dimanche 28 octobre 2012

Alberto OJEDA/John BANVILLE: "Por supuesto que debería vender más que las 50 sombras de Grey"


John Banville
"Por supuesto que debería vender más que las 50 sombras de Grey"
Por Alberto OJEDA
Publicado el 25/10/2012

El escritor irlandés, fijo en las quinielas del Nobel cada año, completa su tercera trilogía con 'Antigua luz', novela en la que compendia todas sus fijaciones.

Algunos críticos afirman que el jurado de Estocolmo, en lugar de haber llamado a China hace un par de semanas, tendría que haberlo hecho a Irlanda, a Dublín, donde vive John Banville (Wexford, 1945), uno de los autores contemporáneos que más prestigio ha ido acumulando en las últimas décadas. Los elogios a su obra (la que firma con su propio nombre y las tramas negras que manufactura bajo el pseudónimo Benjamin Black) salpican los suplementos literarios europeos y en su haber ya luce premios como el Kafka y Booker (obtenido en 2005 por El mar). Tejida, en buena parte, según el esquema de trilogías, las novelas del autor irlandés forman bucles envolventes en que unas dialogan con las otras a través de personajes comunes. Banville acaba de cerrar un nuevo triángulo narrativo (el tercero) con Antigua luz (Alfaguara) (las otras dos esquinas serían Eclipsee Imposturas). Y es esa circunstancia la que le ha traído por España de nuevo, con su porte de escritor serio pero bien dispuesto para la ironía y la autoparodia. 

En Antigua luz encontramos al actor Alexander Cleave en plena decadencia vital: encerrado en un desván, roto su matrimonio y aún atormentado por el suicidio de su hija, rememora sus tiempos mozos, cuando descubrió el sexo (y quizá el amor) con tan sólo 15 años. Algo normal si no fuese porque la mujer que le abrió los ojos a esas cruciales experiencias, Celia Gray, tenía 20 años más que él y era la madre de su mejor amigo. El repaso de aquellos años de plenitud y turbación de su protagonista invita a Banville a reflexionar también sobre la memoria y sus trampas y le permite sacar a relucir el repertorio completo de los temas fijaciones (la identidad, la reconstrucción de la experiencia, el desencanto...). 

Pregunta.- ¿Es usted tan receloso con la memoria como su protagonista? 
Respuesta.- Es un misterio cómo funciona. Algunos neurocientíficos empiezan a sugerir que nuestra memoria lo que hace es elaborar modelos, y esos modelos son los que arrastramos hacia el futuro. 

P.- ¿Y quién elabora esos modelos? 
R.- La imaginación. La imaginación es la que crea el mundo. Y su ausencia lo destruye. Detrás de los grandes genocidios encontramos la falta de imaginación. Los nazis no eran capaces de imaginar que los judíos tuvieran todos los derechos para desarrollar su vida. 

P.- Y alguien como usted que se fía tan poco de la memoria ¿tiene intención de escribir una autobiografía? 
R.- Pues sí la tengo. Me encantaría escribirlas. Estaría todo equivocado y alterado. Todo sería mentira. La gente me pararía y me diría: "eh, eso no fue así". El problema es que si intentara ser honesto sucedería lo mismo. Así que prefiero escribirlas deliberadamente alejadas de la realidad. 

P.- Es usted un escritor fiel al esquema de las trilogías...
R.- No lo tengo tan claro. Cuando publiqué Antigua luz, vino alguien a decírmelo. Yo no me había dado cuenta. En realidad, todos mis libros pertenecen a un mismo volumen. 

P.- ¿Y qué título habría que ponerle a ese volumen omnicomprensivo?
R.- Creo que El libro de las pruebas sería el más indicado, como se titula una de mis novelas. Para mí un escritor tiene que hacer eso: presentar pruebas de la vida de un hombre: esto es lo que pensó, esto es lo que vivió, esto es lo que le sucedió...

P.- Pero un escritor tiene la ventaja de que no tiene que acreditar la veracidad de esas pruebas, como un abogado, ¿no? 
R.- Digo dar pruebas en el sentido cristiano de dar testimonio, aunque yo no soy cristiano. 

P.- ¿Se siente por ello una excepción en su país? 
R.- Pues ya no. En teoría en Irlanda hay un 95% de católicos pero luego ese porcentaje baja mucho si comprobamos quién realmente practica esa religión. 

P.- ¿Cómo cree que marca la educación sentimental de un chico de 15 años el hecho de haberse iniciado en el sexo (¿y el amor?) con una mujer 20 años mayor? 
R.- Pues no lo sé muy bien, pero ojalá hubiera tenido la misma oportunidad que el protagonista. Seguro que hubiera aprendido mucho más sobre la vida y las mujeres, y sobre mí mismo, cosas muy valiosas. 

P.- ¿En qué medida cree pertinente que la ley se entrometa en una relación así? 
R.- No soy un filósofo moralista. 

P.- En España no hubiera habido ningún problema, son 13 años la frontera de las relaciones sexuales consentidas. 
R.- ¿Sí? Es extraño que un país católico sea tan baja. Me parece una ley muy iluminada. De todas formas, es un asunto complejo: creo que los límites deberían determinarse según cada caso, en función de la madurez y detalles así. 

P.- ¿Merece Antigua luz vender más que 50 sombras de Grey?
R.- (Ríe) Por supuesto, pero no creo que ocurra. Mi libro no es erótico. Es demasiado real para ser erótico, no tiene ningún elemento de fantasía. El erotismo depende de la fantasía. Pero, bueno, no sé por qué estoy diciendo esto. Bórrelo. Diga que es un libro muy erótico y muy fantástico. 

P.- Entre Imposturas (2003) y Antigua luz, usted se sacó de la manga otro escritor, Benjamin Black, especializado en novela negra. ¿Black le ha dado alguna lección a Banville en este tiempo? 
R.- A veces, cuando está escribiendo Banville y se le empiezan a caer los párpados, llega por detrás Black y le dice "tranquilo, deja esa frase, no le des tantas vueltas". Y cuando es Black el que escribe, Banville se aproxima a veces hasta él y le dice: "Uhm. Esa frase es interesante. Vamos a trabajar más sobre ella". Lo cierto es que se repelen, porque cada uno escribe de una manera muy distinta. 

P.- ¿Y James Joyce también se acerca a su escritorio y le da algún consejo o le hace observaciones? 
R.- No sólo Joyce. Tambien Johnatan Swift, Beckett, Yeats... A un escritor irlandés se le acercan muchos fantasmas. Son como las gárgolas de los templos, que se asoman sobre lo que hago, y me recuerdan que yo soy un pequeño escritor a su lado. 

P.- Bueno, usted ya no es tan pequeño. Incluso ahora se ha propuesto recoger el testigo de Chandler y brindarnos una nueva entrega de su serie del detective Philip Marlowe. ¿Será fiel al legado del escritor de Chicago? 
R.- La gente ve a Marlowe como un tipo duro, muy hecho, pero en el fondo es un sentimental. Siento que tengo que darle algunas instrucciones para que sepa de qué va la vida. 

P.- ¿No le gustan los hombres sentimentales? 
R.- Joyce definió el sentimentalismo como una emoción que no merecemos. Y yo lo suscribo. Me parece exagerado que alguien llore en la ópera, o viendo una película. 

P.- ¿En qué medida ser irlandés predispone a la escritura? 
R.- No creo que predisponga en ninguna medida. Eso sí, en Irlanda estamos obsesionados con las historias. Tanto, que si cometes un crimen y la historia de ese crimen es buena para dar de qué hablar en las tabernas puede llegar a evitar que te castiguen. 

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Muerte en verano
Benjamín Black
Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2012. 297 páginas, 19'50 euros
Por Laura Fernández
Publicado el 22/06/2012

Benjamin Black es el muñeco de trapo literario que utiliza el virtuoso John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) para dar rienda suelta a su pasión por el género negro clásico, por Marlowe, Sam Spade y Lew Archer, por todos esos detectives que no fueron simples detectives, perfectos y deseables arquetipos de una pulp fiction elevada a categoría de Vibrante Literatura, así, en mayúsculas. 

Y el caso es que lo que empezó siendo un juego (Banville asegura que Black ni siquiera le cae bien y que le envidia porque es capaz de escribir mucho más que él en menos tiempo), ha acabado por hacerse un hueco en el rincón de los futuros clásicos de lo negro. Y ha colocado al grandullón del doctor Quirke en la lista de elegidos que encabeza el encantadoramente canalla Frankenstein con sombrero de fieltro de Raymond Chandler: Marlowe. 

Dicho todo esto, y añadiendo el gusto decididamente norteamericano del sentido del humor (negro) de Black, que por momentos parece algo así como el hermano irlandés de Ross Macdonald, restándole decorados y sumándole un pulso narrativo sin igual en la literatura de detectives (y, en este caso, forenses) de hoy, abordamos el cuarto caso de Quirke, Muerte en verano,teletransportándonos en primer lugar al Dublín de los 50 (porque es allí donde habita el Banville negro), en concreto, al despacho de Diamante Dick, Richard Jewell, el magnate de la prensa sensacionalista, que parece haberse suicidado. Aunque, qué curioso, su mandíbula está en la otra punta del despacho pero la escopeta con la que aparentemente se ha volado la cabeza sigue entre sus manos, manos que, por cierto, están completamente limpias. El inspector Hackett, más hundido de lo habitual, brilla, como siempre, en su papel de sombra del verdaderodesvelamisterios de la historia: Quirke. El forense grandullón que no puede evitar beber más de la cuenta y enamorarse de la mujer del muerto, la misteriosa Françoise d'Aubigny. ¿Pero no estaba con Isabel Galloway, a la que conoció en su anterior caso (En busca de April)? Sí, pero Quirke siempre se enamora de la chica inadecuada.

Black ha vuelto hacerlo. Armado con un pedazo del pasado de su querido doctor (su condición de huérfano y su fugaz paso por el St. Christopher, orfanato que la multimillonaria víctima visitaba a menudo por su condición de amigo del hogar de chicos perdidos), una ola de calor capaz de confundir a cualquiera (incluida a su más que sensata hija Phoebe) y la dosis exacta de corrupción (o el espejismo de poder del enemigo fatal del muerto, Carlton Sumner), deseo irrefrenable (y prohibido) y maldición familiar (maldición que encarnan la pequeña Dannie y la aún más pequeña Giselle), Black ha vuelto a elevar a categoría de clásico una aventura detectivesca al uso. Con una maestría que no tiene nada que envidiarle al maestro Ellroy, Banville inyecta alta literatura (como la de la escena en la que François cree haber perdido a su hija, en la que la acción parece exquisitamente ensayada, y las frases componen una singular coreografía) a la prosa de su otro yo, su yo oscuro y juguetón, un Black que es cada vez más Banville. De lectura deliciosa y adictiva, Muerte en verano es quizá, por su aparente sencillez, el ejercicio de esgrima perfecto del cada vez más poderoso Mr. Hyde de John Banville. 

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John Banville: "Las novelas de Larsson están muy mal escritas"
Por Alberto OJEDA 
Publicado el 17/10/2011

El autor irlandés visita España para presentar En busca de April, la última novela de Benjamin Black, su alter ego literario, y participar en Getafe Negro

Detrás del gesto grave de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) se esconde el gamberro -en el sentido más positivo del término, el de indisciplinado frente a imposiciones de dudosa ecuanimidad- que todo irlandés lleva dentro. Es incapaz de callarse y soltar perlas como que la iglesia católica ha sido en Irlanda como el partido comunista en los países del este o que las novelas de Larsson están fatal escritas (sic). Hoy día a este autor, laureado con el Premio Booker por su obra El mar, muchos le consideran el mayor novelista contemporáneo en lengua inglesa. Entre sus peculiaridades se encuentra el desdoblamiento en la autoría de sus libros. Aquellos de su cosecha adscritos al género negro los firma con el pseudónimo de Benjamin Black. Bajo esta personalidad, que le permite acelerar los tempos de su narrativa (un banvilletarda en cocerse tres o cuatro años, un black, sólo tres o cuatro meses), merodeaba en los alrededores del Ateneo de Madrid, con su último libro publicado bajo el brazo, En busca de April (Alfaguara), el tercero en la serie del forense-investigador Quirke. Un tipo que debe atravesar las nebulosas etílicas (es alcohólico impenitente) y las brumas del invierno dublinés para esclarecer la desaparición de la mejor amiga de su hija. De la capital, Banville-Black se trasladará a Getafe, donde disertará sobre la relación entre sus dos identidades creativas este martes en el festival de literatura policiaca. 

Pregunta.- ¿Por qué ubica todas las tramas de sus novelas policíacas en el Dublín de los años 50? 
Respuesta.- Es un periodo que no se ha estudiado mucho. Un tiempo oscuro, pobre, económica y espiritualmente, cargado de humo y secretos, sexo clandestino, niebla... ¿Qué mejor periodo para ambientar una novela negra? 

P.- ¿También vuelve a esa época para ajustarle las cuentas a la iglesia católica y sus abusos? 
R.- No, yo simplemente escribo libros. No tengo ninguna intención de curar o denunciar enfermedades sociales. Aunque no me extraña que la gente vea detrás una crítica a la iglesia católica. En Irlanda fue como el Partido Comunista en los países del este. 

P.- ¿Qué le empujó a crear un alter ego para sumergirse en el género negro? 
R.- Fue una aventura en que me embarqué para que la gente viera que era capaz de hacer algo distinto. Tenía la necesidad de expresarme con otra voz. Sólo en Italia me mantienen el nombre de Banville. 

P.- ¿Por qué? 
R.- Allí el género negro tiene una consideración muy baja. Eso es lo que me dijo mi editor italiano. No tenía que haber accedido pero me invitó a un buen restaurante y me invitó a un exquisito vino italiano y ya se sabe que la carne es débil. Es algo de lo que me arrepiento porque funciona mejor cambiando de nombre. 

P.- ¿Y qué les contestaría a los que dicen que se sacó el pseudónimo de la manga y se metió a escribir novela policíaca por dinero? 
R.- Que sí, que es así. No tengo nada contra el dinero. Son novelas que me dan mucho trabajo y creo justo que se me pague por ese esfuerzo. Cuando empecé a escribir estos libros no pensaba que me iban a absorber tanto. Ahora lo que es curioso es cómo se influyen el uno al otro. Acabó de terminar una de Banville, una historia con una trama muy intensa. Da la sensación de que por la noche Black entraba de puntillas en el escritorio de Banville, cogía el manuscrito y perfilaba la historia. 

P.- Más allá del género en el que se enmarcan, ¿cuáles cree que son las principales diferencias entre ambos? 
R.- Son totalmente antagónicos. Sus métodos son muy distintos. Para empezar, Banville escribe con una pluma sobre papel y tarda tres o cuatro años en terminar una novela. Black utiliza el ordenador, tarda tres o cuatro meses y es mucho más espontáneo. Muchos días, cuando llegan las tres de la tarde, Black le dice a Banville que deje de escribir tonterías. Y Banville, a veces, le roba frases a Black y entran en conflicto. Es una relación muy curiosa. 

P.- ¿La jugada del pseudónimo le ha servido para quitarse de encima la etiqueta de "escritor para escritores"? 
R.- Ojalá, porque los escritores no leen a otros escritores y si lo hacen es sólo para buscar pruebas de que ellos son mejores. Hay muchos celos en esta profesión. Pero yo soy generoso, eh, quiero que todo el mundo tenga mucho éxito y que todos ganen un Nobel. 

P.- En En busca de April ahonda en la relación de Quirke [el investigador de los crímenes en sus novelas]. Por un lado, le embota y perjudica sus pesquisas, pero, de resaca, recobra su coraje... ¿Cómo describiría esa relación? 
R.- Bueno, Quirke es lo que la gente llamaría un alcohólico. O bastaría decir que bebe como un irlandés.En su alma tiene incrustados oscuros secretos y dolores. Eso es lo que le empuja a beber. Como dice John Didion en sus memorias, cuando cuenta la muerte de su hija, el alcohol es un gran remedio para la ansiedad, un anestésico. 

P.- El alcohol y la niebla, presentes en todo momento, ¿las utiliza como metáfora de la imposibilidad de saber la última verdad de un crimen? 
R.- Quizás, no sé. Cuando empecé a escribir pensaba que lo podía dominar todo, que todo estaba en mis libros obedecía a mi voluntad. Pero ahora me doy cuenta de que el subconsciente aporta muchísimas cosas; cosas en las que tú nunca has reparado. 

P.- ¿Cuál es la influencia de Joyce en su obra? 
R.- Ninguna. 

P.- ¿Pero confiesa que leía Dublineses obsesivamente? 
R.- Eso fue cuando era un adolescente. Lo cierto es que Joyce no puede influir en nadie, porque no tiene un estilo concreto sino muchos estilos. 

P.- ¿El fenómeno de la novela negra escandinava en el mundo fue merecido o pura inflación comercial y mediática? 
R.- Estas novelas son muy complacientes, una especie de habitáculos donde el lector se siente a gustito. Si coges, por ejemplo, las más famosas, las de Larsson, te encuentras que todo es perfecto, todo está urdido para vender: la violencia extrema, sobre todo de naturaleza sexual, una mujer joven que busca venganza, un héroe políticamente incorrecto y todas muy fatal escritas. ¿Cómo no va a triunfar así? 

P.- ¿Los escritores irlandeses han reinventado la lengua inglesa? 
R.- Qué pregunta tan difícil. ¿Cuánto tiempo tienes? No creo que la hayamos reinventado sino que hemos creado un nuevo inglés, el hiberniano. El inglés básico está hecho para dar órdenes, es muy directo, como el latín durante el Imperio Romano. En cambio, gaélico es muy ambiguo, juguetón y poético. Lo perdimos en Irlanda hace ya 150 años pero lo mantenemos en el inconsciente. Al mezclarlos surgió esta nueva lengua. 

P.- ¿Y ahora qué lleva entre manos: una de Banville o de Black? 
R.- Ahora estoy preparando la adaptación de El secreto de Christine para la BBC. Es una ironía, porque esa novela la escribí a partir de unos capítulos que tenía escritos para la televisión irlandesa que nunca llegaron a rodarse. Y, mira, al final acaban en el lugar para el que fueron concebidos. 

P.- Está contento entonces, ¿no? 
R.- Pues sí. Aunque esto de escribir guiones es una cosa delicada. Decía Ian McEwan que uno escribe los guiones, viaja a Hollywood, te tumbas en una hamaca de una piscina, ves las chicas guapas y esperas a que los productores te traicionen y cambien tus historias. 

P.- Bueno, usted no tuvo que ir a Hollywood para que le traicionasen. Lo que tenía escrito para aquella serie quedó en agua de borrajas en su país. 
R.- Es verdad. Pero en cierto en modo es lógico. Cine y literatura son lenguajes distintos. Cuando he escrito el guión de una novela mía he tenido que cambiar cada una de las frases de los diálogos. Es normal porque en la pantalla el actor es el que da vida al personaje y en la literatura son los diálogos. Por eso en cine estos pueden ser más planos. Pero yo amo el cine. Es para mí la poesía del pueblo. 

Articulo: http://www.elboomeran.com 27/10/2012

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“Lo siento, la escritura es mucho más interesante que la vida”
Por Jesús RUIZ MANTILLA 

El Irlandés John Banville habla sobre su última novela, 'Antigua luz', que cuenta la historia de un adolescente enamorado de la madre de su mejor amigo

Hace unos días —no recuerda con precisión cuántos porque para John Banville el tiempo es una zigzagueante sucesión de aconteceres— comprobó que los cristales de su estudio estaban hechos un asco. “Hacía por lo menos 10 años que no los limpiaba porque cuando trabajo nunca miro a la calle”. También comprobó que el único objeto realmente desgastado del lugar que acoge sus encierros es la alfombra que conduce de su escritorio hasta la cocina. Alrededor, no le avergüenza admitir, “todo está lleno de polvo”.

Menos las palabras… A las palabras, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), autor insólito, sugerente, les saca brillo. Así lo demuestra de nuevo en Antigua luz (Alfaguara y Bromera, en catalán), su nueva novela. Cuenta la historia de un adolescente fascinado y enamorado de una diosa: la madre de su mejor amigo.

Banville es un escritor puro. Una rara avis en su propia lengua. “Sí, creo que lo soy”, admite, obsesionado por la pulcritud desnuda del lenguaje más que por el relato. Un prosista en verso. Un introvertido buceador que luce corbata e ironía, que seduce con sus historias pegadas a la nostalgia de los elementos por un lado y a la novela negra, por otro, cuando se viste de Benjamin Black. Esa esquizofrenia que ahondaba al publicar en España en dos editoriales —Anagrama y Alfaguara— ha sido ya resuelta en uno de los contratos de la temporada editorial. Ahora las novelas que firma como Banville también pasan al sello Alfaguara. El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas”

Dice que en Antigua luz está todo él. Como hombre y como mujer. Pero sobre todo como amante. “La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en esa idealización. Cuando te enamoras inventas una diosa pese a que sabes que es de carne y hueso. Lo malo es que eso no dura más de tres meses, siempre depende de la diosa que se alargue un poco más…”. Nadie puede soportar tanta tensión ensalzadora: “El amor es una feliz angustia”, define. Permanente. Lo supo desde que vivió su primer amor. Fue a tiempo parcial. En verano. “Estuve loco por ella entre los 11 y los 17 años”.

Banville se revela como un estajanovista de su oficio. Sin muchos planes previos cada vez que se adentra en un libro. “Una frase lleva a la siguiente y así hasta que te das cuenta de que has terminado”. Los planes en sus obras marcan poco. “Lo importante es dejarse llevar, perderse en uno mismo, es entonces cuando te das cuenta de que no penetran en ti ni las influencias”.

Aunque eso no quiere decir que nos las tenga. “Los hay que insisten en mis semejanzas con Samuel Beckett, pero yo le debo más al atrevimiento de un poeta como Yeats y a la cirugía en las motivaciones de la gente que observo en Henry James”. La escritura que practica Banville tiene mucho de semiinconsciencia, de viaje interior, de desprecio al acopio de experiencias ajenas, aun cuando lamenta a veces haber perdido tiempo en dejar pasar los días encomendándose a su obra. “Lo siento, para mí, la escritura es mucho más interesante que la vida”. Lucha por crear un mundo en cada frase. Esa construcción en línea es su obsesión. La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en la idealización”
  
El lenguaje tiene sus designios, sus caprichos y en él, cada mañana, a las 9.30, se embarca. “La frase es el mayor invento del hombre”, comenta. Desconfía radicalmente de que la novela sea un reflejo de la realidad. La lucha por encajar ambas cosas le resulta una geometría imposible: “El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas, adaptar ambos es muy complicado”. La existencia es un presente continuo que se desvanece creando confusión. “Un libro es sólo un objeto, con principio y final, en el que a veces podemos convencernos de que cabe algo parecido a lo que es la vida”.

A veces le salen experimentos extraños. Como su anterior novela, Los infinitos, una arriesgadísima batalla de abstracción constante que tenía lugar entre dos mundos paralelos pero ajenos entre los dioses y los hombres. “Espero que a esa novela le haga justicia el tiempo…”, comenta un tanto despistado ante la incomprensión que sufrió.

Antigua luz es diferente: “Aquí pasan bastantes más cosas”. La novela llega en plena fiebre por la literatura erótica. Perdón… “De libros eróticos”, puntualiza, pensando en el boom de Cincuenta sombras de Grey. “Pero esto no tiene nada que ver con dicho fenómeno. No calculo lo que escribo, simplemente lo hago”. Sólo hay que mencionar una casualidad. La protagonista de Antigua luz se llama Gray. “Y me hubiese encantado que fuera mi madre”. ¿Edipo sobrevolando? “No, en absoluto”.

Articulo: http://cultura.elpais.com 25/10/2012

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