dimanche 26 août 2012

Fernando DÍAZ DE QUIJANO/ Ricardo LEÓN, el 'best-seller' olvidado del novecientos


Ricardo León, el 'best-seller' olvidado del novecientos
Por Fernando DÍAZ DE QUIJANO

Los herederos del escritor y académico muestran al público la correspondencia que mantuvo con autores como Cela, Echegaray, Gabriel Miró, Maura...

“Cuatro paredes, cada una levantada por uno de mis libros”. Esto le decía Ricardo León (1877-1943) a sus hijos, mientras contemplaba la robusta fachada de piedra de la Quinta de Santa Teresa, la casa que erigió en la localidad madrileña de Torrelodones gracias al éxito editorial que, cosa rara para un escritor de la época, disfrutó en vida.

León vendió nada menos que un millón de ejemplares del Amor de los amores, todo un best-seller de principios de siglo. La obra, escrita en 1910, narra la historia de un anarquista supuestamente arrepentido que busca refugio y redención en la hacienda de un piadoso terrateniente, a quien conocía desde niño, pero acaba traicionando su confianza y huye con su esposa y su dinero. El amor de los amores ganó el Premio Fastenrath de la RAE e incluso fue llevada al cine en dos ocasiones: en México, en 1944, y en España, por Juan de Orduña, en 1962. 

La obra es la máxima expresión del estilo literario de León: el “modernismo castizo”, como lo bautizó el profesor de la Universidad de Zaragoza Juan Carlos Ara Torralba, uno de los pocos estudiosos de la figura del autor. Este estilo sustituyó el cosmopolitismo del modernismo original por un nacionalismo que rechazaba el presente para evocar épocas “más gloriosas” de la historia y la literatura española y universal, como los clásicos grecolatinos y el Siglo de Oro. Al servicio de este idealismo de tintes quijotescos, León emplea un lenguaje deliberadamente arcaizante. El autor se sentía descendiente de Galdós, Pereda y Juan Valera, y afín a Villaespesa, Juan Ramón y Gabriel Miró.

Otra característica fundamental de la literatura de León es su misticismo, asentado sobre un marcado tradicionalismo católico, con menciones recurrentes a Santa Teresa o Fray Luis de León. Las primeras palabras del prólogo de El amor de los amores dan buena cuenta de su carácter espiritual: “Lector: si eres amigo y esclavo de las cosas de la tierra y hallas placer en tu propia esclavitud, aparta los ojos de este libro”.

El tesón era su otro gran pilar. No en vano, acuñó como blasón un león rampante con la inscripción “Cejar, pero no morir”. Su carrera literaria comenzó en Málaga, donde se crió pese a haber nacido circunstancialmente en Barcelona. En la ciudad andaluza, con 16 años, empezó a escribir versos que aparecieron en el periódico malagueño más importante de la época, La Unión Mercantil. Con sólo 22, se convirtió en el director de Unión Conservadora y fundó La información junto a otros escritores.

Su primer libro, autoeditado, fue La lira de bronce (1901), una compilación de sus versos adolescentes, en los que se mostraba como un modernista radical. Ese año empezó a trabajar para el Banco de España y fue trasladado a Santander. La localidad de Santillana del Mar le inspiró su primera novela,Casta de hidalgos (1908). Figura también, entre sus novelas más ambiciosas,Alcalá de los Zegríes, escrita un año después. Durante la I Guerra Mundial, estuvo en las trincheras de Francia y Alemania como corresponsal deLa Vanguardia. Tras aquella experiencia escribió el ensayo Europa trágica.

León tuvo como padrino literario y académico a Antonio Maura, militó en su partido y llegó a figurar en una de sus listas electorales, aunque sin éxito. En 1912 se convirtió en el académico de la lengua más joven de la historia, elegido cuando contaba 35 años. Su candidatura había sido propuesta por Echegaray, Rodríguez Marín y el propio Maura.

Pese al éxito literario, el prestigio académico y las similitudes ideológicas con el régimen franquista, Ricardo León cayó, poco después de su muerte en 1943, en “la sima común del olvido español, más espeso que ninguno, tan hondo como la Cueva de Montesinos y tan abrupto como el Tajo de Ronda”. 35 años después de estas palabras, escritas por su colega el académico Emilio García Gómez en ABC en el centenario de su nacimiento, la situación es la misma. Tan sólo el nombre de la biblioteca de Galapagar, el de un colegio de primaria en Málaga, unas cuantas calles y unas pocas entradas perdidas en el inmenso océano de Internet apuntalan su memoria.

Por eso su familia, y en especial su hijo Fernando y su nieto Ricardo, quiere difundir la figura del escritor. De una manera sencilla, abriendo las puertas del “pequeño Escorial”, como lo llamaba su dueño, para mostrar a todo el que lo desee el legado material del escritor: su extensa biblioteca, situada en una torre con vistas al valle del Guadarrama y presidida por un busto, cómo no, de Cervantes; la sala de vitrinas donde guardan primeras ediciones de sus obras y, sobre todo, la correspondencia que mantuvo con otros escritores e intelectuales de la época, que da cuenta de la importancia de Ricardo León en el panorama literario y académico de la época.

Entre estas cartas, destacan las que intercambió con Azorín, Emilia Pardo Bazán, José Echegaray, Antonio Maura, Menéndez Pidal, los hermanos Álvarez Quintero, así como libros dedicados por Unamuno, Valle-Inclán, Pérez Galdós, Concha Espina, Blasco Ibáñez y Gregorio Marañón, quienes declaran sobre su firma su admiración hacia el académico.

47 años antes de recibir el Nobel, un joven y atribulado Camilo José Cela escribió varias veces a Ricardo León buscando aliento y consejo, pues tenía dudas sobre el futuro de una novela que había escrito “con mucho esfuerzo”. Se refería nada menos que a La familia de Pascual Duarte.

Para algunos, León fue “el novelista oficial de una pseudo aristocracia chapada a la antigua”, como dijo de él el poeta y ensayista Eugenio de Nora. En cambio, para Manuel Machado, “Ricardo León era, ante todo, un excelente poeta”, por la forma de sus descripciones y sus diálogos. Y para Eugenio D'Ors, que prologó sus obras completas, León “vertió la quintaesencia del hispanismo en cadencias a lo Renán, y supo llevar a dignidades del Siglo de Oro el habla de los vivientes en el novecientos”.

Las tribulaciones de Cela
Madrid, 4 de febrero de 1942

Mi querido amigo don Ricardo:

Acabo de recibir su carta, entrañable y alentadora como suya, que ha traído un gran consuelo a mi corazón: a este mi corazón que se resiste a dejarse invadir por la amenazadora melancolía que le ronda desde hace ya más de un mes...

Sus palabras, caritativamente optimistas, han obrado como un bálsamo beneficioso sobre mi estado de ánimo, pero sus esperanzas de "verme pronto" por ahí han sacudido mi sensibilidad casi hasta el llanto. Ni me quejo ni caigo en el pesimismo, pero... ¡se hace tan dura la inacción cuando hay tantas cosas que hacer! El libro está escrito, y yo, que me forcé por escribirlo, estoy enfermo (lo que es peor: clavado al colchón como una lapa) y veo pasar los acontecimientos, los tiempos y las ocasiones, con menos paciencia, ciertamente, de la que necesitaría. Quizá me llame usted impaciente y quizás acierte...

Mi salud, aunque con lentitud, va mejorando, y es ya -gracias a Dios- no tan demasiado mala como para no permitirme escribir; he empezado una nueva novela -"La última carta de Sir Jacob, joven sentimental"- porque, aunque todavía no sé qué es lo que acabará ocurriendo con Pascual Duarte, siento crecer en mí, con mayor fuerza si cupiere, la necesidad de enfrentarme con el montón de blancas cuartillas, ese montón de cuartillas que habrá de conducirnos al más glorioso de los éxitos... o a la más negra de las desazones y al más profundo de los fracasos.

Le saluda con el cariño de siempre,

Camilo José Cela

Articulo: http://www.elcultural.es 24/08/2012

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