dimanche 26 août 2012

Alberto OJEDA/SAFRANSKI Y NOOTEBOOM, dos románticos modernos


Safranski y Nooteboom, dos románticos modernos
Por Alberto OJEDA 

El autor alemán repasa en Tenía mil vidas y elegí una sola la trayectoria literaria de su gran amigo, con el que mantiene una fructífera y antigua relación, con paralelismos entre la Goethe y Schiller

Rudiger Safranski le tenía preparada una bonita sorpresa a su amigo Cees Nooteboom para su 75° cumpleaños. Era el libroTenía mil vidas y elegí una sola, en la que el escritor alemán repasa su trayectoria literaria, a través de una selección personalísima de pasajes de novelas, relatos, poesías y ensayos. Editado por Siruela, esta compilación de textos de las más dispares procedencias puede verse como una enunciación del escritor (y el hombre) que Cees Noteboom ha querido ser en este mundo. Safranski afirma que quien utiliza las ficciones como su cómplice holandés "habita en lugares reales e imaginarios, es contemporáneo del presente y del pasado y pecibe el futuro que comienza en cada instante". En una entrevista concedida a elcultural.es, Safranski describe la relación que le une desde hace años: "Tengo una maravillosa amistad con el poeta holandés Cees Nooteboom. Me encanta el romanticismo y para mí Nooteboom es un autor romántico moderno. También me gusta mucho su ironía y escepticismo, su curiosidad por el mundo y su capacidad de hechizar. Hicimos juntos un viaje a Santiago. Gracias a él he conocido y amado España. Y seguro que yo he aumentado su amor a la filosofía y a la cultura alemana".

Safranski ve paralelismos en esta enriquecedora complicidad con la que tuvieron Goethe y Schiller, que él mismo diseccionó en un minucioso ensayo publicado en España por Tusquets, y de la que, ahora, nos explica las claves en que se asentó. 

Pregunta.- Tanto Goethe como Schiller obtuvieron algo de su relación. ¿De qué forma "mejoró" Schiller a Goethe, y viceversa? 
Respuesta.- En realidad, ambos ganaron a través de su amistad. Goethe escribía de una manera muy intuitiva y espontánea, inconsciente. Schiller era más bien consciente, calculador, con mucha teoría. Goethe se benefició de la consciencia de Schiller. Incluso lo utilizó como una suerte de espejo en el cual podía reconocerse muy bien. Y a la inversa Schiller, cuya relación con Goethe le estimuló a escuchar más a su intuición y su inconsciente. Schiller reforzó la consciencia de Goethe y Goethe fortaleció el inconsciente de Schiller. Ambos trabajaron juntos de manera consciente para darle a la literatura alemana de la época una base espiritual, un concepto, un ideal. Especialmente en el teatro. En mi libro lo he llamado "la dramaturgia de Weimar", un concepto estético que todavía hoy podría vincularse con un teatro de alto nivel, ni idealista abstracto ni llanamente realista. Goethe estimuló a Schiller a retornar de la teoría estética y la filosofía a la poesía y el teatro. Schiller escribió entonces su grandiosa obra sobre Wallenstein. Schiller animó a Goethe a que prosiguiera su Fausto y, en su novela Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, Goethe atendió a las propuestas de mejora que le apuntó Schiller. La amistad entre ambos fue realmente una unión productiva. Compusieron baladas en noble contienda y redactaron juntos versos satíricos contra otros literatos. Con ello se divirtieron mucho! 

P.- ¿Cuál cree que es la clave de que dos temperamentos tan diferentes se complementasen el uno al otro tan bien? 
R.- Tanto Goethe como Schiller conocían bien las diferencias existentes entre ambos, pero también se dieron cuenta de que podían aprender mutuamente el uno del otro. Sus diferencias no los bloquearon, sino que más bien provocaron una tensión productiva. Goethe inspiró a Schiller de manera poética y Schiller inspiró a Goethe de forma filosófico-teórica. Ambos adquirieron una gran reputación para el público de manera independiente. Eran independientes el uno del otro, es decir, ninguno tenía que elevar al otro. Los dos eran soberanos de sí mismos, lo que dio como resultado una relación de igual a igual. A pesar de que Schiller era ambicioso, por joven, tomó la amistad también como un tipo de competición deportiva. Goethe, el mayor de la relación, era más sosegado y reaccionaba a veces irónicamente al apasionamiento y fervor de Schiller. Sus temperamentos eran también diferentes. Schiller rebosaba de ideas; Goethe era más prudente y reflexivo. Schiller era la flecha y Goethe el círculo. 

P.-¿Era su intención al escribir el libro bajar la amistad entre Goethe y Schiller del pedestal de leyendas en el que había sido elevada? 
R.- Está la famosa estatua de Goethe y Schiller ante el Teatro Nacional de Weimar, pero ésta da la impresión de ser demasiado armónica. Yo quería contar cómo surgió y se desarrolló la amistad. Fue una verdadera lucha, sobre todo en lo que respecta a Schiller. Y una vez que surgió la amistad, todavía hubo tensiones y conflictos. Finalmente las contradicciones se complementaron, pero no era algo que se pudiera dar por sentado. La unión solo fue posible porque ambos se aproximaron de una manera astuta e inteligente: ellos sabían que no podían ser "uña y carne" en todos los aspectos, sino que tan solo en determinados ámbitos podría darse una buena cooperación. Pero un determinado ámbito era para ellos el más importante: el trabajo literario. Este era además el centro de su existencia. Y en este sentido se encontraban unidos en ese centro. Las mujeres, por ejemplo, no representaban apenas un papel relevante. ¡Era una auténtica amistad masculina, una alianza entre hombres! Pero como la cooperación en ese ámbito era tan exitosa, la amistad se fue ampliando paulatinamente hacia lo íntimo. Cuidaban cariñosamente el uno del otro cuando a alguno le ocurría algo, enfermaba o padecía cualquier sufrimiento, dándose consuelo y ánimo. Su relación fue desde el respeto hasta el cariño personal. 

P.- Ha mencionado que su amistad, al final, fue "una conversación con un tono controvertido"...
R.- Creo que la viveza de una amistad se puede medir de acuerdo con la cantidad de antagonismo contenido en ella. 

P.-¿De qué modo decayó el espíritu creativo de Goethe tras la muerte de Schiller? 
R.- Al principio Goethe quedó paralizado tras la muerte de Schiller. Después se recuperó y soportó la crisis. Sentía una suerte de deber hacia el amigo fallecido. En este sentido continuó trabajando en su Fausto, ya que había sido Schiller el que le había animado con esta obra. Goethe encontró de nuevo su fuerza poética en el sentimiento de agradecimiento a Schiller, quien continuó viviendo en su recuerdo. Puede decirse que Schiller realizó una segunda carrera en el espíritu de Goethe y su recuerdo fue cada vez más importante y significativo. Incluso conservó su cráneo durante un tiempo (aunque ahora sabemos por un análisis de ADN que no se trataba del verdadero cráneo de Schiller). Schiller se convirtió para Goethe en una especie de icono, ¡lo veneró casi como si se tratara de un santo! 

P.- Su libro resulta una lectura agradable, casi como una novela. ¿Era ese su propósito? 
R.- Sí, es exactamente como quería escribir el libro: un relato que haga al lector comprender y quizá incluso revivir un gran instante de la historia alemana del pensamiento. Tal vez se sienta el lector un poco triste al finalizar el libro por el hecho de que estas maravillosas figuras hayan desaparecido: esa era mi intención. Yo también sentí tristeza cuando terminé de escribirlo. 

P.-¿Podría contarnos sobre qué estás escribiendo ahora? ¿Tal vez sobre otra figura clave de la cultura alemana? 
R.- Estoy concluyendo la trilogía: tras el libro sobre Schiller y el de la amistad entre Schiller y Goethe llega ahora el libro sobre Goethe. Será una gran epopeya acerca de los mejores y más brillantes años de la cultura alemana. Además trabajo en un ensayo filosófico acerca de la pregunta "¿qué es el tiempo?" y cómo hoy en la época moderna nos manejamos con el tiempo; cómo lo transformamos en mercancía, por ejemplo, en la economía financiera; cómo lo aceleramos; cómo cada vez tenemos más prisa, más ajetreo. ¿Qué posibilidades existen de una "desaceleración"? 

[Traducción del alemán por Fernando Puyó] 

***
Goethe y Schiller. Historia de una amistad
Por Antonio COLINAS

Rüdiger Safranski
Traducción de Raúl Gabás. Tusquets. Barcelona, 2011. 344 páginas, 22 euros
Publicado el 16/09/2011

Este espléndido libro de Rüdiger Safranski se lee como una novela, pero es ante todo un ameno y fundamentado ensayo sobre la cultura y la amistad.

Quienes han visitado la bella ciudad de Weimar pueden comprobar que, más allá de los muchos tesoros culturales que alberga -la de haber sido, entre otros, el lugar en el que vivieron Cranach y Lutero, Bach y Nietzsche, Schopenhauer y Liszt--, hay un momento en el que el visitante siente como si toda esa escenografía o museo se tornase en vida solidaria. Es aquel en el que llegamos frente a la estatua que de Goethe y Schiller se levanta imponente frente al teatro de la ciudad. Ambos poetas, de pie, sostienen firmemente entre sus manos una corona de laurel que remite directamente a su amistad profunda y provechosa, el tema precisamente del iluminador libro de Rüder Safranski (Rottweill, Alemania, 1945). 

Estatua, personajes, lugar, gesto, no son ajenos al teatro que se alza detrás, pues no en vano fue Goethe, en 1794, el primer director del mismo; años en los que se va a intensificar la relación con Schiller, que hasta entonces no sólo no había existido como tal, sino que ambos personajes -por grandes y originales- se habían tratado entre la ironía acerba y el rechazo, a los que no era ajena la firme personalidad de cada uno; diferencia que, en mi opinión, se mantuvo siempre, incluso después de la muerte de ambos escritores. Fue ese teatro de Weimar el que acogió en 1799 al dramaturgo que primordialmente fue Schiller, que llegó a la ciudad del río Ilm con no pocos méritos, entre ellos el de haber sido gerente del teatro de Mannheim y haber escrito en esta ciudad Don Carlo. Pertenecen sin embargo a la etapa de Weimar la creación de dramas como María Estuardo, La doncella de Orleáns, La novia de Mesina y Guillermo Tell. 

Los primeros frutos de la amistad entre Goethe y Schiller parecen ser el establecimiento de una serie de principios meramente literarios o ideológicos -la exaltación de la libertad del individuo, del héroe o genio creador, la pasión como impulsora de la actividad creadora, el rechazo de un determinado clasicismo y un lenguaje que buscaba la fusión entre el lirismo y el naturalismo-, pero esa amistad supondría un proceso vital mucho más ahondador. En este sutil y beneficioso aspecto se centra el libro recomendable y fundamentado de Safranski, a cuyo valor hay que sumar la versión muy clara y amena del traductor del mismo. 

Cualquiera que conozca el carácter y la obra de ambos escritores, sabrá que esa conjunción amistosa no podía estar sino llena de dificultades; sin embargo, triunfaron el mutuo estímulo, la complementariedad. Schiller, diez años menor que Goethe, encarnaba el drama romántico europeo con su exaltación de lo heroico y lo mítico. En Goethe pesaba más el pensamiento y el orden y, ya entonces, estaba destinado a ser el paradigma no sólo de la literatura, sino de la cultura alemanas. Pero todo en la vida es dualidad, como nos enseñaron los maestros orientales y ésta se acusa en la amistad de estos dos genios, para cuyos fines intelectuales podían estar destinados los versos que escribió uno de ellos, Goethe: “y lo que ha sido dado a toda la humanidad/ quiero gozarlo yo mismo en mi interior, / asir con mi mente lo más alto y lo más bajo...” 

Bien es verdad que la “mente” define mejor al impulso goethiano, mientras que la “pasión” fue más invasora en Schiller. El don de esta amistad es que ambos fueron ajustándose en la tarea de su crecimiento interior, de una personal creatividad. No faltaron, sin embargo, los trabajos fruto de una labor conjunta, desde la inicial colaboración teatral. Así, la creación de las revistas Die Horen, Musen-Almanach y Propyläen, la escritura de satíricos cuando no violentos epigramas o la influencia de la obra de Schiller en la creación de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. La admiración de Schiller por las obras de Goethe no se quedaba atrás, pues el primero consideraba a algunas de ellas como “el culmen del arte”. 

Así que una amistad madura, los comunes intereses intelectuales, las mutuas influencias, fueron fundiéndose, por más que la pasión les uniera o enfrentara en cartas y palabras. También en las lecturas y correcciones de sus respectivos manuscritos. A fin de cuentas, es la pasión -más serenamente altiva en Goethe, más encendida en Schiller- la que mantiene y enriquece la amistad que Safranski nos describe a través de los momentos estelares de la misma; o de sus preludios, como fueron la correspondencia epistolar o el decisivo viaje a Italia de Goethe. Ya se sabe que el viaje de éste a Italia en 1786 transformó poderosamente la rigidez y la visión de la realidad del autor del Fausto. Fue influyente hasta el punto de que afirmó: “me parece como si hubiese nacido y educado aquí [en Italia], siento como un verdadero renacimiento desde que he pisado Roma”. Esta metamorfosis anímica o cambio de visión de la realidad, y alguna frase de Schiller (“Goethe tiene más genio que yo”), confluyeron hacia la pródiga etapa de Weimar. 

Estos aspectos y otros que he planteado desde mi visión personal del tema del libro, se amplían, complementan y desarrollan extraordinariamente en el libro de Safranski, cuya obra ensayística -en particular la que alude al estudio de grandes personajes de la cultura europea: el mismo Schiller, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger (o a obras globales, como suRomanticismo. Una odisea del espíritu alemán- la tiene el lector ya a su alcance editada por Tusquets. Safranski se aparta de la erudición al uso, si recordamos libros suyos en los que ofrece temas vivos, como El mal, o el que lleva por título una pregunta de vivísima actualidad, ¿Cuánta globalización podemos soportar? 

Aunque el libro se lee como una novela (también puede tener ese perfil), es sobre todo un ameno y fundamentado estudio biográfico. En él no faltan, como en todos los libros de Safranski, un pensar, una base meditativa que hace de sus estudios algo más que meras recopilaciones de datos tras una ardua investigación. Y es que fundamenta su relato y análisis en fuentes primarias fiables, como los epistolarios de ambos escritores, sus obras completas, en correspondencias paralelas que ellos mantienen con personajes de la época o en Diarios y en Conversaciones (aquí un recuerdo especial para las que “el gran alemán” mantuvo con Eckermann). Que Safranski fundamente además su relato en citas de Montaigne, Brentano, Hölderlin, Kant o Novalis, le pueden indicar al lector por dónde va el espíritu de este libro, revelador del aprecio por la cultura como poderosa e influyente fuerza vital y social, de la que nuestra Europa se ha visto desposeída frente al furor economicista. 

Fiel también a la dualidad que señalamos, el lector se acabará decidiendo no por el tema de la amistad, sino por uno u otro autor. La temprana muerte de Schiller, su calavera, que no era tal, adorada por Goethe en su biblioteca (el traslado de los huesos de Schiller recuerda el igualmente lamentable de los de Leopardi), la ausencia del autor del Fausto en el funeral de su amigo, nos indican que fueron seres únicos, aunque opuestos, más allá de la unidad sorprendentemente fecunda de su amistad. 

Amistades literarias

La amistad de Goethe y Schiller representa, dentro de la cultura alemana, un acontecimiento de carácter simbólico. Por su significado y sus repercusiones rebasa la mera relación afortunada entre dos inteligencias excepcionales que supieron congeniar. Supuso, por decirlo con el lenguaje de la época, un encuentro productivo entre dos espíritus francos de rivalidad y de envidia, que se fecundaron mutuamente. Quizá el vocablo amistad designe de manera insuficiente algo de mayor alcance que abarcaría, junto a los coloquios de alto rumbo, la colaboración y el debate, el afecto compartido por dos seres de temperamentos harto disímiles. Bienaventurado el escritor que no está solo con los frutos frecuentemente defectuosos de su inventiva; que tiene quien se los juzgue en privado, sin pelos en la lengua, cuando aún hay tiempo de mejorarlos mediante la sugerencia de rectificaciones y cambios; un cómplice que es, además, la otra parte de un abrazo.

Articulo: http://www.elcultural.es 24/08/2012