de aquellas casas, pocas y bien dibujadas, comprendía a mi madre. La tarde, en esta región, debía de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente.

Nos pusimos en marcha. En ese momento noté que Pérez renqueaba ligeramente. Poco a poco el coche tomaba velocidad y el anciano perdía terreno. Uno de los hombres que rodeaban el coche también se había dejado pasar y caminaba ahora a mi altura. Me sorprendía la rapidez con qué el sol se elevaba en el cielo. Advertí que hacía ya tiempo que el campo resonaba con el canto de los insectos y el crujir de la hierba. El sudor me corría por las mejillas. Como no tenía sombrero, me abanicaba con el pañuelo. El empleado de pompas fúnebres me dijo entonces algo que no oí. Al mismo tiempo se enjugaba el cráneo con un pañuelo que tenía en la mano izquierda, mientras que con la derecha levantaba el borde de la gorra. Le dije: "¿Cómo?" Repitió señalando al cielo: "Está sofocante". Dije: "Sí". Poco después me preguntó: "¿Es su madre la que va ahí?" Otra vez dije: "Sí". "¿Era vieja?" Respondí: "Más o menos", pues no sabía la edad exacta. En seguida se calló. Me di vuelta y vi al viejo Pérez a unos cincuenta metros detrás de nosotros. Se apresuraba columpiando el sombrero al vaivén del brazo Mire también al director. Caminaba con mucha dignidad, sin un gesto inútil. Algunas gotas de sudor le perlaban la frente pero no las enjugaba.

Me pareció que el cortejo marchaba un poco mas de prisa. A mi alrededor continuaba siempre el mismo campo luminoso colmado de sol. El resplandor del cielo era insostenible. En un momento dado pasamos por una parte del camino que había sido arreglada recientemente: El sol había hecho estallar el alquitrán. Los pies se hundían en el y dejaban abierta su carne brillante. Por encima del coche, la galera luciente del cochero parecía haber sido amasada con ese fango negro. Yo estaba un poco perdido entre el cielo azul y blanco y la monotonía de aquellos colores, negro viscoso del alquitrán abierto, negro opaco de las ropas, negro lustroso del coche. Todo esto, el sol, el olor del cuero y del estiércol del coche, el del barniz y el del incienso y la fatiga de una noche de insomnio, me turbaba la mirada y las ideas. Me volví una vez más: Pérez me pareció muy lejos, perdido en una nube de calor; luego, no lo divisé más. Lo busqué con la mirada y vi que había dejado el camino y tomado a campo traviesa. Comprobé también que el camino doblaba delante de mí. Comprendí que Pérez, que conocía la región, cortaba campo para alcanzarnos. Al dar la vuelta se nos había reunido. Luego lo perdimos. Volvió a tomar a campo traviesa, y así varias veces. Yo sentía la sangre que me golpeaba en las sienes.

Todo ocurrió en seguida con tanta precipitación, certidumbre y naturalidad, que no recuerdo nada más. Sólo una cosa: a la entrada del pueblo la enfermera delegada me habló. Tenía una voz singular, que no correspondía a su rostro; una voz melodiosa y trémula. Me dijo: «Si uno anda despacio, corre el riesgo de una insolación. Pero si anda demasiado aprisa, transpira y, en la iglesia, pesca un resfriado.» Tenía razón. No había escapatoria. Todavía retengo algunas imágenes de aquel día: por ejemplo, el rostro de Pérez cuando se nos reunió cerca del pueblo por última vez. Gruesas lágrimas de nerviosidad y de pena le chorreaban por las mejillas. Pero las arrugas no las dejaban caer. Se extendían, se juntaban y formaban un barniz de agua sobre el rostro marchito. Hubo también la iglesia y los aldeanos en las aceras, los geranios rojos en las tumbas del cementerio, el desvanecimiento de Pérez (habríase dicho un títere dislocado), la tierra color de sangre que rodaba sobre el féretro de mamá, la carne blanca de las raíces que se mezclaban, gente aún, voces, el pueblo, la espera delante de un café el incesante ronquido del motor, y mi alegría cuando el autobús entró en el nido de luces de Argel y pensé que iba a acostarme y a dormir durante doce horas.

Articulo: http://www.elcultural.es 24/08/2012