samedi 29 septembre 2012

Leila GUERRIERO/ María Luisa CASTILLO o el bovarismo, dos mujeres y un pueblo de La Pampa


María Luisa Castillo o el bovarismo, dos mujeres y un pueblo de La Pampa
Por Leila Guerriero

Vengo  a decir lo que quizás no deba decirse. Vengo a decir que no he leído  lo  que escribieron, acerca de Gustave Flaubert y de sus criaturas literarias, autores como Jean Paul Sartre, Guy de  Maupassant,  Charles  Baudelaire,  Marcel Proust, Emile Zola, Julio Ramón Ribeyro, Roland Barthes,  o Harold Bloom.  Quizás sería  más justo decir que he leído, pero que he olvidado, y que, en todo caso, no he vuelto a leer. Sea como fuere, eso no tiene importancia.

En su ensayo de 1974, llamado La orgía perpetua, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, hablando de Madame Bovary, la novela que Flaubert publicó a mediados del siglo XIX, dice: “Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona”.

De eso, entonces, vengo a hablar: de la suma de razones, y de la vida y la muerte de María Luisa Castillo. Todo lo demás no tiene la menor importancia.

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Era abril de 2012  y yo estaba en la ciudad de México, hospedada en  un barrio vagamente peligroso, en  un hotel situado sobre una avenida por la que, me habían advertido, no debía caminar, bajo ninguna circunstancia, sola. Pero ahí estaba yo, que había  caminado por la avenida -bajo toda circunstancia sola-, sentada sobre el muro de una gasolinera, esperando a una persona a la que iba a entrevistar. Era uno de esos atardeceres  gélidos y tropicales de  la  ciudad de México, con las bocinas raspando el cemento y la luz del sol, enrojecida  por la contaminación,  reptando por las paredes de los edificios, cuando pensé: “Aquí estoy, una vez más lejos de casa, esperando a alguien que no conozco en una esquina que no volveré a ver jamás. Y esta es exactamente la vida que quiero tener”. Y porque sí,  o porque ya  nunca pienso en ella,  o porque empezaba a pergeñar esto que leo, recordé, como del rayo, el rostro rubicundo, los dientes  enormes, los aros  de vieja, el pelo lacio, el aroma a pan y a perfume barato de María Luisa Castillo, que fue mi amiga y que, durante mucho tiempo, tuvo tres años más que yo.

Entonces saqué un papel del bolso y empecé a tomar estas notas.

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Sé, de Flaubert, lo que sabemos todos: cuarto nacido vivo de tres que  nacieron muertos, hijo de un médico y de una madre glacial, autor de Madame Bovary, padre de la novela moderna,  gladiador del estilo indirecto libre, etcétera, etcétera, etcétera. No tengo nada que decir acerca de todas esas cosas. Pero si  es cierto que Oscar Wilde, hablando del personaje de Balzac, dijo que “La muerte de Lucian de Rubempré es el gran drama de mi vida”, salvando las insalvabilísimas  distancias  yo  podría decir que la vida  y la muerte de Emma Bovary forman parte de lo que soy.  O, para no parecer tan  rimbombante,  podría decir  que me  dejaron huella.

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No era ni el mejor  ni el peor de los tiempos. No era ni la mejor ni la peor de las ciudades.  Eran los años 70, era la infancia, era Junín, donde nací, veinte mil habitantes en una zona rica, agrícola, ganadera, a docientos  cincuenta kilómetros de Buenos Aires.  Yo era hija de un ingeniero químico y  de  una maestra, y  María Luisa Castillo era  la hermana menor de un amigo de mi padre, un mecánico de automóviles llamado Carlos. El día en que la conocí yo tenía ocho años, ella once, y me pareció fea. Tenía la cara grande, alargada,  las mejillas enrojecidas por un arrebol  que yo asociaba con la gente pobre, y una ortodoncia brutal. Me dijo que no se llamaba Luisa, sino María Luisa, y yo pensé que ese era un nombre de persona vieja. Luisa era  discreta,  tímida,  pacífica.  Vivía en un barrio alejado, en una casa con piso de tierra, sin agua corriente ni cloacas. Dormía, con un hermano mayor y con sus padres, en un dormitorio separado del comedor y la cocina por un trozo de tela. A mí nunca me impresionó que fuera pobre, pero sí que sus padres fueran viejos. Los míos, que no llegaban a los treinta,  me parecían  arcaicos,  de modo  que la  madre de Luisa, que tendría 55 y tres dientes,  y  su padre,  un albañil ínfimo  de más de  60, debieron  impresionarme como  dos seres al borde de la muerte.

No sé  en qué se iban las horas cuando estábamos juntas, pero sé que éramos inseparables. Yo tenía 9 años cuando le ofrecí  mi juego de mesa favorito a cambio de que me enseñara  cómo se  hacían  los bebés.  Dijo que sí y, en el asiento trasero del auto de mis padres, la acosé a preguntas acerca de la rigidez y de la forma y de los agujeros, hasta que sollozó de vergüenza. Cuando terminamos, no le di nada: ni mi juego ni, me imagino, las gracias. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

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Un  resumen muy torpe  –y muy injusto- diría que  Madame Bovary cuenta la historia  de Emma, una mujer  casada con Charles Bovary y madre de la pequeña Berthe, que se enreda en amores  con un hombre llamado Rodolphe, con otro llamado Léon y  que,  finalmente, envuelta en deudas y a punto de perderlo todo,  se suicida tragando polvo de arsénico. Yo leí Madame Bovary a los 15 y durante mucho tiempo creí que había entendido mal. Porque la tal Emma no resultó ser el gran personaje literario que esperaba, sino una mujer tan tonta como las chicas de mi pueblo, que construían castillos en el aire  sólo para  ver cómo se  estrellaban  contra la catástrofe del primer  embarazo o del segundo  empleo miserable.  Emma Bovary  era una pájara ciclotímica que se dedicaba a arruinarse y arruinarles la vida a todos en pos de un ideal  que, además,  no quedaba claro. Porque  ¿qué cuernos quería Emma Bovary? ¿Ser monja,  ser  virgen,  ser swinger,  ser millonaria,  ser  madre ejemplar?  No me importaba que hubiera sido infiel (de hecho, esa me parecía la mejor parte del asunto), pero  la  cursilería rampante de sus ensoñaciones me sacaba de quicio. Emma fantaseaba con Rodolphe con el mismo grado de delirio con que  mis compañeras y yo fantaseábamos con John Travolta, sólo que, allí donde mis compañeras y yo sabíamos que John Travolta era un póster, ella ni siquiera era capaz de darse cuenta de lo obvio: que  Rodolphe no era un hombre  para enamorarse sino uno de esos patéticos galanes de pueblo que tragaban mujeres y escupían huesitos (y  de los que, a decir verdad,Junín  estaba  repleto). La demanda devoradora con que  se arrojaba sobre Léon  -pidiéndole que le escribiera poemas, que  se vistiera de negro,  que  se dejara la barba- no me producía emoción sino vergüenza ajena, y los arrebatos que la hacían fluctuar de madre amorosa a madre indiferente, de esposa amantísima a mujer desamorada, me resultaban agotadores.  Trasvasados a la  vida real,  todos esos rasgos daban como resultado una mujer insoportable.

Pero,  así como  me molestaba el estado de humillante desnudez emocional en el que Emma Bovary se entregaba a sus amantes, me parecía muy auténtico que su hija Berthe no le hubiera reblandecido  el corazón y muy  razonable que
tuviera sexo, fuera de su matrimonio, no con uno sino con dos hombres. Y su suicidio, coronado con la muerte del marido y la  orfandad desamparada de su hija, era de un egoísmo  tan  sublime,  tan  salvaje, que resultaba deliciosamente real. Pero entonces, a fin de cuentas, ¿Emma Bovary era buena,
era mala, era cobarde, era valiente, era mediocre? ¿Por qué no me daban  unas ganas locas de ser ella, así como me habían dado  ganas locas de ser Tom Sawyer o  Holden Caulfield o La Maga? Ahora, después de todos estos años, resulta sencillo saber que pasó. Y lo que pasó fue que  Emma Bovary me  insufló enormes dosis de confusión, en una época en la que yo ya tenía confusión en dosis monumentales.

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Cuando Luisa cumplió 14 años, sus padres –que a pesar de todos mis pronósticos no  se  habían muerto- le dieron permiso para salir de noche, usar maquillaje y ponerse tacos altos. Aunque me desilusionó  descubrir que  se maquillaba poco y usaba tacos discretos, su incursión en  la vida nocturna me permitió entender los usos y costumbres de las discotecas,  saber cuándo era prudente responder con entusiasmo a un beso de lengua o cuán abajo era “demasiado abajo” para la mano de un varón. Cuando salíamos a caminar por el centro, yo me enrollaba la falda en la cintura para que hiciera efecto mini y  Luisa me prestaba su  pintalabios con sabor a  fresa.  De todas las cosas que  la evocan,   nada me empuja tan agresivamente hacia  ella  como el recuerdo de esa sustancia pegajosa que me untaba en los labios y que me hacía  sentir la más temible, las más  brutal de todas las potrancas. Pero, por todo lo demás, no podríamos haber sido más diferentes. A mí me gustaba leer y a ella no, a mí me gustaba escribir y a ella no, a mí me gustaba el cine y a ella no,  yo era vulgar y ella no, yo era  huidiza, ladina, oscura, difícil, taimada, arisca, bruta, brutal, furiosa, feroz, arbitraria, y ella no.

Hay una foto en la que estamos juntas: yo llevo el pelo corto, shorts rojos y una camiseta  de  pordiosera manchada de chocolate; Luisa lleva medias hasta la rodilla, falda con flores y camisa blanca cerrada hasta el cuello. Era una niña prolija; yo, un demonio unisex. Sin que ella me hubiera hecho jamás el menor daño,  yo  podía repetir durante  mucho rato  la palabra “paja”, sólo para verla enrojecer. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

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Es la primera vez que cuento esta historia, demasiado llena de realidades ajenas.  Cada vez que  me  falla la memoria ocreo resbalar  entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto, aun cuando sé que las cosas de la muerte le hacen mal.  En  julio de este año,  mi padre y su amigo Carlos, el hermano mayor de  mi amiga  Luisa, pasaron un domingo pescando. Una  semana  después,  Carlosse murió de cáncer.

Pero,  aunque sé que  las  cosas de la muerte le hacen mal, cada vez que me falla la memoria,  o creo resbalar entre recuerdos falsos,  llamo a mi padre y  le pregunto por la hermana muerta de su amigo que  recién murió. Y  lo hago porque de eso vivo -de  preguntar para  contar historias- y porque esa es la vida que quiero tener. Con todos y cada uno de sus muchos, de sus muchísimos daños colaterales.

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Escribí siempre, desde muy chica. En  cuadernos, en el reverso de las etiquetas, en blocks, en hojas sueltas, en mi cuarto, en el auto, en el escritorio, en la cocina, en el campo, en el patio, en el jardín. Mi vocación, supongo, estaba clara: yo era alguien que quería escribir. Pero, si la escritura se abría paso con éxito en ese espacio doméstico –el jardín, el patio, el cuarto, el escritorio, la cocina, etcétera- no tenía idea de cómo hacer para, literalmente, sacarla de allí: de cómo hacer para, literalmente,  ganarme la vida con eso ¿Estudiando Letras, ofreciendo mi trabajo en las editoriales, empleándome en una hamburguesería  y escribiendo en losratos  libres? Si  durante mucho tiempo esa incertidumbre permaneció agazapada, cuando cumplí 15 años,  y tuve que pensar en el futuro, los diques  se rompieron y pasó lo que tenía que pasar: angustia y confusión cubrieron todo. Y, en medio del desastre, me aferré  a dos abstracciones peligrosas: mi optimismo oscuro y la certeza de que, entre la espada y la pared, siempre podría elegir la espada.

Fue en esos años confusos cuando llegué a Madame Bovary. Y, ya saben, pasó lo que pasó. Luisa, mientras tanto, terminó el colegio secundario, empezó a trabajar como secretaria de mi padre y, paralelamente, ingresó a  un profesorado de biología en Junín. Eso  le permitiría  ahorrar algún dinero y tener una profesión para marcharse,  después, a  estudiar, más y mejor, a un prestigioso instituto de biología en Buenos Aires. Quiero decir que Luisa tenía un plan. Y que yo, en cambio, no tenía nada.

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Es 7 de agosto y, mientras escribo, me topo con un texto llamado Contra Flaubert,  del escritor chileno Rafael Gumucio, que dice que  Madame Bovary es, para Flaubert, “Una venganza contra su padre, contra sus tíos, contra toda la ciudad de Rouen y sus alrededores pero, más ampliamente aún, es una novela contra la gente que trabaja y tiene hijos, contra las mujeres infieles, pero también contra los hombres fieles, contra los libros, contra las monjas, contra los republicanos, contra las carretas de bueyes, los jueces, los boticarios y contra la ley de gravedad”. Y, mientras leo, pienso que hace falta la mitad de la vida para entender cosas que suceden en minutos.

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Tenía 17 años cuando dejé Junín para irme a Buenos Aires y estudiar una carrera que me importaba poco pero  que me permitiría  vivir sola, hacerme adulta, tener algo parecido a un plan.
Luisa  se quedó en Junín, estudiando su profesorado, trabajando con mi padre, y  empezó a  noviar  con un chico que, como ella, tenía nombre de viejo: Rogelio. Poco después, quedó embarazada y se casó.

No recuerdo haber ido al casamiento pero sí que, dos años más tarde, durante una de mis visitas a Junín,  nos encontramos y me contó que iba a renunciar al empleo y a dejar por un tiempo los estudios para mudarse a un pueblo de  novecientos habitantes llamado Germania,  donde su marido había comprado una farmacia. Recibí la noticia como si algo terrible fuera a sucederme a mí, pero Luisa parecía feliz y se reía, y yo pensé que a lo mejor no la había conocido nunca.

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Pienso, ahora, que  Madame Bovary es, quizás, una novela contra los hijos, contra el futuro, contra las ilusiones, contralar intensidad, contra el pasado, contra el porvenir, contra las ferias, contra los carruajes y  contra los ramitos de violetas: una novela contra sí misma cuyo milagro mayor reside en la eficacia con que inocula en sus lectores la incondicionalidad fulminante  que  sólo  producen  personajes como  Emma  o como, digamos, Hannibal Lecter: una incondicionalidad incómoda, generada por todos los motivos  equivocados, pero absolutamente radical. Para decirlo simple: aunque yo nunca la querré, le seguiría los pasos hasta el más mísero confín.

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Luisa se mudó a Germania a fines de los años ´80. El pueblo, a unos cien kilómetros de Junín, estaba, por entonces, unido al mundo por un camino de tierra que se volvía intransitable con la lluvia. Ella hacía de madre y atendía la farmacia de su esposo mientras yo, en Buenos Aires, seguía desorientada pero  ardía  eufórica,  rodeada de nuevos amigos  que tenían hábitos dignos de jinetes del apocalipsis. Y, en algún momento, supongo que simplemente la olvidé.

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No sé dónde ni cómo escuché  por primera vez la palabra bovarismo. Una definición a mano alzada permitiría repetir con Wikipedia que el bovarismo es  “el estado de insatisfacción de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, que suele frustrarlas”.  Hoy, mientras escribo, pienso que Luisa ya no está entre los vivos, pero que Emma Bovary, con sus volcánicas contradicciones, con sus arrebatos, con su desmesurado bovarismo,  sigue viva. Para mi infinito deleite, para mi profunda indignación.

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Cada tanto  llegaban, desde Germania, noticias tristes: el camino de tierra se hacía a menudo intransitable; la farmacia no marchaba bien y tenía deudas, y  Luisa, otra vez embarazada, había abandonado los estudios. En Buenos Aires yo había terminado una carrera que jamás ejercí y, confiada en mi optimismo oscuro y en mi teoría de la espada y la pared,  había dejado un relato en el diario página/12, donde el director lo había publicado y, sin saber nada  de mí, me había  ofrecido empleo. Así, de un día para otro,  en 1991, me hice periodista y  entendí que  eso era lo que siempre había querido ser y ya nunca quise ser otra cosa.

Entonces, un día de un mes de un año que  no  sé  precisar, mientras regresaba del periódico o me apuraba para llegar al cine o  cocinaba arroz o quién sabe,  la mejor amiga de mi infancia  caminó hasta  la trastienda de  la farmacia de su
marido,  hundió la mano en un  pote de arsénico y comió, comió, comió. Fue mi padre el que llamó para avisarme.

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Del velorio, que  se hizo  en Junín, recuerdo poco. Sé que  la toqué, porque tocarla me parecía respetuoso: era una forma de decir “No me das asco”. Luisa tenía los labios unidos por pegamento y una tela de broderie blanca, en torno al cuello, que  me  enfureció porque  la hacía parecer idiota. Después, alguien me dijo que era para cubrir las manchas. En algún momento escuché un grito que llegaba desde la calle: “¡Asesino hijo de puta”. Cuando me asomé a la puerta vi que los parientes, los amigos, los vecinos, se agolpaban en torno a Rogelio,  el marido de  Luisa,  que  trataba de bajar de un auto. Se decía que le había sido infiel y la conclusión de todos era obvia: Luisa se había matado por  su culpa porque, de otro modo, las chicas como Luisa no se matan.

Pero yo hacía rato que sabía que sí. Que bastan un error y un cruce de caminos.
No recuerdo haber ido al cementerio pero dice mi padre que fui y que, incluso, ayudé a cargar el ataúd. Después supe que, antes de morir, Luisa rogó con desesperación que la salvaran, pero no pudieron llevarla a un hospital porque los caminos estaban anegados.

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Y ese, así, fue el final de todo. No hay conclusión,  no hay fuegos de artificio. No hay epifanía. No se sabe, en fin, qué pensar. Yo, la chica oscura  con la cabeza intoxicada por fantasías descomunales, tuve la vida que quería tener. Luisa, la chica buena y sencilla que al fin sólo quería casarse y tener hijos, está muerta. Fin de la historia.

¿Conclusiones?  De tan obvias,  dan asco: que la más potencialmente bovarista de las dos terminó siendo la menos bovariana del asunto. Y que la menos bovariana de las dos resultó una bovarista literal.

¿Hace falta decir, también, lo evidente? Luisa se murió en un mundo en el que no había internet ni doctor google y fue por  la divina gracia de Emma Bovary que  supe, por entonces, que, después de tragar  el  arsénico,mi amiga no tuvo, durante mucho rato, más síntoma que un desagradable sabor a tinta, y que más tarde llegaron, en este orden, las náuseas, los vómitos, el frío glacial, el dolor en el abdomen, los vómitos de sangre, los calambres, la asfixia. Los años pasaron y, en algún momento, Madame Bovary dejó de ser, para mí, un libro sobre gente mediocre que se cree especial y empezó a  ser un comentario implacable sobre la humillación y el amor, una  advertencia  feroz  sobre  la importancia de nuestras decisiones y sobre el peligro de estar vivos.

Yo casi no pienso en Luisa. No veo a sus hijos. No he vuelto a ver a su marido. Pero Madame Bovary forma parte de lo que soy. O, para no parecer tan  rimbombante, digamos que me dejó huella. O, para  parecer todavía menos rimbombante, digamos que es probable que mi lema anarco burgués -hacer lo que me da la gana sin joderle la vida a ningún prójimo- sea una reacción a aquellas primeras lecturas en las que Emma Bovary me parecía un mecanismo, desorientado y caníbal, que lo devoraba todo en pos de una ensoñación confusa, sin detenerse a pensar en los daños, en los temibles daños, en los inevitables daños colaterales.

Han pasado muchos meses desde la tarde de abril en que empecé a tomar estas notas, y años desde que era una adolescente con angustia y sin un plan. Y, otra vez, no hay conclusión, no hay fuegos de artificios. No hay epifanías. Hay evidencias: Luisa está muerta, y Madame Bovary, como una máquina de atravesar los siglos, me sigue susurrando su mensaje voltaico, su terrible canción: cuidado, cuidado. Cuidado.

NOTA: Esta conferencia fue leída en el mes de septiembre de 2012, en el ciclo de Conversaciones Literarias  en Formentor, en una mesa redonda titulada Grandes damas y mujeres fatales.  Los nombres de  algunas personas reales fueron modificados en este texto para su publicación.

Articulo: http://www.elboomeran.com 09/2012