dimanche 5 août 2012

Daniel FERMÍN/ Virgilio PIÑERA, 100 años después


Hoy se cumple el centenario del natalicio del escritor cubano
Virgilio Piñera, 100 años después
Por Daniel FERMÍN 

Virgilio Piñera (1912-1979) un día entró a una panadería con dos amigos homosexuales. Aquella mañana (era la época del régimen castrista en que reinaba la homofobia) un soldado que estaba en el local se llevó preso en el acto al escritor cubano por su actitud afeminada. La homosexualidad era una de las características del autor, que vivió los rigores de la exclusión en su propio país.

El isleño fue un marginado, que -luego de décadas de silenciamiento- ahora ocupa un sitio referencial en la literatura cubana contemporánea. A 100 años de su natalicio (el 4 de agosto), el nativo de Cárdenas se recuerda por su vanguardismo. Dramaturgo, poeta, narrador, traductor, Piñera hacía una literatura tan realista que la distorsionaba. Él mismo se definió como "absurdo y existencialista, pero a la cubana".

La obra de Piñera se recuerda hoy entre sus lectores. Que el paso del tiempo da directrices políticas. "Fue un dramaturgo de suma importancia para las vanguardias. Hizo teatro de la crueldad, de lo absurdo, con tintes surrealistas. Formó parte del grupo Orígenes, que también integraba José Lezama Lima. Fundó un par de revistas subversivas políticamente. Su diferencia es que buscaba la confrontación política", dijo el venezolano Gabriel Payares, que ha leído su obra.

El intelectual cubano fue un autor polifacético que siempre vivió en la extrema pobreza. Habitaba en modestos cuartos de huéspedes que luego figuraban en sus cuentos fantásticos. Estuvo más de 10 años en Buenos Aires antes de regresar a su país. Allá, en Argentina, también pasó frío y estuvo mal alimentado. Hacía pequeños trabajos para algunas revistas. "Los autores que no tienen apoyo del Estado lo tiene del mercado. Y Piñera no tenía apoyo de ninguno de los dos", agregó el ganador del Concurso de Cuentos El Nacional 2011.

La narrativa de Piñera era paradójica. Buscaba la irrealidad dentro de la realidad. "Y cómo no va a ser contradictoria si apostó toda su obra a un régimen que luego lo prohibió. La revolución, que al principio lo dignificaba, lo silenció al punto que lo dejó de publicar. Hasta allanaron su casa y se perdió parte de sus escritos", indicó el autor del libro de cuentos Cuando bajaron las aguas.

Los relatos del escritor, que murió de un infarto en 1979, tienen ciertos aires de Kafka. Absurdos, grotescos, sarcásticos. "Siempre se decía que había algo de autobiográfico en su obra. Una forma de reflexionar a partir de lo irónico. Por ejemplo, de su cuento La carne, en el que los personajes se comían a sí mismos, dijo explícitamente que se refería al razonamiento de alimentos en los años 50. Él logró convertir esa anécdota realista en una cosa profunda. Piñera mira la vida desde un ángulo agudo para reforzar ese paisaje", explicó el merideño Luis Moreno Villamediana, otro lector del caribeño.

La antropofagia está presente en la obra del autor cubano. La carne, la muerte, las mutilaciones. También las paradojas. El relato El que vino a salvarme habla de la muerte, o de la hora de la muerte, como la salvación del personaje. Hay otro, acotó Moreno, en el que el protagonista intenta aprender a nadar en tierra seca. Y esos movimientos lo que hacen es cavar su propia tumba. "Todo el tiempo muestra ese lado oscuro de la vida humana, de lo que nos toca vivir. Su interés principal era hacer de la literatura una experiencia profunda para enfrentar a los dramas terribles, sin apuntar a la literatura como cosa bella".

Ateo, homosexual, crítico de los ideologías políticas del siglo xx, Piñera fue la inconformidad intelectual hecha persona. Un poeta que podría ser antipoeta. Que escribió La isla en peso, un poema por el que se le suene reconocer. Transformaba lo banal y mundano en poesía. "Yo creo que fue mejor cuentista que poeta. Le servía de contrapeso a la poesía de Lezama Lima. Era una cosa mucho menos sublimada", dijo Moreno, autor del poemario Eme sin tilde.

Ya se ha dicho antes que hay obras y autores que tienen un destino patético. El narrador cubano quizás sea uno de ellos, que no se divulgan lo suficiente. "Hay un reconocimiento algo silencioso. Al hacer una mirada retrospectiva, es necesario convenir que es un autor importante de la literatura latinoamericana", concluyó Moreno Villamediana. La literatura de Piñera es un viaje por el absurdo de la realidad.


I I I -(1942)
La hiena.

Esa manera de la hiena
Despide un olor especial;
no es un capítulo del mal
esa manera de la hiena.

Su pestilencia desconoce.
Ese tema de la literatura.
La cantidad de su fragancia
reconstruye esa boca pura.

Si la hiena se estimula
con la víscera nauseabunda
su instrumento no disimula:
sabed que un estilo funda.

El estilo de la carroña
O la indiferencia glacial.
¿Se vio sonreír a este animal?
Esto lo sabe la carroña.

En el amarillo vuelo del diente
la indiferencia se retrata;
el vuelo que resume la hiriente
sordera de la catarata.

Se desune los vendados pies
su hocico como un insulto
su hocico entre las tumbas es
la duda de una animal culto.

Ese cuerpo de más a menos
desorienta el juego del ojo.
¿Quién pudo mirar de lleno
al triángulo inscrito en su ojo?

Ese melancólico asalto
erige la insepulta memoria;
su respiración de contralto
se afina en el son de la escoria.

¡Oh tú, nocturna, fría, aniquila
la piedad, la piel inmunda;
allí tu perfume destila
fragante dama de las tumbas!


La isla en peso

La maldita circunstancia del agua por todas partes 
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer 
hubiera podido dormir a pierna suelta. 
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar 
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua 
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones 
me acostumbro al hedor del puerto 
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba, 
noche tras noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija, 
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?
[...]
Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.
Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles, 
y echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.
En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido, 
ni levantar una mano para acariciar un seno; 
en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas 
preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos 
o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.
Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba, 
los oídos obturados por el tapón de la somnolencia, 
los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante 
y de la mortal deglución de las glorias pasadas.
¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno 
cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno 
el tímpano de los durmientes?
Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.
¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!
¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar! 
Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.
[...]
No queremos potencias celestiales sino potencias terrestres, 
que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo, 
felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre, 
sólo sentimos su realidad física 
por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas.
Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad, 
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios: 
un velorio, un guateque, una mano, un crimen, 
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua, 
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones, 
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono, 
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes, 
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas; 
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir, 
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales, 
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla; 
el peso de una isla en el amor de un pueblo.


Vida de Flora

Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.
Ponte la flor. Espérame, que vamos juntos de viaje.
Tú tenías grandes pies. ¡Qué tristeza en el aire!
¿Quién se mordía la cola? ¿Quién cantaba ese aire?
Tú tenías grandes pies, mi amiga en seco parada. 
Una gran luz te brotaba. De los pies, digo, te brotaba, 
y sin que nadie lo supiera te fue sorbiendo la nada.
Un gran ruido se sentía en tu cuarto. ¿A Flora qué le pasa?
Nada, que sus grandes pies ocupan todo el espacio.
Sí, tú tenías, tenías la imponderable amargura de un zapato.
Ibas y venías entre dos calientes planchas:
Flora, mucho cuidado, que tus pies son muy grandes, 
y la peletería te contrata para exhibir sus hormas gigantes.
Flora, cuántas veces recorrías el barrio 
pidiendo un poco de aceite y el brillo de la luna te encantaba.
De pronto subían tus dos monstruos a la cama, 
tus monstruos horrorizados por una cucaracha.
Flora, tus medias rojas cuelgan como lenguas de ahorcados.
¿En qué pies poner estas huérfanas? ¿Adónde tus últimos zapatos?
Oye, Flora: tus pies no caben en el río que te ha de conducir a la nada, 
al país en que no hay grandes pies ni pequeñas manos ni ahorcados.
Tú querías que tocaran el tambor para que las aves bajaran, 
las aves cantando entre tus dedos mientras el tambor repicaba. 
Un aire feroz ondulando por la rigidez de tus plantas, 
todo eso que tú pensabas cuando la plancha te doblegaba.
Flora, te voy a acompañar hasta tu última morada.
Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.


Bueno, digamos

Bueno, digamos que hemos vivido, 
no ciertamente -aunque sería elegante- 
como los griegos de la polis radiante, 
sino parecidos a estatuas kriselefantinas, 
y con un asomo de esteatopigia. 
Hemos vivido en una isla, 
quizá no como quisimos, 
pero como pudimos. 
Aun así derribamos algunos templos, 
y levantamos otros 
que tal vez perduren 
o sean a su tiempo derribados. 
Hemos escrito infatigablemente, 
soñado lo suficiente 
para penetrar la realidad. 
Alzamos diques 
contra la idolatría y lo crepuscular. 
Hemos rendido culto al sol 
y, algo aún más esplendoroso, 
luchamos para ser esplendentes. 
Ahora, callados por un rato, 
oímos ciudades deshechas en polvo, 
arder en pavesas insignes manuscritos, 
y el lento, cotidiano gotear del odio. 
Mas, es sólo una pausa en nuestro devenir. 
Pronto nos pondremos a conversar. 
No encima de las ruinas, sino del recuerdo, 
porque fíjate: son ingrávidos 
y nosotros ahora empezamos.


En el insomnio

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.


Natación

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogando de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.
No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.
Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las lozas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

Articulo: http://www.eluniversal.com 04/08/2012