dimanche 26 août 2012

Juan Ignacio RODRIGUEZ MEDINA/ Las buenas razones de Bertrand RUSSELL


UNA CRUZADA EMPIRISTA | Contra la solemnidad idealista
Las buenas razones de Bertrand RUSSELL
Por Juan Ignacio RODRIGUEZ MEDINA

Vuelven a circular en Chile cinco obras de este filósofo y activista británico que pasó del estrecho círculo de la lógica y las matemáticas, al amplio espacio del debate publico sobre cuestiones políticas y sociales. En ambos, levantó la bandera de la experiencia: “Las controversias más salvajes son aquellas sobre materias en las que no hay buena evidencia en ningún sentido”, escribió.

Bertrand Russell pudo conformarse con ser el hombre que hizo progresar a la lógica por primera vez desde Aristóteles. Pudo conformarse con ser el creador – junto a Ludwig Wittgenstein – del atomismo lógico, la filosofía que postula que el mundo es un conjunto de hechos atómicos no relacionados entre sí. Bertrand Russell pudo conformarse, en resumen, con ser uno de los detonantes de una nueva tradición filosófica, principalmente anglosajona, conocida como filosofía analítica.

Pero no. En 1910, con treinta y ocho años decidió cruzar los limites de la academia y empezar a hablarle al mundo sobre educación, matrimonio, sexualidad, política, control de la natalidad, religión, pacifismo, ciencia, gobierno mundial y mas.

Tópicos que lo convirtieron en un autor popular y que están presentes en cinco de sus obras que vuelven a circular en librerías chilenas: “Lo mejor de Bertrand Russell”, “Ensayos impopulares”, “Misticismo y lógica”, “Educación y orden social” y “Por qué no soy cristiano y otros ensayos”, un clásico del ateismo. Todos publicados por Edhasa y distribuidos por Contrapunto. Todos con esa claridad y buena mano que le valió en 1950 el Nobel de Literatura.

“Como Voltaire y muchos otros grandes filósofos (¡aunque ciertamente no todos!), Russell fue un escritor maravillosamente claro. Sus libros no son sólo interesantes y provocadores, también son entretenidos”, dice Andrew Irvine, profesor del departamento de filosofía de la Universidad de British Columbia (Canadá), experto en la obra de Russell y editor de “Bertrand Russell: Critical Assessments” y “Russell and Analytic Philosophy”.

“Bertrand Russell aun es muy leído en la mayoría de los países de habla inglesa – agrega -. De hecho, tanto “Los problemas de la filosofía” como su “Historia de la filosofía occidental” siguen siendo best Sellers. Por supuesto, algunos de sus escritos actualmente solo tienen un interés histórico, pero mucha de su obra, especialmente en lógica y matemáticas, sigue siendo muy actual”.

¿Por qué – entonces – cambio sus afanes?

Joven lógico

En el comienzo de su vida intelectual, el norte de Russell era encontrar un sustento firme para la matemática, derivándola de la lógica. Más tarde se referirá a este intento logística como “una suerte de misticismo matemático”. “No me gustaba el mundo real y busqué refugio en un mundo sin tiempo, sin cambio ni decadencia ni el fuego fatuo del progreso”. Para ello unió esfuerzos con Alfred North Whitehead, junto a quien publico los tres volúmenes de “Principia Mathematica” (1910-1913).

“Desde entonces, siempre me he sentido menos capaz que antes de abordar abstracciones difíciles. Esto es parte, aunque en el modo alguno del todo, de la razón del cambio en la naturaleza de mi obra”, escribió en su autobiografía. Aun así publico “Introducción a la filosofía matemática”, un intento de popularización de los “Principia”. Pero fuera de eso, su trabajo tendió más hacia la epistemología que hacia la lógica.

En “Nuestro conocimiento del mundo exterior” (1914) y “La filosofía del atomismo lógico” (1918-1919) argumenta que el mundo existe mas allá de los datos sensibles. Noción que abandona en “El análisis  de la mente” (1921) y “El análisis de la materia” (1927), a favor de un “monismo neutral”, según el cual la “cosas ultimas” del mundo ni son mentales si son físicas, sino algo “neutral” entre ambas alternativas. Antes, en 1911, tuvo su primer best seller con “Los problemas de la filosofía”, libro con el que descubrió que podía escribir sobre asuntos difíciles para lectores legos.

Su nuevo norte fueron los problemas políticos y sociales. Aunque siempre por razones empíricas. “La ciencia nos dice lo que podemos saber – escribe en “Una historia de la filosofía occidental” -, pero lo que podemos saber es poco y si olvidamos lo mucho que no podemos conocer nos hacemos insensibles a muchas cosas de gran importancia”. Cosas como la Primera Guerra Mundial: “En algunas ocasiones me he quedado paralizado por el escepticismo, en otras me he mostrado cínico y a veces indiferente, pero con la guerra sentía algo así como llamada de Dios. Supe que me correspondía protestar, por más fútil que la protesta pudiera parecer. Estaba en juego toda mi persona. Como amante de la verdad, la propaganda nacionalista de todos los países beligerantes me asqueaba. Como retorno a la barbarie me anonadaba. Como hombre de frustrados sentimientos paternales, la masacre de la juventud me destrozó el corazón”.

Y viejo justo

En una entrevista, Nicanor Parra – al preguntársele por la vejez – recuerda a Russell: “Una vez le preguntaron, “Usted que ha vivido tantos anos, ¿qué puede decirnos de la vejez?”, y él contestó: “La vejez es una edad como cualquier otra para luchar por una causa justa”.

Para Russell esa causa fue el pacifismo y el activismo contra la Primera Guerra Mundial, lo que le costo ser despedido del Trinity College, en Cambridge, y pasar seis meses en la cárcel.
También fueron sus causas la educación sostenida en el conocimiento y no en la autoridad, la libertad sexual, el cuestionamiento de la religión y otros tantos asuntos que, en el periodo de entre guerras – cuando vivía en Estados Unidos -, le significaron ser declarado “inepto” para ensenar filosofía y lógica en el City College de Nueva York. Se dijo que había que proteger a la juventud estadounidense de “su funesta influencia, de su pluma envenenada”. Se lo tachó de “mono genial, ministro del diablo entre los hombre”. Sus obras fueron calificadas como “pozos de sangre”, como “lascivas, libidinosas, lujuriosas, afrodisíacas, erótico maniacas, venéreas, irreverentes, parciales, falsas y privadas de fibra moral”.

Todo por constataciones como ésta: “Cristo nos pide que nos volvamos como niños pequeños, pero los niños pequeños no pueden entender el calculo diferencial, los principios de la circulación monetaria ni los métodos modernos para combatir las enfermedades”.
De todas maneras, durante su estadía norteamericana dio clases sobre historia de la filosofía que devinieron en “Una historia de la filosofía occidental” (1945), otro de sus best seller. En 1944 regresó a hacer clases al Trinity College y de allí surgió su ultimo gran aporte a la filosofía: “El conocimiento humano: su alcance y sus límites” (1948).

En 1949 recibió la Orden al mérito y en 1950 el Premio Nobel de Literatura. Todo parecía reconciliarlo con las autoridades. Pero en sus últimas décadas se dedicó a hacer campaña contra las armas nucleares y la guerra de Vietnam: fue parte de manifestaciones masivas, llamó a la desobediencia civil y ganó muchos adeptos, especialmente cuando en 1961, con ochenta y nueve años, fue condenado por segunda vez a la cárcel. “Cuando murió, en 1970, Russell era mas conocido como un activista antiguerra que como un filosofo de las matemáticas”, escribe su biógrafo, Ray Monk.

En el ojo público

Si esos eran sus intereses, ¿por qué no fue más activo cuando formó parte de la cámara de los Lords (luego de la muerte de su hermano, él se convirtió en el tercer conde Russell)? “Algunos de sus críticos – responde Irvine – argumentan que él sólo disfrutaba estando en el ojo público. Tal vez una explicación mas caritativa sea que todos tenemos fortalezas y debilidades, y Russell sabia, sencillamente, que sus fortalezas eran mas como orador y comentarista, y menos como político”.

Tanto en su faceta de lógico, como en la de activista social, Russell fue un empirista. “No es con la plegaria y la humildad como se consigue que las cosas sean como uno las desea, sino con la adquisición del conocimiento de las leyes de la naturaleza”, escribió.

“Tal vez – dice Irvine -  el hilo conductor mas fuerte que conecta toda la obra de Russell es su defensa de lo que llamó “la perspectiva científica”. Esto es, la idea de que todo lo que creemos – sea en ciencias y matemáticas, o en ética y política – debe basarse en evidencia, y de que esta evidencia debe basarse en observaciones objetivas y publicas, no sólo en intuiciones o en lo que dicen otros”.

Por eso aboga por cierta cuota de escepticismo como actitud de vida – “La exigencia de certidumbre”, decía, “es natural en el hombre, pero, no obstante, es un vicio intelectual” – y por la filosofía como la mejor manera de adquirir “sobriedad intelectual “y defenderse contra la “solemnidad” y los que “pontifican”. A eso aplicó su ingenio.

“Ciertamente, Russell será siempre recordado como uno de los fundadores de la filosofía analítica, o como él la llamó a veces, “filosofía científica”. Su trabajo en lógica y matemáticas es tan importante que todavía ocupa un lugar central en el curriculum académico, y su artículo de 1905 “Sobre la denotación” sigue siendo uno de los ensayos mas leídos en la historia de la filosofía. Pero muchos de sus libros no-académicos, como “La conquista de la felicidad” y “El culto del hombre libre”, seguirán siendo leídos en los años venideros”, cree Irvine.

Articulo: http://www.mer.cl 19/08/2012

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