dimanche 16 septembre 2012

OBITUARIOS/ Ernesto de la PEÑA, Nina BAWDEN & Cristóbal SERRA


OBITUARIOS
Ernesto de la Peña, amante del conocimiento
Por Paula CHOUZA 

El escritor y traductor mexicano era un referente de la cultura latinoamericana

Ernesto de la Peña aprendió a los seis años el alfabeto griego. "No entendía nada, pero lo leía de corrido", comentaba en una entrevista en televisión el escritor mexicano hace unos meses. Tiempo después, aquel niño de conocimientos precoces y que aseguró haber empezado a usar la Biblia como instrumento para "aprender idiomas", sería el encargado de traducir al español los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Nacido en el Distrito Federal y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1993, De la Peña falleció mientras dormía en su casa de la capital mexicana el lunes 10 de septiembre, tan solo cuatro días después de haber recibido el Premio Internacional Menéndez Pelayo.

El galardón, que no pudo acudir a recoger al Palacio de la Magdalena de Santander por su delicado estado de salud y que reconocía una curiosidad infinita por el conocimiento, le fue entregado en una ceremonia paralela en México la semana pasada, donde impartió una conferencia magistral sobre El Quijote que dedicó a su esposa María Luisa. Dijo entonces que el premio reafirmaba su "vocación existencial" y era un "acicate" para seguir adelante en el cultivo de las disciplinas humanísticas. Durante ese acto, en conversación con los periodistas, De la Peña denunció también la situación actual de su país. "México vive una realidad invadida por el crimen, la corrupción, la inseguridad (...) muy amarga".

El autor de poesías, narraciones, y ensayos, además de traductor de La Secretaría de Relaciones Exteriores, estudió Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se formó sobre los filósofos presocráticos. En el Colegio de México aprendió sánscrito y chino, en la Escuela Monte Sinaí hebreo y de forma autodidacta estudió otras lenguas, hasta acercarse a un total de 33 idiomas. Entre sus obras se encuentran Las Estratagemas de Dios (Premio Xavier Villaurrutia 1988), Las máquinas espirituales, El indeleble caso de Borelli y La rosa transfigurada.

Según recogía este lunes una nota emitida por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, el CONACULTA, el autor concebía el conocimiento como parte fundamental de la existencia humana. “Ayuda a vivir; le da, en la medida de lo imposible, cierto sentido a la vida”. De la escritura decía ser una “fuga de la realidad maravillosa”, por medio de la cual “el artista añade al mundo cosas”. No fue, sin embargo, hasta la adolescencia que De la Peña tomó el gusto por la literatura: Emilio Salgari, Julio Verne o Dumas fueron sus primeras aproximaciones a este mundo. La música sí constituyó una pasión más temprana. “La oíamos desde niños", explicaba a la periodista Cristina Pacheco este mismo año. "La virtud de mi padre, como enseñante, es que nunca nos obligó a hacerlo".

Miembro del Consejo de la Ópera del Instituto Nacional de Bellas Artes, Ernesto de la Peña llamaba a Wagner su “Dios” y en esta última etapa trabajó como comentarista de programas culturales en radio, televisión, periódicos y revistas mexicanas. "Lo hago con mucho amor y entusiasmo", aseguraba. En aquella entrevista televisada hace tan solo unos meses el autor daba muestras de su prodigiosa memoria y su sentido del humor, intercalando sus conocimientos filosóficos y musicales con anécdotas de su infancia: "Yo era un gran bailarín de tango en la adolescencia", presumía.

A lo largo de su vida también recibió el Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la lingüística (2003); la Medalla de Oro de Bellas Artes (2007) y el Premio Nacional de Periodismo Cultural José Pagés Llergo (2010).

Este lunes, a través de sus cuentas en la red social Twitter personalidades de la cultura mexicana le rendían homenaje. El escritor Jorge Volpi esbozaba en 140 caracteres su despedida: “Triste por la muerte de don Ernesto de la Peña, erudito afable, traductor agudo, feroz amante de la ópera, lúcida compañía radiofónica...”

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OBITUARIO
Nina Bawden, el duelo como inspiración literaria
Por Joaquín PI YAGÜE 

Las obras para el público infantil de la escritora inglesa dejaron de recrear mundos de color de rosa

Nina Bawden murió el pasado 22 de agosto a los 87 años en Londres dejando tras de sí una obra prolífica de 48 títulos, unos 20 de los cuales estaban destinados a un público infantil. De la observación de la temática de sus libros colocados en una secuencia cronológica se puede inferir que fueron surgiendo conforme se sucedían los acontecimientos más destacables —la mayoría en sentido negativo— de su biografía.

A los 14 años abandonó su Essex natal para emigrar a Gales huyendo de los aviones de la Luftwaffe. Después de vivir con familias distintas, estudió Políticas, Filosofía y Economía en Oxford gracias a una beca. En los años cincuenta logró publicar su primera novela, de trama policiaca, Who calls the tune, y Transbordo a Babilonia, traducido por Emecé en 1957. Sus obras en esta etapa se encuadran en el género negro y en la literatura gótica. Su vida en los sesenta transcurrió plácida. Se casó en segundas nupcias, tuvo dos hijos y continuó con la escritura, publicando Los tres fugitivos,traducida en 1967, y The witch’s daughter (1966).

Escribir Carrie’s war en 1973 supuso una catarsis para su autora, pues en el libro se cuenta la peripecia vivida por dos niños ingleses en su éxodo a Gales durante la II Guerra Mundial, basándose en su adolescencia. La que fue su obra más conocida se nominó para la medalla Carnegie en literatura al ser considerada por la Library Association como la mejor narración para niños de aquel año.

Libros ‘autobiográficos’

Las circunstancias no tardaron en torcerse. Su hijo, al que diagnosticaron esquizofrenia, murió ahogado en un río al que se arrojó desde un puente. Los padres no tuvieron noticias de su muerte hasta meses después. Cuando escribía la novela Circles of Deceit (1987) el desarrollo de la narración dio lugar a la aparición inesperada de un personaje: un joven esquizofrénico. El desarrollo de la trama habría culminado en la muerte del personaje si Bawden no hubiera visto reflejado en él a su propio hijo. Decidió que no podía permitir que su vástago falleciera dos veces y optó por evitar su muerte en la ficción.

Los noventa fueron años para cosechar los frutos de una accidentada vida y una ajetreada carrera literaria. Tanto Circles of Deceit comoCarrie’s war fueron llevadas a la pequeña pantalla. La primera fue nominada al premio Booker y la segunda consiguió en 1995 el premio Phoenix. Las obras destinadas al público más joven ya habían sentado un precedente: en ellas tenían cabida los personajes celosos y egoístas. En El Pasaje secreto encontramos niños huérfanos de madre, que crecen con la ausencia del padre y criados por parientes desagradables. Bawden confesó que de niña se había sentido abatida cuando leía las historias de otros niños que transcurrían en un entorno de color rosa.

Mientras se dirigía con su marido a Cambridge para asistir a una fiesta en 2002, el tren en el que viajaban descarriló. Su cónyuge murió en el acto y ella sufrió varias fracturas óseas. Aparte de erigirse en portavoz de las víctimas del accidente, escribió Dear Austen (2005), una autobiografía inspirada en las vivencias con su marido. Si la creatividad afloraba en ella de forma natural tras sufrir los peores golpes de su vida, no por ello dejó de hacer una autocrítica descarnada: “Todos los escritores son unos mentirosos. Usan sus propias tragedias para construir una historia mejor. Son gente terrible”.

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OBITUARIO
Cristóbal Serra, escritor de culto
Por Andreu MANRESA 

Transitó por la vanguardia, la mística, el surrealismo y la heterodoxia

Se decía un “gran admirador del castellano”, lengua que consideraba “superior a su literatura”. Le llamaron “ermitaño” y Cristóbal Serra explicó que se convirtió “en mariposa” para revolotear, inventar palabras y crear un mundo literario propio. El solitario Cristóbal Serra (Palma, 1922) murió a los 89 años en su tierra, Palma de Mallorca, el pasado 6 de septiembre, meses después de sufrir una caída que le mermó aun su escasa afición a alejarse de las letras de sus libros y papeles que se apilaban amontonados en torres por doquier de su casa. Autor de textos en mosaico, fantásticos y herméticos, se dijo ajeno a las murallas de los géneros.

El histórico crítico de EL PAÍS, Rafael Conte, fue uno de los vindicadores de este eternamente raro y marginal escritor. Triunfó como traductor de William Blake y Lao-tsé. Narrador y poeta, fue un constructor de universos imaginarios, anclados en la tradición universal de la sabiduría. Conte le retrató como “un gran escritor, un artista y un poeta enmascarado debajo de una cultura inmensa y global, dispersa y fragmentaria”, creador de una “literatura salteada” que ha hecho siempre “de la brevedad bandera”, pero de acceso “sencillo, discreto, humilde, transparente y de una innegable originalidad”. Serra, sin apenas moverse de su isla, sin rondar por los mundillos capitalinos, transitó por la vanguardia, el surrealismo, la mística y la heterodoxia. Fue intérprete de Jesús y adorador del asno eterno (El asno inverosímil). “Escribir no es una actividad placentera”, aseguró.

Fue celebrado por grandes firmas: Octavio Paz, Juan Larrea, José Bergamín, Joan Perucho y Pere Gimferrer, tras publicar, a partir de los 35 años, Péndulo y otros papeles, Viaje a Cotiledonia, Diario de signos. Estudió Derecho, por libre, en las universidades de Barcelona y Madrid, y, después, Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia. Tòfol Serra fue profesor de Inglés y Francés en centros de secundaria de Palma. Era un paseante, visitante de las bibliotecas, siempre abrigado, con el pelo en una nube, ojos miopes de lector sin pausa, despistado y muy amable.

Articulo: http://ccaa.elpais.com 14/09/2012

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