dimanche 21 octobre 2012

Evelyn ERLIJ/ La curiosidad sin límites de Nicole KRAUSS


ESCRITORA NOTEAMERICANA|Nueva publicación
La curiosidad sin límites de Nicole KRAUSS
Por Evelyn ERLIJ

En diciembre llegara a Chile La Gran Casa, la tercera novela de Nicole Krauss, quien fue elegida entre los mejores escritores estadounidenses de menos de 40 anos gracias a La historia del amor. En esta entrevista habla sobre sus obsesiones literarias; su amor por Parra y Bolaño, y su misteriosa pasión por Chile, país del que proviene uno de los protagonistas del libro.

Daniel Varsky tiene solo 23 años, pero ha vivido en Jerusalén, Berlín, Londres, Barcelona y Nueva Cork. Es poeta, es judío-chileno y, tal como Roberto Bolaño, decide volver al país a comienzos de los 70 para apoyar la revolución socialista de Allende. También como el autor de 2666, es un amante de la poesía de Nicanor Parra y, por tanto, un detractor acérrimo de las “vacas sagradas” de la literatura chilena.” ¿Por qué será que vaya donde vaya un chileno resulta que Neruda y sus putas caracolas han estado allí antes y montando un monopolio?”, dice enfurecido cuando escucha el apellido del Nobel de la boca de una joven escritora estadounidense, Nadia, a quien deja un misterioso escritorio antes de partir a Chile. Así comienza La Gran Casa, el tercer libro de la novelista estadounidense Nicole Krauss, con el que fue finalista en el prestigioso Nacional Book Award, en 2010.

“Esa parte de la novela fue definitivamente un guiño a Parra –dice entre risas-. Estuve muy cerca de conocerlo cuando fui a Chile. Para mi era como llegar a conocer a un rey. Me encanta como personaje. Entiendo que no hay una brecha tan extrema entre Parra y Neruda, pero realmente tenían ideas muy diferentes de lo que es la poesía. También leí a Neruda cuando joven y me encanta. Pero sabia como podría hablar el personaje de Daniel Vasky y eso es lo que de todas maneras hubiese dicho. Fue divertido escribir esta parte”, confiesa Krauss en Madrid, donde acaba de presentar su ultima novela.

En La Gran Casa, la autora cuenta una serie de historias que transcurren en Inglaterra, Estados Unidos, Israel y Chile, y cuyo punto en común es un enorme escritorio que habría pertenecido a Federico García Lorca. El libro comienza con el relato de Nadia y la figura de Daniel Varsky, quien recorre la novela como un fantasma. Luego aparece Aaron, un padre israelí que descarga todo el resentimiento que siente contra su hijo, Dov; mientras que, en Londres, un anciano llamado Arthur intenta develar el misterio que guarda su mujer, Lotte, una escritora que escribe día y noche en el supuesto escritorio de García Lorca. También esta la historia de Izzy, una joven estadounidense que se enamora de Yoav, un israelí que mantiene una extraña relación con su hermana, Leah, y con su padre, George Weisz, un anticuario que se especializa en recuperar muebles robados por los nazis.

Chile, una obsesión

La Gran Casa no es el primer libro en el que Krauss escribe sobre Chile. En su novela mas aclamada, La historia del amor, todo gira en torno a un misterioso texto escrito, supuestamente, por un judío polaco que emigro a Valparaíso durante la Segunda Guerra Mundial, y que es traducido al inglés por Charlotte, una mujer que también ha traducido a Parra. “Cuando escribí La historia del amor no sabia nada sobre Chile, solo busqué un país que pudiese ser un espacio para imaginar. Quería el lugar mas lejano posible, y ese país estrecho y largo al final del globo parecía casi un país imaginario”, explica Krauss, quien dice admirar –aparte de Parra, Bolaño y Neruda- a Gabriela Mistral y José Donoso.

Fue un mero ejercicio creativo, pero su curiosidad la llevo por un camino inesperado. “Cuando se publico ese libro, antes de comenzar a escribir La Gran Casa, me vi obsesionada con el Chile real, en particular con la pesadilla de la dictadura. Leí cada libro, vi cada documental. No sé por qué estaba tan obsesionada. Luego entendí que fue cuando estaba esperaba mi primer hijo. Me impacto mucho leer sobre las madres de los desaparecidos y sobre esos jóvenes que podían haber sido como yo, pues varios eran escritores y eran judíos. Sentí la vulnerabilidad que de cierta forma experimenté cuando me di cuenta de que, cuando nace un hijo, toda tu vida y toda tu felicidad va a depender de su bienestar. Creo que es algo que todo padre novato siente, sobre todo dada mi historia familiar, pues mis abuelos perdieron a sus familias en el Holocausto. Acercarme a la dictadura chilena fue como una forma de confrontar eso, pero de una manera muy lejana.

-Has dicho que leer la literatura de un país es entenderlo mejor. ¿Qué imagen te han dejado los autores chilenos?
-Ahora tengo todo mezclado en la cabeza, porque ya estuve ahí una vez y Chile se convirtió en algo real. Pero si me conmueve mucho lo importante que es la poesía, me resulta algo casi romántico. En Estados Unidos nadie lee poesía. Ni a los periodistas ni a los jóvenes les interesa. Todavía es algo menospreciado. Cuando era mas joven yo quería ser poeta y no sé qué hubiese pasado de haber crecido en un país donde la gente si lee poesía. ¿Me habría convertido en poeta en vez de novelista? No lo sé.

-¿Cómo empezaste a leer literatura chilena?
-A Neruda y a Parra los deo desde hace muchísimo tiempo. Casi el 99 por ciento de lo que leo siempre son traducciones de autores extranjeros. Si miras mi velador, hay novelas de un noruego y un israelí. Tengo la curiosidad como instinto natural. Creo que fui una de las primeras personas que leyó a Bolaño en Estados Unidos. Cuando salio su primer libro traducido, Nocturno en Chile, tuvo una reseña de Susan Sontag muy hermosa que me llamo la atención. Leí el libro y quedé boquiabierta. Por anos, le decía a todo el mundo: “Tienes que leer a este tipo”, pero la gente me miraba raro. Es el tipo de escritor que es muy generoso con otros autores, porque, cuando lo lees, empiezas a conocer nombres nuevos y te da curiosidad saber quiénes son. Empecé a averiguar. Y me frustré cuando supe cuantos no están traducidos al inglés.

-Incluso dijiste que después de leer a Bolaño habías sentido que la literatura anglosajona estaba muerta.
-Esta mucho mas dormida. Es un poco irónico que mucha gente en el mundo esté tan fascinada con la literatura estadounidense contemporánea. No creo que sea la más interesante. No sé si tiene que ver con un imperio en decadencia o con un imperio que se ha vuelto demasiado gordo y hedonista. En general, los temas que abordan los autores de mi país no me interesan mucho. Es curioso que una buena parte de los escritores estadounidenses jóvenes buenos e interesantes sean de países como Nigeria (Chimamanda Ngozi Adichie) o de lugares europeos (como el bosnio Aleksandar Hemon). Así funciona en Estados Unidos: es posible reunir todas esas experiencias de lugares distintos, y, a través del velo de la American Life, son expulsadas de formas muy diferentes.

Frente a la muerte

El titulo La Gran Casa alude a la escuela que fundo en el siglo uno de la era cristiana el rabino Yohanan ben Zakai tras la destrucción del Templo de Jerusalén, la que reformo las bases del judaísmo al centrar la vida espiritual no en un lugar físico, sino en un libro tan complejo como la propia ciudad. “Creo que es uno de los relatos mas hermosos de la historia judía, y uno de los mas críticos. Si no fuese por ese episodio, los judíos no existirían hoy. El judaísmo era una idea nacional y estaba basado en un lugar real. Cuando pierdes eso, ¿Cómo puedes continuar? Lo que se ideo fue brillante. En vez de sacrificios, tendrían oraciones. Es vez de sacrificios, tendrían oraciones. Es algo totalmente interno, por lo tanto mas seguro y portátil, porque puedes rezar donde sea y seguir siendo judío. Lo que llama mi atención es esa idea de una reinvención radical como respuesta a una perdida catastrófica”.

-¿Podría ser ése el tema que atraviesa tus novelas?
-Si, siempre he escrito sobre eso. Desde el personaje de mi primer libro, Llega un hombre y dice, que pierde la memoria y se tiene que reinventar de forma coherente con solo unos pocos recuerdos e imaginación, o Leo Gursky, de La historia del amor, que pierde todo, pero que tiene una imaginación y una voluntad tan poderosas, que cambia el pasado, que cambia el pasado y sus recuerdos para hacer la vida mas llevadera. Los periodistas dicen que escribo sobre la pérdida, pero mis libros son sobre personas que responden a la pérdida. Me interesan las repercusiones, la forma en que alguien responde para empezar de nuevo con su imaginación.

-El escritorio funciona como una especie de fetiche para Nadia y Weisz, ya que sus vidas giran en torno a él.
-Es interesante, porque en mi vida no tengo esa relación fetichista con los objetos. El escritorio fue algo totalmente orgánico. Comenzó con Nadia, y luego descubrí que, mientras estuviera en movimiento, seguiría siendo flexible como metáfora. Cuando desaparece de su vida, su existencia se derrumba. Pero para Weisz significa algo completamente distinto. Cuando empecé a escribir el libro no sabia de donde venia la idea del escritorio, y, por más ridículo que suene, no había hecho el nexo con el escritorio donde escribo yo, que es casi igual al del libro: gigante, horrible. Lo desteto. Lo heredé del antiguo dueño de mi casa. Pero no estaba escribiendo sobre herencia material, sino sobre herencia emocional.

-¿En qué sentido?
-Cuando nació mi primer hijo cambiaron tantas cosas en mí. Cuando tienes veintitantos años piensas mucho sobre lo que has recibido de tus padres y luchas contra eso. Pero cuando tienes un hijo, ahora eres tú el responsable de hacer ese impacto en ellos. Estaba consumida por la idea de qué les iba a transmitir sin siquiera ser consciente. Esta toda la tristeza de mi familia por la guerra, pero también es mas antiguo y viene de esos dos mil años de errar constante. Esas ansiedades son transmitidas por generaciones en las familias judías. Me preguntaba “¿se puede cambiar esto?”. La reflexión nació de eso. Y el escritorio se convirtió en una manera de escribir sobre la herencia emocional y la forma en que la arrastramos a lo largo de nuestras vidas. En el escritorio, esos sentimientos, recuerdos y obsesiones son traspasadas de personaje en personaje.

-Siempre escribes sobre ancianos que se enfrentan a la muerte, como Leo, Arthur, Lotte y Aaron.
-Siento que hay tantas cosas de las que nos abstraemos, porque son muy duras de enfrentar. Para mí, es un gran alivio hablar sobre estos temas. En el momento en que pongo a un personaje frente a la muerte, siento que él puede decirlo todo. Como Aaron, el padre israelí de la Gran Casa, que solo en el momento en que enfrenta la muerte de su esposa y se da cuenta de que le queda poco tiempo, sale de su boca todo lo que siente y piensa sobre su hijo. Es como si el fantasma de la muerte hiciera que la gente se volviera repentinamente honesta consigo misma.

-¿Es la muerte un tema que tienes muy presente?
- Todo el tiempo. Me paso la semana pasada, que vi a una señora muy anciana en la calle, y pensé: “Le queda tan poco tiempo, ¿Cómo no esta gritando?”. Es tan horrible darse cuenta de que todo esta casi terminado para ella. No soy religiosa, no creo en la vida después de la muerte. A veces me pregunto como es posible que no estemos hablando sobre esto todo el tiempo, pero entiendo que haría la vida insoportable. Siento que en mi trabajo puedo mover esa cortina y hablar sobre el tema. Es liberador. No es un accidente que los ancianos sean para mi los mas fáciles de abordar. Porque en mis libros tienen esa libertad. La libertad de decir lo que quieran.

La Gran Casa
De Nicole Krauss
Trad. de Rita da Costa
Salamandra, Barcelona 2012
352 paginas
Novela

Articulo: http://www.mer.cl 14/10/2012

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