dimanche 12 août 2012

Alberto OJEDA/ El punto de fuga Hermann HESSE


El punto de fuga Hermann Hesse
Por Alberto OJEDA 

Se cumplen 50 años de la muerte del autor de 'El lobo estepario' y 'El juego de abalorios', un referente moral para diversas generaciones contraculturales que intentaron huir de los modos de vida pautados

Hace medio siglo un derrame cerebral mató a Hermann Hesse, el autor de origen alemán ganador del Nobel en el 46, que se erigió en estandarte de la juventud contracultural en los 60 | La lectura de su obra, profundamente espiritual, es hoy una buena terapia contra la desesperación y el miedo | Los escritores Sánchez Dragó y Ramiro Calle, confesos seguidores de su legado, recuerdan sus méritos vitales y literarios. 

En la historia del siglo XX pueden encontrarse autores más influyentes que Hermann Hesse. Sus libros han actuado como estímulo espiritual para diversas oleadas de jóvenes hartos de estar sujetos a unos patrones de vida demasiado estrechos. Este jueves se cumplen 50 años de su muerte, que le provocó un derrame cerebral mientras dormía en su casa de Montagnola, en el cantón suizo de Ticino, donde vivió la segunda mitad de su vida. Era 1962 y tenía 85 años. Dejaba como legado una extensa, profunda y riquísima obra, en la que se abordaba, con el bisturí de la heterodoxia y el inconformismo, una infinidad de aspectos cruciales en la vida de los hombres: la educación, la cultura, la religión, el amor, la soledad, la libertad, la ideología...

El escritor Fernando Sánchez Dragó siempre ha reconocido (y reivindicado) esa herencia. A Hesse lo tiene como un referente moral. Explica a elcultural.es que leerle en la adolescencia significó la ruptura de muchas fronteras que hasta ese momento delimitaban su día a día: "Cuando tenía dieciocho años, al calor de la bohemia literaria, de los círculos rebeldes de la Facultad de Letras y del fervor existencialista, alguien me prestó El lobo estepario y Demián. Esos dos libros, que llegaban en el momento justo, me deslumbraron.A partir de ellos fui tirando del hilo del resto de la obra de Hesse. Sin ella no hubiera escrito Gárgoris y Habidis ni El camino del corazón. Hesse está en la trastienda de mi vida, no sólo de mis libros. Lo que he fundado en Castilfrío es un círculo excéntrico del Círculo Hermético que en su día fundaran Hesse y Jung en Montagnola". 

Podría decirse que Dragó fue uno más de esos jóvenes contraculturales que tomaron a Hesse como estandarte de su rebeldía. El fenómeno cuajó sobre todo en Estados Unidos. Primero gracias a los beatniks, a finales de los 50 y principios de los 60. Luego con los hippies, a finales de esta década. Los planteamientos existenciales del autor de origen alemán (nació en Cawl, pueblo enclavado en la Selva Negra, aunque luego obtendría la nacionalidad suiza) se acoplaban a la perfección con los anhelos rompedores de esa generación. "Esos movimientos, y entre ellos, sobre todo, el de los hippies, en el que yo milité, buscaban la heterodoxia respecto a los valores del mundo occidental y la sociedad de consumo, y se acogían a una espiritualidad sin iglesias e independiente de las religiones al uso. Hesse nos proporcionaba todo eso", advierte Dragó. 

Aunque en el 46 ganó el Premio Nobel, cuya canditura defendió con particular vehemencia Thomas Mann, fue en la Universidad de Berkeley donde Hesse empezó a cobrar popularidad, a ser una especie de escritor de culto. En este círculo, contó con el apoyo del carismático Timothy Leary, entusiasta investigador (y probador) de sustancias psicodélicas, uno de sus principales valedores en la órbita norteamericana, algo que despertó también prejuicios contra el escritor en las capas más conservadoras de la sociedad, aunque, leída su obra, no parece que él tuviera la más mínima intención de incitar a nadie en el consumo de drogas. La novela que más removió sus conciencias fue Siddhartha, inspirada en las andanzas de Buda y que curiosamente había publicado casi cuatro décadas antes (en 1922). Y ahí se quedaron. "Nunca oí hablar en los círculos de la contracultura del Hesse de la madurez: el del Narciso y el de los abalorios", denuncia Dragó. 

Ramiro Calle, escritor, profesor de yoga (disciplina de la que Hesse fue uno de los pioneros en su introducción en Europa) y experto en la India, lamenta esa superficialidad en la aproximación que se hizo a Hesse en esa época: "Es una pena que quedara asociado casi exclusivamente a Siddhartha, que es su libro más ligero. Creo que realmente no llegaron a conectar con el alma del escritor. En su mayoría fueron diletantes poco ambiciosos, sin ánimo de profundizar en una obra abisal, de un hombre contradictorio, lleno de matices y de inquietudes, alguien que vivió periodos de fuertes depresiones y tuvo ideas suicidas, un auténtico ácrata sin acrimonia, un contestatario que ha sabido transmitir la espiritualidad de la búsqueda de lo sublime sin perderse en fantasmagorías, como sí han hecho esos gurús de la nueva era". Seguro que a Hesse le hubiera sorprendido mucho verse convertido en un mesías. Ese perfil atentaba frontalmente con su firme creencia en la individualidad. 

Ramiro Calle tiene claro que la mejor manera de conocer a Hermann Hesse, su intimidad espiritual más sincera, es leyendo en particular uno de sus libros: "Escribió grandes obras, novelas que son ensayos, y ensayos que son novelas. Hay que leer El juego de abalorios y Narciso y Godmundo, susCuentos de amor, también su correspondencia con figuras de la talla de Zweig, se admiraban mutuamente y les unía una gran amistad, o con Jung, pero creo que para entrar de veras en Hesse es necesario leer y releer Mi credo, que es un libro poco conocido de él pero en el que se abre en canal".Ramiro Calle publicará en un par de meses su Autobiografía espiritual, en la que Hesse sale a relucir como un foco iluminador de su trayectoria: "Desde luego, él fue clave en avivar mi deseo por viajar a Oriente". 

Hermann Hesse le abrió un camino (habría que decir caminos, muchos, tal vez infinitos) cuando era joven. Un camino que no era el trillado por generaciones y generaciones: trabajo-matrimonio-hipoteca-familia-rutina. Por eso cree que es tan importante que se le siga leyendo hoy, sobre todo esa constelación de jóvenes (y no tan jóvenes) que, tras el agujero abierto en sus vidas por la crisis económica, se sienten estafados (¿porque se han dejado estafar?) por los modelos sociales imperantes en los últimos años. En mitad de tanta desesperación agarrar un libro de Hesse puede ser como aferrarse a un pecio tras el naufragio. O sea: una oportunidad de empezar de nuevo, esta vez llegando mucho más lejos. 

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Nuevos cuentos de amor
Herman Hesse
Traducción de Berta Barenberg. RBA. Barcelona, 2001. 271 páginas, 19’53 euros
Por Darío VILLANUEVA 
Publicado el 06/03/2002

Realmente este libro de cuentos no sería no gran cosa si no fuera por un relato magistral que el escritor sitúa, irónicamente, en medio de tantas narraciones de jóvenes amantes pazguatos, y que consiste en la recreación de un episodio de la vida de Giacomo Casanova

Esta segunda serie de cuentos de amor que ahora se traduce al español reúne quince títulos de desigual extensión pero con cierto predominio de los largos, por mor del frecuente y hábil uso que Hermann Hesse hace en ellos del diálogo. La mayoría de estos relatos, en concreto once, fueron escritos y publicados inicialmente entre 1903 y 1908, y otros tres entre 1912 y 1913, es decir, cuando el escritor estaba a su vez desarrollando su primera etapa como novelista, que va desde Peter Camenzind hasta Knulp, ambas obras de reconocida impronta autobiográfica que no es ajena a este libro de cuentos. El último de ellos, “Las mutaciones de Piktor”, es casi diez años posterior, y contrasta fuertemente con este autobiografismo y la ambientación casi siempre costumbrista de los anteriores. Estamos exactamente en el momento creativo que da lugar a Siddaharta (1922), una de las novelas más famosas de Hesse, quien, sin renunciar al tema de la dualidad amorosa, del yin y el yang, lo desarrolla ahora en clave simbólica, sobre un leve argumento que remeda las Metamorfosis.

El Hermann Hesse cultivador del bildungsroman se manifiesta en toda su plenitud con estas narraciones. Una de ellas se titula precisamente “El aprendizaje de Hans Dierlamm”; en otra, “Bella es la juventud”, el protagonista se entretiene leyendo la novela inaugural de este género en la literatura romántica europea, el Wilhelm Meister; y el párrafo final de la penúltima, “El ciclón”, escrita también, como las más de ellas, en primera persona, concluye con un párrafo que no deja lugar a dudas: “Entre mi infancia y yo se había abierto un abismo y mi suelo natal ya no era el de antes”.

Acaso semejante insistencia en el rito de iniciación masculina sea la constante que traba con más fuerza estos cuentos, donde el amor es la prueba de fuego para que un muchacho cruce el umbral. Coinciden también en presentar, frente a ellos, chicas de su misma edad, pero mucho más decididas y expertas ya en las cosas de la vida. Parte de los protagonistas son estudiantes, como el Karl Bauer de la pieza que abre la colección; otros, por el contrario, meritorios de un oficio, como Hans Dierlamm. 

Ello le da juego a Herman Hesse, que fue estudiante de teología y aprendiz de relojero, para representar las mismas situaciones y afecciones en la clase burguesa, carcomida de formalismos y circun- loquios, y en la trabajadora, donde todo es mucho más claro y directo. No faltan tampoco relatos como “El alumno de latín”, donde las dos clases sociales se encuentran en el trance del galanteo. Por lo demás, el escritor recurre a desenlaces evanescentes, o a peripecias características como los celos, las calabazas, los suicidios de él o, incluso, de ella, el crimen pasional, el desamor masculino o femenino, y a poco, muy poco de contacto físico pudorosamente explicitado.

Realmente no gran cosa, si no fuera por un relato magistral que el escritor sitúa, irónicamente, en medio de tantas narraciones de jóvenes amantes pazguatos, y que consiste en la recreación de un episodio de la vida de Giacomo Casanova cuando en abril de 1760 tiene que huir de Stuttgart para refugiarse en Zúrich, y durante, al menos, una docena de días parece haber decidido sinceramente su ingreso en un monasterio benedictino, luego de una prolija confesión de sus pecados al abad que, al escuchárselos, “nunca se había divertido tanto” (pág. 139). Delirio del que rescata al caballero veneciano la llegada de una hermosa joven acompañada de otras cuatro damas en cuyo aposento, como primera aproximación, se introducirá fingiéndose valet de chambre.

En este libro facticio Hermann Hesse rinde pleitesía a la narración oral, en términos que a veces se enredan en una especie de mise en abymemodernista, muy de la época, por otra parte. Pero, al tiempo, los diálogos de sus protagonistas burgueses están repletos de discusiones literarias, una de las cuales me sirve para preguntarme si el considerable éxito que Hesse se granjeó en su tiempo entre los lectores más jóvenes tendrá su continuidad ahora, en pleno siglo XXI, con Nuevos cuentos de amor. En esta clave leo la página del relato titulado “Julio”, donde un padre se sorprende de que su hijo esté enfrascado con la novela Frithjof, del escritor sueco Esaias Tegnér, al que el preceptor Homburger considera “muerto, falso, amanerado, empalagoso”, mientras el hijo de la casa lo defiende con ardor porque su libro “es simplemente hermoso” (pág. 58).

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Herman Hesse
“Juego de sombras”, cuento inédito de amor
Publicado el 09/01/2002

Un puñado de novelas -Siddharta, El lobo estepario, Bajo la rueda... -, convirtió a Hermann Hesse (1877-1962) en referente literario y moral del siglo XX, al armonizar, en tiempos de extrema confusión, la sabiduría de Oriente y Occidente. Fue también autor de numerosos relatos, alguno de los cuales había permanecido inédito, como estos Nuevos cuentos de amor que lanza la semana que viene RBA, en versión castellana de Berta Barenberg.

El ancho frente del castillo era de piedra clara y sus amplias ventanas daban al Rin y al cañaveral y, más allá, a un paisaje luminoso y abierto de agua, juncos y mimbres; en la lejanía, las montañas cubiertas de bosques azulados formaban un suave arco que las nubes seguían en su recorrido. La fachada del castillo se reflejaba, coqueta y alegre como una jovencita, en el agua que corría lentamente. Sus arbustos ornamentales dejaban caer las ramas de color verde claro hasta el agua y, bordeando el muro, las góndolas de recreo pintadas de blanco se balanceaban con la corriente. Aquella parte soleada y alegre del castillo no estaba habitada. Desde que la baronesa se había marchado, todas las habitaciones estaban vacías, excepto la más pequeña, donde vivía, como siempre, el poeta Floribert. La señora había cubierto de deshonra a su marido y su castillo, y de su alegre y numerosa corte no había quedado nada, sólo las barcas y el poeta taciturno. 

El poeta vivía solo y tranquilo en la parte soleada. Comía en la cocina y a menudo no veía al barón durante varios días.
-Vivimos como sombras en este castillo -le decía a un amigo de juventud que le visitó en una ocasión y que sólo pudo soportar un día en los inhóspitos recintos de la casa muerta.

En su día, Floribert había compuesto fábulas y rimas galantes para las tertulias de la baronesa y cuando la alegre familia se disolvió, él se quedó allí voluntariamente, porque su talante sencillo le hacía temer mucho más los callejones del mundo y tenerse que ganar el pan que la soledad del lóbrego castillo. Hacía tiempo que no escribía poemas. Cuando soplaba el viento del oeste y contemplaba, más allá del agua y los juncos amarillos, la lejana sierra de montañas azules y el movimiento de las nubes, imaginaba largos poemas que no tenían palabras y nunca podían ser escritos. Uno de estos poemas se llamaba “El aliento de Dios” y hablaba del cálido viento del sur, y otro llevaba por nombre “Consuelo de almas”. Floribert no podía recitar ni cantar estos poemas, porque no tenían palabras, pero de cuando en cuando los soñaba y los sentía, sobre todo al atardecer. Además, pasaba casi siempre la mayor parte del día en el pueblo, donde jugaba con niños rubios y hacía reír a las señoras jóvenes y a las chiquillas, quitándose el sombrero delante de ellas y reverenciándolas como si fueran nobles damas. Los días más felices eran cuando encontraba a la señora Agnes, la bella señora Agnes, la famosa señora Agnes, con su fina cara de jovencita. La saludaba solemnemente, haciendo una profunda reverencia, y la bella mujer respondía con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

La señora Agnes vivía en la única casa que lindaba con el abandonado parque del castillo, que antes había servido como pabellón de caza del barón. Su padre había sido guardabosques y había recibido la casa como un regalo del padre del señor, en retribución por algunos servicios especiales. Ella se había casado muy pronto y había vuelto a la casa convertida en viuda joven.
La señora Agnes llevaba vestidos sencillos pero hermosos, siempre nuevos, de colores suaves, su cara era juvenil y delicada como la de una muchacha y su cabello castaño oscuro, peinado en gruesas trenzas, envolvía su fina cabeza. El barón la amaba desde antes de repudiar a su mujer, y después la amaba aún más. Se encontraba por las mañanas con ella en el bosque y por las noches cruzaba el río en bote y la llevaba a una cabaña de juncos que había en el cañaveral, y su joven cara sonriente descansaba sobre la barba prematuramente encanecida.

La señora Agnes iba todos los días festivos a la iglesia, rezaba y daba limosna a los mendigos. Visitaba a las ancianas pobres del pueblo, les regalaba zapatos, peinaba a sus nietos, las ayudaba con la costura y, cuando se iba de sus chozas, dejaba un piadoso brillo de santidad. Todos los hombres pretendían a la señora Agnes y si uno le gustaba y llegaba en el momento apropiado se le permitía, además del beso en la mano, un beso en la boca; si el que era afortunado era además apuesto, podía atreverse a entrar por su ventana por la noche. Todos lo sabían, incluso el barón; sin embargo, la hermosa mujer iba a todas partes sonriendo y con la mirada inocente de una doncella a la que ningún hombre puede turbar con sus deseos.

El que más la amaba era Floribert, el poeta. Cuando la veía, su corazón latía con fuerza. Cuando oía algo malo sobre ella se turbaba, negaba con la cabeza y no lo creía. Y, de sus fantasías, la más bonita era soñar con la señora Agnes. Entonces se rodeaba de todo lo que amaba y que le parecía hermoso, el viento del oeste y la lejanía azul y los prados luminosos de primavera, la envolvía con ello y en aquel cuadro ponía toda la nostalgia y la ternura perdida de su infancia.

Una noche de comienzos del verano llegó un soplo de vida nueva al castillo muerto. En el patio resonó con brío una trompeta y entró un carruaje que se detuvo ruidosamente. El hermano del señor del castillo, un hombre alto y apuesto, de barba en punta y mirada iracunda de soldado, venía de visita, sólo acompañado por un criado. Nadaba en el correntoso Rin, cazaba por placer las gaviotas plateadas, cabalgaba a menudo a la ciudad más cercana y volvía borracho, se burlaba en ocasiones del pobre poeta y tenía un día sí y otro también peleas con su hermano. Su visita al castillo había sido un capricho del cual se arrepintió ya en la primera semana. Sin embargo, se quedó y no dijo nada de partir, lo que no habría disgustado a su hermano. Vio a la señora Agnes y comenzó a perseguirla.

No paso mucho tiempo antes de que la doncella de la hermosa mujer le entregara un vestido nuevo, regalo del barón forastero. Tampoco paso mucho más antes de que, en el muro del parque, la doncella recibiera cartas y flores de manos del criado del forastero. Y al cabo de algunos días la señora Agnes se citaba en la choza del bosque, un mediodía de verano, con el barón forastero que le besaba la mano, la pequeña boca y el blanco cuello. Pero cuando ella iba al pueblo y se cruzaban, él la saludaba quitándose el sombrero de caza.

Pero esto no duró mucho tiempo; el barón forastero vio, una noche que se quedó solo, una barca que cruzaba la corriente, en la cual había un remero y una mujer resplandeciente. Y lo que el barón, curioso, no supo reconocer con seguridad a la luz del ocaso, lo supo con mucha más certeza de la que habría deseado algunos días más tarde. Y es que aquella que a mediodía, en la choza, estrechaba contra su corazón y encendía con sus besos, por la noche cruzaba las oscuras aguas del Rin con su hermano, y ambos desaparecían entre los juncos de la orilla.

El forastero se volvió sombrío y empezó a tener pesadillas. Él no amaba a la señora Agnes como una divertida pieza de caza sino como un hallazgo valioso. Con cada beso se había estremecido de alegría y asombro al ver que una pureza tan suave se hubiera rendido a sus cortejos. Por eso le había dado más que a otras mujeres, había vuelto a su tiempo de juventud y había envuelto a aquella mujer de gratitud, consideración y dulzura, a ella, que iba de noche por oscuros caminos con su hermano. Se mordió los labios y sus ojos iracundos centellearon.

Ajeno a lo que ocurría y sin percibir el bochornoso secreto que se cernía sobre el castillo, el poeta Floribert pasaba los días plácidamente. No le gustaba que el nuevo huésped a veces se burlara de él y le importunara, pero hacía tiempo que se había acostumbrado a este tipo de trato. Rehuía al forastero, pasaba los días enteros en el pueblo o con los pescadores en la orilla del Rin, y en las noches cálidas y perfumadas daba rienda suelta a sus fantasías. Una mañana se dio cuenta de que en las paredes del patio del castillo las rosas de té estaban a punto de florecer. Los tres últimos veranos habían dejado en el lindar de la puerta de la señora Agnes las primeras rosas de esta clase tan singular, y se alegró de poder saludarla por cuarta vez de una forma tan modesta y anónima. 

Aquel mediodía el forastero se reunía con la hermosa mujer en el bosque de hayas. No le preguntó dónde había estado la noche anterior, ni la otra. Miró con una extrañeza casi cruel aquellos ojos inocentes y tranquilos y, antes de irse, dijo:
-Esta noche vendré a verte cuando oscurezca. ¡Deja una ventana abierta!
-Hoy no -respondió ella con suavidad-, hoy no.
-Pero yo quiero venir.
-Otro día, ¿de acuerdo? Hoy no; hoy no puedo.
-Vendré esta noche, o esta noche o nunca más. Haz lo que quieras.
Ella se separó y se alejó de él.

Al anochecer, el forastero acechó la orilla del río hasta que oscureció. Pero no vio ninguna barca. Entonces fue a la casa de su amada, se escondió entre los arbustos y puso la escopeta sobre las rodillas. Cuando estaba casi oscuro, se oyeron los pasos silenciosos de un hombre que se aproximaba a la esquina de la casa, casi furtivamente. En la mano derecha llevaba un ramo de rosas blancas que brillaban suavemente. El hombre que estaba al acecho puso el dedo sobre el gatillo y apuntó. El que se acercaba observó la casa, donde ya no había ninguna luz encendida. Entonces fue a la puerta, se agachó y besó la cerradura de hierro. En ese momento se produjo un destello y sonó una detonación que retumbó débilmente en el interior del parque. El portador de las rosas cayó de rodillas y se desplomó de espaldas sobre la grava, mientras se estremecía ligeramente. El tirador esperó un buen rato en el escondite, pero nadie se acercó y en la casa todo estaba tranquilo. Entonces se aproximó y se inclinó sobre el muerto, al que se le había caído el sombrero. Angustiado y sorprendido reconoció al poeta Floribert.
-¡También él! -gimió.

Las rosas de té estaban esparcidas en el suelo, una de ellas en medio del charco de sangre del difunto.El cielo se cubrió de nubes espesas y blanquecinas, sobre las cuales la torre del castillo se recortaba como un gigante dormido de pie. Las plácidas aguas del Rin susurraban con suavidad y en el interior del parque el pájaro solitario cantó hasta después de la medianoche. 

Articulo : http://www.elcultural.es 10/08/2012

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