dimanche 21 octobre 2012

Hugo BECCACECE/ Mujeres de artistas


Mujeres de artistas
Por Hugo BECCACECE

Las viudas de Giacometti y Kandinsky, dos maneras particulares de ocuparse de la obra de sus maridos, y una engañosa galería de espejos que permite la entrada en un mundo fantástico

Curiosa comparación. Hace una semana, el viernes por la noche, hubo una comida en el restaurante de la Fundación Proa para celebrar la inauguración, al día siguiente, de la bellísima muestra de Alberto Giacometti. Una hora antes, los invitados habían recorrido la exposición. Las figuras filiformes, de bordes temblorosos y conmovedores, de las esculturas irradiaban una extraña energía de la que no estaba excluida la fragilidad del "hombre genérico". Jacques Vistel, el presidente de la Fundación Alberto y Annette Giacometti hizo un paralelo interesante durante la cena. "Annette, la viuda de Alberto, era una mujer muy sencilla, austera y ahorrativa. Trataba de reunir la mayor cantidad de obras de su esposo para la fundación. Naturalmente se las compraba a los coleccionistas que querían hacerse de efectivo. Buscaba sobre todo recuperar los yesos. Temía que de ellos se hicieran copias imperfectas, falsificaciones. Otra viuda muy conocida en el ambiente artístico de París era Nina, que había sido la mujer de Kandinsky. Tenía muchos cuadros de su marido, de tanto en tanto, vendía alguno y se compraba joyas espléndidas. Cuando alguien se las alababa, ella decía con un suspiro de nostalgia: 'A Kandinsky le gustaban mucho las joyas. Ponérmelas es una manera de recordarlo, de satisfacer sus caprichos'. Eran dos mujeres muy distintas, pero muy comprometidas con la difusión de sus esposos."

Quizá la mejor biografía que se haya publicado sobre Alberto Giacometti sea la de James Lord, crítico de arte y escritor estadounidense, que fue amigo del artista. El libro (más de 500 páginas) está lleno de información, de anécdotas extrañas y de consideraciones acerca de la personalidad y la obra del escultor. Por ejemplo, Giacometti le contó un ritual de la tempranísima juventud. Todas las noches, antes de quedarse dormido, se representaba, despierto, una especie de sueño: "No podía dormirme por la noche sin haberme imaginado que había atravesado un tupido bosque cuando comenzaba a oscurecer para llegar a un castillo gris que estaba en las partes más apartadas y desconocidas. Allí mataba a dos hombres antes de que pudieran defenderse. Uno tenía diecisiete años y parecía pálido y asustado. El otro llevaba una armadura cuyo lado izquierdo brillaba como si fuera oro. Yo violaba a dos mujeres, después de arrancarles las ropas; una tenía treinta y dos años, estaba vestida de negro, la cara como alabastro; la otra era una muchacha alrededor de la que flotaban velos blancos. En todo el bosque resonaban sus gritos y lamentos. También las mataba, pero con lentitud (entre tanto, ya se había hecho de noche), a menudo lo hacía al lado de un estanque de aguas verdosas enfrente del castillo. Cada vez con ligeras variaciones. Después quemaba el castillo y me ponía a dormir, feliz".

A veces un golpe basta para abandonar el mundo fantasmal de los sueños o la irrealidad. "Que tengan buena suerte", dijo un señor que subía la escalera de la galería Ruth Benzacar tras haber visitado la muestra de Leandro Erlich. El señor, con una astuta sonrisa en los labios, se pasaba la mano por la frente enrojecida como si tratara de calmar una inflamación. La respuesta al enigma estaba en el segundo subsuelo, en el laberinto de espejos distribuidos aparentemente en forma regular, que simulan cerrar los muros de cuartos no más grandes que los probadores de sastrería. Es una endiablada e ingeniosa instalación donde se alternan los espejos verdaderos con marcos que encuadran espejos inexistentes, es decir, el vacío. El que acierta a pasar, como quien supera una valla, las aberturas que dan a la nada, pasa a otro cuarto, pero, en el acto de hacerlo, se ve, al mismo tiempo, reflejado en espejos reales colocados de modo burlón y artero. Uno nace de un espejo y muere en él exactamente como ocurría en Orfeo, el film de Jean Cocteau. Inevitable recordar lo que decía el poeta: "Los espejos son las puertas por las que va y viene la muerte". En algunos casos, hay lunas enfrentadas, por lo que la imagen del contemplador se repite al infinito en una puesta en abismo. En otros, uno espera ver la propia imagen y, de repente, se topa con la cara de otra persona, con la consiguiente alarma. Es como si se estuviera en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. Atención: pegarse la frente contra un muro límpido como el agua de un manantial y duro como una piedra es una posibilidad de la que conviene precaverse en ese mundo fantástico.

En el primer subsuelo, a través de un simulacro de ventanilla de tren o de metro elevado se ven paisajes urbanos (por supuesto, filmados) que se suceden a toda velocidad. A menudo, se cita a Borges y al cine de David Lynch como fuentes de inspiración de Erlich. Pero ya que en esta exposición el espacio imaginario aparece vinculado con un tren, uno podría asociarlo con Carta de una desconocida, la película de Max Ophüls basada en un libro de Stefan Zweig; más precisamente con la escena en la que Louis Jourdan seduce a Joan Fontaine en el compartimento simulado de un vagón ferroviario de parque de diversiones, por supuesto en Viena a fines del siglo XIX. El tren ficticio no se mueve en ningún momento. Pero por la ventanilla, el galán y su víctima ven desfilar los canales de Venecia y las montañas suizas en telones que se deslizan impulsados por un anciano "jefe de estación" que los mueve pedaleando en una bicicleta fija.

Inusual encuentro de clanes en el estreno de Las mujeres siempre llegan tarde, la ópera prima de Marcela Balza. Las tribus cinematográfica, literaria y social se dieron cita en el hall del cine Multiplex de Belgrano. Las actrices Marilú Marini y Érica Rivas recibían los saludos de un gran número de colegas que habían ido a saludar al equipo. Luis Gusmán, que colaboró en la autoría del guión, dialogaba con Jorge Consiglio y Luis Chitarroni, convertido en un punto de referencia por su abundante cabellera encrespada que se une con su copiosa barba para convertirlo en una especie de profeta sonriente. Con respecto al final del film, alguien comentó: "Es la clase de sorpresa que te llevás cuando ves El malentendido, de Camus". "O una película de Chabrol", agregó otro espectador.

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 19/10/2012