dimanche 14 octobre 2012

Daniel ARJONA/Steven PINKER: “Si los activistas no dijeran que las cosas empeoran, ¿quién los escucharía?”


Steven Pinker
“Si los activistas no dijeran que las cosas empeoran, ¿quién los escucharía?”
Por Daniel ARJONA 

Asesinatos, violaciones, torturas, ataques preventivos, guerras, genocidios. Nuestra era regó el tronco de la civilización con la sangre de millones de víctimas y parece justo premiarle con el título a la más violenta de la historia. Pero las metáforas no resisten bien la realidad. Reservemos la tétrica medalla y suspiremos aliviados. Nunca época alguna fue más pacífica que la nuestra. Es la tesis a la contra del psicólogo y neurocientífico de Harvard Steven Pinker plasmada en su libro Los ángeles que llevamos dentro, que pública Paidós la semana próxima. Nacer en el sangriento siglo XX fue cinco veces más seguro que hacerlo en una idílica comunidad tribal. Pero esperen, el asombro acaba de empezar.

El optimismo siempre tuvo mala prensa. Desalojado lo positivo de las portadas de los periódicos por una interminable secuencia de perros que muerden niños y niños que muerden perros, la pesadumbre anegó ideologías y modos de pensamiento, estudios y políticas. Gramsci clamó desde la cárcel por el optimismo de la voluntad pues a una razón que curioseara honestamente en torno suyo sólo le cabía el pesimismo. Pero, de pronto, la ciencia brindó una insospechada zapa al optimismo a golpe de razón. 

Una nueva generación de científicos ha peleado en las últimas décadas por recuperar la poco fotogénica defensa del progreso humano. El psicólogo cognitivo Steven Pinker (Montreal, 1954) es uno de ellos. En 1981 quedó atónito al toparse con unas gráficas que mostraban que la Inglaterra del siglo XX era un 95% más pacífica que la del XIV. De 110 homicidios anuales cada 100.000 personas se había pasado a 1. Sólo 1. Cómo no tirar de ese hilo, un hilo que se convirtió en tela de araña que atrapó a todo el planeta y a la totalidad de la historia humana en forma de un libro sobre el declive de la violencia: Los ángeles que llevamos dentro. 

De sus más de mil páginas, las primeras 628 forman filas como una fortificada legión de datos, gráficas y fuentes que dan fe de un vertiginoso descenso de la violencia desde las sorprendentemente belicosas sociedades de cazadores recolectores hasta nuestro muy pacífico presente. El ejército documental nunca fue más necesario para probar una afirmación que, al ser mencionada en una cena de amigos, suscita, en los mejores casos, sonrisas escépticas. 

Pregunta: ¿De qué forma les explicamos que, como usted afirma, “vivimos en la socidad menos violenta de la historia”?
Respuesta: Sus amigos deberían recordar dos lecciones de las clases de matemáticas. La primera es que la estimación de una tasa necesita tanto de un numerador como de un denominador. En el caso de las tasas de violencia, este último sería el número de ocasiones en que la violencia se produce. Sus amigos nunca ven a un reportero informando desde una ciudad pacífica de que, “por vigésimo tercer año consecutivo, no ha habido guerras en Nicaragua (o en Angola, Vietnam o Bangladesh)”. Las noticias tratan de cosas que ocurren, nunca de las que no ocurren. Tampoco vemos a nadie a la puerta de un hospital anunciando: “Siete personas han muerto hoy de viejas”. La segunda lección matemática es que una tendencia consta de, como mínimo, dos puntos en el tiempo, nunca de uno. Afirmar que “hay violencia hoy, luego el mundo es más violento que nunca” es la consecuencia de estos dos sencillos errores. En realidad, todas las estimaciones sobre el número de guerras y de muertos muestran un pronunciado descenso. 

El sesgo de la memoria

P: ¿Qué tipo de autoengaño nos permite pensar que la violencia ha aumentado?
R: La gente calcula probabilidades a raíz de los ejemplos que puede recordar. Pero la memoria humana está sesgada y favorece la retención de episodios personales vívidos y tórridos. Recordamos las explosiones y la sangre, pero no tenemos mentalmente presente a toda la gente que ha muerto en paz. Además, nuestra mentalidad cambia, y nos hace más sensibles a la violencia que aún permanece. Hace 200 años, nadie hubiera considerado la pena de muerte como una forma de violencia -lo habrían llamado justicia-, y albullying entre menores lo habrían llamado chiquilladas. Sin embargo, hoy nos preocupa mucho más, y por eso vemos más violencia a nuestro alrededor. 

P: La idea del buen salvaje rousseauniano que pintó como idílicas a las sociedades tribales es de nuevo el centro de sus ataques. ¿Qué debiera asustarnos más, vivir una guerra entre tribus o una guerra mundial?
R: Hablando proporcionalmente, las posibilidades de morir en batalla están en el mismo rango. En conjunto, vivir en el siglo XX resultaba al menos cinco veces más seguro que vivir en una sociedad tribal. 

P: ¿Rousseau es el enemigo público número uno? 
R: Como todos los grandes pensadores, tenía ideas de diversa índole. Algunas de ellas eran erróneas -como el mito del buen salvaje- o incluso peligrosas -como la visión romántica de los cambios revolucionarios-, pero otras de sus ideas eran humanas -como que los niños deben ser educados en vez de castigados- e importantes -como sus novelas en las que suscita la empatía del lector. 

El peso de la cultura

En 2002, en su monumental La tabla rasa (Paidós, 2005), Pinker desmontaba la creencia de que la cultura trabaja como un alfarero y moldea a voluntad una naturaleza humana no muy diferente de un bloque de plastilina. La evolución y la genética se alzaban como los principales responsables de nuestra conducta. En aquel libro fascinaba, por ejemplo, el relato de aquel par de gemelos univitelinos que, separados al nacer y criados por familias completamente diferentes, descubrían al encontrarse, ya en la edad madura, no sólo que vestían igual, escuchaban la misma música y votaban al mismo partido sino que... ¡ambos estornudaban en el ascensor cuando lo encontraban atestado! Pero, ¿y ahora? Si nuestros genes violentos pueden someterse, ¿es que ha mejorado su valoración del peso de la cultura en la conducta?
R: No es cierto, La tabla rasa no afirmaba que la cultura fuese irrelevante, sino que el error estriba en considerar que la cultura y la naturaleza humana son alternativas. La tabla rasa mantenía una amplia discusión sobre la cultura -incluido un capítulo entero dedicado al asunto-, pero argumentaba que la cultura no es una fuerza autónoma que se escriba sobre una tabla rasa o sirva para moldear una arcilla, sino que emerge como resultado de que la gente comparte el conocimiento entre sí y trabaja para alcanzar acuerdos acerca de cómo vivir. 

Las cinco fuerzas pacificadoras

P: ¿Y cuál ha sido esa estrategia cultural que ha logrado encadenar a nuestros peores demonios?
R: Identifico cinco esenciales fuerzas pacificadoras: el gobierno, que penaliza la agresión; el comercio, que hace que otras personas sean más valiosas vivas que muertas; el cosmopolitismo, que anima a la gente a empatizar con los demás; la feminización, que devalúa al machismo y a las culturas violentas basadas en el honor, y la expansión de la razón, que considera la violencia como un problema cerca de su resolución. 

P: Afirma que el intercambio comercial es un beneficioso agente pacificador. Hoy, en plena crisis mundial, con los mercados en el centro de todas las críticas, ¿cómo se atreve a reivindicar su fuerza civilizadora?
R: ¿Ha invadido Alemania a Grecia a causa de la crisis? ¿Irá Gran Bretaña a la guerra contra España? ¿Están China y Estados Unidos a punto de enfrentarse en una guerra? La reducción de la violencia no significa que todos los problemas humanos se vayan a evaporar mágicamente, o que las tensiones y conflictos vayan a desaparecer. Únicamente significa que no van a derivar en batallas con tanques e intercambios de artillería, como ocurría en el pasado.

P: Heinrich Heine escribió que las ideas de un solitario pensador pueden destruir civilizaciones. Pero usted afirma que otras ideas, como las de Kant, pueden también mejorarnos.
R: Tristemente, es mucho más fácil para un solo individuo -un Hitler, un Stalin, un Mao- provocar un gran daño que hacer mucho bien. Muchas de las fuerzas benévolas que describo han aparecido a través de cambios graduales de mentalidad que, poco a poco, se han extendido entre la población, pero no debido a la influencia de un solo pensador o líder. Pese a ello, existen algunos pensadores heróicos en lo que respecta a la reducción de la violencia. Citaré tres ejemplos: Cesare Beccaria, cuyo análisis de los castigos criminales ayudó a abolir torturas detestables; los forjadores de la Declaración de la Independencia y la Constitución de EE.UU., que establecieron la conveniencia de la democracia liberal, y Mahatma Gandhi, que explicó la lógica de la resistencia no violenta. 

El fracaso del terrorismo

P: España ha sufrido durante muchos años la ideología violenta de la banda terrorista ETA. ¿Cómo podemos defendernos de las ideas asesinas?
R: La teoría comúnmente citada de que un cambio social progresivo sólo puede alcanzarse mediante la violencia es verdaderamente una idea criminal, y no responde a los hechos. La inmensa mayoría de los movimientos terroristas no logran ni uno solo de sus objetivos. Que no haya un estado vasco independiente es uno de tantos ejemplos (tampoco hay en Quebec, Palestina, Kurdistán, Tamil, Eelam...). Además, un reciente estudio ha mostrado que los movimientos de resistencia no violenta, como los de Filipinas, Suráfrica y Egipto, tienen el triple de posibilidades de conducir a cambios de régimen que los movimientos de resistencia violenta. Me gusta pensar que, si estos hechos fuesen más conocidos, habría menos movimientos violentos. 

P: Precisamente el mundo musulmán es hoy uno de los focos principales de violencia. ¿Es usted optimista sobre el resultado de las revoluciones árabes? ¿Qué quedará? ¿Democracia o fanatismo religioso?
R: Nadie lo sabe, pero la historia nos enseña que, cuando se pone en marcha una campaña mundial para eliminar alguna práctica violenta, a largo plazo triunfa. La esclavitud fue una vez legal en todas partes del mundo, y los movimientos abolicionistas del siglo XVII podrían haberse tachado de románticos e inútiles. No triunfaron inmediatamente -en EE.UU., hubo una Guerra Civil por este asunto-, sino que fueron gradualmente conquistando el mundo, incluidos los países islámicos, como Arabia Saudí o Yemen, donde no la abolieron hasta 1962, y Mauritania, que fue el último Estado en abolirla, en 1980. Lo mismo puede ocurrir con las campañas contra las dictaduras, la guerra y la violencia contra las mujeres: llevará algún tiempo que penetren en las zonas más atrasadas del mundo, pero la historia está de su lado. 

Seis tendencias, cinco fuerzas históricas, cinco demonios interiores y nuestros cuatro mejores ángeles completa el estudio de Pinker, una narración bien divertida, pese a los muestrarios de torturas y las efusiones sanguíneas, en la que por primera vez se registra qué hemos hecho bien después de todo. 

Moralistas y activistas

P: ¿Es esa su última provocación, que a estas alturas del partido el Bien gana por ahora al Mal? 
R: Hay un principio general de la Psicología según el cual el Mal es psicológicamente más poderoso que el Bien. Prestamos más atención, y nos afectan más los acontecimientos malos que los buenos, incluso cuando los buenos son intensos. Las críticas duelen más de lo que ayudan los elogios. La gente detesta perder más aún de lo que disfruta ganar. Resulta fácil imaginarse en un estado mucho peor al actual que en otro mucho mejor. Además, los moralistas y activistas políticos tienen incentivos para decir que las cosas son terribles y están empeorando; de otra forma, ¿quién los escucharía?”. 

P: Tiene fama de ser un pensador a la contra. ¿Le gusta sentirse un destructor de mitos? 
R: Como psicólogo, soy la peor persona posible para evaluar mi propio rol. Aunque, en el fondo, me gusta pensar que estoy buscando verdades, explicaciones y entendimiento. Lo que a veces implica criticar mitos que veo que se interponen en el camino hacia la comprensión. Pero mi motivación primaria tiene más de positiva (explicar cosas) que de negativa (criticar cosas).

***
Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones
Steven Pinker
Traducción de Joan Soler Chic. Paidos. Barcelona, 2012. 1103 páginas. 42 euros

No es habitual que el subtítulo de un libro lo malvenda, pero Los ángeles que llevamos dentro nos dice mucho más acerca de por qué ha disminuido la violencia. Pinker, catedrático de psicología en la Universidad de Harvard que se dio a conocer por El instinto del lenguaje aborda algunas de las preguntas más importantes que podemos hacernos: ¿son los seres humanos esencialmente buenos o malos? ¿El siglo pasado ha sido testigo de un progreso moral o de un hundimiento moral? ¿Tenemos razones para mostrarnos optimistas respecto al futuro? 

Si esto les suena como un libro que les gustaría leer, esperen, hay más. En 1.000 páginas repletas de información, Pinker también escribe de un montón de asuntos más concretos. He aquí una muestra: ¿Qué le debemos a la Ilustración? ¿Existe un vínculo entre el movimiento de los derechos humanos y la campaña por los derechos de los animales? ¿Por qué el porcentaje de homicidios es superior en los estados del sur de EE.UU. que en los del norte? ¿Son hereditarias las tendencias agresivas? ¿La disminución de la violencia en ciertas sociedades concretas podría atribuirse a un cambio genético en los miembros de las mismas? ¿Qué relación guarda el coeficiente intelectual de un presidente con el número de muertes en combate en guerras en las que ha participado Estados Unidos? ¿Nos estamos volviendo más inteligentes? ¿Un mundo más inteligente es un mundo mejor? 

En su búsqueda de respuestas, Pinker echa mano de las investigaciones recientes en los campos de la historia, la psicología, la ciencia del conocimiento, la economía y la sociología. Y no tiene miedo a aventurarse en aguas filosóficas más profundas, como la función que desempeña la razón en la ética y la pregunta de si, sin religión, algunas opiniones éticas pueden fundamentarse en la razón y otras, no. La tesis central de Los ángeles que llevamos dentro es que nuestra época es menos violenta, menos cruel y más pacífica que cualquier periodo anterior de la existencia humana.La disminución de la violencia se refiere a la violencia dentro de la familia, en los vecindarios, entre las tribus y entre los Estados. Las personas que viven en la actualidad tienen menos posibilidades de morir de muerte violenta o sufrir por la violencia o la crueldad que otros que las personas que han vivido en cualquier siglo pasado. 

Pinker da por sentado que muchos de sus lectores se mostrarán escépticos por esta afirmación, así que dedica seis sustanciosos capítulos a documentarla. A lo mejor esto suena a bodrio pero, para cualquiera que esté interesado en comprender la naturaleza humana, el material es fascinante y, cuando la cosa se pone dura, Pinker sabe aligerarla con comentarios irónicos y un toque de humor. 

El autor arranca con los estudios sobre las causas de muerte en los distintos pueblos y épocas. Algunos estudios se basan en los esqueletos encontrados en yacimientos arqueológicos; el promedio de los resultados indica que el 15% de los humanos prehistóricos murió de muerte violenta a manos de otra persona. La investigación de las sociedades contemporáneas o de cazadores-recolectores más recientes ofrece una media llamativamente similar, mientras que otro grupo de estudios centrados en las sociedades pre-estatales en las que hubo horticultura muestra un porcentaje aún mayor de muertes violentas. En cambio, entre las sociedades estatales, la más violenta parece haber sido el México azteca, en la que el 5% de los ciudadanos murió a manos de otros.En Europa, incluso durante los periodos más sangrientos -el XVII y la primera mitad del XX- las muertes en las guerras rondaron el 3%. Los datos confirman la idea principal de Hobbes de que, sin un Estado, lo probable es que la vida sea “desagradable, brutal y corta”. Sin embargo, un monopolio estatal sobre el uso legítimo de la fuerza reduce la violencia. Pinker lo llama el “proceso de pacificación”. 

No son sólo las muertes en las guerras, sino también los asesinatos, lo que disminuye a largo plazo. Incluso esos pueblos tribales ensalzados por los antropólogos por su “amabilidad”, como los semai de Malasia, los kung del Kalahari y los inuit del Ártico Central, resultan tener unos índices de asesinatos que son, en relación con la población, comparables a los de Detroit. En Europa, la probabilidad de ser asesinado es ahora menos de la décima parte, y en algunos países solo la quinceava parte, de la que uno habría tenido de haber vivido hace 500 años. Los índices de EE.UU. también han disminuido considerablemente en los dos o tres últimos siglos. Pinker considera que esta disminución forma parte del “proceso de civilización”. 

Durante la Ilustración, en la Europa de los siglos XVII y XVIII y en los países bajo influencia europea, tuvo lugar otro cambio importante. La gente empezó a observar con recelo las formas de violencia que anteriormente se habían dado por sentadas: la esclavitud, la tortura, el despotismo, los duelos y las formas extremas de castigo cruel. Incluso empezaron a alzarse voces en contra de la crueldad con los animales. Pinker se refiere a esto como la “revolución humanitaria”. 

Comparada con el relativamente pacífico periodo que vivió Europa tras 1815, la primera mitad del siglo XX parece la caída en picado en un abismo moral sin precedentes. Pero en el siglo XIII, las brutales conquistas mongolas acabaron con 40 millones de personas -no tan lejos de los 55 millones que murieron en la Segunda Guerra Mundial -en un mundo que sólo tenía la séptima parte de la población de mediados del siglo XX. Los mongoles rodeaban y masacraban a sus víctimas a sangre fría, igual que hacían los nazis, aunque solo tenían hachas de guerra en lugar de pistolas y cámaras de gas. Desde 1945, hemos sido testigos de un nuevo fenómeno conocido como la “larga paz”: desde hace 66 años, las grandes potencias, y los países desarrollados en general, no han librado guerras entre ellas. Más recientemente, desde el final de la Guerra Fría, una “nueva paz” más amplia parece haberse consolidado. Por supuesto, no es una paz total, pero se ha producido una disminución de todas las clases de conflictos organizados, entre ellos las guerras civiles, los genocidios, la represión y el terrorismo. Pinker admite que quienes siguen la información de los medios de comunicación tendrán una especial dificultad para creerlo pero, como siempre, presenta estadísticas para respaldar sus afirmaciones. La última tendencia que aborda Pinker es la “revolución de los derechos”, la repugnancia por la violencia infligida a las minorías, las mujeres, los niños, los homosexuales y los animales a lo largo del último medio siglo. Por supuesto, Pinker no sostiene que estos movimientos hayan logrado sus objetivos, pero nos recuerda lo lejos que hemos llegado en poco tiempo. ¿Cuál ha sido la causa de estas tendencias beneficiosas? Esta pregunta representa un especial desafío para un autor que ha argumentado sistemáticamente en contra de la idea de que los humanos seamos hojas en blanco sobre las que la cultura y la educación dibujan nuestro carácter, bueno o malo. No ha transcurrido el tiempo necesario para que los cambios se deban a la evolución genética. Por tanto, ¿no demuestran las tendencias que Pinker describe que nuestra naturaleza es más un producto de nuestra cultura que de nuestras características biológicas? Esa forma de expresarlo da por sentada una dicotomía simplista de naturaleza y educación. Para los lectores familiarizados con la literatura sobre psicología evolutiva y su tendencia a disminuir la importancia que la razón tiene en el comportamiento humano, el aspecto más sorprendente de la explicación de Pinker es que el último de los “mejores ángeles” sea la razón. Los ángeles que llevamos dentro es un libro sumamente importante. Que abarque semejante cantidad de investigaciones repartidas por tantos campos es un logro magistral. Pinker muestra de forma convincente que ha habido una disminución espectacular de la violencia y resulta persuasivo en cuanto a las causas de dicha disminución. ¿Pero qué hay del futuro? Nuestro mejor conocimiento de la violencia, del que el libro de Pinker es un ejemplo, puede ser una herramienta valiosa para mantener la paz y reducir el crimen, pero hay otros factores en juego. Pinker es un optimista, pero sabe que no hay ninguna garantía de que las tendencias que ha documentado se mantengan. Ante las teorías de que el relativamente pacífico periodo actual va a saltar por los aires por un “choque de civilizaciones” con el islam, por el terrorismo nuclear, por la guerra con Irán o las guerras provocadas por el cambio climático, nos da motivos para pensar que tenemos bastantes probabilidades de evitar esos conflictos, pero no más que eso. 

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Adelanto de Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker

PREFACIO

Este libro versa sobre lo que acaso sea lo más importante que haya acontecido jamás en la historia humana. Aunque parezca mentira -y la mayoría de la gente no lo crea-, la violencia ha descendido durante prolongados períodos de tiempo, y en la actualidad quizás estemos viviendo en la época más pacífica de la existencia de nuestra especie. Esta disminución, por cierto, no carece de complicaciones, puesto que no ha conseguido llevar la violencia al nivel cero ni garantiza que la violencia continúe disminuyendo en adelante. Sin embargo, desde los enfrentamientos bélicos hasta las zurras a los niños ha habido un avance inequívoco, palpable en escalas de milenios a años. 

El retroceso de la violencia afecta a todos los aspectos de la vida. La existencia diaria es muy distinta si hemos de estar siempre preocupados por si nos raptarán, violarán o matarán, y es difícil promover o desarrollar artes sofisticadas, centros de aprendizaje o comercio si las instituciones pertinentes son saqueadas e incendiadas poco después de haber sido construidas. 

La trayectoria histórica de la violencia afecta no sólo a cómo se vive la vida sino también a cómo se entiende la vida. Para nuestra idea de significado y finalidad, lo esencial sería saber si los esfuerzos de la especie humana durante largos períodos de tiempo nos han hecho mejores o peores. Concretamente, ¿cómo vamos a conseguir que cobre sentido la modernidad de la erosión de la familia, la tribu, la tradición y la religión producida por las fuerzas del individualismo, el cosmopolitismo, la razón y la ciencia? En buena medida depende de cómo entendamos el legado de esta transición: si vemos el mundo como una pesadilla de crímenes, terrorismo, genocidios y guerras, o como un período que, con arreglo a los estándares históricos, está bendecido por niveles inauditos de coexistencia pacífica. 

La cuestión de si el signo aritmético de las tendencias en la violencia es positivo o negativo también tiene que ver con nuestra concepción de la naturaleza humana. Aunque diversas teorías de la naturaleza humana arraigadas en la biología suelen estar asociadas al fatalismo respecto a la violencia, y aunque la teoría de que la mente es una pizarra en blanco está a mi juicio es al revés. ¿Cómo vamos a entender el estado natural de la vida cuando apareció nuestra especie y dieron comienzo los procesos de la historia? La creencia de que la violencia ha aumentado sugiere que el mundo que hemos construido nos ha contaminado, quizá de manera irreparable. La idea de que la violencia ha disminuido sugiere que empezamos fatal y que los artificios de la civilización nos han conducido en una dirección noble, en la que ojalá continuemos. 

Es éste un libro voluminoso, pero no hay más remedio. Primero debo convencer al lector de que la violencia ha descendido realmente en el transcurso de la historia, sabiendo que la idea misma invita al escepticismo, la incredulidad y a veces, incluso, al enfado. Nuestras facultades cognitivas nos predisponen a creer que vivimos en una época violenta, en especial cuando son avivadas por medios que siguen la consigna: «Si hay sangre, muéstralo». La mente humana tiende a calcular la probabilidad de un acontecimiento a partir de la facilidad con que puede recordar ejemplos, y las escenas de carnicerías tienen más probabilidades de llegar a los hogares y grabarse en la mente de sus habitantes que las secuencias de personas que mueren de viejas. Con independencia de lo pequeño que sea el porcentaje de muertes violentas, en números absolutos siempre habrá las suficientes para llenar el telediario de la noche, de modo que la impresión de la gente respecto de la violencia no se corresponderá con las proporciones reales de dicha violencia. 

La psicología moral también distorsiona nuestro sentido del peligro. Nadie ha reclutado jamás activistas para una causa que anuncie que las cosas están mejorando, y a los portadores de buenas noticias a menudo se les aconseja que mantengan la boca cerrada, no vaya a ser que la gente se confíe y caiga en la autocomplacencia. Asimismo, buena parte de nuestra cultura se resiste a admitir que pueda haber algo bueno en la civilización, la modernidad y la sociedad occidental. Pero quizá la principal causa de la impresión de la omnipresente violencia surge de una de las fuerzas que inicialmente la hicieron descender. La disminución de la conducta violenta ha ido en paralelo con el declive de las actitudes que toleran o glorifican la violencia, y a menudo las actitudes van a la cabeza. Según los criterios de las atrocidades masivas de la historia humana, la inyección letal a un asesino en Texas o un crimen por discriminación en el que un miembro de una minoría étnica es intimidado por vándalos, es un asunto bastante leve. Pero desde una posición estratégica contemporánea, lo vemos como signos de lo bajo que puede caer nuestra conducta y no de lo alto que pueden haber llegado nuestros estándares. 

Pese a las ideas preconcebidas, deberé convencer al lector de mis afirmaciones con cifras, que extraeré de conjuntos de datos disponibles y que representaré en gráficas. En cada caso explicaré de dónde proceden y haré todo lo que pueda para interpretar cómo encajan en la historia de la evolución de la violencia. El problema que me he propuesto entender es la reducción de la violencia en diversas escalas: la familia, el barrio, entre tribus y otras facciones armadas, y entre países y estados importantes. Si la historia de la violencia en cada nivel específico tuviera una trayectoria idiosincrásica, cada una pertenecería a un libro aparte. Pero para mi gran y reiterado asombro, las tendencias globales en casi todos los casos, vistos desde la posición ventajosa del presente, apuntan a la baja. Esto requiere documentar las diversas tendencias entre un simple par de portadas y buscar elementos comunes en cuándo, cómo y por qué ha sucedido. 

Espero convencer al lector de que demasiadas clases de violencia se han movido en la misma dirección para que todo sea una mera coincidencia, lo cual a mi juicio exige una explicación. Es natural contar la historia de la violencia como una saga moral -una heroica lucha de la justicia contra el mal-, pero éste no es mi punto de partida. Mi enfoque es científico en el sentido mplio de buscar razones de por qué pasan las cosas. Quizá descubramos que un avance concreto en la paz se debió a emprendedores morales y sus acciones. Pero tal vez descubramos también que la explicación es más prosaica, como un cambio en la tecnología, el gobierno, el comercio o el conocimiento. Tampoco podemos entender el descenso de la violencia como una fuerza imparable del progreso que está conduciéndonos a un punto omega de paz perfecta. Es un conjunto de tendencias estadísticas en la conducta de grupos de seres humanos de diversas épocas, y como tal pide una explicación en función de la psicología y la historia: cómo la mente humana afronta circunstancias cambiantes. 

Una parte amplia del libro explora la psicología de la violencia y la no violencia. La teoría de la mente que invocaré es una síntesis de ciencia cognitiva, neurociencia afectiva y cognitiva, psicología social y evolutiva, y otras ciencias de la naturaleza humana que examiné en Cómo funciona la mente, La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana y The Stuff of Thought. Según esta concepción, la mente es un sistema complejo de facultades emocionales y cognitivas puesto en marcha en el cerebro, que debe su diseño básico a los procesos de la evolución. Algunas de estas facultades nos predisponen a diversas clases de violencia. Otras -«los mejores ángeles de nuestra naturaleza», en palabras de Abraham Lincoln- nos predisponen a la cooperación y la paz. Para explicar el descenso de la violencia hemos de identificar los cambios en el medio cultural y material que han dado ventaja a nuestra tendencia pacífica. 

Por último, necesito mostrar cómo nuestra historia se ha imbricado con nuestra psicología. En los asuntos humanos, todo está conectado con todo, lo cual es especialmente cierto si hablamos de violencia. A lo largo del tiempo y el espacio, las sociedades más pacíficas también suelen ser más ricas, sanas y cultas, estar mejor gobernadas, respetar más a las mujeres y practicar más el comercio. No es fácil decir cuál de estos rasgos felices inició el círculo virtuoso y cuál se incorporó sin tener un papel importante, y es tentador resignarse a circularidades insatisfactorias, como que la violencia disminuyó porque la cultura se volvió menos violenta. Los científicos sociales distinguen las variables «endógenas» -las de dentro del sistema, donde acaso se vean afectadas por los mismos fenómenos que están intentando explicar- de las «exógenas» -las que se ponen en movimiento debido a fuerzas externas-. Las fuerzas exógenas pueden tener su origen en el terreno práctico, como los cambios en la tecnología, la demografía o los mecanismos del comercio y el gobierno. Pero también pueden originarse en el terreno intelectual, a medida que ideas nuevas se conciben, difunden y adquieren vida propia. La explicación más satisfactoria de un cambio histórico es la que identifica un desencadenante exógeno. Partiendo de los datos, intentaré identificar fuerzas exógenas que se han engranado con nuestras facultades mentales de diversas maneras en distintos momentos y que, al parecer, han generado descensos en los niveles de violencia. 

Los análisis que tratan de justificar estas cuestiones dan como resultado un libro grande -lo bastante grande para que no estropee la historia si anticipo las principales conclusiones-. Los ángeles que llevamos dentro es un relato de seis tendencias, cinco demonios interiores, cuatro ángeles y cinco fuerzas históricas. 

Seis tendencias (capítulos 2 al 7). Para dar cierta coherencia a los muchos avances que componen el repliegue de nuestra especie con respecto a la violencia, los agrupo en seis tendencias principales. 

La primera, que tuvo lugar en la escala de los milenios, fue la transición desde la anarquía de la caza, la recolección y las sociedades hortícolas -en las que nuestra especie pasó la mayor parte de su historia evolutiva- hasta las primeras civilizaciones agrícolas con ciudades y gobiernos, que comenzaron hace unos cinco mil años. Este cambio fue acompañado por una disminución de las incursiones y las contiendas que caracterizaban la vida en un estado natural y por un descenso, más o menos a la quinta parte, en los índices de muertes violentas. A esta imposición de la paz la denomino «proceso de pacificación». 

La segunda transición abarcó más de medio milenio, y donde está mejor documentada es en Europa. Entre finales de la Edad Media y el siglo xx, los países europeos asistieron a una disminución, entre diez y quince veces, de sus índices de homicidios. En su obra clásica El proceso de la civilización, el sociólogo Norbert Elias atribuía este sorprendente descenso a la consolidación de un patchwork de territorios feudales en grandes reinos con una autoridad centralizada y una infraestructura comercial. Con un gesto de asentimiento a Elias, llamo a esta tendencia «proceso de civilización». 

La tercera transición se extendió en la escala de los siglos, y se inició en torno a la Era de la Razón y la política de la Ilustración europea en los siglos xvii y xviii (aunque había habido antecedentes en la Grecia clásica y el Renacimiento, y paralelismos en otras partes del mundo). Se produjeron entonces los primeros movimientos organizados para abolir formas de violencia socialmente toleradas, como el despotismo, la esclavitud, los duelos, la tortura judicial, las matanzas supersticiosas, el castigo sádico y la crueldad con los animales, junto con los primeros indicios de pacifismo sistemático. A veces los historiadores denominan «revolución humanitaria» a esta transición. 

La cuarta transición importante tuvo lugar al acabar la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, las dos terceras partes de un siglo han sido testigos de un avance sin precedentes históricos: las grandes potencias y los países desarrollados en general han dejado de librar guerras entre sí. A esta situación bienaventurada los historiadores la han denominado la «larga paz». 

La quinta tendencia también tiene que ver con los combates armados, pero es más indirecta. Aunque a los lectores de noticias quizá les cueste creerlo, desde el final de la Guerra Fría en 1989 han disminuido en todo el mundo los conflictos organizados de toda clase: guerras civiles, genocidios, represión a cargo de gobiernos autocráticos y atentados terroristas. Como reconocimiento al carácter provisional de este feliz avance, lo llamaré la «nueva paz». 

Finalmente, después de la Segunda Guerra Mundial, en la posguerra inaugurada simbólicamente por la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, ha crecido la aversión a la agresión a escalas más pequeñas, incluyendo la violencia contra minorías étnicas, mujeres, niños, homosexuales y animales. Estos productos derivados del concepto de derechos humanos -derechos civiles, derechos de las mujeres, derechos de los niños, derechos de los gais y derechos de los animales- se reafirmaron en una sucesión de movimientos, desde finales de la década de 1950 hasta la actualidad, que denominaré las «revoluciones por los derechos». 

Cinco demonios interiores (capítulo 8). Muchas personas creen implícitamente en la «teoría hidráulica de la violencia»: los seres humanos albergan un impulso interno hacia la agresividad (instinto de muerte o sed de sangre), que crece dentro de nosotros y que, de vez en cuando, debe ser liberado. Nada podría estar más lejos de un conocimiento científico contemporáneo de la psicología de la violencia. La agresividad no es un impulso único, no digamos ya un impulso creciente. Es el resultado de varios sistemas psicológicos que difieren en cuanto a sus desencadenantes ambientales, su lógica interna, su base neurológica y su distribución social. El capítulo 8 está dedicado a explicar cinco de ellos. La violencia depredadora o instrumental es simplemente una violencia utilizada como un medio práctico para un fin. El dominio es el deseo de autoridad, prestigio, gloria y poder, en forma de gestos viriles entre individuos o de luchas por la supremacía entre grupos raciales, étnicos, religiosos o nacionales. La venganza alimenta el impulso moralizador hacia la represalia, el castigo y la justicia. El sadismo es el placer obtenido del sufrimiento de otro. Y la ideología es un sistema de creencias compartido, que por lo general supone la visión de una utopía que justifica la violencia ilimitada en pos de un bien ilimitado. 

Cuatro mejores ángeles (capítulo 9). Los seres humanos no son buenos de manera innata (tampoco malos), pero vienen provistos de impulsos que pueden alejarlos de la violencia y orientarlos hacia la cooperación y el altruismo. La empatía (especialmente en el sentido de «preocupación compasiva») nos empuja a sentir el dolor de otros y a alinear sus intereses con los nuestros. El autocontrol nos permite prever las consecuencias de actuar sobre los impulsos y, por tanto, inhibirlos. El sentido moral consagra una serie de normas y tabúes que rigen las interacciones entre las personas de una cultura, a veces de maneras que reducen la violencia, aunque a menudo (cuando las normas son tribales, autoritarias o puritanas) de maneras que la incrementan. Y la facultad de razonar nos permite liberarnos de nuestras posiciones estratégicas provincianas, reflexionar sobre el modo en que vivimos la vida, deducir maneras en que podríamos mejorar, y guiar la diligencia de los otros mejores ángeles de nuestra naturaleza. En un apartado también examinaré la posibilidad de que, en la historia reciente, el Homo sapiens haya evolucionado literalmente para volverse menos violento, en el sentido técnico biológico de un cambio en el genoma. No obstante, el libro se centrará en transformaciones exclusivamente ambientales: cambios en circunstancias históricas que enlazan de diferentes formas con una naturaleza humana estable. 

Cinco fuerzas históricas (capítulo 10). En el último capítulo intento volver a reunir la psicología y la historia identificando fuerzas exógenas que favorecen nuestra inclinación a la paz y que han impulsado los múltiples descensos de la violencia. El Leviatán, estado y sistema jurídico con un monopolio del uso legítimo de la fuerza, puede calmar la tentación del ataque explotador, inhibir el impulso de venganza y burlar las inclinaciones interesadas que hacen creer a todas las partes que están del lado de los ángeles. El comercio es un juego de suma positiva en el que todo el mundo puede ganar; mientras el progreso tecnológico permite el intercambio de bienes e ideas en distancias cada vez mayores y entre grupos más grandes de socios, las otras personas llegan a ser más valiosas vivas que muertas y tienen menos probabilidades de volverse blancos de la demonización y la deshumanización. La feminización es el proceso por el que las culturas han respetado cada vez más los intereses y valores de las mujeres. Como la violencia es en buena medida un pasatiempo masculino, las culturas que dan poder a las mujeres tienden a alejarse de la glorificación de la violencia y es menos probable que engendren subculturas de jóvenes desarraigados. Las fuerzas del cosmopolitismo, como la alfabetización, la movilidad y los medios de comunicación de masas, pueden inducir a la gente a adoptar la perspectiva de gente distinta y ampliar su círculo solidario. Por último, una redoblada aplicación de conocimiento y racionalidad a los asuntos humanos -la escalera mecánica de la razón- puede forzar a las personas a reconocer la inutilidad de los ciclos de violencia, a rebajar el privilegio de los intereses de uno sobre los de los demás, y a redefinir la violencia como un problema que hay que resolver y no como un combate que hay que ganar. 

Cuando uno se hace consciente del declive de la violencia, el mundo comienza a tener otro aspecto. El pasado parece menos inocente; el presente, menos siniestro. Empezamos a valorar los pequeños regalos de coexistencia que habrían parecido utópicos a nuestros antepasados: la familia interracial jugando en el parque, el cómico que suelta una ocurrencia sobre el comandante en jefe, los países que tranquilamente evitan una crisis en vez de aumentar las posibilidades de guerra. El cambio no es hacia la autocomplacencia: disfrutamos de la paz que hoy tenemos porque muchos individuos de generaciones pasadas quedaron horrorizados por la violencia de su época y se esforzaron por reducirla, del mismo modo que nosotros debemos esforzarnos por reducir la violencia que persiste en la actualidad. De hecho, reconocer la disminución de la violencia ratifica que tales esfuerzos merecen la pena, sin lugar a dudas. La crueldad del hombre hacia el hombre ha sido desde hace tiempo tema de moralización. Al saber que algo la ha hecho disminuir, también podemos considerarla una cuestión de causa y efecto. En vez de preguntar: «¿Por qué están en guerra?», deberíamos preguntarnos: «¿Por qué hay paz?». Podemos obsesionarnos no sólo con lo que hemos estado haciendo mal sino también con lo que hemos estado haciendo bien. Porque hemos estado haciendo algo bien, y sería bueno saber exactamente qué es.

Muchas personas me han preguntado por qué emprendí el análisis de la violencia. No debería ser ningún misterio: la violencia es una preocupación natural de todo aquel que estudie la naturaleza humana. Empecé a aprender sobre el descenso de la violencia en un libro de Martin Daly y Margo Wilson sobre psicología evolutiva, Homicide, en el que examinaban los elevados índices de muertes violentas en sociedades sin estado y la disminución de homicidios desde la Edad Media hasta la actualidad. En varios de mis libros anteriores he citado estas tendencias descendentes, junto con avances humanos como la abolición de la esclavitud, el despotismo y castigos crueles en la historia de Occidente, en apoyo de la idea de que el progreso moral es compatible con un enfoque biológico de la mente humana y un reconocimiento del lado oscuro de nuestra naturaleza. Reiteré estas observaciones en respuesta a la pregunta anual del foro online , que en 2007 era: «¿Sobre qué eres optimista?». Mi sarcasmo provocó una oleada de correspondencia de expertos en criminología histórica y estudios internacionales, según los cuales las pruebas de una reducción histórica de la violencia eran más amplias de lo que yo había pensado. Fueron sus datos los que me convencieron de que ahí había una historia infravalorada esperando ser contada.

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Los cinco demonios
Por Fernando Aramburu
Publicado el 12/10/2012 

El futurólogo estadounidense Michio Kaku pronostica un mundo perfecto. Devoto del progreso, sugiere que dentro de algunos años la ciencia médica conseguirá detener el proceso de envejecimiento celular, lo que condenaría a la Muerte al paro.

Pobrecilla. Sólo le quedará la opción de la violencia; pero..., un momento, al parecer tampoco pintan bien las cosas por ese flanco. Lo afirma el profesor Steven Pinker, quien, a pesar de la tele y los periódicos, sostiene que cada vez hay menos asesinatos, genocidios y guerras. La educación, el efecto amansador de las mujeres, la evolución al alza del cociente intelectual, van logrando que la especie tome gusto a la empatía y refrene sus cinco demonios: el impulso depredador, el afán de dominio, el fanatismo ideológico o religioso, la venganza y el sadismo. Así lo certifican antiguos esqueletos, la literatura y las estadísticas. Corolario: anda suelta una banda de optimistas. 

Articulo : http://www.elcultural.es 12/10/2012