samedi 29 septembre 2012

Salman RUSHDIE/ 'Joseph Anton'(Mondadori), un libro de memorias


Salman Rushdie
"Si tuviera que volver a hacerlo, me negaría a esconderme. Diría: Me voy a casa. Protéjanme"

El 18 de septiembre Salman Rushdie lanzó en todo el mundo 'Joseph Anton'(Mondadori), un libro de memorias sobre los aproximadamente diez años que el autor pasó escondido, bajo protección policial, después de que Jomeini exigiese su muerte en 1989 porque su novela 'Los versos satánicos' fue considerada ofensiva para el islam. La fatwa fue revocada en 1998 y desde que se trasladó a Nueva York en 2000, Rushdie se ha convertido en un hombre con una gran vida social, amante de las fiestas.
  
En relación con la noticia reciente de que una fundación religiosa ha renovado la fatwa, escribía en un correo electrónico: “No me siento inclinado a magnificar este feo titular sensacionalista prestándole demasiada atención”. El mes pasado, antes de embarcarse en una gira de tres meses para promocionar tanto el nuevo libro como la próxima versión cinematográfica de su novela de 1981, Hijos de la medianoche, hablaba sobre Joseph Antondurante un almuerzo en un restaurante de la periferia del centro de Nueva York. 

Pregunta. Todo esto pasó hace mucho tiempo. ¿Qué le ha hecho decidirse a escribir sobre ello tantos años después?
Respuesta. Fue en gran medida una cuestión de instinto. Durante mucho tiempo, no quise escribir este libro. Pensaba que sería muy triste tener que volver a introducirme emocionalmente en esa época y sumergirme en ella. Pero siempre supe que tendría que hacerlo. Pensé que el peso de los acontecimientos, su velocidad, la complejidad de lo que estaba pasando eran tan grandes que, aun teniendo la mejor memoria del mundo, no habría manera de recordarlo con detalle. 

P. ¿Por qué la tercera persona?
R. Siempre había pensado que no quería que esto fuese un diario, ni una confesión, ni una perorata. No quiero que sea un libro de venganza, un libro de ajuste de cuentas. Sabía muchas cosas que no quería que fuese, pero no sabía lo que sí quería que fuese. Cada vez que lo intentaba, no funcionaba y lo dejaba a un lado. Y luego me di cuenta de que una de las cosas que realmente no me gustaban era la primera persona, ese interminable “yo”, las cosas que me pasaban a “mí” y “yo sentía” y “yo hacía” y “me preocupaban”. Simplemente, era algo absurdamente narcisista. Así que, en un momento determinado, pensé: “Vamos a ver qué pasa si lo escribo como una novela, en tercera persona”. Y, en el momento en que empecé a hacerlo, fue como el "ábrete sésamo" que me dio el libro. 

P. Este recurso hace que, a veces, el libro se lea como una novela o, como usted mismo dice en él, como una novela mala de Rushdie, llena de melodrama y cosas surrealistas.
R. Una de las formas en que yo lo expresaba para mí mismo era diciendo que la imagen que yo tenía del mundo se había roto. Y entonces, de repente, se volvió muy difícil saber qué forma tenía el mundo y dónde me encontraba yo y cómo debía actuar. Todas esas decisiones que tomamos, y de repente, yo no sabía nada. Otra palabra para definir eso es locura. Estoy convencido de que hubo un periodo en el que mi cordura estuvo bajo una intensa presión y yo no sabía lo que decir o de qué modo actuar. Estaba, literalmente, viviendo el día a día. 

P. Si Joseph Anton es como una novela, no es simplemente una historia kafkiana sobre un tipo obligado a ocultarse. También es una especie de tragicomedia marital, sobre un tipo un poco desafortunado como marido y amante. Entra usted en muchos detalles, especialmente sobre su relación con Marianne Wiggins, con la que se muestra bastante duro. A la gente le puede parecer que algunos de esos detalles son innecesarios.
R. ¿Qué es innecesario? Tengo una opinión similar a la de Rousseau en cuanto a que si uno va a escribir un libro como este, debe ser tan sincero como pueda. Pero he intentado ser justo. En el caso de Elizabeth, ella ha leído el libro y ha dicho que estaba bien. En el de Padma, le he contado todo lo que contiene sobre ella. Hay una cosa que me pidió que quitase, y la quité. Y así sucesivamente. A Marianne no se lo he enseñado. 

P. El libro tiene un propósito mayor. ¿Está pensado para documentar algo importante?
R. Yo me encontré atrapado en lo que podríamos llamar un acontecimiento histórico mundial. Se podría decir que es un gran acontecimiento político e intelectual de nuestra época, incluso un acontecimiento moral. No la fatwa, sino la batalla contra el islam radical, de la que esto fue una escaramuza. Ha habido argumentos defendidos incluso por personas de mentalidad liberal que a mí me parecen muy peligrosos y que son esencialmente argumentos culturales relativistas: tenemos que dejarles hacer lo que quieran porque es su cultura. Yo opino que no. La mutilación genital femenina, eso es malo. Matar a otras personas porque a uno no le gustan sus ideas, es malo. Hemos de ser capaces de tener un sentido del bien y del mal que no se vea diluido por esta clase de argumentación relativista. Y si no podemos, realmente hemos dejado de vivir en un universo moral. 

P. ¿Cuánto tiempo tardó en escribir el libro?
R. Dos años y medio. Y dado que tiene unas 600 páginas, eso es rápido para mí. Pero un libro como este se escribe un poco más deprisa porque uno sabe lo que pasó. Una de las cosas que tuve muy claras desde el principio fue que yo sabía lo que iba a abarcar. Sabía cuál era la primera escena y cuál era la última: yo saliendo literalmente al exterior y llamando un taxi, el regreso a la vida corriente y banal. 

P. ¿Piensa que lo que le sucedió ha cambiado algo?
R. Hay algunos musulmanes británicos que ahora dicen: “Pensamos que nos equivocamos”. Algunos por motivos tácticos, pero otros usan el argumento de la libertad de expresión: “Si queremos decir lo que queramos, a él se le debe permitir decir lo que quiera”. Así que pienso que un poquito de aprendizaje sí ha habido. 

P. ¿Aprendió algo útil en el tiempo que pasó escondido?
R. Aprendí a conducir con técnicas de contravigilancia. Si uno va por una autovía y quiere saber si lo están siguiendo, lo que tienen que hacer es cambiar mucho de velocidad. Se acelera hasta 100 y luego se frena hasta 30 y luego se vuelve a acelerar. 

P. ¿Que consejo le daría a alguien que pudiese encontrarse bajo una amenaza similar?
R. Dos consejos, en realidad. Uno tiene que ver con la cabeza y el otro es práctico. Lo relativo a la cabeza es: no hagan concesiones. Se trata de conocernos a nosotros mismos, saber quiénes somos y por qué hicimos lo que hicimos. Defiendan su postura. Lo otro es que, si tuviese que volver a hacerlo, me negaría a esconderme. Diría: “Tengo un hogar, me voy a mi casa. Protéjanme”. 

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Joseph Anton
Salman Rushdie
Traducción de Carlos Milla. Mondadori. Barcelona, 2012. 688 páginas, 24'90 euros

Por Michiko KAKUTANI

En 1989, el ayatolá Ruholá Jomeini declaró que la novela de Salman Rushdie Los versos satánicos era ofensiva para el islam y promulgó una fatwa contra el autor por la que lo sentenciaba a muerte. 

Durante nueve años, Rushdie vivió bajo la amenaza de ser asesinado, privado de la libertad de la vida cotidiana y habituado a sentir miedo por sí mismo y su familia. Fue una pesadilla que curiosamente parecía sacada de una de sus novelas surrealistas y que ponía de relieve los mismos asuntos con los que llevaba años lidiando en la ficción: los costes emocionales del exilio y de verse separado del pasado; las consecuencias de la mundialización y el choque cultural entre Oriente y Occidente, y la naturaleza cada vez más fantasmagórica de la historia contemporánea. 

Ahora, con Joseph Anton, Rushdie ha escrito un libro de memorias que describe aquellos años que pasó escondido; unas memorias que llegan después de varias novelas decepcionantes y que nos hacen recordar sus fecundas dotes para el lenguaje y su talento para explicar las complejidades psicológicas de la familia y la identidad. Aunque este libro puede resultar rebuscado y engreído a ratos, es también un documento desgarrador, muy sentido y revelador: un espejo autobiográfico de las grandes preocupaciones filosóficas que han dado vida a la obra de Rushdie, desde el choque de lo privado y lo político en el interconectado mundo actual hasta las permeables fronteras entre la vida y el arte, la realidad y la imaginación. 

En las primeras páginas, Rushdie da a entender que su historia fue una escaramuza inicial en la batalla contra el islamismo radical y una especie de prólogo del 11-S. La compara con el primer pájaro que aparece en la película de Hitchcock Los pájaros, un presagio de “la plaga de pájaros asesinos” que invade una pequeña ciudad de California. El título del libro -escrito, un tanto extrañamente, en tercera persona, quizás para permitirse una cierta distancia- proviene del alias que adoptó cuando la policía británica le dijo, allá por 1989, que necesitaba un seudónimo: el Joseph viene de Joseph Conrad, el Anton, de Anton Chejov. 

Lo que Rushdie - nacido en Bombay en el seno de una familia musulmana- consigue hacer de manera más persuasiva en estas páginas es transmitir al lector una sensación palpable de cómo fueron los años de la fatwa: al principio, su “necesidad constante de encontrar el siguiente sitio donde vivir”, trasladándose de una casa de un amigo a otra y, más tarde, el hecho de aprender a vivir en una casa alquilada dentro de una urbanización cerrada con “cuatro enormes hombres armados”.

No solo las necesidades más corrientes - como conseguir tratamiento cuando le estuvieron doliendo las muelas del juicio- requerían unas complejas operaciones secretas, sino que toda espontaneidad quedó suprimida rápidamente de su vida: tenía que programar algo tan simple como un paseo; se veía obligado a esconderse en un cuarto de baño cerrado cada vez que una limpiadora iba a casa. Ni que decir tiene que estas circunstancias afectaron gravemente sus relaciones y alteraron su capacidad para escribir. 

El grupo de protección de Rushdie le enseñó el protocolo para entrar debidamente en una habitación (fijarse en el escenario y averiguar todas las salidas disponibles); los peligros de salir de un edificio y cómo llegar sano y salvo al coche que lo esperaba (ese terreno, le explicaron, nunca podía asegurarse al 100%); y el arte de la “limpieza en seco” (el uso de trucos de contra vigilancia para asegurarse de que no le seguían).

Para hacerle la vida más soportable, el grupo de seguridad de Rushdie a veces rompía sus propias normas. En la época en que los sitios públicos le estaban prohibidos, los policías le llevaron al cine, entrando después de que se apagaran las luces y sacándolo antes de que volvieran a encenderse. En una ocasión en la que las autoridades habían advertido de que debía evitar la ciudad de Londres, le llevaban a casas de amigos para que pudiese reunirse con su hijo pequeño, Zafar: “Los trasladaron a él y a Zafar a unos campos deportivos de la policía y formaron unos equipos de rugby improvisados para que pudiera correr con ellos. En los días festivos, a veces los llevaban a los parques de atracciones”.

A medida que pasaban los meses, Rushdie se dio cuenta de que había una “escisión” interna que estaba empeorando: “la diferencia entre lo que ‘Rushdie' tenía que hacer y el modo en que ‘Salman' quería vivir”. La identidad y las metamorfosis que los individuos, que se sienten divididos entre diferentes culturas y ambiciones antagónicas, atraviesan durante su vida siempre han sido inquietudes fundamentales de la ficción de Rushdie, y en este libro nos muestra cómo la fatwa le obligó a reconciliarse con su pasado, su sed de amor y sus profundas creencias acerca del mundo. 

Por el camino, Rushdie nos ofrece un relato conmovedor sobre la compleja relación con su padre, Anis (quien le legó “un escepticismo aparentemente audaz, acompañado de una libertad casi total respecto de la religión”), yalgunos retratos nítidamente trazados de lumbreras literarios como Thomas Pynchon (“era alto, llevaba una camisa de leñador roja y blanca y pantalones vaqueros, tenía el pelo blanco de Albert Einstein y los incisivos de Bugs Bunny”). 

Hace una descripción fascinante del modo en que escribió su obra maestra Hijos de la medianoche -una oscura parábola de la historia india desde la independencia que obtuvo el premio Booker en 1981- y un relato detallado de la génesis y evolución de Los versos satánicos, el “libro grande y extraño” que cambiaría su vida, un libro que, de hecho, era una “exploración interior mucho más personal” que Hijos de la medianoche o su novela de 1983, Shame, dos obras que abordan de manera directa la historia pública del subcontinente indio. 

Rushdie escribe sobre su aislamiento y su “ánimo beckettiano”, el sentirse como Didi y Gogo (de Esperando a Godot), “jugando contra la desesperación” o más bien lo contrario, “esperando lo que deseaba que nunca llegase”.Escribe sobre la amargura que sentía en momentos más sombríos, al pensar que su mayor problema “era que no estaba muerto”: “si estuviese muerto, nadie en Inglaterra tendría que preocuparse por el coste de su seguridad ni por si merecía o no ese tratamiento especial durante tanto tiempo”. 

Casi al principio, Rushdie pensó que si tan solo pudiese demostrar que Los versos satánicos era una obra escrita de manera seria que podía ser defendida honestamente, “entonces la gente - los musulmanes -cambiarían de opinión sobre ella, y sobre él. En otras palabras, quería ser popular. El malmirado chico del internado quería ser capaz de decir: ‘Mirad, todos, habéis cometido un error con mi libro y conmigo. No es un libro maligno y yo soy una buena persona. Leed este ensayo y lo comprobaréis”. 

Sin embargo, llegó a entender de día en día que “la violencia y la amenaza de la respuesta” a su novela “era un acto terrorista al que había que hacer frente” y que él “quería que los dirigentes mundiales defendiesen su derecho a ser un alborotador”. No se trataba solamente de su libro. Se trataba de “la era de miedo y autocensura que se había iniciado como consecuencia de la fatwa”. Se trataba de defender la literatura, que “fomentaba el entendimiento, la solidaridad y la identificación con personas que no son como uno mismo” en una época en la que “el mundo empujaba a todos en la dirección contraria, hacia la intolerancia, el fanatismo, el tribalismo, el extremismo religioso y la guerra”. 

Cayó en la cuenta de que estaba luchando por “la libertad de expresión, la libertad de la imaginación, la libertad frente al miedo y el hermoso y antiguo oficio” de narrar historias, “que él tenía el privilegio de ejercer”. 

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Temible turbante
Por Fernando Aramburu

Al clérigo colérico le quedan pocos meses de vida cuando ordena la ejecución de Salman Rushdie. 

Dueño de cuerpos y almas, gestiona cadalsos en representación de Dios para velar por la verdad única, que casualmente es la suya, en nombre de la cual propugna el amor al prójimo, la caridad y esas cosas que han de practicar sus adeptos, él menos. No se conforma con la jurisdicción del templo, sino que manda sobre ejércitos y territorios, y es conocido por su escaso talante compasivo. Aunque desdeña la materia, ofrece mucho dinero a quien mate al novelista. Su desasosiego vengativo comporta un homenaje involuntario a la palabra de las mentes libres.Es de agradecer que sólo dispusiera de horcas, lapidadores y fusiles, y no de la bomba atómica, por ejemplo, para aliviar a Dios de la excesiva carga de imponer castigos. Tenía un nombre, pero no merece mi recuerdo. 

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Salman Rushdie: "Durante mucho tiempo no quise escribir mis memorias, me sentía demasiado trastornado"
Por Nuria AZANCOT

El escritor se confiesa en Joseph Anton, su autobiografía, ya a la venta en todo el mundo

Después de haber vivido oculto tanto tiempo bajo el seudónimo de Joseph Anton (nombres de pila de Conrad y Chejov, sus debilidades literarias), parece que Salman Rusdhie es libre al fin, gracias sobre todo a la publicación simultánea en todo el mundo de su esperada autobiografía.

No fue fácil: desde que el 14 de febrero de 1989 fuese condenado a muerte por el ayatollah Jomeini tras publicar la novela Los versos satánicos, su vida se convirtió en un infierno clandestino que duró una década. Ahora, en cambio, participa en festivales literarios, posa para la prensa y concede entrevistas en las que confiesa sin temores lo mucho que ha sufrido estos años, aunque Irán acaba de casi sextuplicar la recompensa que ofrece por su cabeza, que de 550.000 ha pasado a tres millones de dólares.

En este tiempo, además, su primera mujer, Clarissa, murió de cáncer; su segundo y su tercer matrimonio fracasaron y el cuarto se está desmoronando. Y lo que es aún peor: su editor el noruego, William Nygaard, fue tiroteado por la espalda “aunque por suerte se restableció plenamente”; su traductor al japonés, Hitoshi Igarashi, fue asesinado; y el responsable de la versión italiana del polémico libro, Ettore Capriolo, fue apuñalado “y afortunadamente se recuperó”.

Los libros de Rushdie fueron quemados en todo el mundo, y tuvo que sufrir que autores a los que admiraba, como John Berger o John Le Carré, le atacasen por el libro. Sin embargo, y como recuerda ahora en estas memorias, “Resulto alentador [aquel día del anuncio de la fatwa] ver en acción el valor, la solidaridad y los principios, los mejores valores humanos oponerse a la violencia y el fanatismo -el lado oscuro del género humano- en el momento mismo en que la marea creciente de la oscuridad parecía tan irrefrenable”

"El miedo que se propagó por la industria editorial era real porque la amenaza era real. La fatwa amenazó a editores extranjeros y traductores. Y, sin embargo, el mundo del libro, en el que la gente libre tomaba decisiones libres, debía defenderse. En cuanto a la gente que se manifestaba, en muchos casos ni siquiera sabían contra quién o por qué se manifestaban, y eso fue un derroche de vida terrible y espeluznante.”, leemos en Joseph Anton. 

“Durante mucho tiempo -acaba de confesar a The Guardian- no quise escribir sobre todo esto, porque sentía que estaba demasiado trastornado. No quería escribir más de 600 páginas de resentimiento y venganza. Pensé que tenía que intentar ser tan comprensivo con todo el mundo, y tan violento conmigo mismo como pudiera. Decidí no disfrazar nada."

Pero, si Rushdie hubiese conocido las miserias que la fatwa iba a causar en su vida, ¿hubiese escrito algo tan crítico con el Islam? "Desde luego -asegura el escritor-, pero Los versos satánicos no tiene que ver con el islam. La novela habla del origen de las religiones. Hay muchos paralelismos entre las revelaciones de San Juan Bautista, Juana de Arco y las visiones de Mahoma sobre el Arcángel Gabriel.

Articulo: http://www.elcultural.es 29/09/2012