dimanche 28 octobre 2012

John LANCHESTER/¿Dónde está el dinero?


Artículo
¿Dónde está el dinero?
Por John Lanchester

Desde el siglo XX, la novela ha ignorado el dinero como tema. ¿A qué responde este distanciamiento entre un aspecto esencial de nuestras vidas y la literatura?

Además de ser el poeta estadounidense más importante del siglo XX, Wallace Stevens tenía una carrera profesional en la industria de seguros que lo llevó a ser vicepresidente de la Compañía de Accidentes e Indemnizaciones de Hartford. Sabía mucho del mundo de los negocios; por lo tanto, estaba muy calificado para formular su célebre enunciado: “El dinero es una clase de poesía”.

Varias veces le he repetido esa frase a personas que trabajan con dinero y, si bien se trata de una observación difícil de explicar, siempre parecen saber a qué se refería Stevens. El dinero se parece a la poesía porque también en este campo es necesario aprender a comunicarse en un lenguaje comprimido que alberga mucho significado y trascendencia en el menor espacio semántico posible. También es como la poesía porque hay una cierta belleza en su funcionamiento, al menos en su forma matemática abstracta: ausencia de hipocresía, o de redundancia, o de florituras, o de cualquier cosa que no esté ahí por sí misma.

Es preciso anotar que Stevens nunca escribió una sola línea de poesía relacionada con el dinero. Y no fue el único. Sería posible armar todo un canon con los más grandes poetas de la lengua inglesa lleno de hombres con extensas carreras en el mundo de las finanzas y la administración –desde Geoffrey Chaucer (aduanas), pasando por Edmund Spenser (gobierno y administración) y John Milton (ídem), hasta T. S. Eliot (banca y publicidad) y Stevens–, y los miembros de ese panteón apenas rozarían los mundos del trabajo y el dinero. Puede que parezca poco razonable esperar que los poetas escriban sobre cosas prácticas, pero es posible: recuerden que las Geórgicas de Virgilio tenían la ambición explícita de ser una guía para los cultivos y dar cuenta del año pastoral, ambición que retoma Ted Hughes en los poemas de Moortown Diary.

En el canon de la ficción, el vacío es más evidente. Alguna vez Iris Murdoch dijo que las novelas “están llenas de cosas”, incluyendo entre estas “cosas” objetos y lugares, pero también información, eventos, ires y venires. Las “cosas” de las novelas abarcan cada aspecto del mundo y de la vida de las personas; por eso es tan significativo que se hable tan poco del ámbito del dinero en ellas. Tomemos por ejemplo a Jane Austen. Su trabajo es asombrosamente fresco en casi cualquier sentido y su entendimiento psicológico es tan aplicable a estos primeros años del siglo XXI como lo era en los inicios del siglo XIX. Parte de su vigorosa contemporaneidad radica en que nunca se dice mentiras acerca de la importancia del dinero en la vida de sus personajes, especialmente en lo relacionado con sus vidas amorosas. Pero no dice nada sobre el dinero, sobre cómo funciona realmente ese aspecto del mundo.

Si damos un salto al presente la ausencia persiste. Es especialmente notoria en la ficción literaria, la cual parece a menudo rechazar la representación de cualquier tipo de trabajo, más cuando se trata del trabajo financiero. Lo anterior no aplica a la narrativa de género, que ha llevado a cabo varios intentos osados por dramatizar el mundo del dinero, desde la novela de Arthur Hailey de 1975, Traficantes de dinero, hasta los thrillers de Paul Erdman o la reciente The Fear Index, de Robert Harris. Hailey no podría estar menos de moda en estos momentos; sus novelas, que por lo general estudian un ambiente a la vez –aeronaves, hoteles u hospitales–, fueron en algún momento bestsellers, pues le daban al lector dos placeres simultáneos: una trama que satisfacía todos sus deseos y toneladas de información. Traficantes de dinero tenía una escena de pánico bancario de un realismo excepcional; 32 años después todos vimos una de la vida real en el caso de Northern Rock1. Pero este tipo de interacción práctica con el mundo financiero está ausente de la ficción que no pertenece a la narrativa de género, y ello desde el siglo XIX, cuando escritores como Balzac, Dickens y Trollope estaban tan interesados por el mundo del dinero como por todo lo demás.

¿Por qué? La culpa recae parcialmente en una definición de lo literario. Un crítico francés me dijo en una ocasión: “En parte, a los franceses les gustan escritores como Nick Hornby o Jonathan Coe porque escriben sobre cosas que las personas hacen o por las que se interesan en la vida cotidiana, cosas como ropa, música o ir al supermercado. Aquí en Francia la novela no hace eso, piensa en sí misma con mayúsculas, La Novela. Acá la novela seria trata sobre todo de la vida interna de los personajes y los escritores no quieren incluir en ella la vida cotidiana porque la hace menos literaria”.

Esa actitud es fácil de diagnosticar cuando se está lejos de París, pero también tiene cabida en la literatura inglesa. Para mí, el culpable es Henry James, el primer gran escritor en hacer de la novela en nuestra lengua una obra de arte consciente de sí misma, preocupada por sus propios procedimientos formales y dominados por reglas relacionadas con el punto de vista del narrador. T. S. Eliot describió esta actitud con lo que se suponía un cumplido. Según él, James “tenía una mente tan brillante que ninguna idea podía violarla”. No quiero decir que en la tradición anterior a James no hubo artistas más importantes, pero él tenía una idea de qué era y qué no era apropiado dentro del dominio del arte; una idea que Defoe, Dickens, Thackeray, Trollope o George Eliot habrían rechazado. Creía implícitamente que había temas que no eran, no podían ser, Arte. Se trata de una creencia errada, responsable de que, a pesar de la maestría de James como escritor, su influencia en la novela inglesa haya sido ambivalente; creencia que en mi opinión es resumida por una notable ausencia en su gran novela Los embajadores (1903). Uno de los personajes, Chad Newsome, viene de una familia exageradamente rica gracias a la manufactura de, oigan ustedes, “un objeto pequeño, trivial y más bien ridículo del más común uso doméstico”. Esa es toda la información que obtenemos, y ese es el motivo por el cual Tolstói, Dickens, Balzac, Stendhal, Eliot, Melville y Flaubert son, a final de cuentas, mejores escritores que el deliberadamente “artístico” James. Ninguno de ellos nos hubiera negado la emoción de saber exactamente cuál era la fuente de la fortuna de la familia Newsome. (Según las apuestas, se trataba de algo relacionado con inodoros.) En cambio, los escritores que viven bajo la sombra de James están siempre en riesgo de dejar por fuera pedazos del mundo que deberían incluir en sus textos.

Otra razón por la cual el dinero está ausente de la ficción tiene que ver con la velocidad del cambio. La novela no tiene que ser consciente de sí misma, ni ser seria y artística en sus preocupaciones, pero sí tiene que ser humana. Los ritmos de la vida, el pensamiento y los sentimientos son como son, y yo diría que, si se miran a profundidad, no han cambiado mucho. Los ritmos del dinero son diferentes, sus detalles prácticos cambian a una velocidad extraordinaria, tanto, que una novela acerca de las tendencias financieras de este año podría resultar anticuada cuando vea la luz dentro de dos. Este riesgo se puede ilustrar con un libro que amo, una de mis novelas contemporáneas favoritas:Brightness Falls, de Jay McInerney (1993). La novela transcurre en el mundo editorial de Nueva York de finales de los ochenta. Russell Calloway, un editor cuya carrera está estancada, entra en la moda financiera y decide comprar el viejo y distinguido sello editorial para el que trabaja. El tono tiene un hermoso balance entre lo claro y lo oscuro, hasta la caída de la bolsa en octubre de 1987: la oferta de adquisición sale mal y Russell pierde su trabajo, y quizá su matrimonio. La novela termina con una cadencia depresiva que hace eco a su hermoso título y da una sensación general de decadencia y melancolía, de que se acabó la función. Pero este sentimiento resultó ser un desatino: la crisis de 1987 no fue más que un reductor de velocidad en el camino, la onda financiera volvió más estruendosa y se prolongó más que nunca. Brightness Falls es entonces el resumen perfecto de algo que al final no era más que una atmósfera breve y momentánea; su tono principal y su punto de vista fueron invalidados en buena medida por lo que pasó a continuación. Al intentar condensar un momento en el mundo del dinero, la novela salió mal –ese siempre es un riesgo–.

La última razón por la cual la literatura es precavida frente a lo financiero es la complejidad. Y no se trata de un problema exclusivo del dinero; también concierne a otras áreas profesionales modernas como el derecho o la medicina. Estos dos últimos campos aparecen con frecuencia en televisión, es más, son el producto principal del medio. Sin embargo, todavía no he encontrado un profesional de ninguna de las dos carreras que se sienta satisfecho con alguna representación televisiva de su trabajo. Para llevar estos mundos al drama, todo debe simplificarse al extremo de la caricatura. Si quisiéramos mostrar toda su complejidad en una historia, sería preciso explicar asuntos muy complicados y darle a esta explicación todo el tiempo y el espacio que necesite. Pero en la ficción no se pueden explicar estas cosas, no de esa forma y no con la extensión suficiente. En la ciencia ficción, este tipo de relleno es llamado “cuénteme, profesor”. Un personaje dirá esas palabras como pie para una larga explicación sobre cómo el hiperpropulsor de curvatura no permitirá al héroe viajar a través del flujo continuo del remolino, o lo que sea que la trama le exige hacer. Pero las explicaciones rompen la ficción. Están bien en pequeñas dosis, como una porción de raciocinio antes del plato fuerte del drama, pero cualquier cosa más larga y el lector se despertará horas después al escuchar el familiar sonido metálico del lechero en la puerta de la casa.

Experimenté lo anterior profundamente cuando, a finales de 2005, me propuse escribir una novela sobre el Londres contemporáneo, cuya historia giraba alrededor de la idea de una crisis próxima. Sabía que me tomaría algunos años escribir el libro, y estaba seguro de que, para cuando terminara, habría ocurrido una crisis. Sin embargo, suponía que se trataría de un asunto inmobiliario sin mayores repercusiones, del tipo que los británicos de mi edad habían vivido antes al menos una vez en su vida. Al mismo tiempo, tenía y no tenía razón. Cuando llegó la crisis mientras escribía mi novela, resultó que era algo distinto, algo mucho más alarmante y sistémico; así que cuando terminé el borrador del libro a principios de 2009, lo dejé de lado por algunos meses para escribir un relato de no ficción sobre la crisis, ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar (2010). Mis motivos principales para hacerlo fueron, primero, que era extraordinariamente interesante, y segundo, que me ahorraría explicar todo en mi novela. Podía dar cuenta de los detalles específicos de mi investigación en el reportaje, y concentrar mi novela en las verdades humanas que no necesitan explicación. La avaricia, el miedo y la ignorancia son cosas que todos entendemos. En la ficción, podía escribir acerca de ellos sin tener que poner a los personajes a decir: “Recuérdame, Daphne, ¿qué es exactamente la permuta de incumplimiento crediticio?”.

Eso puede significar que es poco probable la existencia de muchas novelas que describan en detalle el mundo moderno de las finanzas, así como es poco probable que haya muchas acerca de los detalles específicos de cualquier otro mundo laboral: son demasiado complejos y especializados. Es una realidad que tiene algo de triste, pero al menos significa que los novelistas saben en qué deben concentrarse: en las verdades que permanecen ciertas acerca de los seres humanos. Volvemos entonces a la poesía y a Ezra Pound, quien dijo: “La literatura es una noticia que sigue siendo noticia”.

1. Northern Rock es conocido como el primer banco británico en haber sido víctima del pánico bancario en 150 años, tras haber tenido que pedir un préstamo al Banco de Inglaterra durante la crisis crediticia de 2007. (N. de la T.)

Articulo : http://www.elmalpensante.com 05/2012