dimanche 14 octobre 2012

Diego GOLOMBEK/ Decir lo que se siente


Cuento
Decir lo que se siente
Por Diego Golombek  


Esta historia de amor platónico integra, junto con otros relatos del mismo autor, el libro Así en la Tierra (Salto de Página), que llegará a las librerías el mes próximo

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Lope de Vega

Con una sonrisa. La chica de la ventanilla de pago exacto lo había despedido con una sonrisa que él se llevó guardada en el bolsillo chiquito del pantalón donde también llevaba el boleto de ida y vuelta. Es más: la chica lo saludó -tal vez lo hacía con todos los pasajeros que se acercaban a su puesto- con un hasta mañana mientras expedía el pasaje que anónimamente le requerían cientos, tal vez miles de manos.

El señor Galván viajó con esa sonrisa todo el trayecto: las estaciones pasaban como vendavales, y él iba descubriendo detalles, los chicos que corrían a la puerta de las escuelas, los que salían para el trabajo con los restos de la noche en la cara y en el cuerpo, el guarda que gritaba el trayecto, los vendedores de mercancías que se le hicieron preciosas como mirra e incienso. Trató de imaginar la cara de esta, su vendedora, la que se escondía detrás de la sonrisa y del hasta mañana. Imaginar, porque con su costumbre de tener el dinero justo y atravesar la ventanilla esperando el boleto en el tiempo mínimo para alcanzar el tren sólo había podido atesorar un aire, un vago perfume, una levísima vibración que recién en su asiento interpretó como un movimiento curvo de los labios hacia arriba, una señal de humanidad, más que de cortesía o de obligación. Imaginar la cara detrás de una sonrisa casi etérea, sin duda joven (en esto no podía engañarse el señor Galván: la muchacha no debía pasar los veinte o veinticinco años, como un límite al cuerpo a imaginar, como una juventud lejana y, sobre todo, inalcanzable).

La magia lo acompañó todo el día: hasta los compañeros de la oficina notaron ciertos cambios en el jefe de ventas, algo entre estar en la luna y en un paraíso personal, un trato ligeramente más afectuoso con sus subordinados. Galván tardaba en responder a la gente, o se quedaba mirándolos con una mueca cercana a la estupidez que dejaba desconcertados a sus interlocutores. El día pasó rápidamente, así como el tren de vuelta, con sus personajes de la tarde, tan diferentes de los que lo acompañaban todas las mañanas. Por segunda vez se detuvo en la gente, en sus compañeros de andén, de vagón y de asiento: los que volvían de otros trabajos, los que tal vez iban a encontrarse con sus familias o sus novias, los que se preparaban para recién entonces comenzar sus días, un mundo paralelo y nocturno al que el señor Galván no tenía acceso ni conocimiento. En el mundo de gente de la estación miró de reojo la ventanilla de su chica sonriente, pero estaba cerrada.

 No se dio cuenta, o tal vez no quiso darse cuenta, pero al día siguiente puso especial esmero en su ropa, en la colonia, en el nudo de la corbata. Se dirigió esta vez con paso firme a la ventanilla de pago exacto, con la mirada algo baja por los nervios y la vergüenza, y sólo levantó los ojos cuando escuchó el "hasta mañana" que estaba esperando. Fue sólo un segundo, en el que la chica justo se había agachado ligeramente, y el señor Galván apenas alcanzó a ver su perfil, como recortado entre las rejas de la ventanilla. Ese fue el trofeo del viaje: los rasgos de su vendedora como un rompecabezas recortado entre los rectángulos de las rejas, que él podía armar y desarmar a gusto, juntando ojos, cabello, boca y sonrisa, separándolos y volviendo a juntarlos.

En la oficina la nueva actitud del jefe fue una vez más objeto de charlas y rumores de pasillo hasta que el jefe de personal le preguntó durante el almuerzo:

-Che, Galván, vos no andarás noviando, ¿no?

El silencio del señor Galván, junto con la sonrisa estúpida que no podía borrarse de la cara fue más elocuente que cualquier respuesta, y varios de sus compañeros y empleados se acercaron a felicitarlo. Que ya era hora. Que quién diría, eh. Que vamos Galván, todavía. Que seguro que es una piba bárbara. Que no lo atosiguen, denle tiempo que por ahí nos la trae. En el pasillo, los comentarios eran de otro tono: viejo verde, o será una viuda que se cae a pedazos, te parece que habrá hecho plata este Galván, claro, si no debe haber gastado nada en veinte años.

Y el señor Galván se sintió joven, más allá de una historia que él no había inventado ni dejado correr, sólo seguía imaginando a su musa recortada en la ventanilla, como un cuadro barroco, el pelo largo y suelto hasta la cintura, la sonrisa que le estaba dedicada, el hasta mañana. Decidió que lo único que podía hacer era al menos intentar hablarle, saber si detrás de los labios y del saludo ella también lo estaba buscando.

Con su saludo y su sonrisa usted me alegra el día, le diría. O qué bellezas se esconden en las boleterías del tren. O tal vez c reo que me estoy enamorando de usted, sí, no puedo explicarlo, alguien de mi edad, en fin. Y ella sin duda comprendería, le dedicaría otra sonrisa y tal vez no le diría hasta mañana, sino hasta más tarde, salgo a las cinco, lléveme a tomar el té, siempre quise que alguien se fijara en mí y me invitara a tomar el té a algún lugar lindo, con gente elegante como usted, yo lo esperaría todos los días en el andén hasta que usted volviera del trabajo y entonces nos iríamos a tomar el té o tal vez al cine y seríamos felices, yo sonreiría sólo para usted y le diría buenos días, buenas noches y también hasta mañana.

Así es que al día siguiente tomó el boleto y estaba por levantar la cabeza cuando el hombre que estaba detrás suyo en la fila lo empujó y le dijo que se apurara, que todos tenían un tren que tomar. Sin duda, pensó el señor Galván, ella también debió haberse aturdido un poco por la brusquedad del pasajero, porque no llegó ni siquiera a saludarlo como hacía siempre. Ese no fue un buen día en la oficina, pero el señor Galván no tenía por qué dar explicaciones a nadie.

Recién a la semana pudo decirle "hasta mañana", en un hilo de voz que sólo debe de haber escuchado él mismo, un sonido que quedó en su garganta mientras ella ya expedía el boleto para el siguiente pasajero, pero el señor Galván se sintió casi un héroe y viajó contento, lleno de planes y proyectos para el futuro, que hasta llegó a comentar con una secretaria. Usted sabe, Gladys, cuando se llega a cierta edad, sí, claro, señor Galván, ustedes aquí pensarán que es una locura, no, señor, estamos todos muy contentos, cómo se le ocurre. Obviamente, el revuelo del día fue que el jefe de ventas se casaba con una mujer mucho más joven que él, que quién sabe dónde la había conocido, que como ella tenía a la madre muy enferma no harían ningún tipo de fiesta ni luna de miel ni querían invitados (Galván se había escuchado diciendo algo así y hasta le había gustado) y que pronto podrían conocerla, cuando fuera de visita a la oficina. Esta vez fue una procesión de saludos y abrazos: hasta el director se acercó con un discurso, felicitando a uno de sus empleados más ejemplares y con mayor antigüedad en la empresa, pidiendo un aplauso para este trabajador infatigable que demuestra cómo se puede ser un fiel compañero en la oficina y al mismo tiempo recibir el premio más merecido, el amor en los días por venir. Muy pronto se organizó una colecta entre los empleados, y a los pocos días Galván se encontró sobre su escritorio con un sobre lleno de plata y con una tarjeta firmada por todos sus compañeros, deseándole la mayor de las felicidades. Pensó en cuánto se iba a alegrar ella cuando se enterara, seguramente jamás había recibido tanto dinero de regalo o de pago, con eso podrían comprar hasta un lavarropas si quisieran, o el más lindo vestido de novia.

Hubo un día que fue verdaderamente de fiesta para el señor Galván. Aquella mañana había llegado agitado luego de salir más tarde de lo habitual (tal vez se había detenido demasiado en el espejo, o en la caminata hacia la estación, siempre plena de imágenes y de deseos). Y ella le había dicho "¡qué tarde que se le hizo hoy!". Galván había quedado mudo, había mascullado un agradecimiento mientras tomaba el boleto y corría el tren. Entonces ella de verdad lo conocía, sabía de su existencia, de sus horarios, de sus corridas, tal vez hasta se imaginaba su vida, la oficina, quizá soñara con que un día el señor Galván (o como fuera que ella lo llamaba en sus sueños) le dijera las más hermosas palabras de amor. Era cierto: Galván ahora sabía que entre él y la muchacha de la boletería había algo íntimo, irrompible, casi mágico. Pero aun así, tendría que hablarle, y ensayaba largos discursos que podría darle en algún horario de menos pasajeros, cuando ella seguramente se aburriera de la falta de trabajo y estuviera esperando al galán que la sacara de allí, al príncipe en su caballo blanco que la llevaría derechito a la dicha eterna. Cuando se convenció de que no le resultaría tan fácil hablarle (las palabras se le empantanaban en la boca, o lo apuraban desde atrás, o ella le parecía demasiado atareada), cambió de estrategia y dejó como al olvido un pequeño ramo de fresias sobre el estante de la ventanilla, antes de salir apurado a tomar el tren. Ese pequeño gesto lo mantuvo en vilo todo el día, y supo que había surtido efecto cuando al día siguiente su prometida sonrió más de lo normal y puso su tono de voz más dulce al saludarlo; sus ojos se cruzaron, y Galván entró en ellos, jóvenes, levemente rasgados, misteriosos, pero comprensivos, seguros del camino que estaban tomando entre los dos.

Fueron semanas de la felicidad más absoluta, el señor Galván esperaba su saludo y su sonrisa de todas las mañanas, a veces dejaba escapar frases cortas, del tiempo, de los apuros por el tren, hasta una vez se atrevió a decirle que se la veía muy bien (ella se sonrojó y mostró los dientes al sonreír). En la oficina, claro, la suegra del señor Galván empeoraba cada vez más, y su mujer no podía dejar de estar al lado de su madre.

Una tarde Galván estaba mirando por la ventana de su oficina cuando de pronto comenzó el otoño. Fue una revelación: era la señal de que el mundo en general, y su vida en particular, estaban decayendo, que debía tomar alguna determinación, sacarse las palabras de adentro como con un tirabuzón, aquélla no sólo debía ser la chica de sus sueños sino que además debía saberlo, una vez que escuchara todo lo que él tenía que decirle no podría sino rendirse ante las evidencias. Estaban hechos el uno para el otro, y eso no sólo lo sabía Galván sino también todos los de la oficina, que estaban tan felices con la nueva pareja. Así que al día siguiente ya debía oficializar la situación, agarrarla de sorpresa cuando ella sonriera o saludara y decirle mire señorita, yo creo que usted ya sabe bien quién soy, hace mucho tiempo que nos vemos todos los días, y creo que ya es tiempo de que, en fin, usted comprende, nos veamos fuera de este ámbito, nos demos la oportunidad de conocernos mejor. Eso le diría y luego saldrían juntos y sería un día radiante, el primer día del resto de sus días, como se decía por ahí.

Así es que se preparó de antemano, perfumado, con su mejor traje, un discurso breve pero efectivo y un ramo de margaritas. Esperó a que ya no hubiera nadie frente a la ventanilla y avanzó con paso decidido. Pidió el boleto de siempre, tomó aire y, tras las rejas, descubrió el anillo dorado en el dedo de la chica. Detuvo los remolinos de palabras que se le escapaban y con la mayor compostura se retiró de la estación y caminó de vuelta rumbo a su casa.

A los dos días juzgó que había pasado un tiempo suficiente y decidió que era hora de volver al trabajo. Parecía un hombre mayor, honorable, rumbo a la oficina, vestido con su traje gris y el brazalete negro rodeando el brazo izquierdo. Fue directamente hacia una ventanilla alejada de la de todos los días y pidió su pasaje. Qué lástima, pensó, yo hubiera querido tener hijos.

Articulo : http://www.lanacion.com.ar 12/10/2012