dimanche 26 août 2012

Liliana GARCIA W./Jorge AMADO y sus vivencias con José ASUNCION FLORES


Correo Semanal:
Jorge Amado y sus vivencias con José Asunción Flores
Por Liliana GARCIA W.

El 10 de agosto se recordó el nacimiento del gran escritor brasilero. En esta edición del Correo Semanal compartimos una anécdota vivida con el creador de la guarania quien era un gran amigo suyo, además de un breve comentario de Augusto Casola.

Navegación de cabotaje es el título que Jorge Amado les dio a los fragmentos de memorias relatadas al antojo de su capacidad de evocación. Innumerables figuras desfilan entre sus entrañables amigos, y uno de ellos, el gran José Asunción Flores, ha merecido un capítulo exclusivo, titulado: "Viena 1956 - El paraguayo". En estas líneas Amado nos cuenta, muy divertido, la picaresca historia que le tocó vivir al lado de Flores hace más de 55 años.

Resulta que "el camarada José Asunción", personalidad relevante del Partido Comunista Paraguayo, había sido invitado por la Unión Soviética, a raíz de sus composiciones y su celebridad. Con casi nula experiencia en viajes, Elvio Romero le instruye, en Buenos Aires, que luego de su desembarque en Londres, debe aguardar en la sala de tránsito su conexión a Austria, una hora después. "Tienes que estar atento --le indica Elvio--, cuando oigas llamar a los pasajeros para Viena, tienes que embarcar". El pequeño y fulminante detalle es que nuestro compositor no entendía nada de inglés, y Elvio olvidó darle la palabra clave que sonaría en los parlantes: "Wien" (Viena). Pasan seis horas y Flores sigue aguardando su conexión, pues jamás escuchó la palabra "Viena" (en español). Muerto de hambre, sin un peso en los bolsillos ("pobre de pobreza guaraní", nos lo recuerda Amado) y sin contener las ganas de orinar, Flores se derrumba. A los gritos pide ayuda en el mostrador de Informaciones, pero su castellano y su guaraní no le sirven en aquel momento. Por una de esas casualidades de la vida, justo en el instante en que nuestro compatriota se defiende vociferando: "¡Soy el compositor José Asunción Flores, autor de India!", el embajador de Argentina en Londres pasa por allí --recién llegado de Manchester-- y se acerca a socorrer a José Asunción. Primero le indica dónde quedan los retretes y luego escucha la historia de Flores.

Este embajador, gran admirador del compositor --y aquí Jorge Amado nos lo confirma aduciendo: "¿Quién no lo era en América Latina?"--, le resuelve con gusto y celeridad todos los inconvenientes: nuevo visado, revalidación del pasaje, reserva de plaza en el primer vuelo del día siguiente a Viena, pago de su estadía y dinero para su alimentación.

En la Unión Soviética

Al día siguiente incluso pone a disposición el chofer de la Embajada para su traslado y asistencia para el embarque. Este embajador le confiesa a Flores con gran orgullo: "Mi mujer todos los días canta sus guaranias", y le ruega el autógrafo correspondiente. Con la carpeta de partituras bajo el brazo --jamás se separaba de ella, recuerda Amado--, José Asunción llega a Viena y contacta con el escritor brasilero, quien le lleva a un restaurante, porque, según él, "Flores empezaba a estar muerto de hambre cinco minutos después de haber comido". Les acompaña una mujer que el Consejo Mundial de la Paz asignó a Amado como intérprete: austriaca regordeta, pecosa y bajita. A los pocos minutos, José Asunción --confiesa Amado-- divide su mirada de gula entre el estofado que le sirven y la mujer que les acompaña. Le había manifestado a Jorge en el abrazo de bienvenida que estaba "hambriento de comida y de mujer", revelándole que "un ciudadano paraguayo, después de cuatro días sin mujer, ya no se fija en la edad, el sexo ni la raza". Y él ya llevaba cinco días.

Amado se siente en la obligación de resolver las aflicciones de nuestro compatriota, así que le explica la situación a la "pecosilla" de la manera más diplomática posible. "¿Realmente es muy famoso?", pregunta la gordita austriaca. "¡Es una celebridad!", le asegura Jorge Amado. "¡Las mujeres en Buenos Aires se rinden a sus pies! Recuerda, además, que su música será oída en Moscú y será la gloria universal", insiste el escritor brasilero. La retacona entonces le sonríe a José Asunción y asume de buena gana esta "especial tarea del Partido". Contento, Jorge Amado paga la cuenta, los deja solos y se retira discreto, con gran satisfacción de haber podido "resolver" este singular problema de nuestro egregio compositor.

Un bahiano legal
Por Augusto Casola

Hablar de Jorge Amado es hablar de esa Bahía de San Salvador que, a través de sus 28 libros, supo exponer ante el mundo para convertirse, él mismo, en el más conocido de los novelistas brasileños del siglo XX, pues en nuestro medio, y en particular yo, tengo un muy limitado conocimiento de los grandes narradores del Brasil, entre los cuales se encuentran los nombres de Erico Veríssimo y Clarice Lispector.

Desde su primera novela, País del carnaval (1931), se enciende en las páginas de Amado su visión bahiana de la vida, envuelta en la dura lucha del mundo del cacao y el enfrentamiento entre un campesinado oprimido y explotado bajo el poder de los "coroneles" despóticos, siendo él mismo hijo de uno de ellos, João Amado de Faría, propietario de una hacienda en Auricídia, municipio de Itabuno, Bahía, donde nació el 10 de agosto de 1912, para luego mudarse con la familia a Ilhéus, donde el escritor pasó su infancia.

En sus primeras novelas se puede apreciar al escritor comprometido con el ideario comunista, lo que hizo de él un perseguido que conoció la prisión y el exilio bajo el gobierno de Getulio Vargas, para posteriormente, a su regreso al Brasil, en 1952, apartarse de la política y su bagaje, para dedicarse a la literatura; y es, precisamente, a partir de la historia de amor que cuenta en Gabriela, clavo y canela (1958), que Jorge Amado ingresa a la gran novela y, sin dejar de lado su pintura social, se abre a una narrativa ambiciosa para describir la vida y el modo de ser de los habitantes de su amada patria chica, Bahía.

Pero es con Doña Flor y sus dos maridos donde el escritor alcanza la cumbre de su madurez, al describir no solamente las vicisitudes de la gente que rodea a la respetable doña Flor y su marido, el desvergonzado Vadinho, que vuelve como un fantasma lascivo, burlón y disparatero, para impedir que ella lo olvide, pese a haberse casado, en segundas nupcias, con el respetable boticario del lugar, el doctor Teodoro Madureira.

Jorge Amado supo describir las costumbres de Bahía con la maestría que evita caer en un costumbrismo tedioso, y alcanzó --tanto en Gabriela... como en Doña Flor...-- la más rica expresión de su talento, tal vez porque, fiel a sí mismo, cumplió con la condición de que el escritor verdadero es el que escribe acerca de lo que él vivió.

Articulo: http://www.ultimahora.com 12/08/2012