dimanche 5 août 2012

Joseph ROTH/"Nunca he sobrevalorado la tragedia del judío"


Joseph Roth a Zweig: "Nunca he sobrevalorado la tragedia del judío"

Acantilado publica en La filial del infierno en la tierra, cuatro cartas que el escritor escribió a Stefan Zweig y sus artículos más críticos con el totalitarismo nazi

'La filial del infierno en la tierra' (Acantilado) es el testimonio del Joseph Roth más indignado, asqueado y apasionado. De un hombre convencido de que "el patriotismo es particularismo", en una época en la que el régimen nazi anulaba la conciencia individual en pos de la supremacía aria, buscando despertar un sentimiento de patriotismo blanco y cristiano. 

"El hombre ya no se conmueve cuando se vulnera y asesina la condición humana", manifestó en una carta a su amigo Stefan Zweig. Ambos compartieron la misma convicción en esos tiempos convulsos: su hogar, Austria, estaba irremediablemente perdido antes incluso del 'Anschluss' en 1938. La correspondencia, que consta de dos cartas de 1933 y otras dos de 1935, destila una impotencia rabiosa y apunta ya una profunda crisis de identidad. 

El epistolario, escrito desde París, igual que los artículos que publicó en diarios de habla alemana, reflexiona sobre la humanidad, sobre el judío que va a la guerra, como él, o el que se opone a ella, como Zweig. Roth habla de enfermedad, de una sociedad podrida que hay que amputar cuanto antes para que no contamine al resto. 

Tanto Roth como Zweig optaron por el exilio. Roth se marchó, huyendo del humo y las cenizas en que se convirtieron sus libros, condenados a la hoguera por los nazis. Zweig aguantó hasta que la Policía registró su casa en 1934. Sus obras fueron prohibidas en la Alemania aria, demasiado "pura" para las letras de un judío. La desesperación por la cultura perdida y el aparentemente imparable avance del nazismo le condujeron al suicidio en 1942. Su amigo Joseph Roth había muerto tres años antes, mojando su rabia en alcohol.

París
33, rue de Tournon
Hotel Foyot
26 de marzo de 1933

Apreciado y querido amigo:

Creo que en estos tiempos hay que hacer todo lo posible para no perder el contacto. Por eso le respondo en seguida.

Le ruego procure que sus cartas me lleguen vía Suiza. Es que algunas me vienen por Alemania. Estoy completamente de acuerdo con usted: hay que esperar. Por ahora. Sólo que aún no tengo del todo claro hasta cuándo.

El embotamiento del mundo es mayor que en 1914.

El hombre ya no se conmueve cuando se vulnera y asesina la condición humana. En 1914 desde todas partes se esforzaba uno por explicar la bestialidad con razones y pretextos humanos.

Pero hoy en día se pertrecha a la bestialidad con explicaciones bestiales, que son aún más atroces que las propias bestialidades.

Y nadie se mueve, en todo el mundo. Quiero decir, en el mundo de los hombres que escriben, exceptuando a Gide, el eterno excéntrico, quien, comunista desde hace poco, ha celebrado aquí sin ningún éxito una grotesca asamblea para snobs y para el funcionariado internacional comunista; y salvo los judíos de América e Inglaterra, a quienes en definitiva lo que les preocupa es el antisemitismo, tan sólo un pequeño segmento dentro del gran círculo de la bestialidad.

Para usted está claro: en la misma medida en la que un animal enfermo tipo Goering se diferencia de un Guillermo II, quien aún se mantenía en el marco de lo humano, en esa misma medida se diferencia el año 1933 de 1914.

Está claro que los imbéciles cometen estupideces; las bestias, bestialidades; y los locos, desvaríos: todo ello es suicida.

Pero lo que no está claro es cuándo un entorno igualmente enfermo y desconcertado reconoce la estupidez, la bestialidad, el desvarío.

De eso se trata. Y yo me pregunto si ha llegado el momento en que estamos obligados a aislar por medio de la palabra a nuestro entorno de lo que está enfermo, para que no se contagie.
Me temo que después de todo es demasiado tarde. Me temo que estoy en situación de tener que desear una guerra lo más rápida posible.

No voy a Viena por muchos motivos. Desde hace diez años vivo en Francia unos seis u ocho meses al año. ¿Por qué no ahora? Y sobre todo, ¿por qué no, si a los hombres que se empeñan en ver en mí el mal absoluto siempre se les ocurrirá decir que he huido? ¿Y por qué no, cuando es natural que uno en efecto huya?

En Viena se corre más rápidamente que aquí la voz de que me he marchado de Alemania. Sí, justamente allí, porque he vivido allí muchos años, en otro tiempo, y creen que podría volver.

En una revista francesa de chismorreo aparece su nombre entre las personas que han huido a Suiza, y yo lo hago con el de Ernst Roth, al parecer porque se ha omitido el de Toller.

En Zsolnay tampoco yo puedo hacer nada, porque Landauer es amigo mío y, al publicarme, tiene que poder sacar beneficios. Pues también él está en apuros. 
En cambio, iré a Salzburgo y a su casa, aunque sólo sea por un par de días, en cuanto, gracias a un nuevo contrato, consiga un poco de dinero y cierta seguridad.

En lo que respecta a lo que hay en nosotros de judío, estoy de acuerdo con usted en que no hay que dar la sensación de que se preocupa uno tan sólo por los judíos y nada más.
Sin embargo, al mismo tiempo hay que tener siempre en cuenta que la condición de judío no exime a ningún hombre religioso del deber de tener que acudir también a primera línea del frente, como cualquier no-judío religioso. 

En esto hay un determinado punto a partir del cual la nobleza se convierte en incumplimiento del deber, además de que no sirve para nada, pues para las bestias de arriba uno sigue siendo un peligroso cerdo judío.

Como judío, usted se ha opuesto a la guerra. Y yo, como judío, he ido a la guerra. Los dos tenemos muchos camaradas. Ninguno de nosotros se ha quedado en la retaguardia.

En el campo de batalla del humanitarismo, podría decirse, también hay judíos en la retaguardia. No se puede ser uno de ellos.

Nunca he sobrevalorado la tragedia del judío, y menos ahora, cuando ser una persona honesta resulta verdaderamente trágico.

En eso estriba la bajeza de los demás, en ver judíos.

No conviene que con nuestra reserva confirmemos el argumento de esos insensatos animales.

Como soldado y oficial, yo no era judío. Como escritor en lengua alemana tampoco lo soy. (En el sentido en el que estamos hablando ahora.)

Me temo que hay un momento en el que la reserva judía no es más que la reacción del judío discreto frente a la desfachatez del que no lo es.

Entonces aquélla resulta absurda y nociva, como ésta.

-Tiene uno-como ya le dije-un compromiso tanto frente a Voltaire, Herder, Goethe, Nietzsche, como frente a Moisés y a sus padres judíos.

De ahí se deriva el compromiso siguiente:

Salvar la vida cuando se ve amenazada por las bestias. Y la obra.

No rendirse a aquello que precipitadamente se denomina destino.

E "intervenir", luchar, en cuanto llegue el momento adecuado.

La cuestión es si no ha llegado demasiado pronto.

Siempre cordial, su fiel


Joseph Roth


El poeta en el Tercer Reich

I
Hace algún tiempo el escritor Klaus Mann escribió una carta amarga y llena de reproches al escritor y neurólogo Gottfried Benn, que se ha quedado en el Tercer Reich y ha sido nombrado (de manera temporal) director de la Academia Prusiana de las Letras. Que no comprende-es lo que el señor Klaus Mann viene a decir al señor Benn con todo respeto-cómo un escritor de prestigio puede ponerse al servicio del Tercer Reich, por qué un hombre como Benn defrauda a sus partidarios que andan ahora por París, Londres o Praga y que a la desesperación que les embarga con respecto a su patria tendrán que añadir la que ahora deben de sentir con respecto a su querido autor. Él, el autor de la carta, como "racionalista" que es, estuvo siempre en contra de la concepción "irracional" del mundo por parte del respetado escritor, pues parece que por desgracia la propensión a lo "irracional" conduce necesariamente a la "reacción": no obstante, sería imposible que existiera relación alguna entre la fuerza literaria de Gottfried Benn, indudablemente sólida, y el Tercer Reich, insensible, ajeno al espíritu y a la literatura.

Así era más o menos la carta que el escritor Klaus Mann dirigió al por él respetado colega Gottfried Benn. Éste contestó. Contestó con un largo editorial publicado en el Deutsche Allgemeine Zeitung, que por cierto fue prohibido un par de días después, y desde luego no por la respuesta de Gottfried Benn. Al contrario. Si en el Deutsche Allgemeine Zeitung no hubieran aparecido nada más que manifestaciones similares a las de este escritor que se ha quedado en el Tercer Reich y a quien eventualmente se ha considerado apto para dirigir la Academia Prusiana de las Letras, sin duda alguna no habría sido prohibido. Pero si hasta los hechos más insignificantes se consideran desde el punto de vista de ese "irracionalismo" que el señor Klaus Mann reprocha a Gottfried Benn y del que éste se jacta en su respuesta pública, casi se podría sospechar que también en esta ocasión una fuerza irónica e inextricable-una fuerza a la que desde siempre le gusta parafrasear los patéticos, falsos y endebles acontecimientos-se ha puesto manos a la obra para castigar al redactor jefe de un periódico por haber asumido la función de correo y haber dispensado al autor del evidente y delicado deber de contestar a una carta privada con otra carta privada.

II
Tal vez se pueda decir que el autor de estas líneas es un "reaccionario", en modo alguno un adepto de la interpretación "racionalista" de los acontecimientos históricos, así como tampoco un "marxista" o un admirador del director provisional, el doctor Benn. Cuando éste pronunció el discurso encomiástico con ocasión del septuagésimo cumpleaños de Heinrich Mann, el autor de estas líneas era ya partidario de Heinrich Mann-a pesar de todas las diferencias de opinión existentes entre ellos-, no así del doctor Benn, aun cuando a éste le guste presentarse como un "reaccionario" y aquél sea un "revolucionario". ¿Es necesario insistir? En el escritor lo decisivo es la aportación literaria, sólo la aportación literaria. Que el doctor Benn se convierta o no en el director provisional de una Academia en la que los miembros son diletantes-da igual de qué ideología-, a un viejo "reaccionario" como yo le habría parecido irrelevante. Pero que el doctor, frente a un colega y admirador que mantiene una clara postura "liberal-racionalista", se presente como "conservador", "irracionalista" y al mismo tiempo como defensor de la "revolución nacional"; que alguien que hace tan sólo un par de meses ha pronunciado un discurso sobre Heinrich Mann-un autor totalmente libre de cualquier sospecha de "irracionalismo"-y que a toda prisa ocupa su asiento como "director provisional", escriba también una carta abierta como "irracionalista" y prosélito del Tercer Reich, que acaba de desterrar a Heinrich Mann, me parece sintomático y creo que merece ser considerado con más detalle.

III
Si se me permite transcribir unos cuantos pasajes del editorial del doctor Benn: "Sólo con aquellos que han pasado por las emociones de los últimos meses, aquellos que hora tras hora, periódico tras periódico, mitin tras mitin, programa de radio tras programa de radio han vivido todo esto sin interrupción y muy de cerca, que día y noche lucharon con él, incluso con aquellos que no recibieron todo esto con júbilo, sino que más bien lo sufrieron, con todos éstos se puede hablar, no así con los desertores que se marcharon al extranjero. 

... pero, y esto es lo que yo pregunto a mi vez, ¿cómo imagina usted en definitiva que se mueve la historia? ¿Piensa usted que actúa especialmente en los balnearios franceses?"

... ah, ella (la historia) no le debe a usted nada, pero usted se lo debe todo a ella ...ella no tiene otro método que el de, en sus puntos de inflexión, extraer del seno inagotable de la raza un nuevo tipo humano que tiene que abrirse paso luchando, que tiene que integrar en la materia del tiempo la idea de su generación..."

Comprende usted al fin allí, en su mar latino...

De modo que está usted allí sentado, en su balneario, y nos pide explicaciones...

Es la nación cuya lengua habla usted, cuya ciudadanía posee, cuya industria imprimía sus libros, a la que debía usted su reputación y su fama, entre cuyos miembros le gustaría tener cuantos más lectores mejor, y que tampoco ahora le habría hecho gran cosa de haberse quedado usted aquí...

"Sabe usted que como médico del seguro estoy en contacto con muchos trabajadores... Y no cabe ninguna duda-se lo oigo decir a todos-de que les va mejor que antes.

¡Un pueblo es mucho! ¡... la totalidad de mi cerebro, todo ello se lo debo en primer lugar a ese pueblo! ¡De él proceden los antepasados, a él vuelven los hijos!".

***
Acantilado publica el epistolario de Joseph Roth
“No se haga ilusiones. Gobierna el infierno”
Por Nuria AZANCOT 

“Hablador como Sócrates, rebosante de anécdotas y chistes como un viejo judío, y lleno de curiosidad por los demás”, Joseph Roth (Brody, Galitzia, 1894-París, 1939) es uno de los autores de culto del siglo XX, quizá porque, en obras como La marcha Radeztky, Hotel Savoy o Job, supo plasmar el desconcierto, la aterradora soledad del hombre contemporáneo.

Nacido en Brody, una pequeña aldea del antiguo Imperio austrohúngaro, cerca de la frontera con la Rusia zarista, en España hemos redescubierto a Joseph Roth gracias, sobre todo, a El Acantilado, que ha recuperado toda su obra en ediciones ejemplares. Ahora, el lanzamiento de su epistolario inédito completa uno de los retratos más desolados posibles: el de un escritor de genio, destruido por el alcohol y brutalmente despojado de patria y certezas. 

Roth escribió miles de cartas durante sus incansables vagabundeos por la Europa de entreguerras. El editor de su epistolario, Hermann Kesten, calcula que fue autor de más de cinco mil cartas, de las que sólo han aparecido quinientas, pues “muchas padecieron el destino de los perseguidos políticos de las dictaduras y la muchas veces mortal desbandada que suelen provocar los tiranos”. 

Sin cartas, ni libros, ni hogar 

Roth, en cambio, no guardó nada. Carecía incluso de casa: “Era un hombre casi sin propiedad. Por lo que sé, ni siquiera tenía una cuenta corriente. No disponía de anaqueles con libros, ni de un escritorio. Viajaba y vivía con una o dos maletas, se alojaba casi siempre en hoteles”. De ahí el interés de un libro de casi 700 páginas, que da cuenta y razón de lo sufrido por el escritor desde los 16 años hasta su muerte y en el que, en palabras del editor, “hallamos cien imágenes distintas de Roth: el muchacho ambicioso que sueña convertirse en un célebre poeta, el estudiante sarcástico, el voluntario en el frente y el prisionero de guerra, el lírico tradicional y el reportero original, el poeta, el amigo irónico, regañón, cooperativo, mentor exigente, el cercano primo y sobrino, el marido vagabundo con mala conciencia, el moralista y el panfletista. Hallamos en estas cartas al Roth socialista y al propagandista de los Habsburgo, al enamorado y al exiliado, al amante y al maestro de la prosa alemana, al amigo de los pobres y los pisoteados”. 

La primera carta la dirige un Roth adolescente a su prima Resia Gröbel. Son las vacaciones de verano de 1911, el escritor aún no ha cumplido los 17 y se sorprende por la falta de entusiasmo patriótico de su prima, (“No entiendo por qué temes tanto la guerra”). La misma exaltación le empuja, el 26 de marzo de 1915, a confesar: “Desde que mi fuego amenazó con extinguirse bajo la manguera de los bomberos que llevaba el lema ‘sentido común’, tuve el gran deseo de mostrárselo a la gente, a toda costa, para que me reconocieran a distancia por mi humo. Con esa determinación quedé satisfecho, porque el tabaco (del tiempo antiguo) es conocido como uno de los más importantes casi del genio”. En esta primera parte del epistolario, Roth abandona su aldea natal y escribe desde Viena, Berlín, Colonia, Aviñón, París o Marsella, donde descubre la Fiesta de los toros el 26 de agosto de 1925. Le horroriza: “Vi aquí corridas de toros por primera vez. Si no ha visto usted nunca algo así, no puede hacerse idea de esta bestialidad”. 

Descenso a los infiernos 

Lo peor, con todo, es el sentimiento de orfandad de un hijo del Imperio sin Imperio: “Estoy muy desesperado -escribe el 30 de agosto de 1925- [...] Cuando murió el emperador Francisco José, yo era un ‘revolucionario’, pero lloré. Me enrolé voluntario por un año en un regimiento vienés, una ‘tropa de élite’ que hacía guardia de honor ante la cripta de los capuchinos, y lloré de veras. Una época quedó enterrada”. 

Las desgracias se suceden. Friederike Reichler, con la que se había casado en 1922, muestra los primeros síntomas de su esquizofrenia, mientras él despilfarra todo lo que gana en legendarias borracheras. El dinero de los libros no llega, tampoco el de las colaboraciones en los periódicos, al punto de que, el 14 de junio de 1927 le confiesa al filósofo Ludwig Marcuse que se encuentra “desesperado, enfermo y sin dinero”. Porque ésa es su obsesión, el dinero, por el que escribe, ruega, insulta o suplica a lo largo de cientos de cartas a amigos, editores, colegas, parientes... El 27 de febrero de 1929, y desde París, explica al también escritor Stefan Zweig sus condiciones de vida: “Trabajo urgido por un solo motivo, que es material. Porque tengo que llegar a cubrir un mínimo de mi existencia sin tener que escribir regularmente artículos que me perjudican la salud. [...] Desde que cumplí dieciocho años, jamás he habitado una vivienda privada, a lo sumo, una semana como huésped en casas de amigos. Todo lo que poseo son tres maletas. Y eso no me parece extraño.” El 13 de mayo de 1930 le refiere también a Zweig (convertido en su compañero más fiel, y en su mecenas) que una amiga se había suicidado después de haber ido a buscarlo, sin éxito : “No me encontró, y estoy convencido de que yo hubiera podido evitar su muerte. Por todas partes sufrimiento y muerte. Me pondría a llorar por esta impotencia de que ni siquiera pueda uno hacer ese poco de bien que podría salvar a una sola persona”. 

Los meses no mitigan su pesimismo, más bien lo acentúan, como evidencia este fragmento de otra carta a Zweig, desde Francfort, el 23 de octubre de 1930, y en la que, además de confesar que “Las Baleares me seducen extraordinariamente”, se lamenta de la situación del viejo continente, acosado por los totalitarismos: “¿A quién no le asquea la política? Tiene usted razón, Europa se suicida. Y la manera prolongada y cruel de ese suicidio se debe a que quien lo comete es un cadáver. Esta decadencia tiene una endiablada semejanza con una psicosis. Parece el suicidio de una psicótica. El diablo gobierna realmente el mundo. Pero sigo sin entender a los extremistas de las dos alas”. 

En febrero de 1933, desde París, profetiza: “Sabrá usted que nos aproximamos a grandes catástrofes. Aparte de lo privado -nuestra existencia literaria y material queda aniquilada-todo conduce a una nueva guerra. No doy un céntimo por nuestras vidas. Los bárbaros han conseguido gobernar. No se haga ilusiones. Gobierna el infierno”, escribe a Zweig, quien tercia con editores, le manda dinero, y, sobre todo, intenta que abandone el alcohol, sin éxito. Mientras Hitler conquista Europa y el mundo se derrumba, Roth sigue bebiendo. Su última carta, a Blanche Gidon, vieja y generosa amiga, es del 11 de marzo de 1939 y habla, cómo no, de dinero: “Sólo yo tengo los derechos, no la editorial. Sin embargo, por desgracia tengo que pagarle el 25%”. 

Meses después, el 23 de mayo, la noticia del suicidio de Ernst Toller le abruma hasta ahogar sus últimos francos en alcohol. Sumido en el delírium tremens, muere el 27 de mayo en el Hospital Necker de París, haciendo que una de sus últimas cartas, del 8 de agosto de 1937, resulte más conmovedora y terrible: “Tengo un miedo enorme a caer al hondón de estas letrinas. Por favor, vea que no es mi culpa. [...] He previsto tantas veces el final. Créame, se lo ruego, que si se atrasa no es por mi culpa.” Tal vez su muerte no fuese ésa “tan liviana y hermosa” que soñó, en La leyenda del santo bebedor, para los dipsómanos. Pero Joseph Roth, que no llegó a ver a las tropas nazis en París, ni supo que su familia fue exterminada en campos de concentración, 70 años después ocupa un lugar de honor en la literatura mundial. 

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Judíos errantes
Por Joseph Roth
Traducción de Pablo Sorozabal. Acantilado. Barcelona, 2008. 124 páginas. 14 euros

El pueblo judío ha soportado las formas más intolerables de sufrimiento, incluido un experimento biopolítico concebido para borrar su presencia en la tierra. 

Joseph Roth (Volinia, Ucrania, 1894-París, Francia, 1939), escribió este pequeño tratado antes de que la política de exterminio del gobierno nazi consiguiera eliminar a un tercio de los judíos europeos. Judío, alcohólico, periodista prolífico, Roth se refugió en Francia en 1933, entregándose a sus dos pasiones: la nostalgia del imperio austrohúngaro y el planto por el declive del hasidismo, rama del judaísmo tolerante e ilustrada. Para el hasidismo, la santidad puede brotar en mitad de la degradación física y moral. Este misticismo nada dogmático inspiró su última obra, La leyenda del santo bebedor (1939; editado por Anagrama en 1999 con una gran introducción de Carlos Barral), texto premonitorio de una muerte anunciada.

Judíos errantes reconoce la división entre los judíos occidentales, asimilados hasta el extremo de ignorar el acecho de la exclusión en sociedades profundamente antisemitas, y los judíos orientales, fieles a sus tradiciones, conscientes de su condición de apátridas, pero reacios a emigrar a Palestina, proyecto de un Estado judío, donde el sionismo desplaza a la religión. La idea de una nación que no adquiere su legitimidad en la venida del Mesías repugna a las comunidades orientales. El judío que confía en Dios espera la manifestación de su voluntad, sin intentar cambiar el curso de la historia. 

La prosa de Roth es fluida, periodística, pero nunca superficial. Introspectiva, levemente poética, comprometida, elogia el carácter nómada de una cultura sometida a continuas vejaciones. Sólo el talento de Roth puede realizar una radiografía tan precisa en poco más de cien páginas. El judío puede ser devoto, escéptico, socialista; buscar la asimilación o preservar su identidad, pero representa el infortunio del hombre sin otra patria que un Libro. La clarividencia de Roth está marcada por el sentimiento religioso: Dios nunca abandona a sus hijos, sin discriminar entre judíos y gentiles. 

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Reflexiones de Joseph Roth
La sugestión del cine

El escritor austriaco Joseph Roth (1894-1939), autor de La marcha de Radetzky, siempre explayó su modernidad en reflexiones sobre la cámara fotográfica, el gramófono y el séptimo arte. En este curioso texto, Roth hace un homenaje a los principios del celuloide y recuerda la llegada del sonoro a la pantallas además de subrayar cómo cambió la manera de entender el cine y de realizarlo.

El cine sonoro no refuerza la ilusión de que las sombras en movimiento sean personas vivas, más bien fortifica la convicción de que son sombras. La voz llega, por así decirlo, de otra dimensión, más cercana a nosotros, a los espectadores de carne y hueso. La voz humana parece ser una manifestación más corpórea que el cuerpo de la que emana. La voz del cantante, en la sala de concierto, domina su figura, la envuelve en un velo, a veces incluso la desplaza. Ya el ser humano hablante es una doble existencia corpórea. A menudo quien calla se transforma completamente apenas comienza a hablar. Lo que escuchamos cambia la impresión que teníamos a primera vista. La voz “nos llega más”. Parece estar más inmediata que el rostro, que la mano inmóvil. Sí, la voz es un contacto corpóreo directo. De poco sirve que en el cine sonoro los movimientos de los labios, de los músculos faciales, de las manos concuerden perfectamente con los sonidos escuchados. Sí, alguien podrá decir: entre más exacta es la articulación visible, es más patente la impresión de que una sombra articula palabras, y más amplia se hace la distancia entre la celeridad de los sonidos y el juego de sombras constituido por los movimientos que los acompañan.

Es verdad que la voz es tan sólo “captada”, como el actor vivo. Si bien la voz original era más directa que el cuerpo original, también el efecto de la voz “captada” es más directo. Piénsese en la velocidad con la que estamos habituados a “imaginar” a quien habla (el cantante) cuando sólo escuchamos la voz (en el teléfono o en el gramófono); y casi a ver el relámpago cuando sólo oímos el trueno: piénsese en esa facultad natural gracias a la cual el sentido del oído pone a funcionar la “fuerza imaginativa”, de mayor intensidad y rapidez que cualquier otro sentido.

En el cine sonoro la voz parece más cercana que la fotografía, el fotograma que se mueve. La voz llena todo el espacio, toca físicamente a cada espectador, alcanza poco más o menos con la misma fuerza cada puesto de la sala. La imagen queda encadenada a la pantalla, prisionera de su bidimensionalidad. Cuando aún le faltaba la voz y sólo la música acompañaba a los movimientos, la movilidad fecundaba nuestra “fuerza de imaginación” a tal grado que nosotros mismos prestábamos a la sombra la tercera dimensión faltante: era un “don de la fantasía”. Ahora, sin embargo, no parece que la voz acompañe al movimiento sino, al contrario, que la acción de las sombras acompaña a las modulaciones de las voces. Y sólo ahora que tenemos el cine sonoro sabemos cuánto le debe el cine a la música de acompañamiento. Esta no sólo vuelve superflua la voz, sino que casi sustituye a la tercera dimensión (uniéndose a nuestra fantasía), porque ha venido de “otro mundo” para ratificar uno cercano. Un mundo cercano y sin embargo distante. Por tanto, la música de acompañamiento proviene, por así decirlo, de una lejanía tal que puede, de hecho, sólo acompañar, permaneciendo intactas las funciones principales de la movilidad y de la capacidad de sugestión de la sombra. La voz, no obstante, es la victoriosa rival de la imagen.

Sólo ocasionalmente la impresión de la imagen hablante puede ser tan inmediata como la de su voz; quizá en el “primer plano”. Por eso la imagen de la boca que habla debe cubrir una parte considerable de la superficie de la pantalla para competir con sus propios sentidos. Nótese en el cine sonoro, por ejemplo, la toma normal de un automóvil en marcha y confróntese la vista de las ruedas con el ruido producido por la marcha. Este parece desvinculado de las ruedas porque no asistimos a movimientos de articulación. Las ruedas giran sobre la pantalla sin hacer ruido, como en el cine mudo. El ruido repercute sobre la imagen de las ruedas, no proviene de ella. El oído del espectador se torna más sensible que su ojo. Respecto al ruido sugerente, ensordecedor, la fuerza de sugestión del movimiento rotatorio percibido por la vista pierde importancia. El ruido se demuestra corpóreo, el movimiento rotatorio resulta inadecuado para transmitir la ilusión.

Así pues, hay una cuestión que parece actual: ¿qué debe hacer el cine para que la imagen se vuelva tan sugerente como su expresión acústica?
Como hemos visto, el cine, la imagen en movimiento, no recibe ayuda del “sonido” contemporáneamente captado y reproducido, sino, al contrario, éste le produce un debilitamiento. La producción de la imagen en movimiento no tiene por tanto nada que esperar de la nueva invención. La imagen deberá buscar el alcance, por sí sola, de una perfección que le permita entrar en competencia con su expresión acústica. Tal vez ha llegado el tiempo en que el pintor comience a suplantar al fotógrafo. O bien, en que la fotografía debe tomar prestada del “arte” la eficiencia corpórea.

Joseph ROTH 

Articulo: http://www.elcultural.es 02/08/2012