dimanche 16 septembre 2012

Miguel BAQUERO/“Edvard MUNCH, el alma pintada”, de Fuensanta NIÑIROLA


“Edvard Munch, el alma pintada”, de Fuensanta Niñirola
Por Miguel Baquero

Eclipsado en un principio por la enorme fama de sus predecesores y coetáneos, la figura del pintor noruego Edvard Munch (1863-1944) apenas si era conocida fuera de los círculos especializado en Arte por su célebre pintura El grito, esa inquietante ondulación de formas y colores en que parece condensarse toda la angustia sin explicación de un caminante solitario.

Quizás hasta los profanos hubiera llegado asimismo el conocimiento de otras obras como La danza de la vida, brusca pero sugerente combinación de colores crudos, y siempre esas manos que el autor era tan reacio a definir. Pero aparte, como se ha dicho, de estas obras y alguna otra aislada que se habían conseguido infiltrar hacia el gran público, la figura de Munch ha sido secundaria durante muchos años respecto a otros autores más o menos de la época que pasaron a formar parte, casi inmediatamente, de la mitología del arte moderno.

Obras más actuales, como esta magnífica biografía firmada por Fuensanta Niñirola (escritora, ilustradora, y docente durante varios años en artes plásticas), vienen a conferir protagonismo al pintor noruego y sin duda contribuyen a colocarle en el lugar de importancia que, por derecho, merece dentro del arte de finales del XIX hasta mediados del XX: el arte moderno. Porque, como bien podemos ver a lo largo de estas páginas, Munch participó de esa fiebre creadora y abrasadora a la que se arrojaron los genios modernos de la pintura, desde Van Gogh, por supuesto, a Gauguin, Toulouse-Lautrec oModigliani. Para el noruego también pareció establecerse desde muy pronto la dicotomía entre arte o nada, y él también, como los gigantes que le precedieron o con los que compartía ambientes pictóricos y tabernarios, apostó decididamente por el arte, aunque para ello tuviera que sacrificar una posible vida corriente, burguesa, acomodada… aunque tuviera, de hecho, que sacrificarlo todo, incluso la razón si preciso fuera.

Munch perteneció por derecho a esa estirpe ilustre de héroes que, en forma de pintores, no dudaron en inmolarse en una ordalía de color, siempre en busca de un horizonte que nadie antes había siquiera vislumbrado. “Pues bien, mi trabajo; arriesgo mi vida y mi razón…” escribía Vincent Van Gogh a su hermano Theo en una de sus últimas cartas. Y no menos podría haber digo Munch cuando la locura se cernía sobre él y pareció haberle ganado definitivamente la partida, estragada la salud por el alcohol y la razón, sin duda, fatigada por largas horas ante el caballete, intentando depurar una y otra vez el mismo motivo. Afortunadamente, por supuesto, el noruego pudo escapar al terrible fin al que parecían abocados sus compañeros contemporáneos y su estancia en la casa de salud mental se redujo sólo a una temporada, porque aun había de contemplar el gran friso de su pintura.

Una larga y estremecida cadencia que parece dominada por los grandes temas de la enfermedad, de la muerte, y de la angustia que ello provoca en el ser humano. Para dar forma a esa angustia, Munch recorrió prácticamente todos los movimientos pictóricos de su tiempo: el impresionismo, el simbolismo y todas las corrientes expresionistas que le pudieran abrir el camino hacia el alma humana para reflejarla en sus lienzos, siempre con una impronta personal y originalísima. Toda una vida, en fin, entregada a la pintura, a la que supeditó todo, con la que acabó encerrándose reacio al trato con otros compañeros, para crear unas pinturas excepcionales tras las que se esconde un corazón y unas circunstancias vitales, pero también una técnica depurada. Todo lo cual, en este libro, Fuensanta Niñirola nos anima a comprender y valorar  en su justa y sobresaliente medida.

Articulo: http://www.revistadeletras.net 14/09/2012

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