dimanche 16 septembre 2012

Leticia GARCIA y Carlos PRIMO/ Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo'


'Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo'
CAPITAN SWING
Por Leticia García y Carlos Primo

¿A qué llamamos "dandismo"? Durante casi dos siglos, este concepto ha sido aplicado a una heterogénea estirpe de individuos excéntricos, refinados y, en cierto modo, raros. Por supuesto, la estoica sobriedad de George Brummell es muy distinta del refinamiento de los decadentes franceses o de la "elegancia de la clase obrera" que tanto enorgullecía a determinadas subculturas británicas de los años sesenta. Prodigiosos mirmidones trata precisamente de esa evolución y de esa pluralidad, ofreciendo un recorrido por las distintas formulaciones del dandismo a través de lo literario: una amplia selección de relatos, ensayos, artículos y fragmentos de novelas que documentan la evolución del dandi desde las fashionable novels decimonónicas hasta las acepciones postmodernas del término. 


PRÓLOGO

La bella provocación de lo diferente
-Pinceladas dandis-
Luis Antonio de Villena 

Escribía Baudelaire -que fue un dandi y más que un dandi- que el dandismo «era el último resplandor de heroísmo en la decadencia». De algún modo venía a entender que el dandismo pondría el punto final a la era burguesa y a ese mundo de la civilización industrial y mecanicista muy siglo xix, juzgado de mal gusto y feo por casi todos los artistas, pero que lejos de desaparecer persevera bajo formas, naturalmente, muy cambiadas... Es decir, que el dandismo puede seguir siendo -para los muy libres- ese destello final, ese relumbrón rebelde, no sabemos hasta cuándo...

El dandismo y el dandi eran, por tanto, una forma de protesta que, ya que contaban con el arte y la belleza, tenía que ser bella, aunque resultara chocante. El dandismo no era «ir elegante», casi al contrario, pero significaba, eso sí, una elegancia otra, distinta, y por eso -con el paso de los años- se llegaron a confundir.

El dandi es producto inicialmente inglés -fruto evidente del romanticismo inglés- y por eso la voz «dandy» surgió y se propagó pronto desde Inglaterra, aunque no esté nada claro su origen. Según las últimas teorías, la voz «dandy» sería una onomatopeya cinética, esto es, una palabra que -como «zigzag»- quiere imitar un movimiento. En este caso, esas dos sílabas -«dan-dy», a un lado, al otro- evocaban el modo de andar, llamando la atención, con un leve contoneo, de un varón que se quería moderno, distinto y algo provocador: el dandi. William Beckford, literato extravagante, y uno de los claros precursores del dandismo, gustaba de pasear a caballo por los campos que rodeaban su palacio-abadía de Fonthill, cerca de Bath, con hábitos de monje medieval y capa oscura, rodeado de enanos, también encapuchados de negro... Las buenas gentes que los veían pasar al galope -quizás estaba curando su melancolía, porque el dandi es melancólico- se persignaban al verlos, creyendo que se trataba de Luzbel y su mesnada diabólica. Ignoraban todavía que Beckford simpatizaba con Luzbel, no sólo como ángel caído, sino, y muy especialmente, por ser «el más bello de los ángeles».

Son los dandis —y otros románticos— los que dejan de ver al diablo al modo medieval, como a un monstruo repulsivo, con rabo y patas cabrunas, y al contrario, lo imaginan y pintan como a un hermoso adolescente, alto, delgado y naturalmente melancólico… La voz «spleen» —añoranza, hastío, «tedium vitae»— se cruza por primera vez y ya inextricablemente con la voz «dandy».

Son hermanas. Lord Byron murió a los treinta y seis años, en Grecia, de fiebres palúdicas y también de hastío. Ya no le quedaba mucho que hacer en la vida, se consideraba casi viejo —no se dejaba retratar desde los veinticuatro años, para permanecer siempre joven—; y si fue a ayudar a la lucha independentista de los griegos —que le decepcionaron, no eran como en Homero— contra los turcos, también huía así de sus problemas italianos, siempre amorosos y financieros, y curaba además la melancolía, se evadía, aunque al fin no pudo, ni siquiera junto a la hermosura del paje muy joven que le ayudaba, y que debía de ser un chico rudo, campesino, un tal Loukas Kalandritzanos.

Indudablemente, el dandismo llegó a hacerse una moda, pero un poco selectiva, una moda para muy pocos, los integrantes de aquel club de «corsarios de guante amarillo», según frase de Balzac con la que yo titulé, en 1983, mi primer libro sobre el dandismo, recogiendo varios escritos anteriores. Era inevitable, por la pose, por el desdén, quizá por un delicado amaneramiento, que algunos avecindaran al dandi con el «snob». Sin embargo, y pese a ciertas tangencias, la diferencia es abismal.

Philippe Jullian, el gran estudioso del simbolismo, llegó a decir en su Diccionario del esnobismo que el esnob y el dandi tal vez practiquen la misma religión, pero que la diferencia que hay entre ellos es la misma que un católico encontraría entre una beata de barrio —el esnob— y santa Teresa de Jesús —el dandi—. Está muy bien visto.
El esnob se viste y actúa para ser admitido en el cogollito de la high life, y el dandi se viste y actúa para que ese mismo cogollito lo critique y se escandalice un poco… Digamos, uno quiere entrar y el otro quiere salir, o al menos ser distinto, no imitar lo socialmente admitido, ni aunque sea en su esfera más alta. Byron sólo fue una vez a la Cámara de los Lores, de la que era miembro por derecho, al heredar el título de su abuelo, y fue para hacer un discurso donde los puso verdes. No volvió, claro.

Era lo que quería…
Cuando el dandismo pasa a ser una forma, distinta pero rebelde también, del simbolismo, volvemos a ver claramente que éste —el simbolismo— es en buena parte heredero del «romanticismo negro» y que en esa herencia amplia va el dandismo incluido. En cierto modo Drácula, en la novela de Bram Stoker, es una suerte de dandi, heredero de El Vampiro de William Polidori, que fue secretario un tiempo de Byron y que parece que se inspiró en el lord para crear a lord Rathven, el vampiro de su relato… Pero al asumir el simbolismo, el dandismo tiene que hacerse también decadente, como queda marcado en la emblemática novela de Huysmans, À Rebours—Al revés—, de 1884. Parece que Huysmans —él mismo no especialmente dandi, antes fue consagrado escritor naturalista— en la época en que escribió À Rebours apenas conocía al inspirador de su Des Esseintes, el conde Robert de Montesquiou, entonces aún inédito, pero ya notable personaje por su riqueza, su pompa exótica y sus extravagancias, cosas que encantaban —entre otros— al pintor Whistler, que vivía en París, y que hizo uno de los mejores retratos que existen de Montesquiou, junto al de Boldini… Al parecer fueron los hermanos Goncourt los que contaron a Huysmans quién era Montesquiou y cómo era su peculiar morada… El primer libro de poemas del conde se llamaría Les Chauves-Souris (Los murciélagos), y se editó en 1892. Por ese tiempo ya comienza a ser retratado —o caricaturizado— Montesquiou en revistas y periódicos, con su aire y sombrero un tanto mosqueteril, que se cruza con su atuendo semirrenacentista, el bastón raro y las manos cuajadas de bizarras sortijas. En una de esas caricaturas el periodista le pregunta: «¿Y en qué trabaja usted ahora, señor conde?». A lo que éste parece contestar impertérrito, con el noble perfil aguileño y el taconazo final que le gustaba a Proust: «Intento traducir mis versos al francés». Dado que su obra toda está escrita en francés, lo que se quiere dar a entender —con una suerte de crítica admirativa— es que los versos son tan refinados y rebuscados, que no los puede entender el público habitual si no se «traducen». Claro que a la mayoría de los dandis genuinos, el público habitual no les interesa. Buscan el aplauso de la minoría y el desdén de la mayoría garrula, que ellos tomarán por una forma diferente del aplauso. Recordemos, al paso, el lema de Juan Ramón Jiménez, que tanto disgustó a algunos: «Para la inmensa minoría». Posee no poco dandismo. James Abbott McNeill Whistler, el refinado pintor norteamericano, escribió un libro de título enormemente dandi: The gentle art of making enemies (Londres, 1892) o sea, El arte encantador de hacerse enemigos. Porque, en general, el dandi no quiere gustar, sino disgustar o sorprender o epatar, en suma, resultar distinto…

También esto lo supo nuestro Luis Cernuda, que tuvo mucho de actitudes dandis, sobre todo en su juventud —lo analicé en un largo artículo titulado «La rebeldía del dandi en Luis Cernuda»—, cuando en la primera de sus Tres narraciones (1948), «El indolente», escrita en 1929, puntualiza: «Mas recuerdo ahora que cierto amigo pretendió una vez convencer a quien esto escribe, y casi le convenció, de que él se acicalaba y adornaba no para atraer, sino para alejar a la gente de su lado. Había notado, o creído notar, que si bien la mujer elegante atrae, el hombre elegante repele. Según dicha teoría, el dandismo no sería sino una forma entre otras de aspirar a la soledad ascética del yermo». No era incierto, pero ya Cernuda —en ese tiempo, quizá la confusión mayor se dio en torno a los años veinte del pasado siglo— titubea un poco, aunque cayendo del lado correcto, entre «elegante» y «dandi». Demasiado tiempo estas dos palabras han convivido en mucha vecindad, como sinónimos o parasinónimos, para que no debamos ahora detenernos un instante en distinguirlas y separarlas…

Un hombre elegante es aquel que sigue escrupulosamente y con gusto una determinada moda. Así hay elegantes muy modernos y elegantes anticuados que, no por ello, dejan de serlo. Un clásico tipo de elegante —muy británico— fue el hombre ataviado con «evening dress» ajustado, negro charol y flor en el ojal, con chistera y pañuelo de seda blanco. Como los fracs de Fred Astaire —en el cine— siempre entallados, para hacer cintura. Un hombre elegante —sobre todo cuando extrema esa elegancia— claro es que se aparta de lo mediano o plebeyo que no tiene dinero para encargar la ropa a un sastre de Savile Row, pero no deja de ser alguien que pertenece a ese «cogollito» del que antes hablamos a propósito de los esnobs. El dandi usa la elegancia, pero al tiempo la rompe.

Esmera su vestuario, pero no sólo admite sino que precisa de disonancias. Las sortijas y los terciopelos o velludos antiguos que podía usar Robert de Montesquiou no eran lo que llevaba un elegante de la época, si muy refinado, mucho más sobrio. Lo que modernamente se ha llamado el «dirty chic», si no es gregario, se aproxima más al dandismo. Porque el dandi no quiere pertenecer a ninguna clase social —a la alta tampoco—, aspira mejor a ser un desclasado, lo que le permitirá más libremente lucir su extraña rebeldía, que en ocasiones hasta parece ir contra la vida misma. Yo hablé de la «estética del desgalichamiento» en personas que, con baratos pantalones blancos, llevaban blusones de seda antigua y un gran anillo de fuerte plata vieja, junto a un amuleto tribal de madera, con cáligas romanas y las uñas de los pies pintadas de dorado… ¿Sería ése un hombre o un joven elegante? Estrictamente hablando, no. Se acerca más al dandismo, mientras no se quede sólo en el atuendo. Porque el dandismo —todo dandismo— no sólo es ropa o adorno, sino ideología. Manera de vivir, manera de estar a la contra… De ahí que Camus —tan lúcido—, en su distinción entre revolucionarios y rebeldes —siempre a favor de estos últimos—, acertara a ver en los dandis, rebeldes de suyo, la imagen de la gran rebelión romántica… Son imagen, cierto, pero imagen pensante. Por eso Oscar Wilde —otro dandi— habló en su ensayo «El alma del hombre bajo el socialismo» (1895) de la posibilidad de un socialismo individualista y no gregarizante como forma dandi del humanismo. Me temo que los tiempos oscuros y casi abyectos en que vivimos no le estén dando ninguna razón. ¿No tiene que despreciar el dandi la vida misma, así?

Siempre que se escribe sobre el dandismo, hay alguien que se pregunta: ¿y dónde está aquí la mujer? Digámoslo claro, la mujer —al principio— no está, porque como tantas cosas, el dandismo fue un fenómeno masculino. Claro que hubo mujeres —escritoras o ricas, habitualmente— que jugaron al dandismo, masculinizándose, donde no les faltaba el necesario porcentaje de subversión. Por ejemplo la novelista George Sand, al final del romanticismo, vestida de hombre y fumando habanos. O Natalie Clifford Barney, en el París sáfico de la Belle époque, vistiéndose de paje; o Vita Sackville-West, la amante y amiga de Virginia Woolf, vistiéndose también de hombre —ya en los años 20— para pasear a su novia —ambas estaban casadas— Violet Trefusis… En esa coda estarían también las películas de la época, con una celebérrima Marlene Dietrich, con esmoquin y fumando en un cabaré. Sí, lo dandi gusta muy habitualmente de lo ambiguo. Puede haber —y hay— homosexualidad entre los dandis, porque acentúa su disidencia, pero aún es más dandi la mera ambigüedad y aun —no exageremos— la frigidez, como la que se supone a los genuinos «fin de race». Al Beau Brummell no se le conoció ninguna historia de faldas ni de pantalones; al poner de moda —con otro sentido— la fórmula jesuítica de perinde ac cadaver (Igual que un cadáver) no sólo explicitaba, parece, una actitud externa, muy genuina del dandismo siempre, sino un sentimiento —o falta de sentimiento— externo: el sexo no es de este mundo…

A Antonio de Hoyos y Vinent, nuestro dandi del decadentismo, los de su clase lo despreciaron, y eso que era «Grande de España» y que había estudiado en Viena en el famoso «Theresianum», que era un colegio más que elitista, donde sólo acudía la alta aristocracia europea. Allí estudió también el joven Alfonso XIII. Pero Hoyos terminó de anarquista, siempre con su monóculo de concha, y con un overol de seda azul para desfilar, pistolón al cinto, con los milicianos… Igual que había ligado con maletillas en la Puerta del Sol, al marqués de Vinent de su clase sólo le seducía la más fácil predisposición a la disidencia. ¿Y qué título más dandi para una tardía colección de relatos decadentes que Aromas de nardo indiano que mata y de ovonia que enloquece? Cuando moría solo, en la madrileña prisión de Porlier, su hermano, marqués de Hoyos —último ministro de Gobernación de la monarquía alfonsina— no quiso saber nada. Claro, el dandi tiene que ser un algo exhibicionista, no puede únicamente quedarse en casa.

Porque su disidencia, su rebeldía, su protesta dependen no poco de su pose y de lo que se comente. Como decía Wilde —respétese la paradoja—: «Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien». Se da por hecho que lo normal es que sea mal. ¿Hay dandismo ahora? Muchos han visto cerrarse el estilo con personajes como Cernuda o como Jean Cocteau, con sus manos refinadísimas. Pero lo incuestionable es que cierto mundo del rock —el «glam» hasta que se popularizó en exceso— ha estado muy cerca del dandismo, si no en su misma entraña. Andy Warhol —pese a su manía «pop»—tuvo muchísimo de dandi, incluida la frialdad. Y David Bowie, por ejemplo, inició su periplo con un neodandismo absoluto. Las mezclas de los rockeros elegantes —seda, terciopelo, casacas, pinturas, chales hindúes, anillos bereberes— son todo dandismo. La rebeldía se les supone. Porque los rockeros cuando se hacen sumisos o sistemáticos —como los Rolling—, dejan de ser rockeros y dandis también, si les correspondía. En España, muy últimamente, Paco Umbral jugaba al dandi. No sé si siempre lo llegó a ser, pero entendía de qué iba la cosa, como lo entendió el sibarita y mentiroso excelente, César González-Ruano. Cuando Umbral publicó en 1965 —es uno de sus primeros libros— Larra, anatomía de un dandy, aquí todo el mundo confundía aún dandismo y elegancia, como la colonia Varon Dandy. Cuando yo publiqué mis primeros trabajos sobre el dandismo —ampliando mucho el ámbito español— en 1974 y enseguida di conferencias sobre el tema, me extrañó, al principio, ver el salón abarrotado de señoras muy puestas y distinguidas. Esperaban oír hablar de la elegancia y se sorprendían —a veces para bien— oyendo mezclar el atuendo raro y chic con la rebelión individualista. Porque el dandi es sobre todo el rebelde de lo singular, el que aspira a la difícil quimera de que cada uno sea cada uno, contra el enemigo mortal, la masa, de lo gregario. El dandi —me temo— es inevitablemente un perdedor, y acaso siempre lo haya sido. Baudelaire con el pelo teñido de verde —en su tiempo—; Wilde con su «traje estético», sus zapatos con hebilla de plata y su gran anillo de turquesa, llevando un gran girasol en la mano, mientras pasea; Barbey d’Aurevilly con unos anticuados pantalones de raso negro y encajes del siglo XVIII en las camisas; Gautier con el chaleco de satén rojo en el estreno romántico de Hernani… Imágenes del pasado perfectamente presentes, si se puede. El dandi esconde la pena o el hastío tras el velo de la ironía. Y busca la Belleza como una deidad insuperable, jamás sustituible por el Amor. Baudelaire de nuevo: «Hoy por hoy no concibo ningún tipo de Belleza en el que no exista la Infelicidad». El inalcanzable ángel adolescente y perverso. El genuino estilo «twink», sin pornografía ni banalidad. El dandismo: todos seremos yo soy. El novelista burgués François Mauriac decía del gran Drieu La Rochelle —el colaboracionista que se suicidó, gran escritor— que iba «muy bien mal vestido». Y así, ya lo ven. Sin final.

Madrid-Estambul, agosto, 2012

Articulo: http://www.elboomeran.com 09/2012

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