dimanche 26 août 2012

Patricio TAPIA/ Ramón RIBEYRO: Vivir con la literatura


ENSAYOS Y ENTREVISTAS | Dos libros del escritor peruano
Ramón RIBEYRO: Vivir con la literatura
Por Patricio TAPIA

Dos libros publicados ahora en Chile renuevan el interés por este escritor conocido por sus cuentos y diarios. Pero Ribeyro (1929-1994) fue autor de un amplio registro, que incluyo el ensayo y ser un entrevistado locuaz a pesar de su fama de parco.

En uno de sus cuentos más conocidos, “Silvio en el Rosedal”, Julio Ramón Ribeyro relata el caso de un hombre que se traslada a una hacienda andina, cree ver un mensaje cifrado en la naturaleza, se enamora de una mujer y fracasa, pero encuentra en el arte, en la música, un consuelo, si bien acaba tocando su violín para nadie. De la conjunción de una muerte temprana y un éxito tardío, Ribeyro mismo corrió el riesgo de que su arte fuera casi desconocido, escribiendo para nadie, o para muy pocos. Vivió gran parte de su vida fuera de su Perú natal y publicaba en ediciones escasas. Aunque contemporáneo y amigo de algunos autores del boom latinoamericano, su personalidad lo llevo a mantenerse alejado del fenómeno.

Anota en una entrada de sus diarios: “Escritor discreto, tímido, laborioso, honesto, ejemplar, marginal, intimista, pulcro, lúcido: he allí algunos de los calificativos que me ha dado la critica. Nadie me ha llamado nunca gran escritor. Porque seguramente no soy un gran escritor”. En realidad, se le empezó a calificar de “gran escritor”, ya muerto. No comenzó a ser reconocido en Perú sino hasta los años setenta y fuera del Perú, por una no muy amplia minoría. Los homenajes le llegaron más tarde, cuando le quedaba poco tiempo de vida: en 1993, diez años después del Premio Nacional de Literatura, recibe el Nacional de Cultura y en 1994, pocos días antes de morir, el Premio Juan Rulfo.

Viviendo “con” la literatura

De las preposiciones relativas a las relaciones entre vida y literatura tal vez la más común sea “sin”: se puede vivir perfectamente sin ella (de hecho, la mayoría de la gente así lo hace), pero entre los escritores, las recurrencias parecen ser distintas. Probablemente la más ansiada sea “de” y la más mencionada “para”: a todos les gustaría, aunque pocos lo logren, vivir de la literatura; y casi todos declaran vivir para ella, dedicándose a escribir como un burócrata con horarios más o menos rígidos, o bien a pesquisar las iluminaciones que de tanto en tanto se dejan caer entre sus desordenes bohemios.

No fue el caso de Ribeyro. En uno de los ensayos de La casa sutil y otros textos constata que un critico alemán lo ha confundido con un escritor “profesional”, lo que nunca había logrado ser: “Escribir sigue siendo para mí mi ocupación favorita, pero no mi ocupación primordial”. “Yo no vivo, pues, de la literatura ni para la literatura, sino más bien con la literatura de una manera incompleta, ilícita. Será por ello que al escribir tengo a menudo la impresión de estar realizando una actividad clandestina o estar practicando un juego, lo que es un acto serísimo, como todos los juegos”.

De todos los juegos, el juego, la literatura, cuando se hace bien, tiene reglas exigentes. Y Ribeyro destacó en el difícil y poco reconocido arte del cuento (La palabra del mundo llamo al conjunto de su obra cuentística), así como en el no menos difícil y aun menos reconocido del diario intimo (al conjunto de sus diarios, entre 1950 y 1978, lo titulo La tentación del fracaso).

Pero también fue un magnifico ensayista, como demuestra su libro La caza sutil (1976), en una edición chilena – con prologo de Diego Zúñiga – que ahora agrega a sus 21 textos otros 12 más, que estaban dispersos. “Caza sutil” lo toma de Ernst Jünger, quien así calificaba su afición de cazar insectos, como algo distinto de la “caza mayor”. Ribeyro ve su labor crítica como un “desaprensivo paseo entre libros y autores”, recogiendo de vez en cuando presas pequeñas. Allí demuestra sus debilidades como lector: por la literatura autobiográfica o intima (memorias, diarios, epistolarios), así como por la literatura francesa. Desde la novelista Françoise Sagan hasta la topología de los peruanos en Paris o las obras del “Taller de Literatura Potencial” (OuLiPo). Aborda a algunos de sus autores predilectos: Flaubert y la composición de Madame Bovary; Maupassant y el cuento. A cada autor dedica otro artículo – que se cuentan entre los mejores del volumen – cuando sigue y persigue detalles a través de intercambios epistolares o diarios: uno sobre un amor adolescente de Flaubert por una mujer supuestamente peruana; y otro sobre el posible (y fallido) encuentro de Maupassant y Marie Bashkirtseff en 1884.

Mudo locuaz

En el ensayo “Circunstancias de un escritor”, de La caza sutil, Ribeyro detalla cuáles fueron las que determinaron su vocación literaria y cuáles acompañaron esa decisión. Explica, entre otras cosas, por qué titulo al conjunto de sus cuentos La palabra del mudo. Se percató, dice, de que “lo que yo había querido era darle voz a quienes no la tenían; darles la palabra a los humildes, a los pobres, a los desesperados, a los que no tienen la posibilidad de expresarse”; alguien también le dijo que esa palabra lo describía a él, “puesto que yo proverbialmente, no ahora, tengo la fama de hablar muy poco”. Por eso, las entrevistas – seleccionadas y anotadas por Jorge Coaguila, que van desde 1978 a poco antes de su muerte – se titulan Las respuestas del mudo.

Esas entrevistas precisan o modulan de otra forma cuestiones relativas a la propia vida de Ribeyro así como asuntos que aborda en ensayos o en sus cuentos. La lectura conjunta es enriquecedora. Por ejemplo, en La caza sutil hay un ensayo sobre – literalmente – la bibliofilia: “Un amor físico a los libros muy diferente al amor intelectual por la lectura”. En su entrevista de 1986 insiste: “Yo sostengo que el libro es un objeto al que hay que poseer. Tiene que haber una relación vital, amorosa con él. Por eso, yo también los subrayo, los araño, les hago notas marginales. Uno tiene que vivir con sus libros, irse a la cama con ellos, dejarlos marcados”.

Se cuentan algunos textos en que el ensayo es muy difícil de distinguir de un cuento: episodios en la vida (o mas bien la muerte) de Caravaggio, un escándalo del Marqués de Sade o el caso de un estudiante japonés que en el Paris de 1981 cometió asesinato y canibalismo contra una compañera de estudios de la que estaba enamorado.

En 1955 Ribeyro escribe el ensayo “Lima, ciudad sin novela”, señalando que todas las grandes ciudades europeas tienen su novela (Londres en Dickens, Paris en Proust) y así también las de Sudamérica: Buenos Aires en Eduardo Mallea, Montevideo en Onetti y Santiago de Chile en… Ortega Folch. Llama la atención que nombre a Joaquín Ortega Folch, negativamente célebre por haber ganado el concurso en que se presento Hijo de ladrón de Manuel Rojas, pero que fue una figura interesante y curiosa (además de sus novelas, tuvo a su cargo el Consultorio Sentimental de “Las Ultimas Noticias”). En una entrevista – lamentablemente no recogida en esta edición de Las respuestas del mudo – de Jason Weiss, realizada en junio de 1994 (publicada en la revista Hispamerica), Ribeyro se refiere a este texto y dice: “Quería llenar ese vacío en el ensayo. Entonces, ¿Cómo lo hago yo? Primero escribí algunos cuentos y, más tarde, un par de novelas con el objeto de darle a Lima esa dimensión que da la literatura a una ciudad. La ciudad que no tiene grandes novelas es una ciudad un poco menos importante, por grande que sea”.

En el prólogo, a una tesis sobre su obra cuentística, de 1974, recogido en La caza sutil, señala un empeño mayor: que sus cuentos constituyen un intento de representación de la sociedad peruana, particularmente la limeña, “a través de personajes, situaciones, temas o símbolos propios de un país latinoamericano en vías de desarrollo y en proceso de mutación”. En una entrevista de Edgar O’Hara, en 1982, le dice que ve problemático el que llegue a escribir su “gran novela” en el futuro. “La gran novela uno la contiene dentro de sí o tiene que encontrarla fuera de sí. Yo no tengo sino fragmentos de novelas. Y fuera de mi no percibo el mundo como una totalidad sino fragmentariamente. Por ello me resulta más cómodo escribir cuentos o textos breves”.

Y, efectivamente, Ribeyro fue ampliando el ámbito de sus cuentos, desde los iniciales de los años 50, como “Los gallinazos sin plumas” (sobre la miseria urbana, un par de hermanos que vagan por los basurales de la ciudad consiguiendo comida para el cerdo que obsesiona a su abuelo) hasta soñadores frustrados y limeños de clase media.

La tentación de lo autobiográfico es persistente en Ribeyro. En algunos de sus relatos la distancia entre la experiencia vital y la literaria es minima o inexistente: “Cuentos, espejo de mi vida…”, escribe en La palabra de mudo. Precisa en una entrevista de 1983 que sus novelas han sido autobiograficas, excepto una, que lo decepciona. “Eso me ha hecho pensar que mi dirección es escribir sobre asuntos personales, autobiograficas, quizá un poco disimulados a través de un personaje con otro nombre, pero que tiene mucho que ver con mi propia vida”. Lo dice mejor en una de sus Prosas apátridas (1975): “En cada letra que escribo esta enhebrado el tiempo, mi tiempo, la trama de mi vida, que otros descifrarán como el dibujo de la alfombra”.

Por sus diarios, cartas y algunas entrevistas, se conoce la vida de Ribeyro. Desde 1952 había comenzado su itinerario europeo: Madrid -  Paris – Bélgica – Múnich, con reincidencias en algunas ciudades. Vivió (o malvivió) por muchos años en el Viejo Continente: trabajo como conserje, reciclado de diarios, cargador de bultos, etc., manteniendo apasionados amores. Regresó a Lima en 1958 y en 1961 volvió a Paris. Entonces su situación mejoró relativamente cuando entró a trabajar en France Presse: se casa y tiene un hijo. En los años setenta consigue la estabilidad económica con sus nombramientos diplomáticos, en la embajada de Perú y luego en la Unesco. En los anos ochenta, su salud, siempre precaria, se deteriora definitivamente. No estaba dispuesto a dejar los placeres del vino y los cigarrillos (protagonistas de varios de sus escritos). El cáncer que lo había atacado hacia veinte anos, volvió, más inclemente. Sus últimos años los pasó viajando entre Francia y Lima. Muere el 4 diciembre de 1994.

El poder y la gloria

En un texto agregado a La caza sutil cuenta las penas de Ovidio, de quien dice que “encarna en realidad un paradigma: el del poeta doblegado por el poder”. Tal vez no pensó que él mismo podría ser considerado como un escritor” sometido” al poder. Hacia fines de los ochenta Ribeyro manifiesta en público una opinión contraria a Mario Vargas Llosa y a favor del gobierno de Alan García. En sus memorias El pez en el agua (1993), Vargas Llosa recuerda el episodio y lo cuestiona como un intelectual que sacrifica sus convicciones por las prebendas gubernamentales: “Nombrado diplomático ante la Unesco por la dictatura de Velasco”, mantenido en e puesto por todos los gobiernos sucesivos, “a los que sirvió con docilidad”. Ribeyro nunca escribió una respuesta. En una entrevista de Leonardo Valencia, en 1993, le pregunta por el episodio: “Ese es un asunto un poco penoso para mí. Yo no esperaba, después de tantos años de amistad, encontrarme con un párrafo tan injusto, tan agrio y tan infundado sobre mí. Pensaba que Mario Vargas Llosa me conocía mejor. A mí me apenó mucho”.

Habían sido, efectivamente, muy amigos por varias décadas. Pero la ruptura fue definitiva. Hubo, con todo, tiempos mejores. Ribeyro, en una de sus Prosas apátridas cuenta un encuentro con un cura profesor de un colegio andino: “No sé como terminamos almorzando y tomando cerveza juntos en una tienda campestre. “Julio Ramón Ribeyro”, decía mirándome arrobado, “¡quién lo iba a pensar!. Esta y otras frases del mismo género (“¡Me parece mentira, Julio Ramón Ribeyro!”) puntuaron nuestro encuentro. Cuando nos despedimos, al estrecharme la mano calurosamente, añadió: ¡Y decir que he almorzado con el autor de La ciudad y los perros!”. Ribeyro no lo corrigió.
     
La caza sutil y otros textos
Editorial UDP, Santiago, 2012
234 paginas
Ensayo

Las respuestas del mudo
Editorial Lolita, Santiago, 2012
202 paginas
Entrevistas

Articulo: http://www.mer.cl 19/08/2012


JULIO RAMÓN RIBEYRO Y SU DECÁLOGO DEL CUENTO


Su obra emerge de los mismos fondos de un paraíso urbano limeño donde sus personajes parecen salidos de la misma casa en la que habitamos nosotros mismos y nos reconocemos en la forma de actuar y de sentir el ritmo de lo cotidiano. Aquí lo recordamos con su interesante decálogo  del cuento:

El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.

La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.

El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.

El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.

El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.

El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

“La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo lo he hecho. O aún algo mejor: inventar un nuevo decálogo”, JULIO RAMON RIBEYRO.


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