dimanche 28 octobre 2012

Jacinto ANTÓN/Ursula K. LE GUIN: “La ciencia ficción es una gran metáfora de la vida”


“La ciencia ficción es una gran metáfora de la vida”
Por Jacinto ANTÓN 

La octogenaria autora norteamericana, una Swift contemporánea, ha abordado con maestría la diferencia de sexos, la ecología, los peligros del poder o los sistemas políticos. Pero desde mundos fantásticos.

Portland (Oregón) no es Gueden, ni Terramar, ni Anarres, ni ninguno de los otros mundos imaginados por Ursula K. Le Guin, pero hay que ver lo lejos que está para una visita rápida. Cuando llego a la puerta de la casa de la gran dama de la ciencia ficción en las afueras de la ciudad tras un viaje de 9.000 kilómetros y 17 horas, me siento tan extranjero, extraño, solitario y melancólico como uno de sus viajeros siderales. Falta aún un rato para la hora de la cita, así que deambulo por la calle flanqueada de bosques en busca de pájaros con mi pequeño catalejo, lo que no deja de crear alguna alarma en el tranquilo vecindario. En fin, como dice Le Guin, un extraño es una curiosidad; dos, una invasión. Hacía calor en el downtown de Portland, pero aquí arriba se ha levantado un airecito frío y al cabo de un rato estoy temblando: parece muy adecuado para visitar a la creadora del planeta Invierno.

Le Guin (Berkeley, California, Estados Unidos, 1929) es la indiscutible reina y decana de la ciencia ficción y la fantasía, además de un referente en la literatura más allá de cualquier género. Entre sus novelas, que abordan a la vez de manera apasionante y reflexiva temas como la diferencia de sexos, la ecología, los prejuicios, los peligros del poder o los sistemas políticos, siempre en otros mundos que nos espejan, se cuentan títulos antológicos que han fascinado a millones de lectores como La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos, El nombre del mundo es bosque o Un mago de Terramar. Es imposible describir la conmoción que provocan esas historias, llenas de extraña belleza, sentimientos delicados como hebras de plata, sueños y advertencias. La escritora, en parte una Swift contemporánea, es autora además de cuentos, ensayos, poesía, libros infantiles y de fotografía, y un amplísimo reguero de artículos y críticas. De su influencia baste decir que su adolescente mago es un claro precedente de Harry Potter y que es imposible ver Avatar sin pensar en alguna de sus novelas. Ahora se publica en España (RBA) un volumen con tres de sus novelas más conocidas, El mundo de Rocannon, El planeta del exilio y Ciudad de ilusiones, agrupadas bajo el título Mundos de exilio e ilusión.

***
ANÁLISIS: LECTURAS COMPARTIDAS
La grandeza de Ursula K. Le Guin
Por Rosa MONTERO 
6 AGO 2011

La escritora estadounidense contempla la vida con perspectiva de águila. Sus libros -La mano izquierda de la oscuridad, Lavinia, Los desposeídos...- tienen una visión telescópica capaz de apreciar a la vez lo diminuto y lo grandioso, el infinito encerrado en la nuez

Adónde me llevará el estudio de la astronomía?", le pregunta un personaje a otro en la novela La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. Y la contestación es: "A la grandeza". Es una respuesta que define con exactitud el tono del libro, porque leyendo esta y otras novelas de Le Guin sientes que, en efecto, te estás asomando a la vastedad del Universo, al secreto mismo de la vida, a la belleza pura. Dentro de una cáscara de nuez cabe el infinito, pero sólo los escritores verdaderamente buenos son capaces de atisbar esa vibrante enormidad.

Creo que la norteamericana Ursula K. Le Guin (1929) es uno de los mejores novelistas vivos del mundo. Para mí, sin lugar a dudas, una maestra. Su obra está catalogada como ciencia ficción, y en ese territorio ha ganado todos los premios posibles: cinco Hugos, seis Nébulas y diversos galardones más. Pero la etiqueta del género, y más aún de un género tan injustamente menospreciado como éste, le ha dificultado el reconocimiento mayoritario que merece y la aprobación de los pretenciosos mandarines de la cultura oficial. España es, precisamente, uno de los países en donde la ciencia ficción es más desdeñada, sobre todo por puro desconocimiento: la mayoría de las personas que dicen que no les gusta nada no han leído jamás un solo texto de este tipo. Es una pena; sé que, si fueran capaces de levantarse de la poltrona de sus prejuicios y se asomaran a los libros de Le Guin, se darían cuenta de que son reconocibles y espléndidos relatos sobre la condición humana, exactamente igual que cualquier gran novela.

Cada novela es una obra completa en sí misma, compuesta de innumerables, sutiles, poderosas capas expresivas

Lo que hace única a Le Guin es la magnitud y complejidad de su mirada: a esta mujer le cabe literalmente el Cosmos en la cabeza. Varias de sus novelas suceden en distintos mundos de Ekumen, una especie de federación humana compuesta por más de ochenta planetas. Son relatos que, más allá de ese marco común, no tienen que ver unos con otros; cada novela es una obra completa en sí misma, compuesta de innumerables, sutiles, poderosas capas expresivas. Porque los libros de esta autora son, en primer lugar, narraciones absorbentes que no puedes dejar de leer, como si te llevaran anillada de las narices. Pero además contienen estupendos retratos psicológicos, densos trasfondos políticos y filosóficos, gran fuerza simbólica. Y todo en un lenguaje limpio y bello.

Le Guin posee una imaginación y una inteligencia excepcionales, y la mezcla de ambas cosas (razón y visión) consigue unos resultados maravillosos; las sociedades que inventa son coherentes, sólidas, están construidas hasta su más pequeño detalle, y en su veracidad abrumadora son un revelador espejo de lo que somos. De la mediocridad humana pero también de la posibilidad de lo sublime; de nuestras incoherencias, nuestros anhelos y nuestras necesidades. Por ejemplo, La mano izquierda de la oscuridad habla de un mundo habitado por individuos hermafroditas, lo cual nos sumerge en una vertiginosa, deslumbrante indagación sobre los géneros sexuales y el modo en que condicionan nuestras vidas. Y Los desposeídos, que es una de las novelas que más me gustan, traza un colosal fresco de las ambiciones sociales, de los sueños de justicia, de las ansias de poder y las formas posibles de gobierno. La amplia, serena mirada de la novelista nos permite atisbar un confuso pataleo de hormigas, un afán siempre traicionado de grandeza, el conmovedor esfuerzo de los humanos por ser un poco mejores. Ursula contempla la vida con perspectiva de águila.

Voy a mencionar sólo otro título más dentro de la extensa obra de Le Guin: Lavinia, su última novela, publicada en 2008 y que, curiosamente, no es de ciencia ficción. Lavinia es una libérrima versión de la Eneidapero contada por la esposa de Eneas, de quien Virgilio sólo proporciona el nombre y apenas nada más, un personaje mudo que aquí adquiere espléndida elocuencia. De manera que es, digamos, una novela histórica. Y, sin embargo, para mí es exactamente igual que sus otros libros: la misma capacidad mítica, idéntica mezcla de brillantez intelectual y emoción turbadora, y, sobre todo, esa visión telescópica capaz de apreciar a la vez lo diminuto y lo grandioso, el infinito encerrado en la nuez. A medida que avanza Lavinia, el relato se va elevando a cotas épicas. Escuchamos el eterno quejido de la humanidad, el metálico entrechocar de los ejércitos, el retumbar de los imperios que se colapsan. Pero, también, el casi inaudible, glorioso suspiro de los enamorados cuando el amor se consuma. Son los mismos elementos que podemos encontrar en sus novelas de ciencia ficción: toda esa pasión, toda esa alegría y esa tristeza brillan como joyas en sus páginas. ¿Qué importa que la acción transcurra, como en Lavinia, en un pasado impreciso y legendario, o que suceda en un futuro igualmente incierto e ilusorio? La distancia temporal no es más que una herramienta para poder atrapar la sustancia de lo que somos, para retratar mejor la realidad.

Y es que la realidad no es sólo lo tangible, lo visible, lo matemáticamente mensurable. La realidad está compuesta también por los mitos, por los arquetipos esenciales heredados desde nuestro pasado más oscuro, por nuestros sueños y también por nuestros delirios: por ejemplo, el nazismo fue un delirio pero cambió la realidad del siglo XX. "Voy a presentar mi informe como si contara un relato, porque me enseñaron de niño, en mi mundo de origen, que la Verdad es un asunto de la imaginación", dice el comienzo de La mano izquierda de la oscuridad. Y de eso trata la obra de Le Guin: de una Verdad fabulosa y hermosa que parece ser capaz de abarcarlo todo.

La mano izquierda de la oscuridad. Ursula K. Le Guin. Traducción de Francisco Abelenda. Minotauro. Barcelona, 2009. 304 páginas. 17,95 euros (bolsillo: 8,95).Los desposeídos. Ursula K. Le Guin. Traducción de Matilde Horne. Minotauro. Barcelona, 1999. 382 páginas. 9,95 euros. Lavinia. Ursula K. Le Guin. Traducción de Manuel Mata Álvarez-Santullano. Minotauro. Barcelona, 2009. 384 páginas. 19,50 euros. Los mundos de Ursula K. Le Guin. Edición recopilatoria con tres novelas: La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y El nombre del mundo es Bosque. Traducción de Matilde Horne y Francisco Abelenda. Minotauro. Barcelona, 2008. 832 páginas. 29 euros.

***
REPORTAJE: 
Una galaxia que se apaga
Por Jacinto ANTÓN 
19 JUL 2008

El futuro parece ya demasiado cerca para imaginarlo. La literatura de ciencia-ficción pasa por una crisis achacable a los nuevos hábitos culturales, aunque el género funciona en otros formatos. Los viejos maestros desaparecen y no surgen nombres a su altura.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana... snif.

La ciencia-ficción está de capa caída, un manto más oscuro que el de Darth Vader parece haber caído sobre nuestro querido género, en el terreno literario. La muerte y el crepúsculo se han adueñado de los viejos grandes maestros: el risueño Arthur C. Clarke ha fallecido (adieuRama), JG Ballard se enfrenta a su personal apocalipsis en forma de cáncer y Ray Bradbury, a punto de cumplir 88 años, estruja su melancolía soñando con que esparcirán sus cenizas en los desiertos de Marte. Ya no están con nosotros Stanislaw Lem, Zelazny, Heinlein, Asimov... Son unos ancianos Aldiss, Pohl, Harry Harrison. No se ve surgir nombres a la altura de aquellos grandes que desaparecen. Muchos buenos autores se pasan a la fantasía. Ursula K. Le Guin acaba de publicar en Estados Unidos Lavinia, ¡una relectura de la Eneidacontada por una mujer! Pero es que además, y esto es lo peor, nadie parece leer ya ciencia-ficción. Las colecciones languidecen. Editoriales que se lanzaron a publicar sellos nuevos, confiadas en un boom como el de la historia militar, se replantean la decisión. Los aficionados de siempre aparecen como aquellos vagabundos solitarios de Fahrenheit 451 que deambulaban como fantasmas con los viejos libros memorizados buscando infructuosamente a alguien a quien traspasar el legado. ¿Alguien ha oído hablar de La Fundación? ¿Qué ha sido de los Heechees? ¿Queda vida en el superjoviano planeta Mesklin, aunque sea vida muy aplastada por la gravedad?

El futuro ya no es lo que era. Clarke, al que le gustaba hacer profecías científicas, había vaticinado alegremente para este julio de 2008 (véase Greetings, carbon-based bipeds, Harper Collins, 2000) que en su ochenta cumpleaños Kubrick recibiría un Oscar especial de Hollywood. Claro que también veía al príncipe Harry en 2013 en el espacio (de momento ha estado en Afganistán) y a él mismo en su centenario (16 de diciembre de 2017) alojado en el hotel espacial Hilton Orbiter... Pobrecillo, que los Superseñores de El fin de la infanciale tengan en su seno.

En fin, no sigamos poniéndonos nostálgicos. ¿Qué le pasa a la ciencia-ficción? ¿Está realmente mal la cosa?

Miquel Barceló, editor de la legendaria colección Nova, veterano fan del género, autor de una obra de referencia sobre éste (Ciencia-ficción, guía de lectura, Nova, 1990, de la que todos esperamos ansiosamente su anunciada puesta al día: ¡vamos Miquel!) y profesor en la Facultad de Informática de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), responde con un gesto elocuente: en la cafetería de la UPC, tan vacía en estos días veraniegos como un club de admiradores de Hal Clements -el más duro de la SF dura, muerto, por cierto, hélas, en 2003-, inclina el pulgar hacia abajo. "En la historia de la ciencia-ficción hay épocas de vacas gordas y de vacas flacas. Ésta es de flacas. Es algo cíclico. Pero ahora es más serio, mucho más serio, me temo".

Barceló, factótum del veterano premio UPC del género, hace una pausa dramática. La cafetera del bar aprovecha para emitir un ruido ominoso que recuerda los servomecanismos de los marcianos en La guerra de los mundos mientras se enciende una lucecita que sugiere el inquietante ojo escrutador de Hal (por cierto, ¿recuerdan la frase del supercomputador en 2001, una odisea del espacio?: "Tenemos un problema", ¡Clarke se adelantó dos años al leitmotiv del Apolo XIII!; parafraseémoslo: Ciencia-ficción, tenemos un problema). "La ciencia-ficción está yendo a menos. Es un hecho. En Estados Unidos hay un cambio de nombres y los nuevos no son conocidos, no logran un reconocimiento como antes. Aquí nadie se atreve a publicarlos. Las cifras de venta caen. En España, a la mitad. Ha habido un exceso de oferta en los últimos años que ha saturado el mercado, y a eso hay que añadir ahora una falta de demanda".

El especialista tiene una teoría sobre lo que está pasando -y que a él como editor le ha llevado a recortar su número de títulos-. Son varias las razones que llevan al declive del género en su faceta literaria. "El lector de ciencia-ficción típico es una persona interesada, en mayor o menor grado, en temas tecnológicos. Es una persona que pasa mucho tiempo en internet y ese tiempo ya no lo dedica a leer. Y está el audiovisual. El aficionado a la ciencia-ficción, al que siempre le han encantado las películas, encuentra un acceso ilimitado a ellas y a las series de televisión del género en la red, puede bajarse lo que quiera y verlo tranquilamente en casa. En referencia a la televisión, estamos hablando de muchas horas: las diez temporadas de Stargate SG 1, las cuatro de Stargate Atlantis, todos los capítulos de Battlestar Galactica, Star Trek... ¿Cuánto tiempo significa eso de recorte de lectura?".

Lo paradójico es que bastante gente sigue interesada genéricamente en la ciencia-ficción, pero no en los libros, sino en otros soportes. Como en el cine. Aunque es difícil encontrar en los últimos tiempos alguna película que compita por el título de la mejor del género o que haya influido tanto como lo hizo en su día, por ejemplo, la Matrix de los Wachowski (1999: ¡hace ya nueve años!).

Otro fenómeno que perjudica a la ciencia-ficción, apunta Barceló, es que muchos de los temas clásicos del género forman parte hoy de nuestra vida cotidiana y ya no los percibimos como tales. La bioingeniería, por ejemplo, la inteligencia artificial o la continua revolución en las comunicaciones. Eso ya no nos parece ficción, sino pura ciencia. En general, la especulación parece haber perdido el sentido que tenía antes. El mañana se está comiendo el futuro. "La realidad deja obsoleta pronto cualquier predicción o hace ridículos los escenarios imaginados. Por eso una buena parte del género se dedica desde hace tiempo al futuro cercano, inmediato, más controlable, como hizo Gibson conNeuromante (Minotauro) y como ha hecho el ciberpunk. El futuro lejano interesa menos". Gibson predijo en 1984 el ciberespacio como una realidad virtual consensuada por los usuarios que accedían a él mentalmente a través de la interfaz cerebral con el ordenador. Es verdad que algunos lugares más allá de la pantalla en los que se meten hoy en día nuestros adolescentes no resultan menos complejos y siniestros que los escenarios de Neuromante, Conde Zero o Mona Lisa acelerada...

"Si nos fijamos en los autores clásicos que mejor continúan funcionando, dentro de la crisis", apunta el estudioso, "son los de la ciencia-ficción más cercana, los de los mundos interiores, personales, obsesivos, muchas veces mundos enajenados, insanos, autores de los que atrae, más que la ciencia, la complejidad psicológica, muy interesante para la gente de hoy. Escritores como Philip K. Dick o Ballard. Significativamente, son autores que, como en el caso de Ballard, han ido saliéndose del género o creándose un lector propio".
Ballard, no lo olvidemos, capaz de revelar lo abismal que puede ser una piscina, vacía, es el hombre que ha dicho que el único planeta realmente extraño es la Tierra -no en balde pasó la II Guerra Mundial en el campo de prisioneros japonés de Lunghua con compatriotas que se negaban a desprenderse de sus palos de cricket-, y que es el espacio interior, no el exterior, el que ha de explorarse (Guía del usuario para el nuevo milenio, ensayos y reseñas, Minotauro, 2002).

"Hay un cambio cultural: creo que podríamos vaticinar la muerte de la ciencia-ficción por disolución en el contexto", continúa Barceló. Como decíamos, el mañana está tan cerca que se come la ciencia-ficción. Quién hubiera dicho que el cambio climático, por ejemplo, que ha inspirado sensacionales novelas como El mundo sumergido (1962) o La sequía (1964) -ambas en Minotauro-, por no salir de Ballard, se convertiría en un tema esencial de la actualidad inmediata.

Un síntoma de esa disolución de la ciencia-ficción es cómo la literatura generalista está apropiándose de obras que hace unos años se hubieran publicado en colecciones del género y con esa etiqueta. "La literatura digamos convencional se ha permeabilizado a los contenidos de ciencia-ficción de una manera que parecía impensable. Se han roto muchas barreras. Pasó con Criptonomicón (Ediciones B, tres volúmenes), de Neal Stephenson, publicitado como libro para hackers y muy vendido. Se intenta con Spin (Omicron, 2008), de Robert Charles Wilson (sobre un escudo misterioso instalado por unos alienígenas en torno a la Tierra), presentado como matrimonio entre la ciencia-ficción hard y la novela literaria y que ganó el Premio Hugo en 2006". Otro caso es el de Greg Bear (1951), uno de los grandes nombres actuales, un tipo tan del género que hasta se casó con la hija de Poul Anderson. Bear, autor, de Eon (Ultramar, 1988) -alucinante revisión del tema clásico del asteroide o mundo hueco- y uno de los continuadores de la saga de La Fundación asimoviana (Fundación y caos, Nova, 1999), se pasó en su último libro, Quantico (Harper Collins, 2005, en España lo publicará Ediciones B, fuera de la colección especializada Nova), al techno thriller, con mezcla de biotecnología y política. Del antes citado Stephenson se ha publicado Interfaz (Nova, 2007), una novela del mismo estilo escrita a medias por el autor con su tío, un profesor de Ciencias Políticas, y que trata sobre un presidente de Estados Unidos al que le implantan un chip en el cerebro. Richard Morgan (autor de Carbono alterado, Minotauro), ha ganado el Arthur C. Clarke a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en el Reino Unido en 2007 por Black Man, un thriller, de nuevo, sobre genética. "El techno thriller está por todas partes", señala Barceló mirando alrededor con aire alerta como si estuviéramos en El día de los trífidos.

Una clara evidencia de la mencionada permeabilidad de fronteras es que le hayan dado el Nebula, otro de los grandes galardones del género, a El sindicato de policía yiddish, nada menos, de alguien a quien la gente relaciona tan poco con la ciencia-ficción como Michel Chabon. Es cierto que la novela es una distopía -una utopía negativa- en la que Israel ha quedado colapsado en 1948 y los judíos europeos han debido establecerse en Alaska, que ya es tema. En España la ha publicado Mondadori. En buena manera, como ha señalado muy ingeniosamente un colega, la ciencia-ficción está siguiendo los pasos de la narrativa erótica, que ha desbordado el género estricto salpicándolo todo, y perdón por la imagen. La ciencia-ficción, podría decirse, está perdiendo su identidad genérica.

Encontramos, pues, ciencia-ficción por todas partes: en los numerosos thrillers biotecnológicos que han proliferado en las colecciones de best sellers, por ejemplo. "Pero la buena ciencia-ficción", considera Barceló, "en última instancia pierde en esos formatos. Domingo Santos, el gran padre teórico del género entre nosotros, decía que la ciencia-ficción no puede ser editada en España por editoriales grandes porque tiene un clarísimo tope de mercado y eso hace impacientarse, frustrarse y desanimarse a las empresas que buscan muchos beneficios. En este país han funcionado tradicionalmente las pequeñas editoriales, de las que ahora son ejemplo Bibliópolis, La Factoría de Ideas, Gigamesh..., que publican quizá dos mil ejemplares por norma de cada título y cuidan más sus programaciones". Un problema grave para la salud de la literatura de ciencia-ficción es que el lector típico del género, que era muy coleccionista, muy seguidor de las colecciones y solía comprarse todos los títulos de sus favoritas, ha dejado de serlo. "Antes vivíamos mucho de ese lector que compraba todo lo que publicabas, que quería estar al día, seguir contigo las vicisitudes del género. Ese lector casi ha desaparecido".

Para más inri, diríase que la ciencia-ficción ha perdido punch social, parte de lo que era su función en nuestra sociedad. "La ciencia-ficción clásica hablaba de un futuro lejano. Hoy parece no tener sentido la gran especulación. Las cosas cambian demasiado deprisa. Los sueños de un futuro lejano pierden rápidamente verosimilitud. La realidad lo deja casi todo obsoleto en veinte años".

La ciencia-ficción escrita, por otro lado, parece haberse alejado, a diferencia de la fantasía, del lector que busca más la evasión, un lector al que quizá no le apetece tanto meterse en novelas que requieren una honda formación científica. "Es cierto que Asimov y Clarke, de los que ahora muchos fans de la ciencia-ficción echan pestes, escribían tan sencillito que llegaban a todo el mundo. Recuerdo haber leído algo sobre un estudio literario acerca de los tropos y metáforas en la obra de Asimov y que concluía que no los hay".

Otro elemento distorsionador es que en la actualidad la narrativa para jóvenes se ha convertido en un género con carta de naturaleza propia, mientras que antes, a falta de esos productos específicos (el paradigma sería Harry Potter), si exceptuamos la inefable Enid Blyton y sus epifenómenos, la ciencia-ficción (como la gran narrativa de aventuras) era una iniciación a la lectura para muchos jóvenes, que luego permanecían en él. O sea, que no se crea público de futuro. Curiosamente, algunos clásicos de la ciencia-ficción de los setenta que se prestan a ello están siendo reeditados para el público joven, presentados como género fantástico en un sentido amplio. Es el caso de la hermosa saga de los dragoneros de Pern, de Anne MacCaffrey -historia ambientada en una lejana colonia de la Tierra en la que los humanos han aprendido a operar simbióticamente con criaturas telepáticas semejantes a dragones en lucha contra una amenaza alienígena-, cuya trilogía original editó Acervo en 1977 y acaba de reeditar ahora Roca editorial, ¡en la estela del fenómeno Eragorn!

Hoy en día la iniciación en la ciencia-ficción es mucho más difícil. Paradójicamente, los jóvenes tecnológicamente más punteros de la historia se están perdiendo un género literario que parece hecho para ellos.

Llegados a este punto, ¿podemos dar algunas notas de optimismo? Bueno, la ciencia-ficción interesa en cine, en parte gracias a que a Willie Smith le gusta el género. En ensayo encontramos que el Premio Anagrama de la categoría lo ha ganado este año Descenso literario a los infiernos demográficos, de Andreu Domingo, un libro sobre las distopías, con muchísimas referencias a la ciencia-ficción. Las convenciones, foros y encuentros del género siguen reuniendo a mucha gente -en Valencia uno sobre la La guerra de las galaxias logró un éxito al traer al actor Garrick Hagon, intérprete de uno de los pilotos colegas de Luke Skywalker, Biggs Darklighter (Rojo Tres), caído en el ataque a la Estrella de la Muerte-. Una de las grandes exposiciones de la temporada y que se inaugura el próximo día 22 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) está dedicada a Ballard. Y, sin duda, se están publicando, pese a todo, buenos títulos del género. Quien firma estas líneas, sin ir más lejos, ha leído recientemente un par de novelas muy sugerentes, La vieja guardia, de John Scalzi (Minotauro), con unas entrañables tropas del espacio de la tercera edad, y Camuflaje, del viejo amigo Joe Haldeman (Omicrón), que sin ser nada del otro mundo (!) te devuelve el entretenimiento de aquellos viejos clásicos con los que aprendimos a amar el género (trata sobre dos extraterrestres capaces de modificar su aspecto enfrentados en la Tierra).

Y la crisis, y esto es un consuelo, no afecta a la fantasía, un género hermano que funciona de lo lindo. Que se lo digan a Bibliópolis, que triunfa con el polaco Sapkowski y su brujo cazador de monstruos, Geralt de Rivia. O a Alejo Cuervo, editor de Gigamesh, que pasea estos días bajo palio por España al gran Georges R. R. Martin (autor, por cierto, de una de las novelas más conmovedoras jamás escritas de la ciencia-ficción, Muerte de la luz, historia de un amor imposible en un planeta condenado, reeditada por Gigamesh, que reedita también la bellísima novela de vampiros y amistad Sueño del Fevre). Martin ha conseguido unas ventas y una popularidad extraordinarias en España con su larga serie de Fantasía Canción de hielo y fuego.

La ciencia-ficción, para acabar, sigue siendo, pese a todo, como recalca Barceló, el género mejor para explicar el presente con especulaciones sobre nuestro futuro. Sólo la ciencia-ficción nos permite imaginar las consecuencias indeseables del presente. Es nuestra mejor herramienta y no deberíamos perderla.

Articulo: http://cultura.elpais.com 27/10/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...