dimanche 5 août 2012

Andrea MARTINEZ BARACS/ Nosotros y la Internet


REVISTA LA GACETA
Nosotros y la Internet
Por Andrea MARTINEZ BARACS

Internet es al mismo tiempo una bendición y una amenaza. Hoy abundan los libros disponibles en línea, pero no podemos estar seguros de su calidad; hay bibliotecas digitales como para ocupar más de una vida, pero carecen de difusión y facilidad de uso. Dilemas como éstos sirven para esta refl exión sobre el porvenir de los acervos bibliográficos en la red de redes.

Es una circunstancia emocionante estar siendo testigos —multitudes en todo el mundo— de una transformación como  la  actual  en  el  mundo de los libros, bibliotecas y archivos.

Como se sabe, la facilidad y, sobre todo, el bajo precio de la circulación virtual ha hecho que muchos nos tiremos con resolución al inmenso río de internet, con sus comunicaciones instantáneas multiplicadas y el acceso a un universo creciente de documentos de toda índole. Por añadidura,  la  veloz  creación  de  este  lago  de  información al alcance de los dedos acarrea una bienvenida democratización: los trámites disminuyen, el lenguaje pierde ceremonia, la facilidad del medio derriba barreras de burocracias y exclusivismos. Las instituciones y los académicos son parcialmente rebasados, ya es menos necesario rendirle pleitesía a los diversos guardianes del conocimiento para acceder a él.

Una encuesta reciente de The Guardian muestra que ahora se leen más libros que nunca antes en el mundo. Claro, las calidades y los géneros varían. Pero  esta  irrefrenable  transformación  está  quitando terreno tanto a las bibliotecas de papel como a la edición de libros físicos. Basta ver la desaparición de librerías en diversas ciudades. Todo esto se sabe y no puedo añadir nada nuevo a cifras y especulaciones. Soy una usuaria más, una de millones. (La pérdida de algo de las pretensiones individuales es otro de los costos de la nueva dependencia de la internet.) Es en sí un fenómeno notable que casi nadie esté bien calificado para hablar de una transformación que incluye, además del mundo y nuestras vidas, nuestros propios cerebros. Por eso hay que intentar formarse una opinión.

Y nada original tampoco es mi entrada al mundo de los libros y documentos en línea. Comencé haciéndolo a fuerzas: ¿qué libros hay disponibles en internet? Tentativamente adquirí libros gratuitos y a la fecha son los que más tengo: una colección hecha al azar. Este inicio es el equivalente de ir a la librería a ver qué encuentra uno de interesante y a muy bajo precio. En las librerías no se halla siempre la mejor edición de alguna obra literaria; han cambiados los editores: porque la gente compra menos, las librerías más comerciales eligen sobre todo libros muy baratos hechos masivamente; otras se defienden mejor y mantienen el cuidado editorial y la elección de buenas casas editoriales para sus librerías.

Me parece que en ese punto se produce la mayor diferencia con el mundo de los libros de papel. La oferta libresca digital es un universo nuevo, no cultivado por siglos de tradición editorial, aunque herede y refleje esa tradición, en tanto que miles o millones de libros de bibliotecas del pasado están accesibles en línea. Pero queda claro que el vehículo es diferente, que quienes ofrecen los libros en internet son en gran medida empresas nuevas. Salvo excepciones, se pierde el cuidado del tipo, la caja, las introducciones, los índices, la versión, la traducción, el aparato crítico de los libros de calidad. Puedes leer una novela entera de Charles Dickens sin tener idea de quien la editó, ni siquiera si de veras es la versión íntegra. Es inquietante entregarse a una dependencia respecto de gente, iniciativas, empresas mal identificadas. Con los agentes del pasado había más familiaridad. Era finalmente el mundo editorial, noble, conocido, con tradiciones es tablecidas y propuestas identificables. Mientras que en el lago informativo digital no queda claro qué gente o fuerzas eligen los libros, les dan su formato y les agregan ayudas como diccionarios o buscadores. Si creemos conocer a Google Books, Amazon  para  Kindle,  Proyecto  Gutenberg,  nos toparemos con otros más anónimos y cederemos probablemente a la tentación de la facilidad, al cabo que nos encontramos en un mundo con nuevas reglas, no planeado, libre, abierto. Y tendremos razón, pues hay numerosas iniciativas, algunas inmensas, como la Open Library, cuya propiedad o autoría no queda clara al no iniciado.

En  internet  ocurre  además  otra  cosa  sorprendente y maravillosa: la generosidad, los actos gratuitos, los regalos al mundo, el tiempo libre de gente de todo el planeta que elige transcribir una selección de poemas de algún autor, por ejemplo, y le da una presentación bien realizada, y un sinnúmero de iniciativas semejantes.

En ese mundo nuevo, abierto, improvisado, no esperas encontrar la obra completa del autor: agradeces que siquiera algo hubo de él. Sientes que adquieres productos piratas aunque no lo sean. Incluso ocurre que la edición “seria” sea más imperfecta que la versión anónima. La democratización de la información también rompe las barreras de la propiedad intelectual, las empresas culturales tratan de defenderse, pero para el usuario las cosas no siempre son claras.

Con los libros de papel había otra cosa más: fijeza. Existen los desastres naturales, pero en general los libros de papel son objetos bastante estables, que perduran en el tiempo. Ahora la gente descubre que pesan mucho y que ocupan mucho lugar. Incluso se ha escrito que violan de algún modo los derechos humanos de los cargadores en una mudanza, por el enorme peso de las cajas de libros. En cambio, lo que está en internet es virtual, se puede decir que no existe o en todo caso que no es nuestro. Desaparece la página digital, se borra tu archivo en tu propio aparato, los tentáculos de las empresas internéticas cambian lo que ya te vendieron y creías tener en tu propio hogar, compras y bajas una revista pero si pierdes la conexión se te descarga…

Añádase a lo anterior la rapidez de las máquinas, y el que ahora son touch: las rozas y cambian de pantalla, navegan con la sensibilidad de las yemas de tus dedos. A esa volatilidad siempre en aumento —a cada nueva edición de la máquina— sometemos el libro que antes teníamos en la mesa de noche… Se entiende que muchas de las personas mayores, sobre todo, no quieran ni saber de las computadoras, tabletas, teléfonos portátiles y etcétera. Pero uno va aprendiendo, va hallando en el lago virtual del conocimiento universal sus paisajes electivos. Como se sabe, todos caben ahí: criminales, artesanos, aficionados, científicos, literatos, disidentes, las redes de amigos de todo el planeta y millones de grupos especializados. Un inmenso mercado donde la inteligencia, la cultura, la poesía, la belleza, el altruismo, la alegría creativa y comunicativa están en condiciones de igualdad con la vulgaridad, la inanidad y lo turbio. Se crean así seres —los usuarios intensivos— con multiplicidad mental, que leen de todo todo el tiempo: erudición, frivolidad, variedad intelectual. Me parece claro que internet ha propiciado un florecimiento cultural mundial sin precedentes.Robert Darnton abogó recientemente por la creación de la Biblioteca Digital Nacional de los Estados Unidos (dpla, por sus siglas en inglés): un intento de centralización, en línea, de todos los acervos de las bibliotecas de ese país. La dpla retomaría el proyecto trunco de Google Books, que quedó interrumpido por juicios interpuestos en torno a los derechos de autor. Muchas naciones, comenzando con las más centralizadas políticamente (China, Egipto), han emprendido proyectos nacionales de ese tipo. Esta iniciativa,  aunque  se  proyecte  de  un  tamaño  “mega mega”, viene a añadirse a muchas otras de inmensas dimensiones. Se puede mencionar el Proyecto Gutenberg;  Gallica,  de  la  Biblioteca  Nacional  de  Francia; Europeana, con más de 2 mil bibliotecas y archivos, que incluye notablemente artes visuales. La Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford ha anunciado recientemente un acuerdo con la Biblioteca Apostólica Vaticana para digitalizar 1.5 millones de páginas. La colección digital de la Biblioteca del Estado de Baviera, en Múnich, una de las mejores del mundo, tiene 777 mil títulos en línea. Y por supuesto que hay muchas más bibliotecas digitales enormes, ya sea institucionales, o multi-institucionales, que reúnen o remiten a materiales de diversas colecciones, temáticas, de apariencia semipirata, y otras combinaciones. ¿Emprender la iniciativa institucional y financiera para lograr la dpla? ¿No hay dificultades, lentitudes y torpezas en manejar acervos tan inmensos? ¿No se le adelantaron ya todos esos proyectos, más ligeros?Existen por otro lado bibliotecas virtuales enfocadas sobre todo en documentos, más que en libros. México participó en el lanzamiento de la Biblioteca Digital Mundial (wdl), una iniciativa de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos que contiene ya documentos valiosos de todos los países del mundo, con 75 bibliotecas y archivos. A una escala modesta y artesanal, pero con nueve instituciones de primera importancia, ocho mexicanas y una española, la Biblioteca Digital Mexicana —que dirijo— ofrece digitalizaciones de documentos inéditos o muy raros y códices mesoamericanos, con introducciones que buscan ilustrar de forma amena e informada los documentos. Tenemos importantes documentos nunca publicados con anterioridad, como manuscritos de Guillén de Lampart —que serán próximamente editados dentro de un libro mío en el fce— y los códices matritenses de fray Bernardino de Sahagún.

Como usuarios, sólo podemos agradecer esta multiplicidad de proyectos. Los más grandes intimidan y, si su presentación (“interfaz”) es recargada e institucional, muchos usuarios se sentirán disuadidos de ir más lejos. Sobran los proyectos excelentes que inhiben a usuarios que no supieron encontrar lo que buscaban, o algo que les interesara. Ya hay menos públicos cautivos, usuarios pacientes o resignados.

Conozco particularmente la wdl, ya que Conaculta y varias bibliotecas y archivos mexicanos que luego formaríamos la bdmx, organizamos con ellos, en mayo de 2010, una reunión mundial sobre códices mesoamericanos. Su ventaja es que es uniforme, pues no son muchos proyectos en uno sino uno solo: por el mapa del mundo, por una línea del tiempo, por institución, accedes directamente a la imagen inicial de cada documento y a su descripción —en ocho idiomas—, y de ahí al texto íntegro, presentado en alta definición y con zoom en cada página. La abundancia de los materiales alegra visualmente sin presentar un aspecto atiborrado. En la wdl hay libros y manuscritos de todas las culturas, en todas las lenguas. Habría que saber chino, arameo, árabe, armenio, ruso, griego, latín y decenas de otras lenguas para aprovechar todo lo que ahí figura.

Muchos portales de bibliotecas y archivos se resisten a soltar su endogamia y abrirse sin más al mundo. Quien busca ligar el documento a un proyecto institucional  aburre  rápidamente.  No  sólo  hay  que  estar preparado para lanzar al viento los tesoros —aunque por lo común sin que puedan ser reproducidos a partir de la copia que se ofrece—, sino a que el propio portal de uno se desgaje para dejar entrar a buscadores como Google directamente al documento individual, sin pasar por la carátula institucional, el registro y otros
protocolos anticuados. Es ahí donde muchos grandes proyectos pierden atractivo, a pesar de sus méritos.

Porque a final de cuentas los sitios de internet son proyectos editoriales, en los que importa la claridad del enfoque y una presentación llana y alegre.La generosidad auspiciada por el medio es emocionante. En Gallica, primera página, elijo por ejemplo “Honoré de Balzac”: aparecen enlistados, con una imagen cada uno, 7 877 resultados en 526 páginas. Retratos, ilustraciones, correspondencias y toda la obra del autor, en numerosas ediciones. Elijo una novela histórica en su primera edición: se abre inmediatamente. Prefiero guardarla, en instantes está alojada en mi aparato y, con un poco de suerte o de habilidad, aparecerá además en los otros instrumentos que tengo. ¿Qué más puedo desear?

El propio método de búsqueda conduce a elegir a quien nos dé respuesta: así cae uno en sitios cuya pertenencia con frecuencia ni siquiera buscamos averiguar. Hay desorden, confusión y una abundancia de riquezas. Uno toma lo que sea, ¿para qué ser selectivo cuando se trata de llegar al documento, al dato, con la mayor velocidad? Tómalo y deséchalo. Porque existe además la sensación de precariedad: hoy un sitio aparece, mañana quien sabe. Hay fallas, hay mucho que un usuario común no puede entender y mucho menos dominar. No hay permanencia, o no depende de nosotros. Tengo una pequeña agenda alfabética para todas mis claves y contraseñas, y ni así logro dominar las revistas y servicios que he pagado. Además el servicio de internet está lejos de ser igual en todos lados.

Finalmente lo que te dan o te quitan depende de decisiones empresariales, de los cálculos o la codicia de una o varias empresas. ¿En manos de quiénes quedó
la cultura?

Leemos así, con temor, sobre las peleas entre los gigantes del mundo virtual; sobre los intentos de limitar la libertad internética, sobre las privatizaciones y comercializaciones del internet, visibles o invisibles, sobre la inminente pérdida de masas de informaciones que nunca fueron nuestras, incluidas nuestras conversaciones, nuestras fotos. ¿Tendremos que volvernos guerreros programadores (¡hackers!) para defender lo que amamos, ya no en el mundo material sino en el virtual? Pues la democratización de ese espacio tiene el límite de la técnica y del poder, situados lejos de nosotros, en las grandes corporaciones. Se puede imprimir un libro, pero yo no podría, si fuese suprimido, generar la internet para recuperar mi tesoro inextinguible de bienes culturales. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hemos vivido tan sólo una primavera de acceso libre al conocimiento y de comunicación universal?

Andrea Martínez Baracs dirige la Biblioteca Digital Mexicana (bdmx.mx); estamos por publicar, en Centzontle, su ensayo histórico Don Guillén de Lampart, hijo de sus hazañas.

Articulo: www.elboomeran.com 08/2012

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