dimanche 14 octobre 2012

Jeffrey MEYERS/'Reflexiones de un reseñista'


LA GACETA
'Reflexiones de un reseñista'
Por Jeffrey MEYERS

En todos lados se cuecen habas, concluirá el lector de este recorrido por una vida escribiendo reseñas de libros. Hemos elegido este texto para los festejos de la semimilenaria Gaceta porque resume no sólo las inevitables batallas en torno a los libros —y porque muchos de los autores citados figuran en el catálogo del Fondo— sino porque muestra una crisis global: el espacio que los medios dedican a la discusión libresca cada vez es más escueto y menos apreciado.

En su ingenioso y enfurecido ensayo “Confesiones de un reseñista de libros” (1946), George Orwell se describía a sí mismo como un gacetillero de Grub Street, la célebre calle de Londres donde se producían libelos de muchas clases, y escribía: “reseñar libros, de todo tipo y a lo largo de mucho tiempo, es un trabajo excepcionalmente ingrato, irritante y agotador”. A lo largo de más de 40 años, he publicado unas 270 reseñas, cuya extensión va desde un parrafito anónimo hasta un extenso ensayo, en todo lugar donde he podido: unos 70 periódicos, revistas, semanarios, publicaciones trimestrales y revistas académicas. Mi experiencia ha sido muy distinta a la de Orwell, aunque la naturaleza de esta actividad no ha cambiado mucho desde su época. Si bien la paga no es buena y el trabajo es poco apreciado, mucha gente quiere hacerlo.

Un reseñista participa de la vida literaria y de las ideas al mismo tiempo que escribe sus propios libros. Al igual que la literatura, la crítica requiere la ambición, la agresividad, la emoción y el ego propio de autores, reseñistas y editores.

Aunque en ocasiones es ingrato e irritante, reseñar nunca me ha parecido agotador, principalmente porque he podido elegir los libros que he comentado y porque nunca he pretendido vivir de los ingresos que esta actividad produce. Los críticos literarios que quieren colocar su nombre ante el público no suelen participar en este juego por dinero. Mis tarifas van desde cero centavos, para publicaciones académicas, hasta 700 dólares (un premio mayor que sólo se gana una vez), para una lustrosa revista de viajes. La tarifa usual es de 200 dólares; yo gano 10 por cada hora que dedico a leer un libro y a escribir sobre él. En ocasiones, si la reseña se reimprime, puedo obtener mucho más de lo que gané de entrada. Además de mantenerme al día con lo que se publica, reseñar me provee de libros que de cualquier forma me gustaría tener. Así tuve la suerte de conseguir la excelente edición de Oxford University Press, en cuatro volúmenes, de Vidas de los poetas ingleses,  de  Samuel  Johnson,  cuyo costo  es  de  300  libras, y la magnífica edición, en veinte tomos, de las obras completas de Orwell, cuyo precio asciende a 1 200 dólares. Por lo general, a los editores muy ocupados suele gustarles que yo les sugiera un título descubierto en los catálogos de novedades de las diversas editoriales (que ahora se publican en línea), o en los reportes de primavera e invierno que adelanta Publishers Weekly, así como en publicaciones inglesas como el Times Literary Supplement o el London Review of Books.

Suelo reseñar cartas, memorias, autobiografías y biografías literarias (este último, un género en extinción). Las mejores biografías que he encontrado son Dostoievski, de Joseph Frank, y Picasso, de John Richardson. También me gusta reseñar a los poetas y novelistas modernos que admiro (Theodore Roethke y Elizabeth Bishop, Saul Bellow, Kingsley Amis y Philip Roth), libros sobre arte y cine, e incluso obras en áreas en las que no soy experto, como historia, ciencia, música o ajedrez. Me encanta reseñar exposiciones de arte importantes en San Francisco para periódicos ingleses como Apollo y The London Magazine. En las sesiones para la prensa, previas a la inauguración, puedo estudiar las pinturas sin tener que lidiar con multitudes y además me hago de los bellos catálogos de la exposición.

Con frecuencia escribo sobre mis autores favoritos: Joseph Conrad, Thomas Mann, D. H. Lawrence, T. E. Lawrence, Ernest Hemingway y George Orwell.

Es interesante mostrar a los lectores qué vale la pena leer, qué hay de bueno en las novedades y cuáles podrían haberles pasado inadvertidas. He procurado moverme, en particular en las reseñas más extensas, de un enfoque estrecho en torno al libro en cuestión al desarrollo de mis propias ideas sobre el tema de la obra. Fue agradable haber reparado en amigos como Francis King, James Salter y Paul Theroux, y haber tenido la posibilidad de elogiar a escritores poco
conocidos como la novelista inglesa Caroline Blackwood o el periodista polaco Ryszard Kapuscinski.

Los reseñistas suelen discutir sobre los valores literarios y morales. Por ejemplo, en una reseña de La sombra de Naipaul. Biografía de una amistad, defendí a Paul Theroux de los enfebrecidos críticos que, con cierta moralina, calificaban su obra como una “traición” a Naipaul que no debería haberse escrito. Si bien Theroux reveló el lado más oscuro del carácter de Naipaul, considero que fue comprensivo y generoso, y que demostró una gran admiración por su mentor. Theroux transformó su aprobación y su dolor en verdadero arte.

Siempre leo completas las obras que reseño y nunca, como sucedió con uno de mis propios libros, copio la reseña del texto de la cuarta de forros ni limito mi comentario a lo que aparece en el primer capítulo del libro —que es lo más lejos que llegan algunos reseñistas—. En una ocasión le dije a un profesor de Oxford que me había sido imposible terminar La regenta (1885), la aclamada novela de Leopoldo Alas Clarín, y que no lograba entender cómo había escrito su nota. Me contestó con donaire que no era necesario  leer  la  tediosa  novela para  poder  reseñarla,  respuesta que enriqueció mi visión sobre el método de trabajo de otros escritores.

La afirmación de que un autor ha trabajado en un libro durante 10 o 20 años no funciona conmigo —lo que cuenta son las horas reales de trabajo diario— y nunca califico de “monumental” un libro, aunque sea tan voluminoso que pueda usarse para detener una puerta. En ocasiones abandono una reseña con considerable alivio, si el libro en cuestión resulta demasiado largo o aburrido, como las biografías Edith Wharton, escrita por Hermione Lee, o William Faulkner, por Jay Parini. Por desgracia, muchos de estos monstruos flojos e incoherentes, en especial algunos sobre relaciones interraciales o sobre presidentes estadunidenses, se llevan los premios literarios. (La lista de los ganadores del Pulitzer de las décadas de 1930, 1940 y 1950 resulta bastante deprimente.) Resulta más difícil para un autor, pero mucho más fácil para el lector, escribir un texto conciso de 400 páginas que un tomo de 800 compuesto con un montón de información dispersa. Una buena reseña debe proporcionar una alternativa seria pero vívida de lo que a menudo llega a imprimirse, incluso en publicaciones como The New York Times: meros reportes escolares de lectura, mal investigados, con juicios tan simples como los de Rebelión en la granja: “cuatro patas bien, dos patas mal”. Los mejores críticos modernos en lengua inglesa fueron Edmund Wilson, George Orwell y Lionel Trilling; los ya fallecidos Frank Kermode, John Bayley y Denis Donoghue. Estos críticos recurren a detalles singulares y citas oportunas para construir sus convincentes juicios. La mejor reseña que he leído fue una muy entretenida, empática y penetrante respuesta de Alan Bennett a la biografía sobre su gran amigo Philip
Larkin. Siempre pido libros que podrían ser de mi agrado e intento ser tan justo como sea posible.

Una de las funciones primordiales de la reseña es señalar errores fácticos. Yo suelo usar mi conocimiento del tema del libro para corregir fallas y añadir nuevas revelaciones, como hice con la correspondencia reunida, en ocho volúmenes, entre Conrad y D. H. Lawrence, editada por Cambridge University Press. En esas reseñas presenté información desconocida hasta el momento por cup, por su consejo editorial y por el equipo de editores. Si no hay suficiente espacio en la reseña para enlistar las fallas, envío mis correcciones al autor para futuras ediciones de bolsillo. Hoy prácticamente no existe libro alguno sin erratas u otro tipo de error; como Evelyn Waugh lamentaba,  ya  no  se  emplea  como  correctores  de pruebas a ex sacerdotes bien preparados.

En mi primera reseña, aparecida en  The Boston Globe, hice una broma sobre el septuagenario J. B. Priestley, escritor otrora muy apreciado: “Nuestra reacción frente a cualquiera de sus nuevas novelas bien podría ser ‘¿de verdad sigue escribiendo?’.” Hoy, con mayor edad y sabiduría, tengo más respeto y evito hacerme el gracioso a costa de los autores. Sin embargo, la crítica puede mejorar o dañar una reputación. Según lord Byron, el sensible John Keats, “esa
iracunda partícula”, quedó devastado por una crítica corrosiva. Byron pensó en golpear al mismo crítico cuando una de sus obras fue desagradablemente reseñada, pero prefirió beberse tres botellas de Burdeos. Para los autores, es mejor una mala reseña que ninguna. Un amigo me contó que una vez escribió una reseña despiadada sobre un libro malísimo para The New York Review of Books. Al poco tiempo recibió una carta de agradecimiento por parte del autor: su universidad estaba tan impresionada de que su libro fuera reseñado por un famoso crítico en una publicación prominente, que le ofrecieron una plaza.

Los críticos en potencia, al igual que los poetas y los novelistas, deben esforzarse por llamar la atención. En la novela de Orwell Que no muera la aspidistra, el mordaz antihéroe, cuyas obras son siempre rechazadas, exclama: “¿Por qué andarse con rodeos? ¿Por qué no decirlo abiertamente? ¡No queremos tus malditos poemas! Sólo aceptamos poemas de gente con la que estuvimos en Cambridge.” Si consideramos la fuerte competencia que había con los egresados de Oxford y Cambridge que establecían fuertes nexos con sus amigos de toda la vida, en realidad tuve mucha suerte de poder reseñar para The Spectator, The New Statesman, The Financial Times y The London Magazine durante mi paso por Inglaterra en los años setenta. El crítico debe lidiar con actitudes sociales en constante cambio, así como con el sesgo de los editores y de las publicaciones. Cuando escogí de los estantes de The Spectator un libro escrito por un autor más bien pomposo, el editor resueltamente me  dijo “¡Dale  su  merecido!”  y  así  lo  hice.  El  plagio y los escándalos siempre son llamativos e incitar la controversia fascina a algunos editores. Otros, temerosos de ser considerados insensibles o políticamente incorrectos, no se arriesgan a salirse de los límites. Hoy sería imposible imprimir la brillante condena que hizo Orwell a The Rock Pool (1936), de Cyril Connolly: “incluso querer escribir sobre pseudoartistas que se gastan en la sodomía lo que han conseguido gratis en otra parte revela cierta ineptitud espiritual”.

Así, conseguir los encargos adecuados es un asunto tanto de compatibilidad entre crítico y editor, como de gusto y pericia. Al igual que aquel hombre al que invitan a todos lados (pero sólo una vez), logré establecer una precaria cabeza de playa en The New York Review of Books,The New York Times Book Review y el Times Literary Supplement, pero no logré defenderla.

A pesar de mis ideas liberales, casi todos mis artículos han aparecido en periódicos conservadores: National Review, The New Criterion, Commonwealth, The Spectator y Chronicles, esta última una publicación oscura e  incestuosa cuyo  editor  literario  me  permitía  elegir el libro que quisiera, no se metía con mi texto y también me publicó algunos artículos de viajes. Trato de evitar la política, escribo sobre literatura en las últimas páginas y suelo escapar a la censura.

Uno no siempre puede evitar que no se publique alguna reseña, en ocasiones por motivos que no son ni políticos ni literarios. Este tipo de situaciones son exasperantes, pero también pueden tener un final feliz. Cuando reseñé la gran novela de James Wood, The Book against God [El  libro  en  contra  de  dios], la revista Prospect de Londres me pidió que la juzgara con los mismos criterios que Wood utilizaba en sus ensayos y así lo hice. Sin embargo, me pidieron hacer tantos cambios que retiré el texto y acepté un pago menor como indemnización. Después ofrecí la reseña al hijo de un amigo que trabaja en The New Yorker; él me sugirió enviársela a Steve Wasserman, de Los Angeles Times Book Review, quien la aceptó el mismo día. Por desgracia, Wasserman, que es un buen editor, tuvo que abandonar su cargo por aceptar reseñas largas y serias, y hoy es agente literario en Nueva York. Nunca he intentado reseñar en línea, cosa que me parece aún menos real que el papel; sin embargo, publicar reseñas se ha vuelto más difícil por la constante desaparición de los espacios especializados. En los últimos cuarenta años muchas publicaciones han desaparecido y las secciones dedicadas a los libros dentro de los periódicos para los que alguna vez colaboré —en Boston, Filadelfia, Toronto, Chicago, Houston, Portland, San Francisco y Los Ángeles— se han encogido a la mitad. Hoy retoman textos de otros periódicos, usan sólo gente de su propio equipo y casi nunca recurren a críticos externos.

Durante el tiempo en que viví en Londres podía entrevistarme en persona con mis editores. Conocí a Alan Ross —jugador de cricket, héroe de guerra, casanova y poeta de la ciudad— de The London Magazine, quien estaba casado con la heredera de los chocolates Fry, cuya fortuna patrocinaba la revista. Calzaba zapatos hechos a mano y presumía las fotos de sus caballos  de carreras  en  el  círculo  de  ganadores.  Me volví amigo cercano del refinado narrador Anthony Curtis, editor literario de The Financial Times, quien me invitó a escribir una tercera reseña en las páginas literarias sabatinas, junto a la eminente compañía de C. P. Snow y Peter Quennell. Como ahora vivo en California, he podido conocer a muy pocos de los editores de mis libros o artículos. Durante un periodo de investigación en Charlottesville, tuve una entrañable comida, abundantemente escanciada con una variedad de debidas alcohólicas, con Staige Blackford del Virginia Quarterly Review, un ex becario Rhodes en la Universidad de Oxford y ex espía de la cia. Hilton Kramer, ex crítico de arte en The New York Times, y su sucesor, Roger Kimball (un católico conservador de Yale), me invitaron a un animado almuerzo en el Century Club de Nueva York.

Lo único que ciertos editores quisquillosos y mandones esperan de sus reseñistas es que sean zalameros y hagan la vista gorda. Una vez rechacé el honor de escribir sobre literatura para The Hudson Review, todo un caso de lèse majesté que me costó la oportunidad de volver a escribir para ellos. Hay veces en que, sin querer, uno toca fibras sensibles. El Sewanee Review tiene reseñas cortas a dos columnas en el frente y otras más largas de una página en la parte de atrás. Cuando les envié mi cuarta reseña, le pregunté con humildad a George Core si aparecería en el frente o en la parte de atrás, y él me gritoneó: “¿Estás tratando de decirme cómo debo hacer mi revista?”, cortó la comunicación y me vetó de sus páginas para siempre.

Un problema importante es cuando, después de años de cultivar una relación con un editor, éste debe dejar su puesto y una nueva administración, con sus favoritos,  toma  el  control.  Después  de  que  Joseph Epstein fuera derrocado de  The American Acholar por no ser lo suficientemente multicultural, también yo sufrí la purga y sus páginas quedaron por siempre cerradas para mí. Durante la década de 1980 escribí muchas reseñas para National Review; en esos años las cosas se pusieron difíciles después de que tasajearan algunas de mis reseñas sobre Evelyn Waugh y Muriel Spark. Los personajes de esos escritores, católicos conversos y muy queridos por la revista, no podían ser objeto de crítica. Fue injusto cuando imprimieron la carta de Dmitri Nabokov en la que me atacaba por alabar la biografía de su padre escrita por Andrew Field, pero me negaron el derecho de réplica. William Buckley siempre me había enviado notas de apoyo y ejemplares dedicados de sus libros, pero cuando se retiró y mi editor literario se fue con él, también a mí me pusieron en la calle. Después de un exilio de 23 años, y por pura casualidad, recientemente volví a sus páginas con una reseña sobre el misterioso Bobby Fischer.

Las peleas, en ocasiones a muerte, con los editores que no sólo modifican mis textos sin consultarme sino que además intentan meter sus torpes frases en mi reseña, son otro problema. Los editores mediocres se sienten obligados a intervenir y “editar”, incluso (y en especial) cuando no se necesita edición.

Los editores seguros de sí mismos —como Sandy McClatchy de  Yale Review, David Lynn de  Kenyon Review y Jackson Lears de Raritan, todos ellos también buenos escritores— me ofrecen el espacio necesario para discutir un libro importante y, una vez aceptada la reseña, publican exactamente lo que he escrito. Procuro quedarme con los editores no invasivos tanto como sea posible.

Staige Blackford publicó 31 artículos y reseñas míos en el Virginia Quarterly Review antes de morir en un accidente automovilístico. Mi pelea más feroz la tuve con el nuevo editor. El remplazo de Blackford, Ted Genoways, me publicó un largo ensayo sobre T.  E.  Lawrence  y,  en  septiembre  de  2004,  mientras
yo terminaba de escribir una biografía sobre Amedeo Modigliani, me pidió que escribiera una reseña de 40 páginas sobre todas las biografías de Walt Whitman. Para complacerlo interrumpí mi trabajo y pasé dos meses leyendo 15 biografías. En diciembre me escribió: “has realizado una enorme tarea con un aplomo asombroso. Algunas de las biografías que leíste son prácticamente ilegibles, por lo que es maravilloso que las analizaras para aquellos con estómagos más débiles. También me gustó el hecho de que pusieras el asunto de la sexualidad de Whitman en  el  centro  de  la  discusión.”  En  febrero  me envió pruebas impresas del ensayo y un contrato que estipulaba: “Nos complace aceptar ‘Las vidas de Whitman’ para un futuro número de VQR.”

Días después Genoways me notificó, de forma repentina y sorprendente, que no publicaría mi ensayo. Y que, en lugar de recibir el pago prometido de 3 200 dólares por 32 páginas impresas, me ofrecía un pago compensatorio de tan sólo 500 dólares, una suma que en  lo  absoluto  bastaba  para  cubrir  el  trabajo de dos meses.  Si  un  editor  desea  rechazar  un  artículo,  debe hacerlo cuando se lo presentan y no después de que lo encargó, aceptó, elogió, contrató y produjo pruebas de imprenta. Envié una carta iracunda en la que explicaba el ultraje a los funcionarios de la Universidad de Virginia, a todos los miembros del consejo editorial y a muchos de mis amigos escritores. Robert Bly me respondió: “Es una carta sacudidora y una historia terrible.” Sin embargo, nunca recibí más de 500 dólares y Genoways continuó con sus prácticas poco éticas.

El 10 de septiembre de 2010, The New York Times publicó que Genoways se había separado de su equipo, quienes se quejaban de sus frecuentes ausencias y de su actitud negligente. Cuando el jefe de redacción se suicidó, la universidad canceló el número de invierno y cerró las oficinas hasta que terminaran de investigar las quejas del personal. A pesar de todo lo sucedido, Genoways sigue siendo el editor.

Incluso cuando un crítico encuentra un hogar agradable, las relaciones pueden ser volátiles. Desde 1991, The New Criterion me publicó 36 ensayos y reseñas, y también publicó críticas extensas y entusiastas de mis biografías: una de Hilton Kramer sobre  Edmund Wilson, otra de Anthony Daniels sobre Somerset Maugham y otra más de Pat Rogers sobre Samuel Johnson,  y  me recomendaron  para  escribir  una  nota en  The Wall Street Journal sobre Saul Bellow, justo después de su muerte. Recibí una llamada inesperada de ese periódico a las 11 de la mañana: querían 900 palabras para la 1 de la tarde y se comprometieron a pagar el doble si lograba hacerlo. “No hay problema”, les contesté y escribí el artículo. Después fantaseé sobre lo que sucedería si me llamaran de nuevo a las 11 de la mañana pidiendo 900 palabras sobre ingeniería nuclear para la 1 de la tarde. Si les contestara que no sabía absolutamente nada sobre el tema, ellos habrían respondido: “¡Bueno,  para  la  1:30!”  Pero los  tiempos no siempre coinciden: en el verano de 2006, sin acceso a información privilegiada, envié una reseña que predecía que Orhan Pamuk ganaría el Premio Nobel. Sin recordar que el Nobel se entrega en diciembre pero se anuncia en octubre, planeamos publicar mi ensayo en The New Criterion para noviembre. Para entonces resultaba tan terriblemente anacrónico que no tenía sentido publicarlo.

The New Criterion permitió que William Tuttleton (cuya única publicación reciente es una bibliografía de textos críticos sobre Washington Irving) atacara repetidamente mis biografías, al mismo tiempo que yo escribía para esa publicación. Dado que era evidente que a Tuttleton no le gustaban mis libros, parecía incorrecto que siguiera reseñándolos, y finalmente los editores suspendieron a ese persistente chacal. En otra ocasión publicaron, sin permitirme responder, la carta del poderoso e influyente Roger Straus, quien atacó mi crítica a la pésima edición de Lewis Dabney de The Sixties [Los sesenta], de Edmund Wilson, aunque no refutó ninguno de mis argumentos —no podía hacerlo—. Si bien los editores de The New Criterion sabían que la biografía autorizada de Naipaul, escrita por Patrick French, era sumamente crítica de su personalidad, me pidieron que reseñara ese excelente libro, pero luego rechazaron mi texto sin explicación alguna y no me permitieron hacerle modificaciones. Por alguna razón no se quisieron arriesgar a ofender a Naipaul. Los colaboradores son más fáciles de sustituir que los escritores famosos (y con fama de delicados). A pesar de que en los últimos años The New Criterion se ha tornado menos literaria y más política, y de que las relaciones con los editores a veces son tan difíciles como la escritura misma de las reseñas, aún escribo para esa publicación inteligente y eficaz; por ejemplo, en la edición de febrero de 2011 me publicaron una reseña sobre Monet.

El crítico a veces tiene que enfrentarse a un campo minado en ambos frentes, el de los editores y el de los autores. Aunque trato de ser amable, también me
gusta atacar a los autores pretenciosos con una reputación inflada. Me molestó que críticos timoratos alabaran el libro, en apariencia intimidante, de Clive James, Cultural Amnesia [Amnesia cultural], que, según él, trata de cubrir “toda la extensión de la mente contemporánea”. Este volumen incoherente, lleno de errores y repeticiones autoindulgentes, carece de estructura o enfoque alguno, y con candidez concluye, sin la más mínima evidencia, que “el mundo se está convirtiendo en una gran democracia liberal”, y deliberadamente ignora los crueles regímenes opresivos de Bielorrusia, Myanmar, Irán, Corea del Norte, Somalia, Siria y Zimbabue. Un amigo me advirtió que el combativo James tomaría represalias, pero hasta ahora no ha sucedido nada.

Al reseñar la edición de Bernard Crick de  1984 descubrí que, como crítico literario, estaba completamente fuera de su elemento: tedioso y repetitivo hasta el cansancio, subrayaba continuamente docenas de puntos; leer su estilo ampuloso y en ocasiones sin sentido era como arrastrarse por un pantano.

Las anotaciones de Crick tendían a ser obvias, poco convincentes, incompletas o incorrectas, plagadas de errores en los nombres, lugares, libros y citas. En esa edición “académica”, Clarendon Press, de forma irresponsable, abandonó sus altos estándares y produjo el que quizá sea el peor libro de su larga historia.

Aún conservo la opinión que expresé en dos reseñas que escribí hace ya mucho tiempo, en 1975 y 1980, las cuales se oponían a las corrientes intelectuales predominantes en esos momentos. Al analizar Literary Theory and Structure en Lugano Review y condenar la jerga oscura de pútrida importación francesa, escribí: “Una táctica común de los autores es inventar o aplicar en un contexto nuevo un término crítico —diacronía, órfico, hesperio— o incluso una fórmula: ‘[n < m < a] (donde [<] significa un corte más difícil)’, en un intento por incrementar los frutos de su cosecha literaria. Si bien este volumen, erudito y académico, presenta a los primeros xi del Departamento de Literatura de Yale, así como a otras luminarias críticas, sufre de una tipo de aridez académica encarnada y es insoportablemente insípido.

El énfasis en la técnica crítica, que dejó de ser un mediador entre el lector y el texto para transformarse en un inútil fin en sí mismo, sugiere un malestar grave en la universidad y una razón por la que los estudiantes se alejan del estudio de la literatura.” James Clark,  el  antiguo  director  de  la  University  of  California Press, me dijo que su mayor arrepentimiento profesional era haber publicado todos esos inútiles libros de teoría.

Es posible que yo haya sido el único crítico que señaló las enormes fallas y las polémicas distorsiones que están presentes en  Orientalismo  (1972), de Edward Said, un libro que se aprovechó del  Zeitgeist, despertó la culpa occidental y, desde entonces, ha sido reverenciado por lectores poco críticos. En el Sewanee
Review  dije  que  el  libro  de  Said  “carece  de  forma,  es repetitivo, irritante, confuso y está equivocado”. No logra “reconocer aspectos positivos del colonialismo, como la administración, la educación, la medicina, el transporte y las comunicaciones”, que, junto con el descubrimiento del petróleo, trajeron a los nómadas del desierto del Medio Oriente al mundo moderno. Si Occidente no hubiera hecho excavaciones arqueológicas y escrito la historia del Cercano Oriente, no existiría la arqueología ni la historia de esa región. Concluí que Said “no lee literatura, sino que la interpreta” y deliberadamente malinterpreta obras esenciales de Forster, Orwell y T. E. Lawrence.

Siempre que los egos y las reputaciones estén involucrados, los autores pueden reaccionar con ira y agresión. Cuando escribí que la sensual esposa de James Jones, Gloria Mosolino (a ambos los conocí en la isla griega de Skiathos), provenía de “una familia criminal de Pottsville, Pennsylvania”, recibí una furiosa carta del abogado de uno de sus parientes que negaba cualquier relación con la mafia y amenazaba con demandarme. Recordé entonces cómo el ebrio James Joyce, después de meterse en líos con algún tipo rudo en los bares de París, solía llamar a su musculoso compañero de copas y decirle: “trata tú con él, Hemingway, trata tú con él”; así que le dije al abogado que se las arre glara con Frank MacShane, el autor de la biografía de Jones,  y  con  su editorial,  Houghton  Mifflin,  quienes habían dado origen a la potencial difamación.

Un pasaje, en apariencia inofensivo, en mi reseña de la biografía de T. E. Lawrence escrita por John Mack, injusta ganadora de un premio Pulitzer, provocó una tormenta de cartas delirantes y abusivas, escritas entre 1976 y 1977 por Jeremy Wilson. A pesar de que ni siquiera mencioné su nombre, exigía que me retractara públicamente y que me disculpara, insistía en la renuncia del editor, Staige Blackford, y amenazó con demandarnos por difamación. En el Virginia Quarterly Review (de otoño de 1976) escribí: “Mientras escribía mi estudio literario sobre Los siete pilares de la sabiduría,  Arnold  Lawrence [hermano  de  T.  E.]  me  permitió citar el manuscrito de la obra, de 1922, que está en Oxford, pero luego me retiró el permiso para citar otros manuscritos cuando discutí la homosexualidad de Lawrence en mi ensayo ‘Nietzsche y T. E. Lawrence’”, publicado en 1976 por The University of Chicago Press. Aunque los abogados de la Universidad de Virginia hicieron caso omiso de las desequilibradas afirmaciones de Wilson, él siguió despotricando. Yo sabía que Wilson era un fraude. Una vez nos citamos en su antigua universidad en Balliol, Oxford, y cuando llegué un oficial me dijo que él no era egresado de ahí y que nunca lo habían oído mencionar. Yo sabía que era un loco, que no tenía ninguna causa judicial ni dinero para iniciarla y que no podía demandar en los tribunales británicos por una difamación que había ocurrido en los Estados Unidos. Las cartas de Wilson estaban escritas en hojas membretadas de Oxford University Press con la leyenda “Sir John Brown, Editor General”, por lo que no pude resistir la tentación de lanzarle una pulla a ese editor: en marzo de 1977, envié la siguiente carta a sir John: “Como podrá ver en la carta adjunta, al parecer alguien robó su papelería y la está usando para escribir cartas sin pies ni cabeza que desprestigian su nombre y el de la editorial. Si es que puede rastrear al autor, tal vez sea prudente que lo inste a dejar de molestar a los académicos serios.

He visto que la nueva edición de Oxford de la correspondencia de Lawrence dio inició en 1968. Si continúa avanzando al mismo ritmo, supongo que tendré que esperar para reseñarla hasta el final del segundo milenio.” A decir verdad, Wilson nunca pudo terminar su edición de las cartas de Lawrence. Me gusta discutir en persona y por escrito, y si uno escribe reseñas negativas abunda el material para hacerlo. Ya que el crítico casi siempre tiene la última palabra, es una imprudencia del autor quejarse por un texto desfavorable. En la edición de abril de 2007 de The New Criterion, critiqué The Friendship: Wordsworth and Coleridge, de Adam Sisman, porque sólo recurre a fuentes impresas. En una carta de junio de 2009 el autor insistió en que “todas las cartas, manuscritos y cuadernos de los poetas románticos ya han sido publicados” y, como absurda frase de despedida, apuntó que yo no había leído su libro con atención porque estaba demasiado ocupado escribiendo el mío. En respuesta, enlisté trece archivos con material inédito de Wordsworth y Coleridge que Sisman no había consultado.

Dos de mis críticas publicadas en el sobrio Bulletin of Bibliography (marzo de 1987 y de 1989) provocaron represalias más graves que las del molesto abogado
de  Pennsylvania,  el  loco  de  Jeremy  Wilson  y  el  trabajador Adam Sisman. Ninguna de las dos bibliografías estaba completa ni era exacta y preparé numerosas páginas con errores y omisiones. Después de evaluar el volumen de 724 páginas de Philip O’Brien, T. E. Lawrence. A Bibliography, escribí que a pesar de  su  “enorme  logro,  esta  bibliografía  tiene  muchas limitaciones: es descuidada, confusa y está incompleta”. El texto sufría de “pequeños traspiés, errores significativos, debilidades metodológicas y problemas importantes”. Una edición revisada y ampliada por el propio O’Brien, ahora de 894 páginas, era, si es que algo así era posible, aún peor. Para mi sorpresa, en  Papers of the Bibliographical Society of America (marzo de 2002) me enteré de que la primera edición de ese libro, notoriamente defectuosa, había ganado la medalla Besterman a la mejor bibliografía publicada en Gran Bretaña en 1988. Era obvio que los despistados jueces, abrumados por el gran tamaño del libro, no sabían nada de T. E. Lawrence. O’Brien respondió de forma mezquina al comunicar a los académicos que yo ya no me interesaba por Lawrence y no debían invitarme a las conferencias en honor de ese autor. Mi ausencia permitiría a O’Brien pavonearse sobre el escenario. No obstante, para entonces yo ya había dejado la vida académica y no asistía más a ese tipo de reuniones.

Actualmente, como decía Robert Frost, “sólo voy si yo soy el espectáculo”. Randall Jarrell, conocido por la mordacidad de su lengua y de su pluma, escribió que la reseña de libros malos lo había incitado a decir casi cualquier cosa. En mi reseña sobre la bibliografía de Jarrell escrita por Stuart Wright, escribí que “el número de errores tipográficos y de transcripción es sorprendente en una publicación de la Bibliographical Society of the University of Virginia”, y procedí a redactar tres párrafos para señalar esos errores. En lugar de corregir sus faltas, Wright me respondió con una advertencia: “espera la publicación de mi reseña de tu libro sobre Lowell”, Manic Power: Robert Lowell and his Circle en el desafortunado Sewanee Review. Cuando apareció la malintencionada crítica de Wright envié una copia de su carta a mi antiguo adversario George Core, en  donde  le  decía: “Pensé  que,  dada  tu  experiencia como editor, el excesivo vituperio, el tono histérico, el sesgo personal y la bilis de esta reseña te habrían puesto en guardia. Wright me amenazó con vengarse en una crítica de Manic Power, utilizó a Sewanee para sus propósitos y te engañó con sus distorsiones, errores y mentiras. Tengo la esperanza de que, ahora que has leído su carta, lo excluyas de tus páginas y alertes a otros editores de su forma perniciosa de reseñar.” Descontento por haber sido engañado de esta forma, Core no me respondió ni se disculpó por la publicación de la vengativa reseña.

Si uno muestra una reseña antes de que se publique, corre el riesgo de que alguien se robe las ideas. Cuando apenas comenzaba mi carrera, un respetado catedrático robó mi explicación de la extraña amistad entre Orwell y Henry Miller, y la publicó con su nombre. Aunque la forma más rápida de terminar una amistad es la publicación de una crítica negativa, Phillip Knightley, a quien conocí en una cancha de tenis en España, no le dio importancia a mi crítica de su muy exitoso The Secret Lives of Lawrence of Arabia [Las vidas secretas de Lawrence de Arabia].

Despreocupado, se sacudió mis comentarios como si no fueran más que insectos molestos y se convirtió en un amigo cercano y generoso. En una de mis reseñas alabé The Rack [El estante], una novela maravillosa escrita por A. E. Ellis; sin embargo,  cuando  lo  contacté  estaba  furioso  porque yo  no  la  había elogiado  lo  suficiente.  Me  sorprendí al descubrir, durante la más extraña y dolorosa de mis peleas, que podía perder un buen amigo al publicar reseñas positivas de dos de sus libros tanto en Estados Unidos como en Inglaterra. Este distinguido poeta entrado en años me pidió ver la reseña antes de que se publicara y, en contra de mi mejor opinión,  se  la  envié.  Sin  embargo,  en vez  de  quedar satisfecho, como yo esperaba, me pidió que agregara (algo absurdo, pensé) que Eudora Welty había elogiado su trabajo y que alguna editorial universitaria debía editar sus poesía reunida. Yo le contesté, de la forma más amable que me fue posible, que era demasiado tarde para modificar el texto y que, en última instancia, era un error de su parte pedirme algo así y esperar que yo obedeciera. A continuación se enfureció y me gritó “¡Vete a la chingada, hijo de puta, no quiero volverte a ver!” y me colgó el teléfono. A pesar de  que  pronto  se  disculpó  por  su  “expresión  vulgar y autodenigratoria”,  no  se  me  ocurre  cómo  nuestra amistad podría continuar. A pesar de todas las peleas y los problemas, las reseñas producen una gratificación más inmediata que los artículos y los libros. Las reseñas son más cortas, se  escriben  más  rápido  y  se  publican  casi  de  inmediato. Se me ha pedido que escriba varias reseñas sobre arte y literatura en los meses siguientes; me encanta este trabajo y no puedo esperar a que los libros lleguen a mis manos.

Copyright © 2012 by the  Antioch Review, Inc. First appeared in the Antioch Review, Volume 70, No. 1. Reprinted by permission of the editors. Traducción de Dennis Peña.
Jeffrey Meyers, además de reseñas, ha escrito numerosas biografías: Robert Frost, Ernest Hemingway, Edmund Wilson, Scott Fitzgerald, Amedeo Modigliani; han llegado al español Orwell, la conciencia de una generación (Ediciones B, 2002), El genio y la diosa. Arthur Miller y Marilyn Monroe (Babel Books, 2009) y Gary Cooper, el héroe americano (T&B Editores, 2011).

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En la Imprenta Madero
Por Jaime MORENO VILLARREAL

Jaime García Terrés pedía que La Gaceta se rediseñara cada año. En enero de 1987 habló con Vicente Rojo. Aunque don Jaime sabía que Vicente tenía ya el fi rme propósito de dejar el diseño para dedicarse exclusivamente a pintar, esperaba que, aunque éste le diera un no, le sugiriera una opción. Rojo propuso a Germán Montalvo, uno de los jóvenes que se formaron con él en la Imprenta Madero. Germán colocó una enorme g en la portada, en torno a la cual se organizaría la información gráfi ca. Fue con ese nuevo diseño con el que yo comencé a editar La Gaceta, a donde llegué por invitación de Adolfo Castañón y Alejandro Katz.

La Gaceta llevaba por entonces el sello de Imprenta Madero y Magnetipo, empresa asociada que se ocupaba del diseño y la fotocomposición. Con ellos se habían hecho Vuelta y Nexos en algunas de sus etapas, Artes Visuales, la Revista de Bellas Artes y México en el Arte, entre tantas publicaciones. En 1987 salían de sus talleres la Revista de la Universidad y la joven Pauta, así como la diagramación del suplemento La Cultura en México, las tres publicaciones diseñadas por el cordial e ingenioso Bernardo Recamier, quien era, como se decía, parte del inventario de la empresa. En el piso superior del edificio se hallaba todavía la editorial Era. La cantidad de libros, revistas, catálogos y carteles de toda índole que salía de aquella nave de Avena 102 hacía de sus talleres y oficinas, amplios, bien iluminados y abastecidos de mesas de trabajo, un lugar de encuentro entre editores, intelectuales y artistas como no ha habido otro en México.

El diseño editorial se hacía todavía sobre papel, se diagramaba con escuadras, se armaba sobre machotes con tiras tipográficas fotocopiadas, mientras que las correcciones se pegaban sobre los cartones con ayuda de una navaja. No menos de ocho pegadores trabajaban de tiempo completo en los restiradores de Madero. Durante el año que hice La Gaceta, compartí responsabilidades con una diseñadora talentosa, Adriana Esteve, que tenía esa virtud que un editor aprecia tanto: leía los textos. Comenzamos juntos a trabajar para La Gaceta, y pronto ella fue convocada por la gerencia editorial del Fondo para realizar la Iconografía de Alfonso Reyes, trabajo que le mereció en su escritorio una cálida felicitación de Raquel Tibol.
Recuerdo a Tibol yendo y viniendo con pruebas en la mano, a Carlos Monsiváis sentado por la tarde en tête-à-tête con Bernardo Recamier revisando planas, las vigorosas conversaciones de Mario Lavista quien me introdujo por entonces a la música de Conlon Nancarrow, a José Luis Rivas quien aprovechaba los tiempos muertos de la labor editorial para traducir a Saint-John Perse antes de ir juntos a comer camarones al cercano Salón Berlín, a Juan Villoro discutiendo de futbol e imitando a Ángel Fernández, a Juan José Gurrola enfundado en largo abrigo negro y pronunciando un inglés perfecto a la menor provocación, a Pablo Ortiz Monasterio repitiendo con esmero los duotonos de la colección Río de Luz del fce, las lecturas en voz alta que hacía Héctor Orestes Aguilar de las galeras de la Revista de la Universidad, la aureola de perfume Poison que encerraba a Martha Chapa quien producía ahí sus libros de cocina, a la traductora aliada de La Gaceta Selma Ancira hablando muy en alto por teléfono en ruso, y el día en que, mientras revisábamos galeras con Alejandro Katz, nos anunciaron que el gobierno de la república le había otorgado a La Gaceta el Premio Nacional de Periodismo.

Con todo, mi mejor recuerdo de la imprenta es de una total simpleza. Un día sí, otro no, cruzaba Vicente Rojo hacia los talleres de fotomecánica. Ya no hacía, en efecto, trabajo de diseño. Pero cierta vez bajó de Era con sus avíos, desplegó sus papeles sobre la mesa central del mezanine, atrajo una silla y sin apartar la vista comenzó a trazar. Para mí, que estaba casi a su lado, era la oportunidad de observar el trabajo de la cabeza de la escuela de diseño de publicaciones culturales en México. Me conmovió ver cómo tomaba las tijeras y se ponía a recortar.

Jaime Moreno Villarreal el Fondo ha publicado La estrella imbécil (Letras Mexicanas, 1986) y Música para diseñar (Cuadernos de La Gaceta, 1991).
Este texto apareció en el número 405 de La Gaceta, de septiembre de 2004.

Articulo : http://www.elboomeran.com 10/2012