dimanche 26 août 2012

Cecilia MACÓN/ La verdad de la distorsión


Libros y autores
La verdad de la distorsión
Por Cecilia Macón  

Se recupera el breve e incisivo tratado que, a fines del siglo XVIII, Francis Grose le dedicó a la caricatura

La premisa de toda caricatura nace de una paradoja: es por medio de la distorsión que resulta posible acceder de manera precisa a la esencia de las personas. Negadora estricta de las bondades del realismo, impulsa trazos simplificados para producir los efectos multiplicadores de la ironía. Los reportes más citados indican que el primer caricaturista fue Leonardo Da Vinci al utilizar como modelos a personas con deformidades llamativas: la reproducción de mentones, narices o bocas que sobresalen o se hunden más de la cuenta parecía capaz de producir un efecto particularmente desestabilizador. Si Claude Monet y Honoré Daumier también se ocuparon de hacer caricaturas es porque ambos trataban de poner en juicio las reglas mismas de la representación. Y el jaque a la representación artística avanza por default hacia la estrictamente política.

La traducción al castellano de Principios de la caricatura de Francis Grose, publicado originalmente en inglés en 1788, abre la posibilidad de acceder a los orígenes de un género que resulta difícil disociar de la relación compleja y a la vez fundacional entre comicidad y política. Grose -anticuario, dibujante y lexicógrafo- publicó obras tan diversas como Diccionario clásico de la lengua vulgar, Las antigüedades de Inglaterra y Gales, Tratado de armaduras y armas antiguas y un volumen de ensayos satíricos. En el sutil recetario que despliega aquí se aconseja aprender a dibujar la cabeza a partir de buenos principios, recordar la existencia de seis variedades de mentones, cuatro de bocas y siete de narices, y atender a su presentación de figuras matemáticas que sintetizan las pautas desplegadas en forma gráfica. Su lente no discrimina: las caricaturas presentadas por Grose incluyen personajes tan disímiles como Marco Antonio, médicos, anticuarios, esposos fieles, Boadicea, fantasmas y maestros. Pero es en el segundo texto incluido en este volumen -"Un ensayo sobre la pintura cómica"- donde brilla la capacidad crítica de Grose. Su análisis lleva a definir la risa como resultado de cualidades inapropiadas y defectos de poca importancia -los graves, dice, hacen llorar y no reír-: es el soldado cobarde, el músico sordo, el bailarín chueco o el viejo presuntuoso. El efecto cómico del anacronismo, del absurdo, de la representación de la imposibilidad, aunque universales, advierten también sobre la fecha de caducidad de ciertos trazos.

El notable estudio introductorio firmado por José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski -traductores también de los textos a partir de la versión francesa de 1802- despliega una reconstrucción detallada de los orígenes de la caricatura en el siglo XV para argumentar su total transformación en el momento en que Grose redacta su análisis. En el origen fue la asociación entre lo cómico y lo monstruoso -típica del Renacimiento-, capaz de definir una estrategia que impuso debates clave como la posibilidad de un discurso humorístico alrededor de los desastres -individuales o colectivos- o el nacimiento de la fisonomía como una seudociencia. La compasión ante los defectos ajenos no era por cierto entonces una posibilidad. Más tarde llegarán la progresiva antropomorfización de la crítica cómica y, lo que es más importante, el inevitable eclipse de las monstruosidades como eje de la estrategia de la caricatura. Grose -y aquí Burucúa y Kwiatkowski evocan el análisis de Ernst H. Gombrich- encarna los efectos del ingreso del liberalismo en la lógica de lo político: es ahora tiempo de mantener la risa bajo control, no sólo al poder. El carnaval había sido ya fatalmente desactivado.

Resulta difícil disociar la aparición de la caricatura de la construcción -y posterior transformación- de la esfera pública renacentista. Si el surgimiento de la imprenta y de las grandes plazas impulsó la mixtura apasionada de estilos de vida, a partir de fines del siglo XVIII lo común comenzó a ser definido a partir de reglas de convivencia que replegaron los afectos hacia la intimidad. Las reglas de la caricatura arrumbaron lo monstruosamente vulgar, y con ello, claro, el despotismo; pero lo hicieron imponiendo pautas de moderación que disolvieron, también, la radicalidad de la crítica..

Principios de la caricatura
Por Francis Grose
Katz
Trad.: José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski
126 páginas
$ 59

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 24/08/2012

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