dimanche 14 octobre 2012

Débora MADRID BRITO/ El televisor: la culpa no la tiene el espejo, sino el rostro


LA PÁGINA
El televisor: la culpa no la tiene el espejo, sino el rostro
Por Débora MADRID BRITO

Ensayo de Débora Madrid Brito sobre la relación entre el cineasta y maestro del terror Narciso Ibañez Serrador y el misterioso aparato que lo cautivó en su juventud. Relación que perfiló en el film El Televisor.

El Televisor, fue concebido como un capítulo más de la serie televisiva Historias para no dormir, que dirigió Ibáñez Serrador y que Televisión Española emitió desde 1966. Se trataba de una serie que deambulaba entre el terror y el suspense. Artículo publicado en La Página.

La primera vez que vi un televisor encendido fue en Brasil (1957). Me quedé absolutamente encandilado [...] tenía que meterme en ese aparato que no conocía.1

NARCISO IBÁÑEZ SERRADOR

Y precisamente eso fue lo que hizo Narciso Ibáñez Serrador dieciséis años después de su primera experiencia con un televisor, dejarse arrastrar de lleno por la misteriosa seducción de aquel extraño aparato que desde entonces le había acompañado, aventurándose a dirigir en 1974 El Televisor. El film, protagonizado por su padre Narciso Ibáñez Menta, parte sin duda del citado deseo de Serrador, pero no aclara al espectador si es éste quien debe adentrase en el aparato o es la televisión la que le invade.

El Televisor, fue concebido como un capítulo más de la serie televisiva  Historias para no dormir, que dirigió Ibáñez Serrador y que Televisión Española emitió desde 1966 2. Se trataba de una serie que deambulaba entre el terror y el suspense. En ella, El Televisor, aunque mantiene ese espíritu de tensión, intriga e incluso miedo, se muestra como una especie de oasis reflexivo, una válvula de escape para el equipo de la serie ya que “como prácticamente sólo hacíamos historias de miedo, temíamos que el público pensara que  sólo nos gustaban ese tipo de guiones y que por haberle tomado la mano al terror ya éramos incapaces de hacer nada más [...] Todos los años queríamos que en  Historias para no dormir se colase una ‘Historia para pensar’.”3 Y efectivamente, El Televisor, junto con otros episodios como El Asfalto, es una puerta a la reflexión, en este caso una crítica hacia el medio televisivo.   Hay que reconocer la valentía de Serrador a la hora de poner en tela de juicio los valores del propio medio donde él mismo se movía y de sentenciarlo tan duramente.

El protagonista de nuestra historia - guión de Luis Peñafiel 4 –es Enrique, un hombre casado y con dos hijos que trabaja todo el día en un banco y como administrador y contable de varios edificios para poder ofrecer lo mejor a su familia. Tal y como describe la voz en off al comienzo de la película, se trata de un hombre sencillo, bueno, simple y gris. Y así lo vemos regresando del trabajo, como todos los días, vestido con su traje gris, con un rostro igualmente apagado, que se torna luminoso cuando pasa frente a un escaparate repleto de televisores. Y es que la gran ilusión de Enrique es poder comprarse un televisor a color. Durante años, se ha privado de tan deseado capricho poniendo por delante otras necesidades de la casa, su mujer o sus hijos, por lo que la definitiva compra del televisor supone todo un acontecimiento. Tanto es así que la vida de Enrique y su familia empieza a cambiar desde el momento en que se plantea realizar la compra del aparato. La inexcusable puntualidad y eficiencia del protagonista en su trabajo se ve dinamitada cuando le explica a su mujer que no le importa llegar tarde para poder tratar con ella el asunto durante el desayuno.  En el transcurso de dicha escena, Enrique dice a su mujer una frase que será premonitoria: “Tú me has dicho tantas veces que la televisión no vale la pena”. Y es que la vida de Enrique se detiene por completo al encender todos los días su televisor, parece que el protagonista es absorbido sin remedio por el aparato y por los programas que en él se emiten, que acabarán por asesinarlo junto con su familia. Narciso Ibáñez Serrador desarrolló un gran olfato para las narraciones que, en medio del costumbrismo castizo o las series extranjeras que se emitían en TVE por aquellos años, resultaban insólitas e interesantes para el público 5, adaptando para televisión historias y cuentos de escritores de la talla de Edgar Allan Poe o Ray Bradbury. Dichas referencias se dejan notar en los trabajos de Serrador por su cercanía a los géneros de terror y ciencia ficción, así como el gusto por la narración de historias con propósitos moralizantes, como  de hecho ocurre en El Televisor. “Siempre he tenido buen olfato para lo que puede interesar, en honor a la verdad hay que decir que entonces era algo más fácil, pues al ser televisión única, al día siguiente cuando ibas a comprar el periódico, cogías un taxi y el runrún te decía lo que  había gustado, y ese runrún entonces señalaba claramente que era el género de terror y fantástico lo que más fascinaba y excitaba a la gente y a ese género me dediqué. Y no creas que no intenté apartarme y hacer otras cosas como una serie que se llamó Historias de Saint Michel, era muy romántica, muy dulce, muy tierna, pero el ternurismo entonces no funcionaba. Entonces me dije: ¿conque no funciona?...

Pues vamos a sacarnos de aquí monstruos, extraterrestres y demás. Así empecé con  Mañana puede ser verdad primero y posteriormente con Historias para no dormir.”6 Pero el gusto por el género del terror le viene a Ibáñez Serrador directamente de la mano de su padre, Ibáñez Menta, quien en su juventud se codeó en Estados Unidos con grandes figuras del género como Lon Chaney y Boris Karloff. 7 De ellos, Menta aprendió técnicas de maquillaje, disfraz e interpretación, que tuvo siempre en cuenta y que adaptó a un estilo personal, proveniente del teatro.   No es de extrañar por tanto que Serrador recuperase a su padre como actor en sus creaciones dentro del género. En nuestro episodio, Menta se presenta de manera brillante, como un actor carismático, fascinando con su enorme presencia ante la cámara y además considerablemente versátil, capaz de mostrarse tierno, humorístico o dramático según el caso.

A la experiencia dentro del género del terror se une la personalidad de un ambiente narrativo propio. Sin duda Narciso Ibáñez Serrador tiene una forma inconfundible de narrar, que se basa en sus amplios gustos y conocimientos literarios. En este sentido, cobra relevancia la construcción de los guiones en sus historias, para la cual el director adopta una forma que parte de un sorprendente desenlace, construyendo luego sus argumentos. Serrador afirma inspirarse en el estilo narrativo de O’Henry, un escritor norteamericano popular por ser uno de los maestros del relato breve y destacado precisamente por los finales sorpresivos. “Uno de los autores que más ha influido sobre mí ha sido O’Henry, el popular cuentista norteamericano. O’Henry da en todos sus cuentos una importancia fundamental a los finales sorpresivos con los que remata sus narraciones. Un buen final, un final inesperado, es garantía de éxito en toda narración corta […]

Prácticamente todos mis guiones originales están elaborados sobre la plantilla de O´Henry. Tanto es así que cuando escribo un guión lo hago siempre al revés, es decir, busco primero la pirueta, la sorpresa final, y una vez hallada desarrollo el argumento.”8

En el caso de El Televisor, es tras ver el desenlace y repetir al instante todo el argumento en su cabeza cuando el espectador es consciente de estar ante una gran historia. No se puede poner en duda la fuerza que adquiere el desarrollo del argumento con un final tan potente y extraordinariamente inesperado como éste. Las críticas que recibió El Televisor tras ser emitido por primera vez fueron terriblemente negativas 9. Nadie aceptó el ataque que suponía para el medio televisivo una historia en la que un televisor es tratado como asesino de toda una familia, así que Narciso Ibáñez Serrador fue tomado casi por loco. La repuesta ante la historia contada en el episodio fue la misma que tuvieron los policías al encontrar los cuerpos al final de la película: “Si tan sólo es un televisor... y ¿qué daño puede hacer un televisor?”

Para Enrique, el protagonista, la adquisición del aparato sí que causó evidentes daños, especialmente en su entorno familiar. Desde un primer momento Enrique comienza a olvidarse de comer, abandona su trabajo y da de lado a su familia por no perderse ni uno solo de los programas. Sus únicas conversaciones con su mujer o sus hijos se reducen a la hora en que finaliza la emisión, y se limitan a sus reflexiones y debates sobre las series, películas o concursos que ha visto durante la jornada; y de nuevo, al día siguiente, se despierta emocionado y se arregla concienzuda y apresuradamente para estar a punto cuando empieza la carta de ajuste 10.

La entrada del televisor en la casa se nos presenta de un modo casi mesiánico. Enrique acaba de llegar de trabajar y su mujer lo conduce a la sala donde lo han colocado, que se encuentra con la puerta cerrada. Se crea un ambiente de tensión, pues Enrique está a punto de ver realizada la mayor ilusión de su vida. La situación resulta magnificada por la banda sonora, que en esta escena sustituye la obra original que Waldo de los Ríos crea para el episodio, por  Así habló Zatatustra de Richard Strauss, una música que inevitablemente nos remite a 2001: Una odisea en el espacio (1968) de Stanley Kubrick. El uso del poema sinfónico de Strauss en la  secuencia inicial de la película de Kubrick, está relacionado con el origen de la humanidad, por abordar el momento en que un grupo de primates adquiere cierto grado de conciencia sobre los recursos de que dispone para sobrevivir. La fama de esta secuencia hace que el espectador, al escuchar la misma música justo en el momento en que Enrique abre lentamente la puerta tras la que podrá ver por fin su televisor, entienda el acontecimiento no sólo como algo verdaderamente grandioso para Enrique, sino para la humanidad. Y es que realmente la irrupción de la televisión ha sido una de las grandes revoluciones sociales del siglo XX.

Ciertamente hay diversas evidencias del cambio que supone en la relación de Enrique con su familia la llegada del televisor. Uno de ellos es aquella secuencia en la que Enrique rechaza una invitación a comer a casa de su cuñada para poder quedarse viendo la televisión. Durante el diálogo con su mujer el plano muestra una ingeniosa puesta en escena en la que el matrimonio se encuentra físicamente separado por el televisor, que metafóricamente se interpondrá en la relación entre ambos. La familia empezará a distanciarse cada vez más del protagonista, que si bien es cierto que ha salido de la aburrida y pesada rutina de trabajo que no le dejaba apenas tiempo libre, ha entrado en otra nueva.

Absorbido y alienado por la programación televisiva Enrique cree estar disfrutando por fin su sueño, pero éste ha terminado por convertirse en una rutina más dura, que lo aísla dentro de su propia casa. Hasta tal punto es así que Enrique, su mujer y sus hijos son incapaces de comprenderse. Cuando el padre se opone a que su hija vaya al cine pudiendo ver películas en casa, o insta a su mujer a que se arregle para ver el teatro en la televisión, entendemos hasta qué punto el nuevo medio se ha convertido en el centro único de la vida de nuestro protagonista. Esto se evidencia al espectador desde la escena en la que Enrique pide a su familia que se quede en casa el domingo a ver la misa en lugar de ir a la iglesia. Para Enrique, la televisión misma se transforma en iglesia: “¿para qué ir? si ya la tenemos en casa”. Lo mismo ocurre mientras conversa en la habitación con su mujer sobre un documental: “Si os hubieseis quedado en casa hubieseis ido conmigo a Castellón, o lo hubieseis visto, que es lo mismo”. Para Enrique tener en casa un televisor supone tenerlo todo.

Esta confusión realidad-ficción que se produce en la mente de Enrique hace que podamos calificar  El Televisor como un episodio próximo al género de ciencia ficción. Sin embargo, no se trata de un fenómeno ajeno a la realidad. Incluso hoy en día la mayoría de las personas siguen convencidas de la veracidad del medio televisivo, y seguimos afirmando que algo ha ocurrido realmente porque lo hemos visto en televisión. Pero lo mismo pasa con otros medios de comunicación como la radio, los periódicos o Internet. Esa fe ciega en las nuevas tecnologías y los mass media, que en El Televisor se representa de manera muy clara en el plano en que vemos a Enrique arrodillado ante el aparato, es un fenómeno que sin duda sigue completamente vigente en nuestra sociedad. Es por lo tanto la credibilidad que Enrique otorga a lo que ve en la televisión lo que le da el valor para modificar sus hábitos y los de su familia; ya sea dejar de ir al trabajo,  dejar de salir de casa o aconsejar a su mujer a que compre determinados productos que ha visto anunciar en la pantalla.

Efectivamente, la televisión puede ser peligrosa, especialmente si establecemos con ella una relación en diagonal en la que todo lo que ella nos “diga” está por encima de nuestras propias ideas, pensamientos, y de nuestro criterio. Enrique dice en una ocasión a su mujer: “no es un aparato cualquiera, esto estimula la imaginación”. Y es cierto, la televisión, al igual que la literatura o el cine, son puertas que se nos abren al mundo, al conocimiento y a la imaginación; pero como bien sabemos, no sólo son medios que no tienen por qué hablar acerca de la verdad de las cosas, sino que además sus contenidos son fácilmente manipulables, y en ocasiones hay que relativizar y comprender en su justa medida la información que se nos transmite.

El problema de Enrique, es que convierte al televisor en el único elemento mediador entre él y la realidad. Este hecho supone que paulatinamente se vaya obsesionando no sólo con lo que el aparato le cuenta, sino con los personajes que en él aparecen. Terminando por implicarse en sus historias, dialoga con ellos e incluso se enfrenta contra ellos. Estas luchas de Enrique con los criminales de las películas simbolizan esa pugna que ha de suponer para el espectador el enfrentamiento diario con aquellos mensajes que constantemente recibe de los medios que le rodean, y contra los cuales el único arma  defensiva ha de ser la formación y la cultura. Y es que no parece algo aleatorio que Enrique comience a sufrir estos enfrentamientos esquizofrénicos a partir de la colocación de revistas de programación televisiva en el lugar que antes ocupaban en su despacho la música y los libros, la metáfora es bastante clara.

Y esta metáfora permite poner en relación a  El Televisor, con Farenhait 451 de François Truffaut, película de 1966, basada en la novela homónima de Ray Bradbury, y que Narciso Ibáñez Serrador parece haber tenido en cuenta como referente o al menos debía conocer muy bien. Ambas películas comienzan introduciendo los títulos de crédito iniciales del mismo modo, con planos de las antenas de televisión en las azoteas de las casas.

En la película francesa, se cuenta la historia de una población en la que el cuerpo de bomberos es el encargado no de sofocar incendios, sino de quemar libros, ya que suponen la infelicidad del hombre, quien al leer desarrolla un pensamiento reflexivo que le hace  ser consciente de la angustiosa realidad en la que vive. “Los libros desasosiegan a las personas y las vuelven insociables” dice Clarisse, una muchacha cuya familia es tachada de antisocial por pensar por sí mismos.

Curiosamente la casa de Clarisse es la única en la ciudad que no tiene antena de televisión, y es que la población es alienada y controlada por el gobierno diariamente por medio de las pantallas en las salas de los hogares, a través de una especie de programa al que paradójicamente denominan “La familia”. Es la televisión el medio de mando que adopta el gobierno para controlar a los ciudadanos, que resultan, al igual que Enrique en El Televisor, completamente absorbidos. Así, la mujer  de Montag (el bombero protagonista de Farenhait 451) apenas escucha a su marido cuando éste le habla mientras está frente a la pantalla; del mismo modo que la mujer de Enrique es incapaz de comunicarse con él cuando éste se encuentra delante del televisor.

Todo cambia para Montag cuando por primera vez comienza a leer un libro, como todo cambió para Enrique al encender el televisor. Las primeras frases que lee el bombero son realmente significativas: “… si llegaré a ser el héroe de mi propia vida, o ese rol lo asumirá algún otro.” En el caso de Enrique ese rol había sido depositado en manos de la televisión, y no puede dejar de verla porque: “ya no sé pensar, los libros me hacían imaginar, pero  ya no se imaginar, porque allí me lo ofrecen todo imaginado, imaginado por otros”. Parece como si la televisión hubiera hecho a Enrique olvidarlo todo, hasta su capacidad de pensar e imaginar, esa capacidad que sí le permitían los libros. Y bien lo dice una de las amigas de la mujer de Montag, llorando tras escuchar un párrafo de un libro: “no podía soportarlo, era todo aquello que ya había olvidado”.

Finalmente, en Farenhait 451 un grupo de personas ha huido de la ley para conservar el contenido de los libros. Para ello cada uno memoriza un libro y pasa a identificarse con él. Cuando Montag termina por unirse al mencionado grupo, el libro cuya identidad pasa  a tomar no es otro que Historias Extraordinarias de Edgar Allan Poe, de quien Narciso Ibáñez Serrador adaptó numerosos cuentos en Historias para no dormir.

Ambas películas suponen una reivindicación de la cultura para una humanidad que cada vez se relaciona más con el mundo a través de medios técnicos como la Televisión. Una sociedad de personas que cada vez leen menos, y que desarrolla cada vez menos el pensamiento crítico. Ante esta situación, debemos plantearnos seriamente si  es la televisión (o por extensión cualquier otro medio de comunicación) la portadora de ese mal o peligro que acecha a nuestra sociedad, y que en El televisor causa la destrucción de la familia de Enrique, o si el daño lo cometen las personas. Serrador no tiene ninguna duda: “el  cutrelook actual de la televisión pública refleja la miseria moral de la sociedad en que se sustenta. La televisión es un espejo de lo que queremos. De lo que nos demanda el público. Y quizás se atenúe la violencia, el sexo, pero el mal gusto no, porque eso no se puede prohibir, ni juzgar, ni censurar. Y se produce la terrible paradoja de que cuando la televisión produce programas de gran calidad cultural, estos programas los ven la gente que no los necesita, los cultos. Y hay que enseñarle las cosas buenas a los analfabetos, pero a éstos les priva otro género.”11

Por lo tanto, si por algo debe ser reconocido El Televisor es por la indiscutible vigencia que sigue teniendo la enorme crítica que en su momento supuso el guión para el medio televisivo. A pesar de que éste parece haber sido superado por medios como Internet, no podemos olvidar la importancia que a nivel social sigue teniendo la televisión y la influencia que todavía ejerce sobre los espectadores. El episodio entonces, aborda una problemática que ha existido siempre  y sigue existiendo en todos los medios de comunicación, y que no es otra que la de la alienación que se produce en el espectador cuando éste asume sin ningún tipo de criterio la información e ideas que se le transmiten. 

La actualidad de la historia es recalcada por el director en la nueva introducción al episodio que filmó a principios del presente siglo con motivo de la edición en dvd de una selección de capítulos de Historias para no dormir. En ella, el propio Serrador, caracterizado como anciano afirma: “Tengo miedo de que cualquier cosa que pueda hacer hoy huela a viejo, a trasnochado, la televisión actual es tan innovadora, tan llena de talento y de cosas que nunca se habían visto antes”. Pero como hemos visto, el argumento no resulta para nada trasnochado en la actualidad, y Narciso Ibáñez Serrador era consciente de ello cuando en dicha introducción comenta mientras introduce un plano de un televisor de pantalla plana moderno: “no lo entiendo… y me da mucha rabia no entenderlo”. Algunos, cómo él, no entendemos cómo es posible que las cosas poco hayan cambiado. Cuánta razón tiene al afirmar que “la culpa no la tiene el espejo, sino el rostro.”12

NOTAS

1 Narciso Ibáñez Serrador, citado en: DíAZ, Lorenzo,La Televisión en España 1949-1995, Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.344
2 DíAZ, Lorenzo,La Televisión en España 1949-1995, Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.340
3 Narciso Ibáñez Serrador, citado en: AGUIAR, Carlos (Cor.), Cine fantástico y de terror español 1900-1983,  Donostia Kultura, Gupuzkoa, 1999, p.239-240
4 Pseudónimo utilizado habitualmente por Narciso Ibáñez Serrador en sus guiones.
5 AGUIAR, Carlos (Cor.), Cine fantástico y de terror español 1900-1983, Donostia Kultura, Gupuzkoa, 1999, p.194-195
6 Narciso Ibáñez Serrador, citado en: AGUIAR, Carlos (Cor.), Cine fantástico y de terror español 1900-1983,  Donostia Kultura, Gupuzkoa, 1999, p.235
7 AGUIAR, Carlos (Cor.), Cine fantástico y de terror español 1900-1983, Donostia Kultura, Gupuzkoa, 1999, p.232
8 Narciso Ibáñez Serrador, citado en: AGUIAR, Carlos (Cor.), Cine fantástico y de terror español 1900-1983,  Donostia Kultura, Gupuzkoa, 1999, p.237
9 AGUIAR, Carlos (Cor.), Cine fantástico y de terror español 1900-1983, Donostia Kultura, Gupuzkoa, 1999, p.253-54
10 La Carta de ajuste servía de guía para sintonizar tonos, brillos y la propia señal. Precedía el comienzo de cada una de las emisiones. Maqueta chicho_maqueta revista  02/05/12  12:08  page 187 www.elboomeran.com Con el paso del tiempo aquella pantalla se popularizó, aunque muy pocos sabían realmente su utilidad. Normalmente, aparecía en cada emisión diaria una hora antes de comenzar las transmisiones. Iba acompañada de una música, generalmente clásica, con la que se podía adecuar el volumen de los receptores. Hoy en día, al ser las emisiones continuas la Carta de ajuste ha desaparecido para los ojos de espectador y tan solo la utilizan los profesionales técnicos.
11 Narciso Ibáñez Serrador, cietado en: DíAZ, Lorenzo, La Televisión en España 1949-1995, Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.351
12 DíAZ, Lorenzo, La Televisión en España 1949-1995, Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.350

Articulo : http://www.elboomeran.com 10/2012