dimanche 7 octobre 2012

Daniel ARJONA/ HOBSBAWM, el último testigo del siglo XX


Hobsbawm, el último testigo del siglo XX
Por Daniel ARJONA 

Fallece a los 95 años uno de los pensadores más importantes de Europa y el más célebre de los historiadores marxistas británicos. Fue autor de clásicos como la trilogía de las Eras.

El historiador británico Eric Hobsbawm ha muerto este lunes en Londres a los 95 años. Miembro del Partido Comunista desde 1936 hasta que se derrumbó después de 1989, ejerció la mayor parte de su vida como profesor de la Universidad de Cambridge. 

Cuando en 1994 Eric Hobsbawm publicó al fin su Historia del siglo XX lo hizo casi contra su voluntad. Que el más respetado investigador de la contemporaneidad no hubiera hincado sus dientes aún en el siglo más apetitoso para la historiografía obedecía a un rechazo consciente y razonado:el siglo XX era el suyo y el testigo Hobsbawm no creía contar con la distancia temporal y emocional suficiente. Tal vez fueron esos recelos los que propiciaron una tibia acogida del libro por parte de la crítica.

Y es que Eric Hobsbawm había nacido en Alejandría el 9 de junio de 1917 un año antes de que el siglo realmente empezara. Como él mismo explicó tantas veces, el corto siglo XX brota entre las cenizas de la Gran Guerra, en 1918, cuando el mundo de ayer se esfuma, y muere en 1989, con la desintegración del comunismo. 1917 es también el año de la Revolución en Rusia, acontecimiento que marcaría para siempre la actividad intelectual de Hobsbawn.

Hobsbawm creció en una familia de judíos laicos en Viena y Berlín los años de la tan prometedora como fracasada República de Weimar. Huérfano desde niño y adoptado por sus tíos paternos, contaba 15 años cuando Hitler ascendió a la cancillería: “El 30 de enero de 1933 no es una fecha arbitraria en la que Hitler accedió al cargo de canciller de Alemania, sino una tarde de invierno en Berlín en que un joven de quince años, acompañado de su hermana pequeña, recorría el camino que le conducía desde su escuela, en Wilmersdorf, hacia su casa, en Halensee, y que en un punto cualquiera del trayecto leyó el titular de la noticia. Todavía lo veo como en un sueño” (Historia del siglo XX, Crítica, 1995).

Ese mismo año la familia marcha a Gran Bretaña. Hobsbawm se doctora en el Kings College de Cambridge, participa sin llegar a combatir en la II Guerrra Mundial y se afilia al Partido Comunista. La nutricia y poderosa escuela de los historiadores marxistas británicos hallaba así a su primera y más eminente figura. De su prolongada militancia en las filas del materialismo histórico dará cuenta en su autobiografía Años interesantes. Una vida en el siglo XX (Crítica, 2003). Historiador, marxista, británico de adopción, Hobsbawn no podía sino dirigir sus esfuerzos intelectuales al siglo XIX, el de la revolución industrial, el auge de la burguesía y del imperio y la consolidación de un novedoso y revolucionario sistema socioeconómico: el capitalismo. 

Hobsbawm quiso explicarse y explicar todo aquello lejos de los cenáculos de especialistas y acometió la escritura de la espectacular y muy leída trilogía de las Tres Eras: La Era de la Revolución: 1789-1848, La Era del Capital: 1848-1875 y La Era del Imperio: 1875-1914. Con afán divulgado y nervio narrativo, se convertiría en una de las más importantes obras de renovación historiográfica del siglo.

Ni la revolución húngara de 1956 ni la Primavera de Praga de 1968, cuando la mayoría de sus compañeros historiadores y marxistas se borraron del Partido, enajenaron su filiación comunista. Hobsbawn se mantuvo fiel pese a las críticas hasta la mismísima caída del Muro, cuando media Europa se acostó socialista y despertó capitalista. En una posterior defendía, pese a todo, que sus “enormes esperanzas para un mundo en el que los humanos pueden ser humanos”, se conservaban firmes. No por casualidad titulaba su último libro publicado Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo, 1840-2011(Crítica, 2011) 

Historiador, militante feroz, crítico de jazz en sus ratos libres, enamorado de los rebeldes primitivos, del mítico general Ludd que dio su nombre a los destructores de máquinas y de los bandoleros andaluces, Hobsbawm fue un terco testigo de su siglo, el XX, una centuria corta e intempestiva que queda hoy, con su muerte, algo más lejos.

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Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo, 1840-2011
Eric Hobsbawm
Traducción de Silvia Furió. Crítica. 490 pp., 28'90 euros

Por Juan AVILÉS
Publicado el 24/06/2011 

Nacido en 1917, el año de la revolución rusa, el británico Eric Hobsbawm no es sólo uno de los más veteranos historiadores de hoy, sino también uno de los más prestigiosos, tanto por sus sólidas investigaciones sobre la historia social de la Inglaterra decimonónica como por sus bien escritas obras de divulgación. 

Su carrera está vinculada a la que quizá haya sido la más brillante escuela historiográfica marxista, la que surgió del Grupo de Historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña, cuyos miembros fundaron en 1952 la influyente revista Past and Present. A diferencia de la mayoría de sus colegas historiadores, no abandonó el PC tras la invasión de Hungría en 1956, pero se mostró muy crítico hacia la política soviética desde entonces. Hoy, un tanto desanimado por el rumbo que ha tomado el mundo tras el hundimiento del comunismo, sigue siendo una de las grandes figuras de la izquierda intelectual.

En Cómo cambiar el mundo Hobsbawm ha recopilado 16 ensayos sobre la historia del marxismo escritos a lo largo de medio siglo, entre 1956 y 2009. No se trata por tanto de una historia sistemática del marxismo y, como suele ocurrir en este tipo de obras, unos ensayos presentan mayor interés que otros. Aunque no es para nada probable que su influencia en el siglo XXI se aproxime ni de lejos a la que tuvo en el XX, Karl Marx (1818-1883) ha sido sin duda uno de los intelectuales que más impacto ha tenido en la historia de la humanidad, sin duda porque, a su modo, fue también un profeta. En palabras de Hobsbawm, no fue sólo un analista de las tendencias del capitalismo, sino que ofreció “una esperanza histórica, expresada con una pasión enormemente profética y en términos de una filosofía derivada de Hegel, del eterno anhelo humano de una sociedad perfecta, que se alcanzaría a través del proletariado”. Podríamos decir que el marxismo ha sido una religión laica de salvación y también que el paraíso en la tierra que anunció se convirtió en una pesadilla en manos de tiranos como Stalin, Mao y Pol Pot. Pero no es la historia de las tiranías comunistas la que estudia Hobsbawm enCómo cambiar el mundo, sino la historia intelectual del marxismo en Europa occidental.

De forma no muy sorprendente en un profeta, Marx no empezó a tener verdadero impacto hasta después de su muerte, es decir desde finales del siglo XIX y sobre todo a partir de la revolución de 1917. Y aunque casi la mitad de Cómo cambiar el mundo está dedicada a analizar la obra del propio Marx y de Friedrich Engels (acerca del cual se ha publicado recientemente una magnífica biografía de Tristam Hunt: El gentleman comunista), los ensayos en mi opinión más interesantes son los dedicados a los intelectuales marxistas de Occidente a partir de 1929. En los años 30, en que el capitalismo quedó desacreditado por la Gran Depresión, el propio Hobsbawm y muchos otros jóvenes intelectuales vieron en el comunismo la gran esperanza frente a la barbarie fascista. Más tarde, en los años 50, 60 y 70, se produjo la gran eclosión del marxismo intelectual en Occidente, al compás de la expansión del sistema educativo. Pera a partir de los años 80, el marxismo ha entrado en una crisis aparentemente terminal, que implica no sólo el hundimiento de sus variantes comunistas, herederas del leninismo, sino también la virtual desaparición de su versión gradualista, es decir socialdemócrata, la que mayor importancia había llegado a tener en Europa occidental.

Por supuesto, sigue habiendo partidos socialdemócratas pero, como observa Hobsbawm, en el último cuarto de siglo ninguno de sus líderes ha declarado que el capitalismo como tal sea inaceptable, sino que tratan de hacerlo más eficaz. No era esta la propuesta de Marx. 

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Eric Hobsbawm
"Los historiadores somos la primera línea defensiva contra el avance de los mitos nacionalistas peligrosos"
Por Nuria AZANCOT 
Publicado el 15/03/2007 

A sus casi noventa años, el historiador británico Eric J. Hobsbawm (Alejandría, 1917) sigue en activo y con ganas de pelea, enredado en mil proyectos a pesar de confesar, con algo de coquetería, que “a mi edad debo limitar mis ambiciones”.

Lo dicho, pura coquetería, porque a renglón seguido reconoce a El Cultural que está apasionado por las últimas investigaciones sobre el ADN, y contesta vía email a velocidad de vértigo... Hijo de padre inglés y madre vienesa, en su autobiografía (Años interesantes, Crítica, 2003) explicaba que se ha sentido “como en casa” en varios países, a pesar de ser “alguien que no pertenece totalmente al lugar en el que se encuentra, bien como ciudadano británico entre centroeuropeos, bien como inmigrante del continente en Inglaterra, bien como judío en todos los sitios en los que he estado -especialmente en Israel”. Irreductible en sus convicciones,“el historiador más conocido del mundo” habla hoy con El Cultural sobre el imposible fin de la Historia, sobre el nacionalismo y sus mitos y sobre terrorismo, temas que aborda en Guerra y paz en el siglo XXI (Crítica), que lanza la próxima semana en España y del que también ofrecemos uno de sus mejores ensayos.

Antiespecialista en un mundo de especialistas, el trabajo de Hobsbawm se ha dirigido a menudo “a los no intelectuales”, lo que “ha complicado mi vida como ser humano pero ha representado una ventaja profesional para el historiador”. Otra es que, como reconoce a menudo, estuvo en algunos de los lugares precisos cuando debía: “Si uno ha vivido lo suficiente en la Europa del siglo XX, es casi imposible no haber estado en lugares históricos en momentos históricos. He tenido suerte”. A raudales. Pasó su infancia en la Viena de la posguerra de la I Guerra Mundial, su adolescencia en el Berlín prehit-leriano y su juventud en Londres y Cambridge. Se hizo comunista en 1932, aunque no ingresó en el partido hasta que llegó a Cambridge en otoño de 1936; la II Guerra Mundial coincidió con su servicio militar, pero, a pesar de presentarse como voluntario, sólo pudo colaborar en el Ala Militar del Hospital de Gloucester, “donde hacía de una especie de asistente social”. 

Del Che Guevara al jazz

Políglota y cosmopolita, su vida académica le ha llevado a Estados Unidos, Hispanoamérica (vivió en Colombia y Perú, y fue intérprete del Che Guevara), la India y Extremo Oriente. Miembro de la British Academy y de la American Academy of Arts and Sciences, hasta su jubilación enseñó en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde entonces dicta clases en la New School for Social Research en Nueva York. Pero su retrato sería incompleto sin mencionar, por ejemplo, su pasión por el jazz (durante diez años escribió críticas bajo el seudónimo de Francis Newton, como homenaje al trompetista del mismo nombre, que fue uno de los pocos músicos de jazz comunistas), su fascinación por las investigaciones científicas punteras o los rescoldos jamás extinguidos de su fe comunista. 

-Hace algún tiempo, el escritor Ian Buruma publicó un ensayo acerca de usted, de por qué Eric Hobsbwam había permanecido leal al comunismo tanto tiempo y a pesar de todo. Y al final no quedaba muy clara la razón. ¿El propio Hobsbwam conoce la respuesta? 
-No soy la única persona del mundo que se mantuvo leal a la causa de la emancipación de la humanidad casi toda su vida. Para los que quieran una respuesta biográfica más completa, he intentado ofrecerla en mi autobiografía Años Interesantes. 

Allí, por ejemplo, admite que “hoy en día el comunismo está muerto”, aunque acaba preguntándose si acaso “la humanidad puede vivir sin los ideales de libertad y justicia o sin aquéllos que le dedican su vida ¿O acaso incluso sin el recuerdo de los que así lo hicieron en el siglo XX?”).

Un nuevo terrorismo

-Pero, ¿al menos ha llegado a aceptar los límites de la condición humana, eso que su amigo Isaiah Berlin llamaba “las vigas torcidas de la humanidad”? 
-Siempre he aceptado los límites de la condición humana, pero también he reconocido sus enormes esperanzas para un mundo en el que los humanos pueden ser humanos.

-¿Cómo cambiaron los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres sus ideas sobre el terrorismo? 
-Los marxistas siempre hemos sido escépticos con el terrorismo (es decir, con el intento de lograr un cambio social o político principalmente mediante la acción violenta de pequeños grupos). Por sí solo el terrorismo no puede alcanzar sus metas, ni siquiera la independencia de pequeñas naciones. Ni el 11-S ni el 7-J han cambiado mi opinión al respecto. La actual fase de terrorismo es nueva en la medida en que puede organizarse globalmente de una forma en que jamás se organizó ningún terrorismo anterior, en la medida en que utiliza una macabra técnica nueva, el atentado suicida, y en la medida en que algunas de sus versiones practican sistemáticamente la masacre indiscriminada. Pero aunque esto justifica ciertamente todos los esfuerzos por eliminarlo, eso no lo convierte en una gran fuerza militar o en un peligro grave para cualquier sociedad y nación estables. 

Errores de Fukuyama

-En las primeras páginas de Guerra y paz en el siglo XXI, el libro que lanza en España la próxima semana, se muestra muy crítico con Fukuyama... ¿Por qué considera que el historiador americano fue, cuanto menos, un incauto cuando planteó y desarrolló su teoría sobre el Fin de la Historia?
-Fukuyama suponía que la culminación del desarrollo histórico sería la conversión permanente del globo a la combinación occidental de capitalismo y gobierno liberal representativo. Pensó que se había logrado, después de que se superara el desafío del socialismo en el siglo XX. No creía que la historia llegaría a detenerse, sino que a partir de entonces el mundo avanzaría tranquilamente dentro de un marco occidental incuestionable. Pero se equivocaba en ambos puntos. No hay razón alguna para creer que el capitalismo liberal del tipo noratlántico que triunfó a finales del siglo pasado sea la base duradera de las operaciones futuras del mundo. No es fundamentalmente estable ni inmune a cambios o desafíos posteriores. Y es evidente que, desde el final de la Unión Soviética, no hemos entrado en un “nuevo orden mundial”, sino en una época de agitación tectónica mundial. 

-Tampoco está de acuerdo con Fukuyama cuando defiende lo que llama “valores liberales positivos” y afirma que las modernas sociedades liberales han debilitado sus identidades, basadas en conceptos como patria o religión, y que deben enfrentarse al desafío que plantean emigrantes de otras razas y religiones, que, según él, están mucho más seguros sobre quiénes son...
-Las sociedades liberales, al estar basadas en el individualismo, están concebidas para que tengan unas identidades colectivas débiles. Por tanto,es inútil quejarse de que los “valores liberales positivos”, como escribe Fukuyama, no son suficientes para una humanidad que no vive buscando sólo el interés propio. ¿Cuáles son las alternativas? Es cierto que la velocidad y la escala del cambio histórico, es decir, el impacto de un turbocapitalismo global desde los años 60, han minado los patrones tradicionales de relación entre los seres humanos y, por tanto, su idea de identidad individual y colectiva. Los inmigrantes procedentes de países en los que este proceso está menos avanzado quizá preserven todavía las viejas formas de identidad, sobre todo en la primera generación, pero el hecho mismo de la migración las debilita. De hecho, nadie tiene un problema de “saber quién soy” más acusado que los inmigrantes de segunda generación, como los jóvenes terroristas del sur de Asia que viven en Gran Bretaña y que no se sienten como sus padres ni como los británicos y que, por tanto, hallan una identidad en un tipo nuevo y muy poco tradicional de fundamentalismo musulmán. Pero los occidentales desorientados también intentan buscar identidades colectivas en una era de incertidumbre, y una minoría también las encuentra en los estilos de vida religiosos, culturales y sexuales, mientras que un número mayor se refugia de la impersonalidad global en el nacionalismo étnico. Creo que son síntomas de enfermedad más que un diagnóstico, y mucho menos un tratamiento, como pretende Fukuyama. 

Historia, nacionalismo y mitos

-Una de sus principales contribuciones académicas son sus investigaciones sobre la invención de tradiciones nacionales. En la era del nacionalismo y de una nueva preocupación por la identidad nacional, han surgido nuevos mitos históricos nacidos simple y llanamente por razones políticas, sectarias y étnicas. ¿Es eso lo que hace que el papel del historiador sea tan decisivo a la hora de desenmascarar falsos mitos? 
-Tiene razón. Vivimos en una época dorada de creación de mitos históricos, diseñada para reforzar identidades de grupo de toda índole, en especial en una gran cantidad de nuevas naciones y movimientos regionales y étnicos. Creo en lo que escribió Ernest Renan en 1882: “El olvidar la historia y, de hecho, el error histórico, son factores esenciales en la formación de una nación, y ése es el motivo por el que el progreso de la investigación histórica a menudo constituye un peligro para la nacionalidad”. Los historiadores hoy en día somos la primera línea de defensa contra el avance de mitos peligrosos. 

-Otro de los temas de su libro es el imperialismo. ¿Considera que el americano actual es más débil que el español del siglo XVI o británico del siglo XIX? ¿Por qué? 
-El Imperio Español del siglo XVI es muy distinto del británico y el estadounidense. El Imperio Británico, que gobernó a más gente que cualquier otro en la historia, reconocía sus puntos débiles incluso en la cúspide de su poder: vea, por ejemplo, el poema Recessional, escrito por el gran imperialista Rudyard Kipling. Sabía que sus principales activos -el ser la primera potencia industrial y el centro del comercio internacional, o una armada que controlaba los océanos- no durarían. También sabía, desde la pérdida de las colonias americanas, que podría sobrevivir la pérdida del imperio y que seguiría floreciendo. El imperio estadounidense carece de este sentido de sus limitaciones. En lo relativo a la política de fuerza, obviamente no es débil, aunque sea incapaz de dominar el mundo por sí solo. Su economía atraviesa un relativo declive, pero lógicamente seguirá siendo formidable durante mucho tiempo. Sin embargo, a diferencia del Imperio Británico, que prosperó en una época de paz y escasos gastos en armamento, el imperio de Estados Unidos depende de la realidad y el potencial de un poderío militar abrumador para su supremacía. Estados Unidos, a diferencia de la Gran Bretaña del XIX, nunca ha sido un elemento esencial del sistema de comercio internacional, sólo su economía más importante. Por tanto, a diferencia de Gran Bretaña, quizá intente contrarrestar su declive mediante el poder militar. éste es uno de los grandes peligros de la situación mundial del nuevo siglo. 

-Si eso es así, ¿qué opinión le merece la dependencia europea respecto a la política internacional norteamericana?
-Todos los Estados europeos y la Unión Europea deben aceptar a la superpotencia, pero no hay razón para depender de ella. Nuestro modelo debería ser la política comercial de la UE, y no la de la OTAN.

El mapa de la especie humana

-Es evidente que usted sigue en activo, atento a la actualidad. ¿Qué descubrimientos, que inestigaciones académicas ha encontrado fascinantes últimamente?
-Me fascinan los recientes avances de la tecnología del ADN, que hacen posible una cronología y un mapa de la propagación de la especie humana por todo el globo. (Como historiador) Las dos obras originales, innovadoras y ambiciosas que más me han impresionado son The Birth of the Modern World, de Christopher Bayly, una historia auténticamente global, y Framing the Early Middle Ages, de Chris Wickham, que debe alterar nuestras perspectivas sobre lo ocurrido tras la caída del Imperio Romano. 

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Guerra y paz en el siglo XXI
por Eric Hobsbawm
Editorial Crítica

Extractos de los capítulos 2 y 8 de Guerra y paz en el siglo XXI, que la editorial Crítica lanza la próxima semana en España.

Guerra y paz en el siglo XXI
Capítulo 2
Guerra, paz y hegemonía a comienzos del siglo XXI

De entrada, la paz mundial parece hoy más factible que en el siglo xx, un siglo marcado por una cifra récord de guerras mundiales y por las muchas formas de morir a gran escala. Aún así, un estudio reciente llevado a cabo en Gran Bretaña y que comparaba las respuestas que los británicos dieron en 2004 a unas preguntas ya formuladas en 1954 apunta que el miedo a una guerra mundial es hoy mayor que en el pasado. Este miedo responde, principalmente, a un hecho cada vez más evidente: vivimos en una época de conflictos armados mundiales endémicos, guerras que suelen transcurrir dentro de las fronteras de los estados aunque se ven magnificadas por la intervención extranjera. Si bien el impacto de estos conflictos en la historia del siglo XX fue pequeño en términos militares, no podemos decir lo mismo si nos fijamos en la población, la principal víctima de estos enfrentamientos, que ha pagado, y paga todavía hoy, un elevado precio. Desde la caída del muro de Berlín, nos hallamos de nuevo sumidos en una era de genocidios y de traslados de población masivos y forzosos, tanto en algunas regiones de áfrica como en el sureste europeo o en Asia. Se estima que, a finales de 2003, la cifra de refugiados dentro y fuera de su propio país alcanzó los 38 millones de personas, unos números comparables a la extraordinaria cantidad de "personas desplazadas" después de la segunda guerra mundial. Un dato bastará para ilustrar estas afirmaciones: en 2000, el número de muertos en combate en Birmania se situaba entre las doscientas y las quinientas personas; la cifra de "desplazados internos", fundamentalmente por obra del ejército de Myanmar, rondaba el millón. Y la guerra de Iraq no hace sino confirmar este aspecto. Lo que, según los estándares del siglo XX, podríamos calificar como guerras pequeñas provocan unas catástrofes sin parangón.

La guerra típica del siglo XX, la guerra entre estados, ha perdido peso rápidamente. En la actualidad no hay conflictos entre estados, aunque no podemos descartar que vaya a haberlos en distintas regiones de áfrica y Asia, o en aquellas zonas donde la inestabilidad o la cohesión de los estados existentes se vean amenazadas. Por otro lado, aunque no estamos ante una amenaza inmediata, no ha desaparecido el riesgo de una gran guerra global, fruto probablemente de la reticencia de Estados Unidos a aceptar la aparición de China como su rival. En ocasiones, incluso, las posibilidades de evitar su estallido parecen muy superiores a las que había en 1929 para evitar la segunda guerra mundial, si bien conviene no olvidar que la posibilidad de esta guerra seguirá presente en las décadas venideras. 

Sin embargo, y aun sin las guerras tradicionales entre estados, grandes o pequeñas, pocos son los observadores realistas que auguran que éste será un siglo en el que el mundo vivirá ajeno a la presencia constante de armas y a los brotes de violencia. Con todo, es nuestro deber combatir la retórica del miedo irracional de la que se sirven gobiernos como el del presidente Bush o el del primer ministro Blair para justificar unas políticas que nos acercan al imperio global. Salvo como metáfora, no existe una "guerra contra el terror o el terrorismo", sino contra un agente político determinado que recurre a una táctica, no a un programa. El terror como táctica es indiscriminado y moralmente inaceptable, tanto si se amparan en él grupos clandestinos como si lo hacen los estados. La Cruz Roja Internacional reconoce el aumento de la barbarie en su condena a los dos bandos en conflicto en Iraq. También ha crecido el miedo a que pequeños grupos terroristas opten por la guerra biológica, al tiempo que no parecen preocuparnos tanto los riesgos, mayores e impredecibles, que indudablemente se plantearán cuando la manipulación de los procesos vitales, incluida la vida humana, se nos vaya de las manos. Aun así, el peligro real que para la estabilidad mundial o para cualquier estado consolidado suponen las actividades de las redes terroristas panislámicas a las que Estados Unidos declaró la guerra global, así como las de la suma de todos los grupos terroristas que operan en cualquier punto del planeta, es residual. Aunque han logrado asesinar a muchas más personas que sus antecesores -y menos que los estados-, el riesgo es mínimo desde un punto de vista estadístico y su importancia, escasa en términos de agresión militar. A menos que estos grupos puedan hacerse con armas nucleares, una posibilidad que, no por no ser inmediata, podemos descartar, el terrorismo no provocará la histeria, sino la reflexión. 

Con todo, el caos mundial es una realidad, como también lo es la perspectiva de otro siglo de conflictos armados y de calamidades humanas. ¿Es posible volver a una suerte de control global, como sucedió, a excepción de un período de treinta años, durante los 175 años que transcurrieron desde la batalla de Waterloo hasta la caída de la URSS? La cuestión es hoy mucho más complicada, por dos motivos. En primer lugar, las desigualdades a que ha dado lugar la globalización descontrolada del libremercado, y que han aumentado a un ritmo exponencial, son el caldo de cultivo natural de todo tipo de inestabilidades y agravios. Como se ha observado recientemente, "ni siquiera los estamentos militares más avanzados podrían enfrentarse a una crisis total del sistema jurídico", y la crisis de los estados a la que aludí anteriormente ha hecho de esta una posibilidad más factible que en el pasado. En segundo lugar, ya no existe un sistema de superpotencias internacionales plurales como el que estuvo vigente y que evitó que, salvo en el catastrófico período comprendido entre 1914 y 1945, estallara una guerra total. Este sistema descansaba en un postulado que se remontaba a los tratados que habían logrado acabar con la guerra de los Treinta Años en el siglo xvii: existían en el mundo unos estados cuyas relaciones se regían por diversas reglas, y entre ellas la de no interferir en los asuntos internos del otro, y por una distinción diáfana entre guerra y paz. Sin embargo, nada de todo esto es válido en la actualidad. Otro de los pilares del sistema era la realidad de un mundo donde convivían diferentes potencias, algo que ya existía en la reducida "primera división" de estados, apenas un puñado de "grandes potencias" que, a partir de 1945, se reduciría aún más, hasta quedar sólo dos superpotencias. Ninguna de las dos supo imponerse de un modo abrumador.

Capítulo 8
Las transformaciones del terror

¿Ha cambiado la naturaleza del terror político en las postrimerías del siglo xx? Permítanme comenzar con el inesperado brote de violencia surgido en una isla hasta ahora pacífica, Sri Lanka, en la que una mayoría de cingaleses budistas (cuya religión e ideología es todo lo contrario que se puede ser a la violencia) convive con una minoría de tamiles emigrados desde el sur de la India hace siglos o venidos como mano de obra para las plantaciones a finales del siglo xix. Su hinduismo tampoco es partidario de la violencia. El movimiento antiimperialista en Sri Lanka no se caracterizó ni por un eleva-do militantismo ni por una eficacia extraordinaria, y el país obtuvo su libertad calladamente, en realidad como subproducto de la independencia india. De hecho, en el Sri Lanka colonial se había desarrollado un partido comunista más bien pequeño, y, cosa bastante curiosa, un partido trotskista de dimensiones muy superiores, ambos encabezados por miembros cultos y agradables de la élite occidentalizada, y las dos formaciones, como buenos partidos marxistas, se opusieron al terrorismo. No hubo intento de insurrección alguno. Tras la independencia, el país siguió un plácido derrotero de socialismo moderado, cosa que resultó excelente para el bienes-tar y la esperanza de vida de la población. En resumen, medido con criterios asiáticos, el Sri Lanka anterior a la década de 1970 era una rara isla de civismo, como Costa Rica y (antes de esa misma década) Uruguay en América Latina. Hoy se enfrenta a un baño de sangre. 

Los tamiles, una minoría del 25 por 100 cuya representa-ción en las profesiones cultas es superior a su peso demográfico, han desarrollado un comprensible resentimiento hacia el régimen cingalés que en la década de 1950 decidió sustituir el inglés por el singalés como lengua administrativa nacional. En la década de 1970, un movimiento separatista tamil, no sin el apoyo de un estado indio meridional, creó varias organizaciones armadas, precursoras de los actuales Tigres Tamiles de Liberación de la Patria Tamil,* que han venido libran-do lo que de hecho es una guerra civil desde mediados de la década de 1980. A sus miembros se los conoce sobre todo por contarse entre los grandes instauradores y probablemente en-tre los mayores activistas del terrorismo suicida, aunque, dicho sea de paso, dada su ideología laica, carece de las habituales motivaciones religiosas. Los tamiles no son lo suficientemente fuertes como para lograr la secesión, y el ejército esrilanqués* es demasiado débil para derrotarlos en el plano militar. La intransigencia de ambas partes ha mantenido la guerra a pesar de las distintas mediaciones por las que terceras partes (India, Noruega) han tratado de lograr un arreglo. 

Entretanto, dos son las cosas que le han ocurrido a la mayoría de la sociedad cingalesa. Las tensiones étnico-lingöísticas generaron una fuerte reacción que adoptó la forma de una ideología nacionalista basada en el budismo y en la superioridad racial, dado que la lengua singalesa es indoeuropea (esto es, "aria"). Resulta bastante curioso que este racismo se halle presente en la tradición de la India hindú, y de hecho, tanto en Sri Lanka como en Pakistán, aún pueden encontrarse rastros del antiguo sistema de castas hindú bajo la superficie, oficialmente igualitaria. Al mismo tiempo, el JVP,** un organismo izquierdista asentado principalmente en la actividad de jóvenes cingaleses cultos que no conseguían encontrar un trabajo adecuado, así como en ideas castristas con un toque de maoísmo y una gran dosis de resentimiento hacia la vieja élite sociopolítica, organizó una importante insurrección a principios de la década de 1970. 

Fue sofocada con cierta dureza y un gran número de mucha-chos fueron enviados durante un tiempo a la cárcel. De los vestigios de esta rebelión juvenil al estilo del mayo del 68 surgió una organización terrorista militante que, acantonada principalmente en la campiña esrilanquesa, convirtió su maoísmo original en un vehemente chovinismo racista de raíz budista. En la década de 1980 organizó una campaña de asesinatos sistemáticos contra sus adversarios políticos, lo que hizo de la política una actividad de alto riesgo. (La recientemente retirada presidenta de Sri Lanka vio cómo su padre, ex primer ministro, y su marido, caían asesinados ante sus propios ojos, y perdió un ojo en otros atentados similares encaminados a asesinarla a ella.) También se utilizó sistemáticamente el terror para lograr el control de las ciudades y de los pueblos del campo. Como en el caso del movimiento maoísta Sendero Luminoso en el Perú de la década de 1980, es imposible saber hasta qué punto la dominación del JVP encontró su sostén inicial en el apoyo de las masas, en qué grado se vio ese respaldo alienado por el terror, en qué medida fue a su vez contrarrestado por el resentimiento producido por la represión del gobierno y hasta qué punto genera escepticismo acerca de los revolucionarios. Dos cosas están claras. Que el JVP contó con un apoyo generalizado en aquellos sectores de la población trabajadora del campo cingalés de cuyos miembros cultos se nutría su cúpula dirigente, y que el JVP realizó un gran número de matanzas, la mayoría de ellas perpetradas por un grupo de militantes que en América Latina habrían recibido el nombre de sicarios o asesinos a sueldo. La tentativa de asalto al poder del JVP fue reprimida del mismo modo, esto es, mediante el equivalente de las "guerras sucias" latinoamericanas orientadas a la eliminación de los líderes y de los militantes rebeldes. A mediados de la década de 1990 se estimaba que habían muerto unas sesenta mil personas, víctimas de estos conflictos. Desde sus orígenes, a finales de la década de 1960, el JVP ha intervenido de manera intermitente en la política oficial de Sri Lanka. 

Parece evidente que Sri Lanka es simplemente un ejemplo del crecimiento y la mutación sorprendentes que ha experimentado la violencia política en el mundo de finales del siglo xx. La pregunta "¿por qué?" es excesivamente amplia para este ensayo, tanto más cuanto que resulta difícil desligarla del incremento general del nivel de violencia o acción directa que las comunidades occidentales han llegado a aceptar socialmente, tanto en el plano mediático como en el de la realidad. Esto se ha producido tras un largo período en el que se ha asistido, en la mayoría de esas sociedades, al arraigo de la expectativa de que la civilización debería traer consigo el declive permanente de la violencia. 

Sería tentador decir que la violencia social en general y la violencia política no tienen nada que ver la una con la otra, dado que una parte de la violencia política de la peor clase puede producirse en países dotados de una tradición política y social notablemente no violenta, como Sri Lanka o Uruguay. No obstante, no es posible mantenerlas separadas en los países de tradición liberal, aunque sólo sea porque dichos países son precisamente aquellos en los que la violencia política no oficial ha adquirido mayor relieve en el último tercio del siglo xx, y donde, en consecuencia, lo mismo ha su-cedido con la violencia estatal de signo contrario, de intensidad habitualmente superior. Mientras conservan su capacidad operativa, los países dictatoriales o autoritarios dejan poco margen de maniobra a esta violencia política ex-traoficial, del mismo modo que apenas dejan espacio alguno a la política extraoficial no violenta. 

El aumento de la violencia en general forma parte del proceso de reversión a la barbarie que ha venido fortaleciéndose en el mundo desde la primera guerra mundial, y que he examinado en otro lugar. Su progreso resulta particularmente sorprendente en los países provistos de estados sólidos y estables, así como de instituciones políticas (en teoría) liberales, en los que el discurso público y las instituciones políticas no distinguen más que entre dos absolutos que se excluyen mutuamente: la "violencia" y la "no violencia". Esta ha sido una forma más de sentar la legitimidad del monopolio nacional que el estado tiene de la fuerza coercitiva, lo que ha venido íntimamente unido al desarme total de la población civil registrado en los estados desarrollados del siglo XIX, excepto en Estados Unidos, que por consiguiente han tolerado siempre un mayor grado de violencia en la práctica, aunque no en teoría. Desde finales de la década de 1960, los estados han perdido una parte de ese monopolio del poder y los re-cursos, y una porción aún mayor de la percepción de legiti-midad que inducía a los ciudadanos a acatar la ley. Por sí solo, esto explica buena parte del aumento de la violencia. 

La retórica liberal ha sido siempre incapaz de reconocer que ninguna sociedad funciona sin cierta violencia en la política -aunque sólo sea en la forma cuasi simbólica de los piquetes de huelguistas o las manifestaciones de masas-, y que la violencia tiene grados y reglas, como es de dominio público en las sociedades en las que forma parte de la urdimbre de las relaciones sociales y como constantemente trata de recordar la Cruz Roja Internacional a los embrutecidos beligerantes del siglo xxi. Sin embargo, cuando las sociedades o los grupos sociales no acostumbrados a un alto grado de violencia social se ven en la tesitura de practicarla, o cuando en las sociedades tradicionalmente violentas se descomponen las reglas normales, los límites establecidos sobre el uso o el grado de la violencia pueden saltar. Por ejemplo, tengo la impresión de que las tradicionales rebeliones campesinas, teniendo en cuenta la brutalidad general de la vida y la conducta rurales, no eran habitualmente demasiado sanguinarias -por lo común menos que su represión-. Cuando dichos levantamientos caían en la masacre o en la atrocidad, la violencia solía ir dirigida contra personas o categorías de personas concretas y contra propiedades -por ejemplo las casas de la pequeña aristocracia-, mientras que, a la inversa, otras gentes quedaban específicamente al mar-gen debido a que gozaban de buena reputación. Los actos violentos no eran arbitrarios, sino prescritos, casi podríamos decir, por el ritual de la ocasión. No fue la Revolución de 1917, sino la guerra civil rusa la que extendió las carnicerías a gran escala a la campiña rusa. Ahora bien, cuando desaparecen los frenos de la conducta consuetudinaria, los resulta-dos pueden ser aterradores. Una de las razones de que los narcotraficantes colombianos hayan tenido tanto éxito en Estados Unidos estriba, a mi entender, en que, en la pugna con sus rivales, han dejado de aceptar la acostumbrada convención machista de que no se debe matar a las mujeres y a los hijos de los adversarios. 

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El optimismo de la voluntad
Eric J. Hobsbawm
Paidós. 61 págs, 4 euros

Por Bernabé SARABIA 
Publicado el 08/07/2004 

De origen judío centroeuropeo Eric J. Hobsbawm es un historiador a no perder de vista. Muertos sus padres, se instala, a comienzos de los años treinta, en el Reino Unido.

Miembro del Partido Comunista inglés, sus escritos de finales de la década de 1970 y principios de los 80 sobre la modernización del Partido Laborista le dieron una considerable notoriedad. Hobsbawm es un erudito especialista en los siglos XIX y XX que sostiene que la historia actual comienza a mediados del XVII. Como pone de manifiesto esta larga conversación de Antoine Spire con Hobsbawm sobre su vida y su obra, ésta gira en torno al estudio de la evolución del capitalismo. 

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Años interesantes. Una vida en el siglo XX
Eric Hobsbawm
Traducción de Juan Rabasseda-Gascón. Crítica. Barcelona, 2003. 413 páginas, 29’90 euros

Por Rogelio LÓPEZ-BLANCO
Publicado el 10/04/2003

La lectura de la autobiografía del historiador Eric Hobsbawm constituye una suerte de visita a la pasada centuria, la que él mismo ha denominado “siglo corto”, con un guía excepcional, no sólo por el carácter profesional del cicerone sino también por sus cualidades humanas: la curiosidad, la experiencia vital y, sobre todo, por el significado que tiene en esa etapa histórica, el compromiso.

Británico de origen judío, de extracción social media y de cultural original centroeuropea --el alemán fue su lengua materna--, el itinerario personal de Hobsbawm sigue en paralelo la historia tumultuosa de su siglo en alguno de sus escenarios más importantes, particularmente hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. 

Nacido en Alejandría en 1917, vio el final de los restos del antiguo Imperio Habsburgo en una Austria transformada en una república que sufría los embates del resentimiento por la derrota, pero en el contraste de un marco urbano, Viena, que era uno de los más importantes bastiones rojos de Europa. Su inicial conciencia de izquierdas se manifestó plenamente cuando, en 1933, se trasladó al Berlín de la República de Weimar, donde transcurrió la etapa más agitada de su vida desde el punto de vista vital e intelectual. En todas esas situaciones el autor transmite con viveza el ambiente que se respiraba.

Un capítulo central de su existencia fue la asunción del comunismo. Esa militancia política en la izquierda, primero en la fidelidad hacia el Partido, luego desde una postura más heterodoxa, a partir de 1956, y la vocación como historiador marxista, los dos elementos que conforman la base de su compromiso existencial, constituyen el eje explicativo de la vida de Eric Hobsbawm.

Así, desde esa experiencia, sabe explicar como nadie de dónde y porqué nace esa ilusión colectiva por la Revolución de Octubre y su legado, la permanencia acrítica en esa postura contumaz hasta las revelaciones sobre los crímenes de Stalin y el posterior empeño en no desentenderse de una vinculación laxa con un proyecto que, como él mismo reconoce, estaba condenado al fracaso y devino en una destrucción política y moral de enormes dimensiones.

Para los que no compartan la concepción materialista de la historia de Hobsbawm, el valor de esta autobiografía permanece intacto, además de por ser un testigo de excepción, por su honradez intelectual: el principio de realidad se suele imponer sobre unas ilusiones, muchas veces desbocadas, depositadas en proyectos que se precipitan en el fracaso y que el autor no tiene reparo en confesar, tanto en lo que se refiere a los análisis como a las expectativas infundadas, aunque, eso sí, siempre ha mantenido presta la disposición de ánimo para embarcarse en nuevas quimeras.

En este orden de cosas, el mayor reparo que cabe recriminar al autor está en su visión de Latinoamérica. Aparte de la sorpresa por lo familiar que le resultaba el subcontinente en su primera visita, lo más censurable es su idea de que allí, al revés que en Europa, la revolución no sólo era posible sino necesaria. Actualmente deposita su confianza, por fin, en la vía democrática, la de Lula en Brasil y, con reparos, la de Fox en México.

Entre las lecciones del maestro, en consonancia con su pretensión de que este libro sea una ayuda para el lector que se adentra en el siglo XXI, se cuentan preservar la distancia sobre los hechos, la necesidad de mantener una postura escéptica --lógico en quien ha visto caer el Imperio Británico, el III Reich y la URSS- y el prevenir contra la nueva amenaza, la de las identidades, cualesquiera que sean, que buscan construir una historia a su medida.

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El orden global en el siglo XXI
Fukuyama, Garton Ash, Cooper, Hobsbawm, Hassner y Luttwak debaten la Historia del futuro

Publicado el 20/02/2000 

A veces, a pesar del vértigo de las novedades editoriales, quizá incluso por él, es necesario detenerse en las grandes cuestiones pendientes, intentando trazar, por ejemplo, una suerte de historia del futuro.

En esta ocasión el tema a debate es la tan traída y temida globalización. Las nuevas tecnologías han convertido al planeta en una inmensa aldea en la que ya no existen ni problemas particulares ni políticas autistas. Son abundantes los retos y las dudas: ¿triunfarán los valores liberales de Occidente en todo el mundo? ¿Cuál será el papel de los Estados nacionales? ¿Cómo serán las guerras del próximo siglo? ¿Qué significa la globalización? Es el turno de Robert Cooper, director de la Región Asia-Pacífico en el Ministerio del Exterior de EE. UU; Francis Fukuyama, autor del polémico El fin de la historia; Timothy Garton Ash, catedrático en Oxford; Pierre Hassner, profesor en el Centro de Estudios de Investigación Internacional en París; Eric Hobsbawm, profesor emérito de Historia, y Edward Luttwak. ¿Conclusiones? Quizá que en el futuro los ciudadanos podrían preferir ser miembros de una ONG antes que de un Estado. Que la globalización económica y cultural es imparable -ningún país puede permitirse el lujo de aislarse-, aunque la política resulta más compleja. Que la identidad está en crisis. Que Europa puede desaparecer demográficamente, pero jamás culturalmente... En fin, un apasionante debate que publicamos por cortesía de la revista mexicana “Letras Libres”, en versión de Laura E. Pacheco.

Robert Cooper: La pregunta fundamental es si el nuevo consenso liberal —la democracia, el imperio de la ley y la cooperación internacional— se aplicará en todas partes o si seguirá siendo algo específico de Occidente. En Europa hay una gran afluencia de Estados que quieren limitar su propia soberanía uniéndose a la Unión Europea. Pero el resto del mundo todavía tiene sentimientos ambivalentes hacia estos nuevos valores. Samuel Huntington afirmó que en vez de converger en torno a normas liberales, ahora tenemos bloques de valores que chocan.

Edward Luttwak: Creo que ahora las premisas liberales alcanzan una gran proyección, quizá no en el mundo islámico, pero sí en toda Iberoamérica, con las posibles excepciones de Colombia y Haití. Al menos esos gobiernos sienten la necesidad de discutir que suscriben esos principios.

Cooper: Aquí hay que hacer una distinción. Las ideas liberales no son indiscutibles, pero sí gozan de gran popularidad. Por otra parte, fuera del núcleo que conforman algunos países occidentales, la idea de que los Estados pueden intervenir en los asuntos de otros Estados cuando no les gusta lo que pasa, no es bien aceptada.

Timothy Garton Ash: Sí, este es el punto crucial. Por ahora, Europa es el único continente en el que los Estados aceptan la interferencia rutinaria de otros Estados en sus asuntos internos. Pero Robert está en lo cierto al preguntar si se trata de una tendencia que otros van a seguir, o si el Estado liberal posmoderno seguirá siendo característico de Occidente. En otras palabras, ¿vivimos en un mundo huntingtoniano de bloques de valor que compiten, o en un mundo fukuyamesco de convergencia en torno a normas liberales? Desde luego, Huntington afirmaría que el de Kosovo fue un conflicto entre las “civilizaciones” ortodoxa e islámica.

Francis Fukuyama: La intervención militar en otro país constituye un paso tan serio que no es un examen justo para la tesis de la convergencia liberal. Pero hay ciertas normas que ahora pueden aplicarse de manera transnacional: no necesariamente por los Estados que usan bombas, sino por organismos no gubernamentales y por todo tipo de cuerpos internacionales. Por ejemplo, en Indonesia era imposible criticar al gobierno de Suharto, pero la Prensa podía publicar las acusaciones de la Organización Mundial de Comercio contra el gobierno, y eso se ha vuelto una especie de norma internacional. Aun los Estados más autoritarios tienen que abrirse a factores como prácticas internacionales de contabilidad porque, de lo contrario, no hay inversión.

Cooper: Quiero que abordemos estos temas económicos. Una de las conclusiones que he sacado de la crisis asiática es que la globalización económica implica un grado de "valor" de la globalización: nadie va a invertir en un país a menos que vea algo parecido al imperio de la ley; a menos que haya criterios internacionales de contabilidad, etcétera.

Fukuyama: Creo que es cierto. Uno de los retos a la tesis del Fin de la Historia vino del éxito que tuvieron los regímenes de mercado neoliberal en Asia. El Este asiático aún conserva muchas instituciones culturales distintivas: el empleo vitalicio de los japoneses, los chaebols de Corea del Sur, y los arreglos entre “camaradas”. 

Sin embargo, uno de los efectos de la crisis asiática es que, lentamente, todo eso se está erosionando. Para decirlo en términos simples: las firmas de contabilidad coreanas que antes utilizaban métodos contables específicos de Corea están siendo reemplazadas por Arthur Andersen y la kpmg.

Cooper: De modo que, tal y como Microsoft y la ibm establecieron las pautas para el funcionamiento de las computadoras en todo el mundo, ¿los Estados Unidos van a establecer las pautas de la economía?

Luttwak: Quizá, pero no va a ser tan sencillo. Veamos el caso de Microsoft. En los Estados Unidos hay un capitalismo “turbo”, dinámico y poderoso, que funciona bien por dos razones que no pueden traducirse a muchos otros lugares. Una es la existencia de un estricto control antimonopolios. En Gran Bretaña Bill Gates sería lord Gates y tendría libertad de hacer lo que se le viniera en gana. Si Microsoft fuera una empresa gala, todas las embajadas francesas estarían a su servicio. Pero en los Estados Unidos el Departamento de Justicia se lanza contra la yugular de Microsoft y no cede. Y mientras, hace todo lo posible para destruir la imagen de la compañía de Gates para que los jóvenes talentos no se vayan a trabajar allá. La segunda razón es que fuera de los Estados Unidos no hay un espíritu calvinista que haga que los perdedores se sientan culpables dentro del sistema competitivo darwiniano. En otros países, los perdedores se sienten furiosos y eso puede arruinar su política fiscal, por no decir algo peor. Los perdedores no van a destruir al sistema, aunque ciertamente pueden causar dislocaciones.

Fukuyama: Pero eso no ocurre en Asia. Los tailandeses están escribiendo nuevas leyes para regular los bancos; los coreanos del sur están adoptando la transparencia.

Luttwak: Es cierto, y ahí se está gestando algo parecido al calvinismo. Pero en Argentina, por ejemplo, cuando a la gente la despiden de su trabajo, no se dedica a engordar, como hacen los norteamericanos, ni se culpa a sí misma; los argentinos se lanzan a las calles. Así es que el modelo funciona de distintos modos en distintos lugares

Hobsbawm: Bueno, hablando de modelos, me parece que lo que ha sucedido en el siglo XX es que se han eliminado dos de ellos. Uno es el de la planificación total sin mercado. El otro es el modelo opuesto de un laissez-faire total. Ambos han pisoteado a los rusos, aunque al menos el segundo se eliminó más rápidamente que el primero. Creo que en el próximo siglo ninguno de los dos va a funcionar. Aunque es probable que en todas partes sobreviva algún tipo de economía mixta, el tema de los valores sobre los cuales operarán la economía, la sociedad y la política es mucho más incierto. Hay una tendencia incuestionable hacia la globalización de la economía, y aun de la cultura, pero no existe una tendencia equivalente que globalice a las instituciones políticas, o de otro tipo. Esto significa que, en el futuro inmediato, todavía viviremos una era en la que las fuerzas de la globalización tienen que coexistir y negociar con los Estados-nación, que siguen siendo los únicos centros de autoridad política real, aun si es bastante reducido el número de naciones-Estado que cuentan en este tema de la negociación global.

Pierre Hassner: Coincido en que el modelo europeo de capitalismo benefactor es el más atractivo. Pero me temo que los norteamericanos tienen razón cuando argumentan que, para que el sistema funcione, se necesita un grado de flexibilidad más alto; que Alemania atraviesa una gran crisis, etcétera. De modo que no veo la solución en este tipo de butskellismo moderado, pero tampoco puedo concebir la armoniosa dispersión del modelo norteamericano. En vez de eso, tendremos una gama de modelos de mercado, aunque algunos estarán distorsionados y tendrán tintes mafiosos. Coincido con Eric en que el Estado sigue siendo fundamental, pero también creo que está en crisis y que hay una ausencia de instituciones, tanto a nivel global como nacional, que intercedan entre las fuerzas de la globalización económica y las especificidades de cada país.

Cooper: Eric y Pierre imaginan un mundo en el que todo se globaliza excepto la política. Yo no estoy tan seguro. Ahora podemos ver a un conjunto de instituciones internacionales, más poderosas y más importantes que cualquier forma anterior. Si me piden que precise qué es soberanía hoy, utilizaré la definición de Max Weber sobre el monopolio del uso de la fuerza, y casi diré que se ha convertido en el monopolio de la cooperación. Por ejemplo: el derecho a sentarse en la Organización Mundial de Comercio, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en una infinidad de otras Instituciones, como las que establecen las normas para la telefonía global.

Luttwak: El sistema global se ha convertido en lo que antes solía ser la vida pública británica: algo gobernado por comités.

Fukuyama: Pero no sólo los comités globales constriñen la soberanía del Estado. ¿Recuerdan a Brent Spar o las tierras de Ogoni en Nigeria? La compañía petrolera Shell no tuvo que enfrentarse a una agencia global de protección del ambiente, sino a algo igual de poderoso: la opinión pública. Hasta ahora, la omc realmente no se ha encargado de temas laborales ni del medio ambiente, pero es posible que la opinión pública la obligue a hacerlo. Si se tiene un capital con movilidad global y una fuerza de trabajo que no la tiene, es necesario proteger esos intereses laborales a través de la política.

Hobsbawm: Estoy de acuerdo. Pero esto contradice la teoría general de la globalización, que insiste en que todos los factores de producción deben ser plenamente movibles. ¿Por qué la fuerza de trabajo tiene mucha menos movilidad hoy que la que tenía hasta antes de 1914?: por razones políticas. En las naciones democráticas los electores no lo toleran. Aun en los Estados Unidos, donde durante algún tiempo se trató de admitir la libre inmigración, se enfrentaron a que constituía todo un problema. No hay que subestimar la diáfana resistencia de la política.

Cooper: Claro que el Estado sobrevive, pero se ha vuelto más peemeable y transparente.

Garton Ash: Una de las ironías de la Europa contemporánea es que hay más naciones que nunca en su historia. Si comparamos el mapa de 1999 con el de 1899, encontramos por lo menos a quince recién llegados. Es posible que se trate de Estados menos efectivos, pero allí están, y su existencia sirve de antídoto contra las afirmaciones más simplistas de la teoría de la globalización en el sentido de que el Estado va a desaparecer.

Cooper: No estoy tan seguro de que los Estados sean mucho menos efectivos que antes. Creo que los Estados nunca han sido muy efectivos. Me pregunto si en el futuro la gente preferirá pertenecer a las organizaciones no gubernamentales en vez de a los Estados.

Hobsbawm: No.

Luttwak: Lo dudo.

Cooper: Bueno, antes la gente pertenecía a un partido político y hoy esa ya es casi una práctica olvidada. Creo que la gente prefiere pertenecer a una ong que a un partido político.

Luttwak: Desde luego, tienes razón: todos los Estados son menos efectivos de lo que solían ser, y algunos, de una manera dramática. Cualquiera que hable con quienes toman las decisiones en Moscú quedará impresionado por la falta de poder del Estado ruso. Y hay que ver a China. En Gran Bretaña el Estado gasta cerca del 40% del producto interno bruto; en China, alrededor del 2% del P.I.B va al gobierno de Pekín. Pekín puede pedir cosas o iniciar campañas, pero no controla China en la forma en que el gobierno británico rige a Gran Bretaña. Pero hasta Gran Bretaña está limitada por todas las organizaciones internacionales de las que es miembro; por todas las leyes internacionales a las que está sujeta, sin mencionar las presiones políticas domésticas ante las que debe responder. Si trato de imaginar un Estado verdaderamente poderoso, un Estado con un alto grado de poder absoluto dentro de sus propias fronteras, pienso en el Irak de Saddam Hussein antes de que se metiera en problemas. Hussein tenía pocos recursos y decidía si gastarlos en armas, salud, o lo que fuera.

Hobsbawm: A partir de mediados del siglo XVIII y hasta mediados de 1960, se fortificaron todo tipo de Estados, sin importar su ideología, en el sentido de que fueron más capaces de saber que sucedía en su país y pudieron administrarlo mejor para organizar aspectos crecientes de la vida social y movilizar a la gente a todo tipo de tareas, incluida la guerra. Esto ocurrió independientemente de la política. El Estado liberal británico de mediados del siglo XIX era mucho más poderoso que la monarquía absoluta francesa del XVIII. Esta tendencia se revirtió sólo a partir de 1970.

Luttwak: ¿Por qué? Porque el conflicto era el combustible de esta maravillosa entidad. A menos que tuviera un enemigo poderoso, en 1914 el gobierno británico no podía haberle ordenado a millones de personas que se pusieran un uniforme que se veía raro, cruzaran el Canal de la Mancha y empezaran a cavar trincheras.

Cooper: Pero no es sólo el fin de la guerra lo que ha comprometido la autoridad del Estado. También está lo que Francis describe en su nuevo libro: una especie de resquebrajamiento social. Los Estados han perdido poder porque la sociedad se ha vuelto menos coherente.

Fukuyama: Sí, esto es importante. Pero antes que nada, si te refieres a la efectividad cada vez menor de los Estados, no debes olvidar el punto fundamental de la globalización económica. Francia ya no está en completa libertad para determinar la naturaleza de su Estado benefactor, porque si reduce a 35 horas la semana laboral, las compañías simplemente se llevan su inversión a otra parte. Quizá el país pueda soportarlo, pero tiene que pagar un precio. Antes eso no existía. Para volver a lo que Robert señaló en el sentido de que la sociedad se ha vuelto menos coherente: el punto aquí es la erosión de la jerarquía. Cuando se tiene una sociedad altamente tecnologizada, y una sociedad y una economía muy complejas en las que los ciudadanos y los trabajadores tienen un nivel educativo alto, no se les puede organizar por imposición. Los programadores de Microsoft saben más de su trabajo que sus gerentes, y para eso se requiere una forma de administración más plana y descentralizada. Las sociedades de información son enemigas del autoritarismo o de un jefe autoritario que se siente en la cima de un sistema jerárquico. La inteligencia debe distribuirse de una manera mucho más amplia a través de la sociedad, y, por lo general, eso tiene un efecto profundamente democratizador.

Cooper: Y conforme una sociedad se vuelve mejor educada, la identidad de las personas también se vuelve más compleja. Se pierden la sencillez y la unidimensionalidad de la identidad nacional.

Garton Ash: Esto no quiere decir que la gente vaya a identificarse como ciudadana de Greenpeace. Quizá para los eslovacos o los kosovares optar por su propio Estado no sea una elección racional, pero eso es lo que han elegido. La gente todavía ve en el Estado su núcleo principal de identidad y su prospecto de autogobierno democrático. Si contamos las estructuras políticas que rigen o complementan a una economía globalizada, entonces tenemos que abordar los temas de identidad y democracia, internacional o estatal. No estoy en absoluto convencido de que ni las ongs ni las regiones puedan hacer esto. Europa me convence a medias. Quizá la UE sea lo más lejos a que hemos llegado en la construcción de una identidad y una democracia parciales de un tipo significativo y durable, a un nivel distinto al del Estado nacional.

Luttwak: Nací en Transilvania, así es que para mí eslovacos y albaneses, kosovares y rutenianos, son poblaciones campesinas clásicas. Ellos no participan en el mundo de las ongs, de las identidades múltiples ni en nada de eso. Para ellos resulta sensato proteger su identidad de la única manera en que pueden comprenderla: a través del Estado. Si hablamos de los catalanes o de los escoceses, ellos participan en otros cuerpos que moderan la intensidad de su deseo por constituir una entidad autónoma. Cuanto más desahogo económico y más educación tiene la gente, menos depende de una sola identidad.

Garton Ash: Sería un error sugerir que sólo los campesinos quieren su propio Estado.

Luttwak: Desde luego. Pero un eslovaco sólo puede ser eslovaco, mientras que un checo puede pertenecer o no a Greenpeace.

Hobsbawm: Bueno, no sé. Para mí la identidad es una especie de problema de segundo orden. Más importante es el problema de la democracia. Se ha convertido en una de esas palabras de algodón que está en boca de todos, pero nadie sabe qué significa. De modo que permítanme exponer una tesis. La ciudadanía civil está floreciendo en el sentido de los derechos humanos, de los valores compartidos, de las convenciones internacionales y todo eso. La ciudadanía social también ha demostrado su adaptabilidad. A Thatcher y a Reagan se les dificultó echar atrás la función redistributiva de los estados ricos. El verdadero problema está en la ciudadanía política. ¿Qué significa ahora para el ciudadano tener un efecto sobre su gobierno? Cada vez menos. Aquí es donde la globalización y la sustitución de la soberanía del consumidor por la soberanía del ciudadano se volvieron un problema. El solo hecho de vivir en un país que tiene elecciones multipartidistas no genera automáticamente una ciudadanía política. La participación en el mercado ha sustituido a la participación en la política, de manera que tenemos que repensar todo el problema de la democracia.

Fukuyama: ¿Eso no refleja una elección democrática de las poblaciones? La gente quiere la soberanía del consumidor. Y no es algo despreciable o siquiera no político. 

Hobsbawm: No niego que eso sea lo que quiere la gente, pero ¿es compatible con lo que antes se consideraba un sistema político democrático?

Hassner: Yo creo que tanto la democracia como la identidad están en crisis. El problema de la identidad no es de segundo orden. Es un problema básico para todos: la relación entre el cambio y la continuidad, entre lo global y lo particular. Nos debatimos entre lealtades que compiten. Para mí, como judío errante que también es francés, rumano, etc., eso está muy bien, pero no creo que las sociedades puedan basarse en identidades tan múltiples. Es por eso que la otra cara de la democracia liberal es la tentación totalizadora; la gente quiere una identidad más coherente y estable. El problema es que las identidades deben creerse o sentirse como algo natural, pero ahora, en nuestra era posmoderna, todo el mundo sabe que son artificiales. En cuanto a la democracia, yo no comparto la visión de Eric. Las grandes ideologías están muertas, de modo que sólo queda una lucha entre la tecnocracia y el populismo. Para cumplir de manera eficiente, la tecnocracia invita a las limitaciones de la integración europea, la moneda única, la globalización y todo lo demás. Esto le da armas a los LePens y a los Haiders. Hoy lo particular, lo local y lo nacional coexisten con lo universal y lo global. Pero sí coincido con Eric en que hay un problema con las instituciones que deberían mediar entre los dos niveles. Quizás esto explique la crisis en la participación política. 

Cooper: Aquí hay un eslabón con el punto en el cual iniciamos. El asunto de los consumidores que tienen una identidad débil, en vez de ciudadanos con identidades fuertes, explica por qué tenemos estas guerras de soberanía del consumidor. Pero quiero terminar volviendo al famoso ensayo de Francis sobre el Fin de la Historia de hace diez años, en el que describe el triunfo del consumismo y de la democracia liberal. Quiero preguntarles si justo en el momento en que Occidente triunfó empezó su implosión.

Luttwak: Evocas un argumento elemental y te daré una respuesta elemental. Desde el punto de vista demográfico, Occidente está desapareciendo. En los sitios en donde esto no ocurre, se debe a que están recibiendo inmigración de países no occidentales. Pero la cultura occidental sobrevivirá. Cuando el último occidental haya muerto, todavía encontraremos a Lucrecio publicado en Corea.

Hobsbawm: A partir del siglo XVI y hasta principios del XX, el porcentaje de la población global representada por europeos, y por descendientes de europeos, se mantuvo en ascenso hasta que alcanzó el 30%. Ahora ha descendido a alrededor de un 15%. El otro gran cambio es que la gente ya no obedece: nacional o internacionalmente. Se acabó la época en que las personas comunes y corrientes estaban preparadas para aceptar la autoridad de un gobierno legítimo. Gran Bretaña e Italia enfrentaron problemas con las guerrillas insurgentes en sus colonias somalíes, pero nunca se puso en duda que Gran Bretaña e Italia pudieran mantenerse ahí como administradores efectivos. Esto se acabó. Lo veremos en Kosovo, donde, en la práctica, el Ejército de Liberación de Kosovo se negará al desarme. Ésta será una de las características del siglo por venir. Habrá grandes zonas de África y Asia, e incluso partes de Europa, donde las grandes potencias internacionales, y hasta las regionales, serán incapaces de imponer su voluntad.

Hassner: Occidente está padeciendo un declive geopolítico, pero las ideas occidentales, la democracia liberal, la economía de mercado, los derechos humanos, tienen un valor universal. Francis está en lo correcto cuando afirma que no hay alternativas creíbles. De modo que la pregunta es: ¿cómo recogerán y transformarán los chinos u otras culturas en ascenso el legado de Occidente? ¿Cómo manejarán otras culturas las debilidades de las ideas e instituciones occidentales? Quizá me obsesionan las experiencias totalitarias de este siglo, pero fueron reacciones a la modernidad, a la debilidad de la democracia liberal individualista. En las condiciones modernas el Estado totalitario no resulta viable, pero esto no significa que las pasiones totalitarias vayan a desaparecer.
Garton Ash: Al igual que Pierre, soy un liberal universalista. No creo que haya valores asiáticos, no creo que haya valores africanos: creo en un núcleo de valores comunes a la humanidad. Y creo que la globalización, y en particular la revolución en las comunicaciones, nos da una oportunidad extraordinaria de diseminar esos valores. Para Occidente la prueba crucial es si podemos ayudar a crear un camino que vaya de la tribu premoderna al Estado cooperativo liberal posmoderno, sin que implique vadear en sangre. Los eventos en los Balcanes sugieren que aún no hemos encontrado otra alternativa a esta ensangrentada ruta hacia la modernidad. Mucho depende de nuestra capacidad para encontrarla.

Fukuyama: Bueno, estoy en desacuerdo con casi todos ustedes. Yo creo que el poder geopolítico occidental se incrementará porque no depende de la población. Está basado en el capital humano y en los rendimientos cada vez mayores del desarrollo del capital humano. La superioridad tecnológica de Occidente quizá va en ascenso y eso alimenta el desempeño económico, el poder militar, y muchas otras cosas. La pregunta que subyace a todo esto es una pregunta moral. Contamos con un alud de riqueza y de poder material, pero ¿tenemos el temperamento para usarlo con sabiduría? ¿O seguimos los pasos del Imperio Romano? Bajo la superficie, ¿existe una especie de descomposición moral? Occidente todavía tiene una gran autoseguridad moral en sus instituciones y valores pero hay una cantidad enorme de tendencias perturbadoras: el consumismo excesivo, el incremento de la desintegración familiar, el deterioro del deber y de la solidaridad. 

Cooper: Como Tim, me declaro liberal internacionalista, hijo de la Ilustración, y por eso, a diferencia de Tim, creo que estamos condenados. Porque nos ata lo irracional más que lo racional. Creo que fue Gellner quien dijo que lo que define a una comunidad es su creencia en algo falso. Cualquiera puede creer en algo verdadero, pero hay que ser católico para creer en la transustanciación del alma; hay que ser nacionalista para creer en un mito nacional. Y si todos nos volvemos racionalistas liberales universales, entonces terminaremos por no creer en nada.

Luttwak: La visión de Francis sobre el Imperio Romano y la decadencia es demasiado pesimista. Hasta los males culturales tienen arreglo. Los romanos orientales del imperio hicieron justo eso, y su cultura siguió floreciendo durante muchos siglos. Pero le hemos restado legitimidad a algo muy importante: la gloriosa experiencia de la guerra. Yo fui combatiente y me alegra admitir que la guerra fue la experiencia más disfrutable de mi vida. Pero le hemos prestado atención sólo a quienes se traumatizaron con ella.

Garton Ash: Para que ese tipo de conflicto “heroico” fuera posible otra vez, tendría que desinventarse mucha tecnología.

Luttwak: Lo único que digo es que si una elite se concentra en un problema cultural, puede resolverlo. Si queremos hacer más Kosovos y aceptar pérdidas humanas, podemos reorientar nuestra cultura para que suceda.

Hassner: En cierto sentido tienes razón, pero en otro lo que dices es falso. No es posible resolver un problema como ese sin antes resolver muchos otros también. Este fue el dilema al que se enfrentó Hegel a principios del XIX. Como tú, él afirmó que la guerra dejó de ser placentera, que se volvió prosaica y tecnológica. Kosovo es la culminación de eso. Pero ahora hay que desinventar no sólo mucha tecnología militar, sino también al individuo egoísta, incapaz de sacrificarse por una causa colectiva. Nietzsche describió esto con gran elocuencia en un lema que Francis tomó prestado para su libro: el último hombre. El hombre que sólo busca el bienestar material, que no tiene interés en el sacrificio ni en la grandeza. Nietzsche dijo que era necesario corregir eso, que era necesaria una aristocracia planetaria: las bestias rubias. El resultado no fue muy bueno.

Cooper: Ese debe ser el comentario final. Muchas gracias a todos. 

Articulo: http://www.elcultural.es 04/10/2012