dimanche 2 septembre 2012

Ramiro VILLAPADIERNA/ La tribu Sarajevo


La tribu Sarajevo
Por Ramiro Villapadierna

Veinte años después de la última guerra europea, la que dividió Yugoslavia, los periodistas que se curtieron cubriéndola para medios extranjeros se reunieron en la capital bosnia para (re)descubrir qué pasó y cómo les cambió.

"Se piensa que, de una serie de guerras, lo importante es haber escapado vivo para contarlo, pero no; Janine arroja colérica su vino sobre el colega francés: "¿Cómo que me han follado poco?". La reportera estrella de The Sunday Times asegura que más de lo suficiente y que eso "no se le dice a una mujer que ahora es madre". Es además ya escritora de éxito, y de lo uno o de lo otro, o de todo, se ha compensado a sí misma poniéndose silicona". 

Que el rociado intente capearlo, deslizando que tal vez su francés no sea bueno, lo estropea más: “¿Qué  leche dices ahora de ‘mi francés’? ¡Tú no sabes quién  soy yo! Yo fui la única en permanecer en Grozni cuando cayó y allí había aviones de verdad”, se acalora la diva, soltando su letanía de conflictos y riesgos.

Pero un minuto antes del mal vino: “¿Arianne, c’est toi? ¡Qué tipazo! ¿Sigues fumando?”.  Pues sí: “Fumando, bebiendo y esnifando”, le confirma la experiodista, de elegante pasado bretón y reciclada a la vida de “los internacionales”: gentes que siguen los conflictos de organización en organización. Ambas esquivan la bronca para ir a empolvarse la nariz. Sí, como lo sospechan. El francés, que realiza un documental sobre la generación periodística que se crió en el asedio de Sarajevo, explica aún a quien lo escuche que, en su idioma, se dice igual “poco satisfecha” que “mal satisfecha”, que sólo le había preguntado a la estrella por Paul, pero que hay demasiados egos contaminando la noche del reencuentro sarajevita.

Son las cuatro de la madrugada, el bar del legendario Holiday Inn de la capital bosnia sigue despachando alcohol con manguera, y la cita de reporteros de guerra, 20 años después del estallido del conflicto que avergonzó a Europa, amenaza con empezar a bofetadas. Todo ha sido por recordar a Paul Marchand, un reportero y escritor extremo, famoso no sólo por haber tumbado, hasta sobre la moqueta del hotel, a compañeras e “internacionales” varias durante los 44 meses de asedio, sino por practicar el puenting desde los pisos altos del hotel durante los bombardeos.

Hizo su carrera periodística y amatoria en Sarajevo, pero hace cinco años se quitó la vida al descubrir que ya no era nadie; también le pasó al de Le Figaro. Su recuerdo es controvertido, sobre todo entre las compañeras, divididas entre las mejor o peor satisfechas, las que hicieron mus y las que se asquean por el sujeto. Va a haber una breve ceremonia por los compañeros muertos y hay un tira y afloja sobre si nombrar también al histriónico “Valmont” de amistad tan peligrosa. Sabina Cosic, de Reuters, ha convocado ante la tumba de su pareja, el gran reportero Kurt Schork, en el Cementerio del León, junto al trágico hospital de Kosevo. 

A Kurt lo mataron junto a Miguel Gil, otro que se hizo a sí mismo en Sarajevo y dejó también un recuerdo imborrable: es la hora maga del recuerdo y los reporteros de conflicto también lloran; no por fragilidad sino porque han tenido que ser fuertes mucho tiempo. Como reconocen algunos, muchos van a las guerras por timidez.

El asedio de Sarajevo y la guerra fueron una tragedia pero también un hito del periodismo del último cuarto de siglo, a tenor de la generación de corresponsales que ha peregrinado de vuelta a la reconstruída ciudad para conmemorar el aniversario del comienzo de la guerra. Tan achispada como emocionada, la gran Allison cambia de tercio brindando por los viejos tiempos y ¡Milovan Djilas!, el ideólogo de Tito, que anticipó la deriva del comunismo al nacionalismo. Recuerda con afecto a Tertsch, el periodista español que adelantó “una venganza de la historia”. 

Dicen los veteranos que “toda primera guerra enamora”. Por ese morbo de comprobar las arrugas del primer amor, se han reunido en Sarajevo dos centenares de periodistas que vivieron para contarlo y han cumplido la promesa de regresar. Charlotte, de Newsweek, es una de las que confiesa sus pasiones alimentadas por la guerra. Pero hoy no puede estar tan seguro de qué la enamoró, si aquella persona, la inhumanidad del asedio o su primera guerra.
Más de medio centenar se dejaron la vida por contar el drama balcánico, entre ellos Jordi Pujol, un jovencito al que, el primer día que puso el pie, mataron en un cruce de la capital. Sobrecogió a todos. Y colegas como Gervasio Sánchez y Santi Lyon se desvivieron por sacar su cuerpo del cerco y poder entregarlo a su familia.

El pulitzer Gutman, que ya sólo bebe agua con gas, anota que, de la exaltación de la vieja camaradería y la amistad, se está pasando ya a las lágrimas, a los egos y puede que hasta a las manos. Hay quien ha llegado muy lejos, como Christiane Amanpour, y quien se ha quedado en el camino y no tenía dinero casi ni para venir, como confiesa el gran fotógrafo Emmanuel Ortiz. Muchos son más conocidos aquí que en sus propios medios, admiten por mediación del alcohol. 

Roy Gutman, premiado por descubrir los campos de concentración en 1992, estima que hay reporteros que nacieron y se curtieron en Bosnia. Janine, la estrella y escritora de éxito, ha vuelto de empolvarse y reconoce que la ciudad “nos capturó física y mentalmente, estábamos comprometidos con ella”, reconoce sin ambages.
“Ya no hay guerras como ésta”, dice Allison, del International Herald Tribune, “aquí te sentías bien por ser periodista, eras bien recibido”. La guerra fue larga y se convivió mucho encerrados y cerca de la gente, que se iba marchitando y cayendo de hambre insana, de inviernos polares y bajo la afilada hoz de los francotiradores serbios que los rodeaban.

Entonces jefa de AP para Centroeuropa y hoy directora del Tribune, Allison Smale ha cerrado la edición y se ha tomado un avión para estar, reír, beber y llorar con los viejos colegas. Smale no puede olvidar Sarajevo, “la aceleración de la caída del socialismo y la guerra produjeron una década imparable de historias”.
En la hora de la catarsis, cuando también los periodistas necesitan regresar al lugar del crimen, todos hemos vuelto a pisar las calles de Sarajevo como quien
pisa en sagrado. También con miedo a reencontrar rostros o no; con 20 años de experiencia para ponderar si se pudo hacer mejor.
Hay quien aquí se desvirgó en varios sentidos y ha vuelto a rechequear el material de su arrebato; y los flecos. Otras y otros que no y a las bravas se huele que han regresado con ganas de reparación. Además de mucha muerte, en la guerra hay mucha vida, instantánea e intensa, las pasiones humanas se expresan en todo su espectro: “Por eso algunos recordamos tanto las guerras”, dice Tony Loyd, que escribió “Mi guerra terminó, la hecho tanto de menos”. “Porque vivimos mucho, en muy poco tiempo”.

Durante aquel trabajo sobre el filo diario de la navaja hubo notorios atletas del romance, de ambos sexos. Es increíble lo que parece seducir la posibilidad de yacer aun pasajeramente con un veterano corresponsal de conflictos, como si el sudar juntos perspirara experiencia del periodismo y la euforia de la pólvora inhalada. Cuando a uno le espetan un “te conozco tanto por tus reportajes que me follaría hasta lo que escribes”, es como un proyectil lanzado por el segundo sector; pues no apunta de frente: así se tira los tejos, no a uno mismo, sino a su ego intelectual: uno que convive con uno, pero sobre el que se tiene relativo control. Pero el fotógrafo Gary Knight dice que lo que “pasó en el Holiday Inn de Sarajevo, debe quedar entre estas paredes”.

El reportero de Le Monde en el conflicto, Rémy Ourdan, ha logrado incitar a lo que muchos deseaban, según confiesa Laurent  Coulon, que lo cubrió para Radio France International: “Había que  regresar, aquí maduramos”. Desde Vietnam no habría habido otra guerra similar, en cuanto a duración, atención internacional y compromiso periodístico. “Esto fue muy importante”, dice Ourdan, que llegó a Sarajevo con 23 años.
La inmensa mayoría de los reporteros han venido por  propia iniciativa, en sus días libres y pagándose de su bolsillo, lo que da un raro tono de sinceridad y austeridad a la cita. Gary Knight, fundador de Dispatches, ha venido desde el  lejano Oriente, y Emma Daly desde Nueva York. Quien tuvo tiempo de  tenerlos, ha querido traer a sus hijos, en busca de poder explicar su  pasado.

En homenaje al esfuezo y los muertos y heridos que dejó la  prensa, el violonchelista Vedran Smajlovic, que durante los bombardeos vistió su frac para tocar en calles y cementerios por las víctimas, ha  regresado de la emigración para tocar ahora para la prensa y en el bombardeado hotel en el que ésta se acantonó.
La vivencia de cómo una capital es convertida en campo de concentración y un pueblo conducido al matadero, “unido a la inconsciencia internacional”, suscitó en muchos un nuevo “compromiso con la profesión”, dice Florence Hartman, luego  portavoz del Tribunal de La Haya. Aquí nacieron algunas figuras gráficas inestimables como Joel Brand, Miguel Gil, Damir Sagolj, Robert King, que han cosechado premios. 
Cabe preguntarse si simplemente fue la puesta de largo de una nueva generación. “Hubo juventud e idealismo, pero también nació una tribu particular”, dice el reportero de radio Eric Biegala, aunque el verterano Thomas Haley no cree en “la leyenda de Sarajevo”.
Patrick Chauvel, que empezó en Saigón y era ya reputado, dice haber llegado “de paso, era una guerra más, pero no lo fue”. El argentino Emmanuel Ortiz, que cubrió las dictaduras latinoamericanas, matiza que “hasta los 90 aún había ideologías”; Sarajevo habría sido la primera guerra no ideológica. Era Europa, “se sabía lo que es la prensa”, añade Gutman. Sorprende que un proyectil sobre un barrio habitado no respete ni a una niña ni a un ganador del World Press Photo, ni a una institución como Marie Colvin.
La idea de que ni ella, ni Julio Fuentes, ni Ricardo Ortega son invulnerables por hacerlo bien me asaltó en mi primer conflicto: mientras veía acelerarse sobre mí la hilera de fluorescentes de un pasillo de hospital. Fuera granizaba una cosecha entera de morteros. Muchos preguntan qué se siente, por fin, ahí tirado (salvo un subdirector, que lo que quiso saber es si era cierta la excitación sexual en una camilla: sí)

Lo que me sobrevino, y ya no me abandonó, es el fin de la extraña credulidad que resume la frase de Matthau a Lemmon en Primera plana: “Somos la prensa, no nos puede pasar nada”. Es otra engañifa que usamos para salir a trabajar, pero la piel de reportero puede ser más dura, la cabeza también, pero cuando vienen dadas los tejidos se rasgan igual y ninguna acreditación para la metralla.
En las guerras se hacen tonterías y muchos colegas han muerto de ello. Marie Colvin insistía en preguntarse a sí misma “lo que es valentía y lo que es valentonada”. Pero es difícil de delimitar ¿por qué aquí sí y allí no? ¿Por qué uno se queda en Pristina cuando la OTAN ataca y todos desaparecen? Hay testarudez; además, hay que trabajar.

Y es desagradable que a uno lo despiertan a golpes y estar desnudo ante soldados bebidos. No se hace por cobrar ni un diez ni un 100 por cien más o menos que el resto de colegas. Se hace. Lo hacen algunos: Churchill decía que era mejor hacer la noticia que leerla. Más allá de la competencia y del propio sudor frío, a veces se hace, si no historia, sí algo de justicia a las víctimas: que no queden sin nombrar.
Alguien tiene que ir, ver qué sucede y contar lo horrible que es. Nadie va a obtener esa información de otra manera.

Pese a toda la imaginería satelitar con que, en las últimas décadas, nos entretienen a los medios, lo único cierto es que el campo de batalla sigue siendo lo de siempre: una indecencia humana de personas rotas, niños ateridos, hogares desventrados y soldados como zombies. Ahora pongan humo y gritos alrededor.
A los corresponsales se les supone adicción a la adrenalina y el voyeurismo, pero más allá hay una fascinación por ver y a ser posible tocar la Historia. Y ése es el premio gordo de la profesión. Solemos repetir que es importante creer en esto y, por ello, los cínicos no valdrían. Aparte de la falta de pereza y cierta inconsciencia, lo que precipita el compuesto es la convicción de que, si no podemos llegar a ese punto, pasan cosas como si no hubieran sucedido y se pierden. 
Sobre la barra empapada y la cama sin dormir se intentan curar las grietas en los ojos y el perenne ruido en los oídos. Estuvimos fuera, de acá para allá, escribiendo en una zanja, jurando en cirílico, pugnando por transmitir… mientras a nuestras espaldas, en la camarilla del bar, en los despachos de madera, otros perseveraban en esa otra, vieja carrera periodística, por lograr que las nalgas del director, empresario o ministro descansasen muellemente sobre el propio cerebro.

Al volver a los periódicos hemos visto sesos como cojines, faldas acotadas y paisanismo chico, que lo más parecido que habían oído a la voz breaking news era tetra brik. El hecho es que las corresponsalías se vacían y Assad sepulta a los sirios a espaldas del mundo. Me pregunto por qué en la era de Twitter sigue importando echar a bombazos a los periodistas del frente. El gran Ortiz replica: “Nuestros empresarios han conseguido lo que no lograron grandes tiranos: dejarnos en casa”. 

A esas horas sobrevuela la pregunta de si valieron la pena riesgos, pérdidas, horror y carencias –frecuentemente la afectiva–, visto que nacionalismos y mafias siguen su curso ajenos al esfuerzo. La respuesta provoca cierto “repaso de humildad”, dice Laurent Coulon. Mirar alrededor del bar es reconocer que no éramos gente demasidado normal; pero también que ésta fue nuestra vida y ella nos hizo otros: “Era nuestro turno de baile”, dice Parry. Y cuando al regresar, en la redacción o en la universidad, le preguntan a uno cuántas veces se ha estado al borde de la muerte, a mí, de la profesión, más me viene cuántas veces he estado al borde de la vida.

Articulo: http://www.elboomeran.com 08/2012

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