dimanche 5 août 2012

Juan SARDÁ/¿Por qué MARILYN?


¿Por qué Marilyn?
Por Juan SARDÁ

Se cumplen 50 años de la trágica muerte de la actriz, aún sin esclarecer. El mito, sin embargo, ha cobrado fuerza con el tiempo

Han pasado 50 años desde la muerte de Marilyn y cualquiera diría que han pasado cinco, o ninguno porque que acaba de suceder ahora mismo. No hay un solo actor en la historia del cine que haya alcanzado un grado de mixtificación tan prolongado y absoluto como el de esta actriz estadounidense que sigue en el imaginario colectivo con una fuerza descomunal. Lo sabemos todo sobre Marilyn, su trágica muerte, aun envuelta en misterio, sus amoríos con los Kennedy, sus conexiones con la mafia o su legendaria inseguridad. El mito se forja tanto por la Marilyn misma como por sus películas, y éstas han demostrado con el paso del tiempo un grado de resistencia insospechado quizá en la época por la sencilla razón de que la actriz participó en numerosos títulos de una enorme calidad: La jungla del asfalto,Niágara, Los caballeros las prefieren rubias, La tentación vive arriba, Con faldas y a lo loco o Vidas rebeldes...

El misterio principal al que nos enfrenta Marilyn sigue siendo el mismo y con el tiempo solo se hace más grande: ¿por qué? O sea, por qué tanto tiempo después el mito sigue ocupando portadas de revistas, camisetas, pósters en bares, homenajes, suplementos especiales y artículos de los mejores escritores. Ha habido actrices mejores que Marilyn, no muchas, y también las ha habido más bellas, tampoco demasiadas. Sin embargo, Marilyn tiene ese algo que distingue a los mitos de los simples artistas, por grandes que sean. ¿Por qué?

Sin duda, su muerte temprana, a los 36 años, es un factor clave. Se ha dicho muchas veces, de Marilyn no tenemos fotos de vieja y su radiante juventud permanece inalterable y eterna. Sin duda, la imagen del artista romántico sigue teniendo un peso brutal en las conciencias, tendemos a pensar que los artistas infelices, inseguros, traumatizados y autodestructivos son más "auténticos" que aquéllos que se han dedicado a criar hijos y pagar la hipoteca. La realidad demuestra que ha habido genios depresivos que murieron jóvenes y otros que disfrutaron de una larga vida de moderación. Pero el artista alcanza su categoría de mito cuando el público intuye que su propia muerte se ofrece como sacrificio casi colectivo, el paroxismo de su oposición simbólica y catártica a la sociedad.

De todos modos, lo hemos visto recientemente con Amy Winehouse y no digamos Michael Jackson, ser un artista autodestructivo con problemas mentales es fantástico para la posteridad pero muy malo cuando uno está vivo. Todo lo que entonces era malo, sospechoso y desagradable, carne de tabloide y de ignominia se convierte, en el momento de la muerte trágica y temprana, en todo lo contrario: los motivos que hacen grande al mito. Su debilidad se convierte en su fortaleza y lo que hace grande, precisamente, a Marilyn como actriz es esa mezcla de vulnerabilidad y poder. Acostumbrados como estamos a que la gente trate de aparentar mayores virtudes de las que posee, lo que asombra e intriga de Marilyn es que siendo una mujer tan bella y con tanto talento, al mismo tiempo, sufra tanto. Ese sufrimiento de los dioses nos reconcilia con nosotros mismos y en Marilyn podemos proyectar tanto nuestras fantasías de idealización como reconocernos en un dolor que también sentimos nuestro.

Porque la trayectoria de Marilyn, su infancia desgraciada y pueblerina, sus maridos famosos y variopintos, el jugador de besibol Joe DiMaggio y el intelectual Arthur Miller, un estrellato mundial desconocido hasta la fecha y el suicidio trágico constituyen la mejor película que haya interpretado nunca la actriz al seguir al pie de la letra todos los lugares comunes y giros de guión de lo que se supone que debe ser una vida vivida con mayúsculas, una suerte de "pasión" contemporánea no exenta de elementos religiosos. Marilyn, actriz de una época en la que los paparazzis no sacaban a las estrellas en rulos cuando sacan la basura o las perseguían a todas partes, es también el summum de ese estrellato a la antigua que en los tiempos de twitter está definitivamente extinguido.

Marilyn también es, por qué no decirlo, el símbolo del triunfo de la cultura estadounidense y sajona en el mundo. Su cabello rabiosamente rubio es el icono de un modelo de belleza aria que se ha impuesto en el mundo como el dominante, ahí están esas telenovelas mexicanas en las que las guapas son rubias con los ojos azules en un país de morenos o esos dibujos japoneses con los ojos redondos. Marilyn, como la Barbie, forma parte de un sistema estético que ha beneficiado y privilegiado de una forma clara al modelo occidental de mujer. El hecho de que Marilyn interpretara con frecuencia el papel de falsa tonta que toma el pelo a los hombres haciendo ver que no se entera de nada es harina de otro costal. El suyo es el triunfo de la astucia en un mundo de hombres, un ejemplo máximo de integración: representar lo que los demás esperan de ti para salirte con la tuya. Al final, por desgracia, la persona venció al personaje y siempre recordaremos a Mariyn como uno de los seres más bellos y perfectos que jamás hayan existido. Porque la verdadera perfección solo surge de la más absoluta imperfección. Bendita Marilyn, gracias por haber existido. Fue una mujer que iluminó al mundo. Y lo sigue iluminando.

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Marilyn en la literatura

Arthur Miller, Truman Capote o Norman Mailer plasmaron en sus libros su visión de la "tentación rubia"

Marilyn Monroe no pasaba desapercibida para nadie y, 50 años después de su muerte, todavía tiene ese poder. Cuando se cruzó en la vida de Truman Capote o Arthur Miller dejó una huella tan profunda que éstos la recogieron en sus obras. Incluso Norman Mailer, que nunca la conoció, le dedicó una biografía. Elcultural.es recopila algunas de las referencias literarias que evocó la actriz.

Marilyn no tuvo una infancia fácil. Su niñez estuvo marcada por la ausencia de su padre, un hombre que se daba un aire a Clark Gable y a quien sólo había visto en una fotografía, y por una madre que sufría esquizofrenia paranoide, enfermedad que la actriz temía haber heredado. Al inicio de su obra Blonde,Joyce Carol Oates evoca a una Marilyn de apenas seis años, al cuidado de su abuela, que adora a esa madre intermitente y de olor dulce que aparece por sorpresa de vez en cuando:

"Érase una vez un día, el del sexto cumpleaños de Norma Jeane, el primero de junio de 1932, y una mañana mágica -cegadora, fascinante, deslumbrantemente blanca- en Venice Beach, California. El viento procedente del Pacífico era fragante, fresco, penetrante y apenas si se percibían las habituales notas salobres a podredumbre y a los desperdicios de la playa. Entonces, traída al parecer por el propio viento, llegó madre. Madre, con la cara demacrada, los voluptuosos labios rojos, las cejas depiladas y dibujadas con lápiz, fue a buscar a Norma Jeane a la casa donde ésta vivía con sus abuelos, una vieja ruina cubierta de estuco beis y situada en Venice Boulevard.
-¡Ven, Norma Jeane!

Y Norma Jeane corrió, corrió hacia su madre. Su manita regordeta cogió la mano estilizada de la mujer, sintiendo una extraña y maravillosa sensación al tocar el guante de malla. Porque las manos de la abuela eran las agrietadas manos de una anciana, igual que su olor era el olor de una anciana, pero madre despedía una fragancia tan dulce que resultaba embriagadora, como el sabor del limón caliente con azúcar.
-Norma Jeane, mi amor, ven.

Porque madre era "Gladys" y "Gladys" era la verdadera madre de la niña. Cuando decidía serlo. Cuando tenía fuerzas suficientes. Cuando sus obligaciones en La Productora se lo permitían. Porque la vida de Gladys tenía "tres dimensiones, rayando en las cuatro" y no era "plana como un tablero de parchís", como la mayoría de las vidas. Y ante la ansiosa desaprobación de la abuela Della, madre sacó con aire triunfal a Norma Jeane del piso de la tercera planta -que apestaba a cebolla, lejía, ungüento para los juanetes y al tabaco de pipa del abuelo- haciendo oídos sordos a la furia de la vieja, que graznaba con una voz radiofónica entre cómica y desesperada.
-¿De quién es el coche que conduces esta vez, Gladys? Mírame. ¿Estás drogada? ¿Estás bebida? ¿Cuándo me traerás de vuelta a mi nieta? ¡Maldita sea! ¡Espérame! ¡Espera a que me ponga los zapatos! ¡Yo también quiero bajar! ¡Gladys!"

Esta niña pronto se convirtió en una bomba sexual, en una mujer tan sugerente que rápidamente alcanzó el estrellato y, con él, el trono de Hollywood. Sin embargo, Marilyn estaba sola. Detrás de esa sensualidad se escondía una profunda inseguridad, una necesidad imperiosa de ganarse la aprobación de cuantos la rodeaban. En 1956 se casó con el escritor Arthur Miller, que en su autobiografía Vueltas al tiempo escribió:
"Marilyn era para mí por entonces un torbellino de luz, toda ella paradoja y misterio tentador, vulgarota a veces y otras elevada por una sensibilidad lírica y poética que pocos conservan después de la adolescencia. (...) Era capaz de contar que en una fiesta dos invitados se le habían echado encima con ánimo de violarla y que había tenido que salir corriendo, pero la verdad de la anécdota era menos importante que la extraña distancia que había entre el suceso y ella. Al final brotaría de esta despersonalización algo próximo a lo divino". 

"(Si no fuera una gran actriz), como persona normal y corriente que apenas si sabía leer y escribir bien, ¿qué sería de ella? (…) Me di de bruces de súbito con el aplastante egoísmo de esta ocurrencia: porque su estrellato era su victoria, ni más ni menos; era el objetivo, la culminación de su existencia. ¿Cómo me sentiría yo si mi matrimonio estuviese condicionado a la domesticación y desembravecimiento de mi arte? La verdad desnuda, sencilla y mortal era que no había ninguna diferencia entre ella y la actriz. Ella era Marilyn Monroe y era esto lo que la destruía".

Su fuerte atractivo sexual era, según creía, un obstáculo para que el mundo se diera cuenta de su talento como actriz. Era consciente de la imagen que se había impuesto de ella, imagen que Truman Capote inmortalizó en su recopilación de cuentos cortos Música para camaleones:
"Miss Collier me presentó a muchas personas con las que entablé amistad: los Lunt, los Olivier y, especialmente, Aldous Huxley. Pero fui yo quien le presenté a Marilyn Monroe, y al principio no estuvo muy inclinada a trabar relaciones con ella: era corta de vista, no había visto ninguna película de Marilyn y no sabía absolutamente nada de ella, salvo que era una especie de estallido sexual de color platino que había adquirido fama universal; en resumen, parecía una arcilla difícilmente apropiada para la estricta formación clásica de miss Collier. Pero pensé que harían una combinación estimulante.

La hicieron. '¡Oh, sí!', me aseguró miss Collier, 'hay algo ahí. Es una hermosa criatura. No lo digo en el sentido evidente, en el aspecto quizá demasiado evidente. No creo que sea actriz en absoluto, al menos en la acepción tradicional. Lo que ella posee, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia brillante, nunca emergería en el escenario. Es tan frágil y delicada que sólo puede captarlo una cámara. Es como el vuelo de un colibrí: sólo una cámara puede fijar su poesía. Pero el que crea que esta chica es simplemente otra Harlow o una ramera, o cualquier otra cosa, está loco.

Hablando de locos, en eso es en lo que estamos trabajando las dos: Ofelia. Creo que la gente se reirá ante esa idea, pero en serio, puede ser una Ofelia exquisita. La semana pasada estaba hablando con Greta y le comenté la Ofelia de Marilyn, y Greta dijo que sí, que podía creerlo porque había visto dos de sus películas, algo muy malo y vulgar, pero, sin embargo, había vislumbrado las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea divertida. ¿Sabe que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con ella en el papel de Dorian, por supuesto. Pues dijo que le gustaría tener de antagonista a Marilyn en el papel de una de las chicas a las que Dorian seduce y destruye. ¡Greta!

¡Tan poco utilizada! ¡Semejante talento...! y algo parecido al de Marilyn, si uno lo piensa. Claro que Greta es una artista consumada, una artista con un dominio sumo. Esa hermosa criatura no tiene concepto alguno de la disciplina o del sacrificio. En cierto modo, no creo que vaya a madurar. Es absurdo que lo diga, pero de alguna manera creo que seguirá siendo joven. Realmente, espero y ruego que viva lo suficiente como para liberar ese extraño y adorable talento que vaga a través de ella como un espíritu enjaulado'".

La melancolía que destilaba el personaje de Marilyn ha trascendido de la mano de su halo de belleza. Terenci Moix, en su libro El día que murió Marilyn, escribió una frase en la que dejaba patente que detrás de esas medidas perfectas había algo más: 
"Toda provocación de Marilyn no fue nunca hecha sin que en el fondo de ella no adivinásemos la existencia de una tremenda humanidad, que gritaba por los ojos, mientras la boca se estremecía en un típico gesto Monroe, una llamada de labios nunca igualada, ni antes ni después".

Tras su trágica muerte, en circunstancias que aún no se han esclarecido, Norman Mailer se despidió de ella en su biografía Marilyn con estas palabras: 
"... No pensemos en el cielo con tanta rapidez. Permitámosle más bien estar en algún lugar seguro y no esparcida en pedazos por el firmamento; deseemos que su alma poderosa y el ratón de su otra alma pequeña estén ambos recobrando su proporciones en algún hogar hermoso y lleno de bondad, y pronto ella regresará a nosotros desde su retiro. Es el diablo de su humor y la maldición de nuestra tierra los que harán que regrese hablando en chino. Adiós, Norma Jean. Au revoir, Marilyn. Si te encuentras con Bobby y Jack, guíñales un ojo y si tienes ganas, ve a visitar al señor Dickens. Porque él, como muchos otros escritores, no podría menos que adorarte, pequeña huérfana".

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Marilyn, la flor exótica
por Guillermo CABRERA INFANTE 

El cine en casa cambia de formato gracias a la revolución del DVD. Y con él las formas de ver y entender el cine debido a sus prestaciones, que contemplan un tratamiento digital del audiovisual y una oferta de contenidos extra. El Cultural inicia una sección en la que cada semana grandes escritores comentarán los lanzamientos en DVD de películas memorables. Coincidiendo con el cuarenta aniversario de la desaparición de Marilyn Monroe y con la edición en este soporte de sus filmes, Guillermo Cabrera Infante escribe sobre el mito y su pervivencia a través de la foto que la hizo eterna.

Conocía a Marilyn Monroe mucho antes de ser Marilyn Monroe”, me dijo Sam Shaw. “Ocurrió en la filmación de Viva Zapata!”. Sam Shaw fue el fotógrafo que hizo famosa a Marilyn con una sola foto y, con ella, se hizo famoso él mismo. Sam fue un gran fotógrafo (y no sólo de estrellas), pero era mejor persona: uno de los hombres más buenos y generosos que he conocido -un verdadero Uncle Sam. Ya Marilyn Monroe había hecho Los años peligrosos (muchos lo fueron para ella) y estaba por filmar La jungla de asfalto, donde algunos la notaron más a ella que a la principal Jean Hagen. “Todos dicen que fue hecha por los estudios. Marilyn se hizo a sí misma”, me dijo Sam. “La operación plástica en su nariz fue idea suya. Ella no fue Kim Novak, inventada por la Columbia y su mandamás Harry Cohn”.

Pero The Asphalt Jungle fue producida por la Metro. Como curiosa simetría esta película fue dirigida por John Huston, quien la dirigió en su última aparición, Vidas rebeldes, cuyo título en inglés, The Misfits (Los contrahechos, en traducción literal), se podía muy bien aplicar a ella tanto como a su protagonista Montgomery Clift. Marilyn, según dijo Billy Wilder que la conocía bien, “era una original”. Lo que ella creía que lo debía a sus maestros Lee Strassberg y señora, sólo lo debía a su afán de llegar a ser una actriz seria. (¡Por favor!) “Marilyn”, según decía Billy Wilder, “era una gran comedianta pero una pobre actriz dramática”.

Esa filmación de Viva Zapata! la reunió con Sam Shaw. Sam había ido a fotografiar no sólo a Marlon Brando sino también a Anthony Quinn, que era su amigo íntimo. “Ella”, decía Sam, “resultaba un poco, cómo decirlo, desmesurada”. Para ser como había sido hasta hace poco modelo de fotografías sus tetas se salían de las blusas y su culo era enorme. Después cuando le llegó la fama lo exhibía y lo movía y lo mostraba orgullosa. Marilyn no era deforme, sino todo lo contrario: muy bien formada, pero ella creaba lo que se dice el canon de la rubia que era demasiado. Tenía razón Sam. Marilyn Monroe pronto tuvo imitadoras. La más famosa y bella y misteriosa (mientras Marilyn era toda ella evidente) fue, por supuesto, Kim Novak. Pero esa es, de veras, otra historia. 

Además la forma de caminar de Marilyn como si estuviera muy segura de sus piernas pero no sabía caminar con tacones se hizo evidente en Niagara. Luego todas las actrices de Hollywood que vinieron después, rubias o no, intentarían caminar como ella. “Pero Marilyn”, decía Sam, “fue el artículo genuino”. El artículo femenino, añado yo. Su persona, en el sentido de máscara, era toda suya, hasta la voz entre susurrante y sugestiva. Además Marilyn tenía un agudo sentido del humor, demostrado aun en esa manifestación impresa de la fama, la entrevista -que ella decía odiar. Un periodista le preguntó qué se ponía para dormir y ella susurró: “La radio”. En otra ocasión le preguntaron cómo se vestía para acostarse y ella dijo: “Solamente Chanel número 5”. Su franqueza llegaba hasta la intimidad de su profesión. Durante la filmación de Bus Stop le dijeron que la llamaba a su oficina un rijoso jerarca y al acudir a la cita ella comentó a sus íntimos, “no se vayan, que vuelvo en seguida. Él no dura más de cinco minutos”.

La publicidad de Niagara llegó a compararla con la famosa caída de agua: MM “era un espectáculo natural”. Sólo que Marilyn aparecía en vibrantes colores y añadía a su melena rubia un vestido tan apretado que hace falta un topólogo para describirla. 

Es precisamente en La tentación vive arriba en que Marilyn se convierte en la Monroe, diciendo cosas como aquella explicación de por qué guarda sus panties en la nevera, “es por la calor”, dice ella feminista y Jacinto Benavente le explica: “Es que el calor es masculino”. Aquí hay otras revelaciones que muestran el carácter y la compasión de Marilyn. Al salir de ver, acompañada por el triple feo de Tom Ewell, El monstruo de la Laguna Negra, se compadece de la suerte del monstruo “tan solo como está sin ninguna compañía”. (Como mi nieto Jacobito a quien le exhibí un video de King Kong y al acabar suspiró: “El pobre mono!”). Entrando en calor en la calle Marilyn tiene un encuentro memorable con el aparato de ventilación del subway, que expira un aire tibio como la noche. La Monroe lo encuentra delicioso (nosotros también) y se baña en esta invertida ducha seca, que le alza la falda para revelar sus piernas perfectas y Ewell y el espectador comprueban que ha sacado sus pantaloncitos, por lo menos, del refrigerador. Esta revelación de sus partes por el aire que sopla un Eolo subterráneo, nos convierte a todos en mirones deleitados. También muestra que Marilyn siempre está sofocada -cuando no está fogosa. Como en Luces de Candilejas que se deja llevar por el viento (bochornoso por partida doble) cantando A Tropical Heat Wave, una ola de calor tropical, y más aún: ella queda en la zona tórrida. En Cómo casarse con un millonario está más refrescada, pero todavía tiene sofocos y aunque todos la miramos, ella no nos ve. O no nos ve bien: es una cegata que, al negarse a usar gafas, comete todos los gafes -y de paso enamora a más de uno. (Entre ellos el espectador convertido en mirón). No es la pícara puritana sino la inocente que nos hace a todos culpables de escoptofilia, enfermedad muchas veces mortal -como Diana cazadora. Es la diosa a quien Norman Mailer llamó “el ángel dulce del sexo”. Pero ella es Diana convertida por sus flechazos en Cupido. La Monroe está en nuestra mitología pero es más que un mito: es un icono.

Sam Shaw fue el culpable de haber convertido a Marilyn Monroe en mito y a la vez propagador del mito en la iconografía del siglo XX. Fue Sam el creador de Marilyn como imago mundi (la imagen del mundo) o por lo menos propagó su doble. Una réplica de veinte metros de altura colgaba ese verano fogoso por encima de los paseantes en Times Square, y se veía todavía en el septiembre ardiente cuando trató de calmarse la canícula con el aire acondicionado que no todos -como se ve en La tentación vive arriba- tenían en su casa. 

Hoy Marilyn Monroe está muerta y Sam Shaw también, pero siempre tendremos la imagen en que ambos coincidieron una tarde de verano en Manhattan. Lo que Marilyn ofreció fue una pose, pero Sam Shaw la hizo, con su modestia de siempre, imperecedera. Ustedes como los voiyeurs de ayer podrán verla inmarcesible. Si se mira bien se podrá discernir, entre el dulce viento y la amarga victoria del olvido, que Marilyn parece una flor exótica. Lo era cuando estaba viva, lo es todavía en su imagen: en la imagen que reveló Sam Shaw.

Toda Marilyn en digital
WARNER HOME VIDEO
El príncipe y la corista (1957), de Laurence Olivier 
Full Screen 1.33:1. Dolby digital en versión original y castellano. Subtítulos en diversos idiomas. Contenido extra: Noticiario de la época y trailer cinematográfico. Precio: 18 euros

COLECCIóN DIAMOND DE 20th CENTURY FOX
Primera parte: 
Bus Stop (1956), de Joshua Logan
Los caballeros las prefieren rubias (1953), de Howard Hawks
Niágara (1953), de Henry Hathaway
Río sin retorno (1954), de Otto Preminger
Niebla en el alma (1952), de Roy Baker 
Edición especial: Con faldas y a lo loco (1959), de Billy Wilder. Documentales Retrospectiva nostálgica y Recuerdos de las dulces Sues.

Marilyn Monroe: sus últimos días
Segunda parte:
Luces de candilejas (1954), de Walter Lang
Me siento rejuvenecer (1952), de Howard Hawks
Cómo casarse con un millonario (1953), de Jean Negulesco
Edición especial: La tentación vive arriba (1955), de Billy Wilder. Documental La historia detrás de la película y escenas eliminadas. Trailer no autorizado.

El multimillonario (1960), de George Cukor
Wide Screen 2.35:1. Dolby digitral en VO y doblada. La mayoría no dispone de subtítulos en castellano. Todos los filmes incluyen trailer original y comparación de escenas restauradas. Precio: 129 euros (1ªparte) / 90 euros (2ªparte). 23,99 euros por separado. 

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Marilyn, delirio y dolor
Por Juan SARDÁ

Llega a nuestras pantallas Mi semana con Marilyn, película que reconstruye el convulso rodaje de El príncipe y la corista junto a Laurence Olivier

¿Qué pasaría si tu primer amor se llama Marilyn Monroe? Esto es lo que cuenta Mi semana con Marilyn, película de Simon Curtis que se estrena en España precedida de buenas críticas en todo el mundo, muy especialmente para su protagonista, Michelle Williams, que sale airosa del envite de interpretar a un mito que sigue ultrapresente en el imaginario colectivo. Ligera y amable, la película es, sobre todo, una comedia romántica, con un contexto ciertamente peculiar pero siguiendo las pautas del género al pie de la letra. El fascinante episodio que cuenta surge de la pluma y las memorias homónimas de Colin Clark, quien se acabaría convirtiendo en un prestigioso documentalista sobre temas de arte. El asunto tiene chicha porque en el libro no sólo sale Marilyn, también está Laurence Olivier (impecable Kenneth Branagh), Arthur Miller (Dougray Scott) o el propio protagonista, al que da vida con gracia Eddie Redmayne como un atribulado burgués de 23 años enamorado de la actriz y deslumbrado por el "glamour" del cine. Todo ello, en un rodaje tan espantoso en la vida real como el de El príncipe y la corista, pero ciertamente muy cinematográfico. 

Mi semana con Marilyn es antes que cualquier otra es el vehículo de lucimiento para una actriz tan sensacional como Michelle Williams. A la viuda de Heath Ledger ya la habíamos visto lucirse en filmes como Brokeback Mountain pero aquí despliega todo su talento, que es mucho. Michelle no es tan guapa como Marilyn pero refleja bien ese encanto fascinante de quien fue, quizá, la actriz más famosa de todos los tiempos. Vemos a una Marilyn muy distinta a la que conocemos en el cine (o no tanto, en su fragilidad estuvo siempre su esplendor) pero que en cualquier caso nos han descrito las crónicas mil y una veces: una mujer bellísima con un talento innato para la actuación, un cuerpo prodigioso con un rostro al que la cámara mimaba y quería como a su hija predilecta, pero una mujer traumatizada por el abandono de sus padres, sedienta de amor y afecto, convencida de que es una intrusa y que carece de ese talento que le desbordaba. Esos personajes geniales y al mismo tiempo sumamente inseguros siempre han resultado fascinantes. 

Simon Curtis ha explicado así cómo ha querido retratar al mito: “Yo era muy pequeño cuando Marilyn tuvo su momento de máxima celebridad y nunca fui un gran conocedor de su personalidad. Mi punto de partida estaba más relacionado con las memorias de Clark y su perspectiva sobre la actriz. Creo que Michelle Williams fue muy inteligente al entender que Marilyn la persona había adoptado en su forma de comportarse muchos de los tics que utilizaba en la pantalla y la hicieron mundialmente famosa: el contoneo de caderas, sus guiños de ojo... Lo que sorprendió más a Michelle fue descubrir la obsesión de la actriz por ser reconocida en su trabajo. Ese fue uno de los motivos por los que viajó a Inglaterra a hacer una película con Laurence Olivier. Ella quería ese reconocimiento artístico a toda costa”.

Con la Marilyn que vemos en el cine sucede una cosa que sucede en las películas, actitudes que en la vida real detestaríamos no solo las perdonamos, también nos gustan. El rodaje que describe el filme es un caos constante provocado por los delirios de la actriz, quien cuando no llegaba tarde se quedaba atascada, cuando no se echaba a llorar o directamente no aparecía por el set porque pasaba las horas en la cama lamentándose. No deja de ser extraño ver a una mujer tan afortunada en todos los sentidos sufrir tanto. Marilyn, en este sentido, no deja de ser un enigma a pesar del minucioso trabajo de Williams. En parte, es positivo que se mantenga el misterio porque en ese misterio reside la belleza del mito. Muy entretenida e indiscutiblemente encantadora, la película capta con belleza esa mezcla entre extrañeza, delirio y dolor que implica enamorarse por primera vez.

Sin embargo, con sus muchas virtudes, Mi semana con Marilyn es sin embargo, menor. Curtis, un director fogueado durante dos décadas en la televisión británica, realiza un trabajo impecable pero excesivamente conservador. La película es demasiado lineal y “correcta” cuando, manejando un territorio tan sensible como los sentimientos a flor de piel de una mujer excepcional, o la inmarchitable melancolía de ese “primer amor” desgraciado que nos marcó, hubiera agradecido un tono más poético y menos academicista. Pero hay muchos motivos para ver esta película ligera pero indiscutiblemente simpática. Y Michelle Williams va camino de convertirse en una actriz realmente inmensa. 

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Marilyn y Arthur Miller
Christa Marker
Trad. Marta Pascual. Muchnik, 2002. 160 páginas, 15’03 euros
Por José Manuel BENÍTEZ ARIZA 

Podría uno definir a las personas de las que trata este libro por el modo en que nos miran desde la portada: él, con una sonrisa tímida y algo forzada, que esconde reservas y una cierta dureza de juicio hacia ese público abstracto al que van dirigidas las fotos de los famosos; ella, ofreciendo a la cámara el perfil impecable de un pecho y un hombro luminoso sobre el que vemos un rostro que, al mirarnos de medio lado para sonreírnos, nos singulariza. 

La autora de este libro intenta explicar los vericuetos por los que estos dos personajes tan opuestos llegaron a conocerse, se enamoraron, decidieron casarse y pudieron comprobar, al poco tiempo, el escaso fundamento de las expectativas que tenemos respecto a los demás y respecto a nosotros mismos. Una historia trivial, si se quiere, pero que alcanza una complejidad considerable cuando abarca en su trama a una pintoresca legión de personajes secundarios. Son ellos, con sus oficios, fobias, credos y manías, quienes logran infundir un poco de vida al fondo del cuadro, que no es otro que el de la América de los años 50, con su anticomunismo visceral enfrentado al inofensivo progresismo de café de sus intelectuales, con su ingenua devoción por el psicoanálisis, con su visión idílica de la familia y la imposibilidad de conciliarla con los modos de vida propios de una sociedad urbana próspera y cambiante.

Asombra comprobar cómo esta caterva de médicos decididamente partidarios de la medicación indiscriminada, de siniestras profesoras de declamación, de fotógrafos aprovechados, etc. ocupa el primer plano en cuanto Miller y Monroe dejan de hacer lo que esperamos de ellos: es decir, cuando el uno no escribe y la otra descansa de sus, por otra parte, muy conflictivos rodajes. Con lo cual, podríamos decir que el libro fracasa en el propósito básico que se le supone a esta clase de libros: el de iluminar el lado menos público de la vida de las celebridades, con la esperanza de que eso, a su vez, arroje luz sobre las realizaciones que conocemos y admiramos. Poco alcanza a Miller, por ejemplo, de la extrema probidad que advertimos en el designio de su espléndida obra teatral. Sus golpes de efecto ante la prensa, sus rupturas matrimoniales y su medro en la compleja red de intereses creados en torno a su esposa ofrecen de él una imagen tosca, que calificaríamos de hostil si no fuera porque esa tosquedad parece derivarse más del modo en el que la autora nos presenta los hechos que del carácter del personaje. Lo mismo podría decirse de la actriz, cuyos tumbos por la vida, su dependencia de diversas mentoras y sus amoríos quedan explicados por ciertas carencias afectivas que la autora, imitando en esto a los muchos psicoanalistas de pacotilla que en su día engatusaron a su biografiada, remite a la infancia. 

Nosotros nos quedamos con la foto, y con esa sonrisa de medio lado que la que nos sabemos únicos destinatarios.

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Marilyn, el alma por cincuenta centavos
Por Fernando DÍAZ DE QUIJANO

Global Rhythm publica la versión definitiva de las memorias de la 'tentación rubia' con fotografías exclusivas de Milton Greene 

Pocas estrellas del imaginario popular han suscitado tanto interés -léase morbo- décadas después de su muerte como Marilyn Monroe. La "tentación rubia" era el ejemplo perfecto de un cóctel sumamente atractivo para el público: fama mundial, sensualidad desbocada, vida turbulenta, psique atormentada más suicidio temprano, por lo que cualquier proyecto que lleve su nombre encuentra acomodo fácilmente en el mercado cultural, y más teniendo en cuenta que en 2012 se cumple el 50° aniversario de su muerte. Coincidiendo con el estreno británico y estadounidense de la película Mi semana con Marilyn -que en España tendrá lugar el 24 de febrero-, Global Rhythm ha rescatado My story, las memorias en las que la actriz profundizaba en los cuatro primeros ingredientes de la fórmula y vaticinaba el último: "Yo era el tipo de chica a la que encuentran muerta en su dormitorio con un frasco de somníferos en la mano". 

De sus páginas nació otra de las frases más famosas de Marilyn: "Hollywood es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastante a menudo y cobré siempre los cincuenta centavos". La historia del libro, cuyo manuscrito original data de 1954, estuvo rodeada de controversia. El reconocido guionista de Hollywood Ben Hecht (ganador de un Oscar por La ley del hampa) fue el interlocutor elegido por la actriz para sincerarse y saciar la sed que prensa y público tenían de conocer todos los detalles de su vida privada. Marilyn lo contó todo: su infancia en varios hogares de adopción, donde era siempre la última en bañarse sin que cambiaran el agua; la desgarradora historia de su verdadera madre, una cortadora de negativos en los estudios Columbia que acabó en un psiquiátrico -el mismo en el que habían sido recluidos otros miembros de la familia-; la ausencia de su verdadero padre, a quien sólo había visto en una foto en la que se parecía a Clark Gable; su precoz y forzado descubrimiento de la sexualidad; sus experiencias con los hombres, su ascenso en Hollywood y la desazón que sentía envuelta en aquel mundo de superficialidad.

Hecht hizo un magnífico trabajo, según todas las partes implicadas. En pocos meses redactó un borrador a partir del material recopilado en las entrevistas que mantuvo con Monroe. Ella desgranó la historia de su vida -la de su yo primigenio, Norma Jeane Mortenson, y la de su alter ego, Marilyn- con pelos, señales y algún adorno -más tarde reconoció haberse inventado que estuvo en un orfanato-. Pero casi todo era cierto: "Es fácil saber cuando dice la verdad. Si un hecho real sale de su boca, sus ojos empiezan a derramar lágrimas. Ella misma es su propio detector de mentiras", aseguraba Hecht en una carta a su agente, Jacques Chambrun.

La satisfacción de Monroe, sus agentes y Hecht se truncó cuando Chambrun vendió los derechos de la obra al Empire News de Londres sin el consentimiento de nadie. Y lo que es peor, la versión que vendió no tenía nada que ver con el manuscrito de Hecht. Poco después de la publicación en el dominical británico, el fotógrafo Milton Greene, amigo íntimo y colaborador de Marilyn, compró los derechos para proteger a su amiga, según explica en el prólogo el periodista y editor Víctor Fernández. Green sacó a la luz el manuscrito en 1974, ocultando la autoría de Hecht, que no fue oficialmente reconocida hasta el año 2000. La versión definitiva -que ya incluye el nombre de Ben Hecht como "colaborador"- es la que lanza ahora Global Rhythm, en una edición que incluye fotos exclusivas de Greene -cuyos pormenores explica su hijo Joshua en el prólogo-.

Como apuntábamos al principio, la edición española de las memorias de Monroe se suma a Mi semana con Marilyn, una película británica que revive un corto episodio de la vida de la actriz. En 1956, la estrella visitó Inglaterra para rodar El príncipe y la corista, dirigida y coprotagonizada por Laurence Olivier. Monroe estaba recién casada con Arthur Miller, que viajó con ella pero abandonó el país antes de que acabara el rodaje. Colin Clark era un joven sin experiencia que quería dedicarse al cine y por una carambola acabó siendo el inseparable escolta de Monroe durante una semana. Gracias a la amistad de sus padres con el matrimonio formado por Olivier y Lilien Veigh, Clark consiguió que le nombraran tercer ayudante de dirección. Éste plasmó sus experiencias junto a la actriz en dos libros. El primero de ellos, un diario de rodaje, fue convertido en documental televisivo en 2004. Ahora, el segundo, en el que Clark relataba su relación con Marilyn, ha sido trasvasado a la gran pantalla en esta película, dirigida por Simon Curtis y escrita por Adrian Hodges. Eddie Redmayne interpretará a Clark yMichelle Williams (Brokeback Mountain, Shutter Island) ha asumido la difícil tarea de revivir la sensualidad y la compleja personalidad de Marilyn en una interpretación aclamada por la crítica internacional.

Articulo: http://www.elcultural.es 01/08/2012