dimanche 14 octobre 2012

Alicia de ARTEAGA/ GIACOMETTI en Buenos Aires


Desde mañana
Giacometti en Buenos Aires
Por Alicia de Arteaga 

Como si se cerrara una historia de múltiples afinidades, la retrospectiva de Alberto Giacometti acerca la obra de un artista ligado a los argentinos por múltiples coincidencias. Elvira de Alvear, radicada en París en la Bèlle Époque, sobrina del general Carlos María, esculpido por Bourdelle, compró su primera escultura cuando nadie lo conocía.

Fue Jean-Michel Frank, asceta de la decoración que vivió en Buenos Aires durante la Segunda Guerra, quien lo conectó con los Born, Jorge y Matilde, para quienes creó una serie de diseños destinados a la casa de San Isidro. Finalmente, quiso el destino que el suizo recibiera el Gran Premio de Escultura en la Bienal de Venecia de 1962, el mismo año en que Antonio Berni se adjudicaba el máximo galardón en la categoría Grabado. La Nacion registró entonces esta coincidencia que dio oportunidad a Gyula Kosice, jovencísimo curador del envío argentino, de entrevistar a Giacometti en la cima de su fama (ver foto de página 8), consagrado como el artista capaz de transformar con sus manos y con la intensidad de su mirada la escultura del siglo XX. Kosice y Giacometti, el encuentro menos pensado. Una perlita del archivo.

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La muestra de Proa es realmente excepcional. Uno de esos acontecimientos únicos que enriquecen la agenda de la ciudad, quedan para siempre en la memoria de los visitantes y confirman la voluntad de Adriana Rosenberg, presidenta de la Fundación, de mantener alto el listón de una trayectoria expositiva de nivel internacional.

El tamaño, el volumen y la logística no han sido obstáculos para llevar a las salas de La Vuelta de Rocha muestras monumentales. Basta con recordar dos ejemplos: la colosal cabeza olmeca, que nunca había salido de México y exigió fletar un avión para trasladarla como única carga con destino a Buenos Aires, y la araña de Louise Bourgeois. Un año atrás Proa dobló la apuesta e instaló en la puerta de su sede la araña gigantesca, ominosa. De la magnitud y complejidad de este operativo sólo pueden opinar, en su total dimensión, Delmiro Méndez, mayor especialista local en el traslado de obras de arte, y, por supuesto, Adriana Rosenberg. La araña, Maman, metafórico relato visual del vínculo de la artista con su madre, fue durante meses parte del paisaje de La Boca, el fondo para la foto.

Véronique Wiesinger, curadora y directora de la Fundación Giacometti de París, habla un francés pausado y tiene una mirada clara. Juntas recorremos la muestra, cuando todavía las enormes cajas de madera están a la vista. Es un desembarco con todas las letras. La producción de Base 7, un grupo brasileño dedicado a proyectos culturales, con la coordinación por el lado argentino de Miguel Frías, logró lo que parecía imposible. La energía vital de Giacometti se desprende de las figuras espigadas, descarnadas, que de manera filosa indagan al hombre y la realidad. Esculturas, dibujos, pinturas y objetos decorativos han poblado las salas de Proa según el guión curatorial de Wiesinger, ajustado al espacio expositivo. El acento está puesto en la escultura, si bien la curadora cree que el aporte del suizo nacido en los escarpados Alpes, frontera natural con Italia, descolló en todas las disciplinas que abordó, siempre atento a una técnica y una expresión formal que fueran eficaz vehículo de sus ideas.

Desde muy temprana edad -no es errado decir que era un niño prodigio- estuvo rodeado de arte, estimulado por Giovanni, su padre pintor, y por su hermano Diego, álter ego, modelo y socio en la aventura de la creación. Compartimos con Véronique Wiesinger una asociación inmediata: recordar a la familia Bugatti que dio también un diseñador soberbio como Ettore, el animalier impresionista que fue su hermano Rembrandt, inspirado en los animales del zoológico de Amberes, modelos de sus esculturas, y Carlo, el fundador de la dinastía, un ebanista exquisito, diseñador de muebles que son un atajo con la obra de arte.

El itinerario por el mundo y la producción de Giacometti comienza por el principio. Sus primeras pinturas delatan la influencia de Cézanne, una naturaleza muerta de paleta fauve y una montaña "esculpida", según la nueva perspectiva de los cubistas. En la vitrina central está la antológica Mujer cuchara, expuesta en 1927 en el salón de las Tullerías. Ese tótem liso, perfecto y simbólico delata la afinidad con Brancusi. Ambos han mirado con atención las máscaras africanas. Como Picasso.

En 1931, adhiere al movimiento surrealista y comparte la visión mágica, onírica, y el desplante estético de Breton. Sin embargo, Giacometti se mantiene fiel a la simplicidad de los objetos utilitarios del arte primitivo; esa fuente de inspiración será la cantera de una serie de piezas decorativas, de líneas puras y funcionales, como la mesa minimalista que diseñó para el local de Jean-Michel Frank en el Faubourg Saint Honoré. Cuatro patas lisas y una tapa de hierro sostienen el libro de cuero salido de los talleres de Hermès. Allí anotaba los encargos el decorador enjuto, que sólo vestía de franela gris. Veinte trajes iguales hechos a medida por un sastre londinense colgaban en el ropero de Frank. Vasos, bajorrelieves, lámparas, chimeneas, apliques, en los años treinta el suizo se entrega de lleno a la producción de estos objetos que comercializa Jean-Michel Frank y difunde entre la clientela exquisita: la chilena Eugenia Errázuriz, tastemaker de la época, Louis-Dreyfus, los vizcondes de Noailles, los Born (ver aparte), los Martínez de Hoz, los Patiño, y, más tarde, Nelson Rockefeller y el Chase Manhattan, en Nueva York.

En la Sala 2 de Proa se exhiben piezas centrales que testimonian el vinculo Giacometti-Frank, incluidas las lámparas inspiradas en los objetos funerarios egipcios. La documentación exhaustiva, resultado de la investigación de Cecilia Braschi, es reveladora. Jean-Michel Frank viaja a Buenos Aires a fines de los años treinta, empujado por el alerta de la invasión nazi y la amenaza de persecución. Cuando clausuran su local del Faubourg , huye lo más lejos posible, aterrorizado, ya que tenía la doble condición de judío y homosexual. La proverbial amistad y la relación con los Pirovano, Ignacio y Ricardo, le abren las puertas de la casa Comte en Buenos Aires. Colabora con ellos y deja pruebas de un talento avant-garde, en el extremo opuesto del gusto bibelot. Años después, en casa de Celina Arauz de Pirovano, la mujer de Ricardo, que continuaría el espíritu de Comte en el Grupo Charcas, tuve la oportunidad de ver auténticos diseños de Frank, un dressoir con los materiales que él combinaba de manera elegantísima: espejo, roble y cuero. Celina aportaba lo suyo y tapizaba los sillones franceses con barracanes salteños. Entre otras obras, Frank colabora con el diseño de interiores del Hotel Llao Llao, obra del arquitecto Alejandro Bustillo. Es posible que si Giacometti hubiera viajado a Buenos Aires, como afirma Cecilia Braschi en su investigación, otra hubiera sido la historia.

En 1941 Frank abandona Buenos Aires y se instala en Nueva York, en un departamento de la calle 63. Sufre una gran depresión, como su madre, y no puede escapar al sino familiar y se suicida, como su padre, arrojándose por el balcón. Más tarde escribirá Andrée Putman, deudora absoluta de su estilo: "Ese salto al vació fue su última línea recta".

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Giacometti crea la escultura con su base: el hombre y sus circunstancias en el credo orteguiano. Las obras no están en el aire; fuerza la conexión con el mundo y con la realidad que lo rodea. Con los pies sobre la tierra, al hombre le cuesta dar el paso, avanzar en el espacio. Es una extraordinaria imagen contemporánea. De sus búsquedas y bocetos nace El hombre que camina, su obra más emblemática y la escultura más cara de la historia. Una versión de esta pieza Hombre 1, de 1961, fue adquirida por la millonaria brasileña Lily Safra en 2010 por 104,3 millones de dólares.

Ligada a la Argentina por lazos familiares, Safra es una coleccionista de gusto ecléctico, famosa en el circuito de las subastas y conocida por su actividad filantrópica. Colecciona desde pintura francesa hasta muebles italianos. Ella puso a Giacometti en la portada de los diarios. La cifra pagada por la señora Safra dejó atrás el récord de Muchacho con pipa, el Picasso rosa con el que todos soñamos. Otra versión de El hombre que camina, y es imposible no recordarla, está en la transparente sala de la fundación proyectada por Renzo Piano para Ernst Beyeler en Basilea. Uno de los museos más lindos del mundo.
Final del recorrido por la planta baja y una sorpresa; un estallido. En la pequeña sala de límites precisos, un bosque de figuras: dos mujeres, una cabeza y El hombre que camina. En un costado, la pequeña maqueta del proyecto para el Chase que nunca llegó a concretarse.

Véronique Wiesinger ha buceado en los pliegues de la vida de Giacometti, al que define como el más abstracto de los figurativos. Importa más por lo que evoca que por la evidencia, a menudo la perspectiva es engañosa. La forma resulta sólo una excusa para acceder al alma, cada uno ve en la obra lo que quiere mirar, porque el deseo es esculpir en un hombre a todos los hombres.
Jean-Paul Sartre, con quien comparte amistad, ideario y lecturas, señaló la "monumentalidad interna" de su obra. Sartre escribirá uno de los ensayos fundamentales sobre Giacometti; se publican en 1948 y 1954 y tratan específicamente cuestiones de la percepción. No es lo mismo mirar la obra de frente que de perfil. Un deliberado y reiterado recurso que subraya la importancia del punto de vista. En sus investigaciones visuales, Giacometti se concentra en el retrato; desde 1951 hasta su muerte trabaja en cabezas anónimas de facciones apenas esbozadas, sólo importan la mirada y la punta de la nariz. Dos puntos en los que fija su atención y que concentran la máxima expresividad.

Una mujer como un árbol, una cabeza como una piedra, esta aproximación a la figura desde la naturaleza tiene mucho que ver con el paisaje de la infancia transcurrida en la región de los Grisones. La montaña inmensa y ese entorno agreste al que hay que domesticar serán parte de su código expresivo. Entre los retratos de pequeño formato se cuentan los de la mecenas Marie-Laure de Noailles y de la escritora Simone de Beauvoir, aunque sus modelos preferidos serán siempre Annette, su mujer, y Diego, su hermano.

Si la revelación de la forma es una oportunidad para entregar la energía creadora, las manos nerviosas ponen, sacan y agregan en la materia blanda del yeso. Hay también instantes reveladores en la muestra.

En el ADN estético de Giacometti están su padre y Cézanne, pero también Bourdelle, de quien aprende lecciones imprescindibles que son invisibles a los ojos. En sus pinturas, retratos de hombres que son todos los hombres, hay una sombra gris de contornos difusos que se vuelve violácea, recortada por un marco pintado: está allí una matriz baconiana. Seguramente Bacon miró los retratos de Giacometti, como antes había mirado al papa Inocencio X pintado por Velázquez.

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La retrospectiva de Alberto Giacometti es el resultado de tres largos años de trabajo y de cooperación entre la Fundación Giacometti de París, los museos de Arte Moderno de Río de Janeiro, la Pinacoteca de San Pablo, Base 7 Proyectos Culturales y la Fundación Proa.

Un largo viaje con tres escalas ha permitido hacer posible lo imposible y trasladar a la remota Buenos Aires una de las más conmovedoras muestras que nos hayan visitado. Sin el impulso de una herramienta como la ley Rouannet de beneficios impositivos, que le ha permitido a Brasil encarar proyectos ambiciosos, el "socio" argentino de este esfuerzo internacional tiene doble mérito.

Giacometti es otra de las cartas de triunfo de esta primavera del arte que florece en Buenos Aires. De manera inédita, y quizá por única vez, conviven las pinturas de Rubens, Tiziano y Rafael con las instalaciones de Boltanski, las esculturas de Giacometti y, en unos días más, las pinturas de Caravaggio en el Museo Nacional de Bellas Artes.

ADN GIACOMETTI
Borgonovo, 1901 - Coira, 1966 

Nace en un pequeño pueblo de la Suiza italiana. Hijo mayor de Giovanni Giacometti, pintor, y de Annetta Stampa. Sus hermanos Diego y Ottilia compartieron su temprana vocación. En 1955 llega la consagración internacional con las retrospectivas en Nueva York, Londres y Alemania. Muere en enero de 1966, víctima de un paro cardíaco, y es enterrado en el cementerio de Borgonovo.


CABEZA QUE MIRA

Ésta es la primera obra que vendió Giacometti, en 1929. Era un artista desconocido y tuvo la suerte de ser incluido en una muestra de alta circulación donde Elvira de Alvear, amiga de Borges y editora, descubrió la pieza y la compró en un gesto audaz e innovador.

EN POCAS LÍNEAS

Búsqueda intelectual 
La reflexión creativa de Giacometti lo acerca a los grandes pensadores de su época: André Breton, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Jean Genet.

Un documento único 
El catálogo de la exposición es la mayor publicación sobre Giacometti que se haya editado en la Argentina, con escritos del artista, textos de la curadora y una investigación de Cecilia Braschi.

El viaje a París 
En 1922, con 21 años, Giacometti llega a París para estudiar escultura. Se instala en el taller de rue Hippolyte Maindron, 46, y cinco años después presenta en el Salón de las Tullerías sus obras La pareja y Mujer cuchara .

Regreso a Suiza, la guerra 
Entre 1942 y 1945 el escultor permanece en Suiza, conoce a Annette, que será su esposa, en 1949, y su modelo de siempre.

Los premios 

En 1962 gana el Gran Premio de Escultura en la Bienal de Venecia y en 1965, el Gran Premio Nacional de las Artes, otorgado por el Ministerio de Cultura francés.

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Crónicas de la selva
Conjuras de fin de semana largo
Por Hugo Beccacece 

Un artista francés y sus conexiones argentinas, un film nacional de gran belleza visual ?y un encuentro a puertas cerradas, casi secreto, en que salieron a relucir griegos y latines

Un cóctel en la embajada de Francia para dos muestras de excepción: las de Christian Boltanski y Alberto Giacometti. Rara vez una personalidad a la que se agasaja a propósito de un acontecimiento cultural rinde homenaje a un colega. Después de que el embajador Jean-Pierre Asvazadourian saludó con un corto discurso a Boltanski, el artista, del que se presentan cuatro muestras en Buenos Aires, recordó los lazos que lo unen a la Argentina: en primer lugar, la admiración por Borges (una de las exposiciones se desarrolla en la ex Biblioteca Nacional de la calle México, de la que Borges fue director), la amistad con el pintor Antonio Seguí y con otro artista al que Boltanski quería mucho porque, de algún modo, sus obras tenían puntos comunes, el argentino Jack Vanarsky (1936-2009), cuyas esculturas animadas aluden al universo borgesiano. Una de las obras de éste, el Libromundo , está compuesta por hojas en distinto estado de conservación, de distintos volúmenes y épocas, animadas por un motor invisible. Las páginas cobran una vida inusitada e inquietante, parecen moverse solas, plegarse y respirar. Esa escultura excepcional fue inspirada por los relatos de Ficciones . En un aparte, Boltanski comentaba que quisiera venir a la Argentina en otra oportunidad para crear una instalación dedicada a Vanarsky en lo que fue el escritorio de Borges en la calle México. "Quisiera destacar la influencia que tuvo en Jack la concepción de 'La biblioteca de Babel'. Él estaba obsesionado con la idea de convertir ese universo en una escultura. Hace tres años que Vanarsky murió y no me resigno." Boltanski también se refirió a la coincidencia de que su producción y la de Alberto Giacometti, cuya muestra se abrirá al público a partir de mañana en la Fundación Proa, se presenten simultáneamente en la misma ciudad. "Me siento unido a él por el modo en que interrogamos la realidad."

Era una escena que podía haber sido tomada de El juego de abalorios de Hermann Hesse, pero transcurrió el sábado pasado, en los altos del café El querandí, en Bolívar y Moreno, sede de la Asociación de Ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. Allí, el silencio es total durante los fines de semana. Las salas y el salón de actos son austeros, pero cómodos e impecables; hasta hay un patio que suele tener flores. Se presentaba el libro Francisco de Quevedo y François Rabelais , de Susana Artal. Hablaron Juan Diego Vila, Jorge Binaghi y la autora. Lo curioso era que en esas manzanas, con frecuencia alteradas por las manifestaciones políticas, sindicales y estudiantiles, un grupo de personas escucharan las citas de Quevedo y Rabelais y se discutiera un epígrafe de Sófocles en griego. Por supuesto, también hubo lecturas de versos en latín. Para quien alguna vez sufrió y gozó con la traducción de los versos de Virgilio y de Catulo, resultaba conmovedor que Binaghi, ex profesor de lenguas clásicas, hiciera un elogio notable del humanismo y evocara junto con Artal a los grandes maestros argentinos de la UBA. Después de las disertaciones, hubo un recital de música instrumental y de canciones españolas e italianas del Renacimiento, interpretadas por el Durquet Ensemble, dirigido por Ariel Azkue. ¿A que peatón que pasara por la calle Moreno, ese sábado, se le hubiera ocurrido que en el primer piso del Querandí (cerrado) se debatiera sobre el significado de "deinós" (terriblemente, con vehemencia, en griego antiguo) en un texto de Sófocles? ¡Y aun más, que a eso le siguieran canciones renacentistas picarescas de Janequin! Todo fluía con mucha naturalidad, pero más tarde, cuando uno "regresaba" a Buenos Aires, era como si se hubiera participado de una conjura surrealista deliciosa y ejemplar. La serenidad, según Heidegger, es "dejar que las cosas sean". Curiosa epifanía de fin de semana largo.

Los ojos le brillaban de entusiasmo a Maria Mazza, la agregada cultural de la embajada de Italia y directora del Istituto Italiano di Cultura. Era lógico: es napolitana, canta y anunciaba en un almuerzo, acompañada por Dante Ruscica, director de la revista Italiargentina , el concierto Tránsito atlántico, en el que intervendrán Maria Pia de Vito, la muy conocida cantante italiana de jazz, y Guinga, el guitarrista brasileño. De Vito, que pasó de la música lírica a la étnica (sobre todo la de los Balcanes), grabó, entre otros álbumes, Nauplia , dedicado a la combinación de la música napolitana con el jazz. Había otro motivo que explicaba el contento de la diplomática: la llegada en pocos días de la exposición de Caravaggio, que se exhibirá en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Casi no parecían ellos. En el hall del Teatro San Martín, después del estreno de Los salvajes , la ópera prima del director cinematográfico Alejandro Fadel, los intérpretes Leonel Arancibia, Roberto Cowal, Martín Cotari, Sofía Brito y César Roldán saludaban a los espectadores. No tenían nada en común con los personajes terribles que habían encarnado, tan sólo el aspecto físico y también cierto candor. Agustina Llambí Campbell, la productora, lloraba mientras recordaba uno de los momentos difíciles del rodaje. Entre las escenas de una belleza visual conmovedora que abundan en el film, hay una en que los fugitivos, alejados de la civilización, perdidos en los bosques y las sierras cordobesas, se han convertido en lo que son, salvajes que crean, sobre la base de rastros de la cultura que han dejado atrás, un rito funerario para despedir a Gaucho, un compañero muerto. Construyen una balsa, encima depositan el cadáver, lo rodean de flores y dejan que la corriente del río se lleve al amigo. Durante esa secuencia, el director, Fadel, se cortó el brazo con tanta mala suerte que empezó a perder sangre en forma abundante. El trabajo debió interrumpirse. Agustina le hizo un torniquete a Fadel y se lo llevó a toda velocidad, en un terreno que no permitía demasiada, al hospital más cercano, es decir, a 134 kilómetros. Mientras ella contaba esa peripecia, la ex víctima desmontaba un cartel en una de las entradas del San Martín, feliz por los aplausos entusiastas del público.

CHRISTIAN BOLTANSKI
Quiere volver a la Argentina para crear una instalación en el escritorio que Borges ocupó en la ex Biblioteca Nacional

ALEJANDRO FADEL
El estreno de su película Los salvajes dejó lugar al recuerdo de los momentos más difíciles del rodaje.

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"Todo está reducido a su mínima expresión"
Por Alberto Armendariz 

Entrevista con Véronique Wiesinger, directora de la Fundación Alberto y Annette Giacometti

"Giacometti era un escultor de la energía." Así definió al artista suizo durante su visita a Brasil la curadora Véronique Wiesinger, que acompañó de cerca el montaje en Proa de esta retrospectiva itinerante por América del Sur, luego de que se exhibiera en el Museo de Arte Moderno (MAM) de Río de Janeiro.

"Giacometti decía que una persona es mucho más que su envoltorio corporal, desprende energía que está en constante interacción con el entorno. Era eso lo que él buscaba plasmar, y es particularmente notable en sus últimas obras, en las cuales todo está reducido a su mínima expresión, despojado de lo que no es absolutamente necesario. Hay unos bustos masculinos reducidos a la línea de los hombros, los ojos, la nariz, una sonrisa; no hay pelo ni cráneo, ni siquiera pómulos", explicó en Río a adn cultura Wiesinger, curadora de esta muestra y directora de la Fundación Alberto y Annette Giacometti.

Varios de esos bustos forman parte de esta muestra que reúne más de 130 piezas. Giacometti comenzó a pintar desde temprano, como dan prueba varios retratos juveniles de la exposición, pero fue cuando se instaló en París, en 1922, que se dedicó de lleno a la escultura, en su famoso atelierde la rue Hippolyte-Maindron. Allí participó del movimiento surrealista de André Breton, retrató innumerables veces a su esposa, Annette, a su hermano Diego y a personalidades como la escritora Simone de Beauvoir.

"Capturar las sensaciones es la esencia del arte. La forma en que Giacometti lo hacía no era a través del detalle, sino dando a sus sensaciones la máxima intensidad, pero no tiene que ver con el oficio", aclaró la curadora, para quien el artista se preocupaba en no ceder a la habilidad de la mano, e impedir que el oficio ocupara el lugar de la sensación.

"Todo su trabajo está enfocado en eso, en suprimir lo que es superficial, anecdótico, todos los detalles que no son necesarios. Tenía una manera de esculpir que es muy cercana al trazo de la pintura; es muy alusivo, da una sensación de aparición y desaparición, como cuando vemos una imagen en dos dimensiones", señaló.

El proceso de trabajo de Giacometti, el aspecto conceptual de su obra y la relación de sus piezas con el espacio que las rodean han hecho de él uno de los artistas más influyentes del siglo XX. No obstante, nunca había sido realizada una gran retrospectiva suya en América del Sur. Apenas un par de sus obras participaron, en 1951 y 1965, de la Bienal de San Pablo, y también se montó una pequeña exposición en la Bienal de 1998. "No le gustaba viajar; su filosofía era que todo es maravilloso si uno se toma el tiempo de analizarlo, y así lo cotidiano se vuelve extraordinario", apuntó Wiesinger.

-¿Cuál es el criterio curatorial para la muestra de Buenos Aires?
-La muestra reúne las obras más importantes y ofrece una sección más grande sobre las artes decorativas porque tenemos el trabajo que hizo para la familia Born, en Buenos Aires.

-Se trata de piezas que en la mayoría de los casos nunca han sido vistas en público antes, ¿no?
-Así es. Los trabajos que hizo para Jorge y Matilde Born en 1939 fueron el encargo más importante que Giacometti recibió. Realizó para ellos lámparas, dos chimeneas, espejos, mesas, floreros, sillas, cómodas, y la familia nos prestará algunas de sus piezas, que sumaremos a las que tiene la Fundación. Tenemos rica documentación sobre el proceso de creación de esos muebles y fotos de una instalación que se hizo en París para que los Born dieran el visto bueno antes de enviarlos a la Argentina. A Giacometti le interesaban los objetos funcionales; había analizado que en las culturas primitivas el arte tenía una función social. El arte no es sólo para decorar; hacer estos objetos es muy político, se trae el arte a la vida cotidiana, se hace que el arte influya sobre la manera en que vivimos..

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Una ofrenda
Por Jean Genet 

El artista que busca iluminar la herida secreta de todo ser

Deslumbrado por su obra, el escritor francés dejó un emotivo retrato del escultor en El taller de Alberto Giacometti, que publicará en noviembre Fundación Proa

La belleza no tiene otro origen que la herida, singular, diferente en cada uno, escondida o visible, que todo hombre guarda en sí, que preserva, y a donde se retira cuando quiere apartarse del mundo para estar momentáneamente en una soledad más profunda. Lejos está entonces el arte de Giacometti de lo que llamamos miserabilismo. Pareciera más bien que su arte se propone descubrir esa herida secreta de todo ser y hasta de toda cosa, a fin de que los ilumine.
Bajo una luz verde, Osiris apareció bruscamente -el nicho está cortado en seco, al ras de la pared-, y tuve miedo. ¿Fueron mis ojos, como era de esperar, los primeros en enterarse? No. Primero mi espalda. Y mi nuca, estrujada por una mano o una masa que me obligaba a hundirme en los milenios egipcios y, mentalmente, a inclinarme, y más aún, a encogerme frente a esa pequeña estatua de mirada y sonrisa duras. Era claramente un dios. El de lo inexorable. (Sospecho que hablo de la estatua de Osiris de pie, en la cripta del Louvre.) Tuve miedo porque se trataba, sin error posible, de un dios. Algunas estatuas de Giacometti me causan una emoción muy cercana a ese terror, y una fascinación casi tan grande.

Y también me causan este curioso sentimiento: son familiares, caminan por la calle. O vienen del fondo de los tiempos, del origen de todo, no dejan de acercarse y retroceder, en una inmovilidad soberana. Cuando mi mirada intenta domesticarlas, abordarlas -pero sin furor, sin cólera ni rayos, simplemente debido a esa distancia que me separa de ellas y que de tan comprimida y reducida que estaba yo no había notado, al punto de creer que estaban cerca-, se alejan hasta perderse de vista: esa distancia entre ellas y yo, de pronto, se había desplegado. ¿A dónde van? Por más que sigan siendo visibles, ¿a dónde están? (Hablo sobre todo de las ocho grandes estatuas expuestas este verano en Venecia.)

Nunca entendí bien qué significa ser un innovador en arte. ¿Por qué una obra debería ser comprendida por las generaciones futuras? Además, ¿eso qué querría decir? ¿Que la podrían usar? ¿Usarla para qué? No entiendo. Lo que sí entiendo -aunque sea oscuramente- es que toda obra de arte que se proponga alcanzar la grandeza, con infinito esmero y paciencia desde el momento de su elaboración, debe descender por los milenios, hasta reunirse con la noche inmemorial habitada por los muertos que irán a reconocerse en esa obra.

No, no, la obra de arte no está destinada a las generaciones futuras. Se ofrece al incontable pueblo de los muertos. Que la aprueban. O la rechazan. Pero esos muertos de los que hablo jamás han estado vivos. O lo olvidé. Y ellos hacen mucho para que uno lo olvide, para que uno olvide que la función de su vida es hacerles cruzar ese río manso donde esperan una señal, llegada desde aquí, y que ellos reconocen.

Además de estar presentes aquí, ¿dónde más están esas figuras de Giacometti de las que hablaba, si no en la muerte? ¿De dónde escapan cada vez que nuestro ojo las llama y les pide que se acerquen?

Le digo a Giacometti:

YO: Hay que tener coraje para poner una de sus estatuas en la casa de uno.
ÉL: ¿Por qué?
Dudo en responder. Temo que me mande al carajo.
YO: Una de sus estatuas, y la habitación es un templo.
Parece un poco desconcertado.
ÉL: ¿Y a usted le parece bien?
YO: No sé. ¿Y a usted? ¿Le parece bien?
La espalda y el pecho de dos de ellas tienen la delicadeza de un esqueleto que si uno tocase, se desintegraría. La curva de la espalda -la unión con el brazo- es exquisita? (me disculpo, pero) es exquisita de fuerza. Toco la espalda y cierro los ojos: no podría describir la felicidad de mis dedos. Sobre todo, tocan por primera vez el bronce. A continuación, algo poderoso los guía y los anima.
Habla de una manera pedregosa. Parece elegir por gusto las entonaciones y las palabras más próximas al lenguaje cotidiano. Como un bodeguero.
ÉL: ¿No se acuerda? Usted ya las había visto en yeso? En yeso, ¿se acuerda?
YO: Sí.
ÉL: ¿Le parece que en bronce pierden?
YO: No, para nada.
ÉL: ¿Le parece que ganan?
Vuelvo a dudar en pronunciar la frase que mejor expresa mis sentimientos:
YO: Usted me va a mandar al carajo de nuevo, pero me producen una sensación rara. No diría que son ellas las que ganan, sino que es el bronce el que sale ganando. Por primera vez en su vida, el bronce acaba de ganar. Sus mujeres son el triunfo del bronce. Sobre sí mismo, tal vez.
ÉL: Así tendría que ser.
Él sonríe y cuando sonríe todas las arrugas de su cara se ponen a reír. Es rarísimo. Los ojos ríen, por supuesto, pero la frente también (toda su persona tiene el color gris de su taller). Tal vez por simpatía, ha tomado el color del polvo. Sus dientes ríen -separados y grises también- y el viento se cuela entre ellos.
Mira una de sus estatuas.
ÉL: Medio estrafalaria, ¿no?
Una palabra que usa muy seguido. Él también es bastante estrafalario. Se rasca las crenchas grises de la cabeza. La que le corta el pelo es Annette. Se levanta el pantalón gris que le arrastra sobre el calzado. Hace seis segundos, sonreía, pero se detuvo a tocar el boceto de una estatua: durante medio minuto, se ocupará enteramente de pasar los dedos por la masa de tierra. Yo no le intereso para nada.
Traducción: Jaime Arrambide .

Articulo : http://www.lanacion.com.ar 12/10/2012