dimanche 16 septembre 2012

César PÉREZ GRACIA/ DONOSTI como laberinto de Creta


CLAVES DE LA RAZÓN PRÁCTICA
Donosti como laberinto de Creta
Por César PÉREZ GRACIA

Reseña del escritor César Pérez Gracia sobre tres libros de tres grandes escritores, cuyo coraje civil y literario ha visibilizado al País Vasco en el panorama de las letras de nuestro tiempo: La dama errante de Pío Baroja, Los invitados de la princesa de Fernando Savater y Los peces de la amargura y Años lentos de Fernando Aramburu. Artículo publicado en Claves de la Razón Práctica en su número 223.

Pío Baroja, La dama errante, edición de ricardo rojas,  Madrid 1908. Se trata de una novela barojiana muy olvidada, que narra de forma extraordinaria la fuga del Doctor Aracil y su hija María, desde Madrid hasta Londres. La ciudad de la niebla, su novela londinense es harto conocida, con María Aracil como protagonista. Pero La dama errante es el punto de partida. Tras el atentado anarquista de la boda de Alfonso XIII, el Doctor Aracil, considerado cómplice de la masacre en la Calle Mayor, huye de su casa, en la que ha amparado al culpable, y Baroja nos regala una extraordinaria narración de esa primera noche de perros por las calles y merenderos de Madrid. El dramatismo de esas horas se nos cuenta casi a ritmo de jadeo constante, de tensión y suspense digno de Hitchcock. Luego la fuga se relaja casi en una especie de excursión cervantina por la sierra de Madrid y Extremadura hacia Lisboa. Pero esas páginas de la noche de fuga por Madrid son, para mi gusto, de las mejores que escribió Baroja. En ese sentido, son un precedente claro, de la ficción sobre terrorismo urbano, que vamos a considerar en dos novelas recientes, escritas por dos discípulos donostiarras de Baroja, Fernando Savater y Fernando Aramburu. Aramburu explora el ocaso del franquismo y los primeros latidos del terrorismo etarra en Años lentos, pero es en su magistral relato Informe sobre Creta, donde se nos ofrece el mejor retrato sobre los efectos del terror etarra en la sociedad vasca, en especial, en el éxodo de sus víctimas hacia otras ciudades españolas.

En la novela de Savater Los invitados de la princesa, descubrimos una narración extraordinaria, quizá la más lograda de su autor, ‘La cacería del ciempiés’, que cabe ser leída, en este contexto, como un síntoma de la deriva nacionalista o totalitaria del País Vasco. “En el infortunio de mi espanto, mi madre acudía”. Savater ha dedicado páginas de oro a su madre. Su maestra dialéctica sin par. “Estoy seguro de que en mi lecho de muerte balaré lo mismo y con el mismo acento, aunque ya definitivamente sin respuesta”. El espanto del niño lector viene suscitado por su amor a los cuentos de terror. Lo que sucede, es que el rango del terror, tiene un abismo infinito, entre dos dominios incompatibles, la ficción y la realidad. De ahí, la pertinencia de seguir leyendo a Baroja, a Savater, a Aramburu, para distinguir y cotejar ambos ámbitos, en la realidad dramática del País Vasco. María Aracil, la protagonista barojiana de La ciudad de la niebla, tenía muy pocas cosas claras, pero lo que en modo alguno deseaba, era tomar “el camino tortuoso”.

Fernando araMBuru,  años Lentos, TusqueTs, BarceLona 2012.

Es una novela de un género bizarro, la picaresca donostiarra. El relato tiene un tono infantil engañoso, porque el narrador es un adulto que rememora sus recuerdos de hace cuarenta años, en el San Sebastián de 1970. Un tono que recuerda al Mochuelo de El camino de Delibes, y en ciertos pasajes, a Pichulita Cuellar de Los cachorros, de Vargas Llosa. Estas memorias de Txiki el Navarrico tienen en su arranque  un aroma inicial como de Lazarillo del Urumea, el río de Donosti. El humor sarcástico coloquial es un ingrediente nada desdeñable de tan enjundiosa lectura. No son malos mimbres para tejer una historia. El argumento es sencillo, nos cuenta la historia del primo Julen, un pobre diablo, un gudari cazurro, que estuvo exiliado en Bayona unos meses y que fue expulsado de ETA por chivato. Un cerril cura nacionalista, don Victoriano, suerte de catequista etarra, resulta clave en la trama. La hermana de Julen, Nieves, da cierto relieve al relato, por su sensualidad pervertida, por decirlo al modo de Baroja.

En cierto momento, alude Aramburu al peligro de que le salga una novela esperpento a lo Valle-Inclán. El pasaje de la niña ciega suena a “Ruedo Ibérico”. Pero no contagia al resto del relato. Otro momento crítico, de indecisión estilística, es el cipote hors concours de Anselmo, el marido de Nieves. Nos suena a cliché de García Márquez. Son dos deslices, que no afectan de modo grave al tono de la novela.

Por último, hay una anotación personal del novelista, una confesión, un mea culpa, que no puede pasar inadvertida para el lector atento. La razón de la novela germina allí, en la gota de odio contra el pobre padre de Julen, un apestado por ser el padre de un mal vasco, un chivato. Pero ha sido preciso el paso de cuarenta años para que el alambique de la memoria autocrítica suelte esa gota de oro. En esa anotación aflora un gramo de elegancia ética poco común en el panorama del terrorismo vasco. Si exceptuamos, claro, a Savater y Basta Ya. Y aquí entramos de nuevo en harina crítica. ¿Es Años lentos una novela histórica, un Ivanhoe etarra, o es una novela picaresca en la que prima el lado cómicomelancólico, como de un Pratolini, una Florencia donostiarra con acre aroma de barrio proletario? ¿Son tamarindos o son tamarices los árboles de los jardines del Ayuntamiento donostiarra? La novela de Aramburu bien podría titularse “Réquiem por un aprendiz de gudari”, escrita por un Sender donostiarra. Pero hay notas socarronas que son genuinas, los deseos pueriles de vendetta por el dado perdido, los planes cutres de magnicidio frustrado del dictador Franco en sus estíos donostiarras. La familia de Julen está descrita con una dureza casi mineral, como si en lugar de personas, fuesen arrecifes, escollos infrahumanos, menhires carentes de sentimientos. Quizá por esa razón, la novela exhala un rudo y extraño efluvio lírico, mérito sin duda, del oficio del novelista.

El colofón de la novela resulta brillante. El Navarrico resulta un bachiller avispado, lector de Quevedo y el Lazarillo, incluso tiene un amago de Holmes en el misterio de la compra de vinagre. La justicia poética hace que Julen vuelva de Brasil forrado como un indiano, y pague la universidad a su primo, que termina como boticario en Pamplona. En todo caso, una excelente novela breve de Fernando Aramburu, sobre San Sebastián en el ocaso del franquismo.

Fernando araMBuru, Los peces de La amargura, TusqueTs, BarceLona, 2006.

En Los peces de la amargura, 2006, colección de 10 relatos de Aramburu, podemos leer ‘Informe desde Creta’, quizá el relato más logrado, más sobrecogedor, o más espeluznante. Tiene la densidad o la intensidad de una buena novela corta, 35 páginas. Se trata de un texto epistolar, una carta que durante su luna de miel en Creta, la joven esposa madrileña escribe a una amiga psicóloga. La narradora es una chica de Chamberí, en Madrid, que trabaja en la sucursal de un banco. Allí conoce a un tipo apuesto pero introvertido, Santi. Su amiga Sonsoles lo pone en guardia, salió en tiempos con Santi y lo dejó, harta de sus rarezas, tenía que consultar a su madre para ir al cine. Un pelele. El relato va entrando en harina, poco a poco, con gran habilidad narrativa. El tono es distendido, de amigas que se tienen gran confianza y charlan sin cortapisas.

La novia de Santi está empeñada en llegar al centro del laberinto de las rarezas de su chico. Sus garabatos de círculos la traen de calle y lo consulta con su amiga psicóloga. En un momento determinado, tal vez por su tono jovial, casi eufórico, no sé si decir de luna de miel cretense, ese tono se ve roto, de pronto, por una réplica inesperada de Santi, su protagonista. Su amiga o su novia va a viajar a San Sebastián desde Madrid, por vez primera, para conocer la ciudad. Y le pregunta a Santi si quiere que le traiga algo de allí. “Tráeme a mi padre” (pág. 133). La réplica nos deja helados. La ficción del relato se rompe y algo, como una esquirla explosiva, o como un casquillo de bala perdida, hace mella profunda en el lector. Es muy posible que ‘Informe desde Creta’ sea el mejor relato de Aramburu. El Teatro Victoria Eugenia, sede del famoso Festival de Cine de San Sebastián, adquiere en esas páginas un sentido de gran dramatismo, casi siniestro. Quizá si algún día se recrea el relato en una buena película y puede verse allí, se haga justicia poética, si puede decirse así. Un padre y su hijo hacen fila para ver una película en ese cine-teatro donostiarra. El niño es Santi, tiene nueve años, y a su padre le descerrajan un tiro en la nuca. Tardará muchos años en recobrar la cordura, gracias a los besos furiosos, terapéuticos, “amor del bueno”, de su novia, justo allí, en el lugar del crimen. El relato es excepcional, y entiendo que Fernando Savater considere Los peces de la amargura, el volumen que incluye este cuento, ‘Informe desde Creta’, como la obra maestra de Aramburu.

Fernando savaTer, Los invitados de La princesa, esPasa caLPe, Madrid, 2012.

Esta nueva novela savateriana congrega en una isla estival, cerrada al tráfico aéreo, a un tropel de ilustrados de nuestro tiempo, que para mitigar su tedio de hotel y de simposio cultural, nos van contando siete historias, al estilo de Bocaccio. La isla se llama Santa Clara, como la perla de la bahía donostiarra. Y no acaban ahí los guiños con la ciudad natal de Savater. Los cocineros estrella son considerados falsos alquimistas de los fogones.

Pero, para mi torpe y rudo gusto, la historia que marca un hito en la novela, y en la trayectoria del autor, es ‘La cacería del ciempiés’. Son unas 30 páginas, pero qué páginas, tienen la rara virtud de la excelente literatura, pueden y deben ser releídas muchas veces. Sombras de lobos en el Sena, o en el río de Donosti, de San Sebastián, el Urumea, desvelan a un escolar inmerso en los tebeos. El niño enfrascado en la lectura nocturna, previa al sueño, tiembla como un flan. Savater, nacido con un pie en el Bidasoa, en la raya de Francia, es un gourmand de las letras gabachas, una enciclopedia andante de sus autores mayores y menores, de Diderot y Céline a Mac Orlan o Fred Vargas. En esta novela hace un homenaje fabuloso al poeta Villon, en el personaje de Cristina, la Margot de Donosti. El monólogo de Margot en Criaturas del aire era un poema en prosa tardomedieval, una cima de nuestra prosa en 1979. Pero aquí, en Los invitados de la princesa, el aprendiz de Villon es un colegial atemorizado por las noches, debido a su pasión por los libros de monstruos de toda laya. Pero lo verdaderamente excepcional es la prosa de esta historia. “La calidad de las edades varía con la época. El ansia de leer es una posesión”. Y, poco a poco, con una turbadora prosa hipnótica, el autor nos encandila con la historia de un niño pusilánime y una cocinera lenguaraz, la mar de divertida. En cierto modo, la cocinera donostiarra es un monstruo afable, como los elfos de Tolkien. Sin duda, Cristina es hija o nieta de la Margot de Villon, una ramera de París a la que el poeta francés rindió homenaje lírico en una de sus más afamadas baladas. Ordure aimons, nos pirra la suciedad, proclama Villon.

Montaigne también se hacía cruces de la vecindad anatómica entre las delicias y las inmundicias. En cierto modo, Sade y Bataille, son pálidos epígonos de esos colosos galos al estilo de Chaucer o Falstaff. ¿Es una historia teñida de latidos autobiográficos? Si es así, o no lo es, resulta irrelevante. Desde Criaturas del aire hace la broma de tres decenios, quizá Savater no había logrado un brío narrativo similar, en calidad y genuina emoción, pero aquí, con el tirón o impulso de una novela breve absolutamente magistral y lograda. Razón sobrada, a mi entender, para leer esta novela.

“Prefería sumergirme por fin en los mares del sueño, sin tempestades ni alarmas, donde aguardaban solo fantasías dichosas”. En realidad, este relato excepcional de Savater sintetiza lo mejor del País Vasco. El gusto por el buen comer, sin tortillas de tonterías, como decía con gracia, Javier Pradera, citando a una cocinera donostiarra de toda la vida, y la pasión libresca por la vecindad con Francia, personificada en ese niño lector que devora los libros como un poseso y que implica una pasión absoluta por la libertad. Gracián insistía en recordarnos, sin valor es estéril la sabiduría.

Articulo: http://www.elboomeran.com 09/2012