dimanche 28 octobre 2012

Kenneth KOCH/ Cuatro poemas


Poesía
Cuatro poemas
Por Kenneth Koch

A pesar de su ingenio y sentido del humor, la obra de Kenneth Koch prácticamente no ha sido traducida al castellano. Rescatamos cuatro poemas breves publicados en Thank You and Other Poems en 1962.

Conocemos bastante bien la obra de John Ashbery o de Frank O’Hara, pero no así la de otros dos grandes poetas de la llamada Escuela de Nueva York: James Schuyler y Kenneth Koch (1925-2002). De Koch, en concreto, creo que no hay nada traducido al castellano, al menos en España, y es una lástima, porque su sentido del humor es aún más lúdico y disolvente que el de O’Hara. En parte, esta ausencia se debe a que el fuerte de Koch eran los poemas extensos, largas series como “Fresh Air”, “The Pleasures of Peace” o “The Art of Poetry”, en los que desplegó con generosa abundancia su inventiva verbal y su iconoclasia, esa forma que tenía de burlarse (a veces de manera violenta o acre) de la poesía y los poetas que se tomaban demasiado en serio. Su particular Leviatán fue siempre el ambiente poético al que hubo de enfrentarse en los años cincuenta, escritores como Richard Wilbur, John Berryman o el primer Lowell, educados en la estela de Eliot, adeptos a envolver el poema en infinitas capas de ambigüedad y a cifrarlo todo en forma de símbolo. Como afirma en “Fresh Air”: “¡Me ponéis enfermo con toda vuestra palabrería sobre la contención y el talento maduro! / ¿No habéis mirado nunca por la ventana un cuadro de Matisse, / o es que habéis estado siempre en hoteles donde había demasiadas arañas arrastrándose por vuestros rostros? / ... / Ah, quién tuviera diecisiete años / de nuevo ... y no supiera aún que la poesía / está sometida al cetro de los mudos, los sordos y los repulsivos”. Los grandes molinos que Koch atacó una y otra vez fueron la solemnidad y la pedantería, la creación poética convertida en “carrera literaria”, el énfasis en la dificultad y la maestría técnica como fines que justificaban toda escritura. Lo peor, a su juicio, es que un poema fuera aburrido, o anodino, o que desprendiera un tufo de experimento de laboratorio solo válido para engrosar currículos universitarios. Lo dice bien a las claras en el poema ya citado: “Dónde están los poetas jóvenes en América, están temblando en las editoriales y las universidades, / sobre todo tiemblan en las universidades, bañan los peldaños de la biblioteca con su saliva, / gargarizan poemas inocuos (¿a quién?) sobre arces y sus propios hijos, / a veces lidian con un tema como Villa d’Este o un faro en Rhode Island, / ¡ah qué gusanos son! Desean perfeccionar su forma. / Sin embargo ¿no podrían estos jóvenes, puestos en otra profesión, / triunfar admirablemente, digamos gobernando un barco? No lo dudo, Señor, y ojalá pudiéramos ponerlos a prueba...”. La diatriba se prolonga cinco páginas más y funciona más que “admirablemente”, como diría el poeta. (Me pregunto, por cierto, si no sería posible “traducirla” o “trasladarla” al ámbito hispanohablante, cambiando aquellas referencias por otras más cercanas o comprensibles; practicar una reescritura cultural, por así decirlo, que nos ayudara a poner en solfa a nuestros particulares popes y maestros.) 

Sin embargo, Koch empezó bajo la influencia (que siempre reconoció gustosamente, aunque alguna vez la calificara de “torva”) de Yeats y también de Wallace Stevens, a quienes estudió en Harvard bajo el magisterio de Delmore Schwartz. Más tarde inició estudios de doctorado en la Universidad de Columbia, donde pasaría cuatro décadas como profesor de literatura y escritura creativa. Allí tuvo como alumnos a poetas tan destacados como Ron Padgett, David Shapiro o David Lehman. Al parecer, sus clases eran memorables: tenía por costumbre subirse a los pupitres para declamar a Whitman (espero que con mayor fortuna que el personaje de Robin Williams en esa película tan cursi llamada La sociedad de los poetas muertos) y también cantar trozos de óperas italianas para ilustrar sus ideas. Escribió no solo muchos libros de poemas sino también teatro, libretos para óperas contemporáneas y algún que otro manual (a falta de mejor nombre) de escritura creativa. Murió en 2002 en Nueva York, de leucemia, no sin antes haber sido elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras (en 1996). 

He escogido cuatro poemas breves tomados de su primer gran libro, Thank You and Other Poems, aparecido en 1962. Antes había publicado un par de cuadernos, pero fue gracias a Gracias…, valga la redundancia, como se dio a conocer a los lectores. Hoy día sigue siendo uno de sus libros más apreciados por su energía, imaginación y sentido del humor, tan visible en su parodia de Wiliam Carlos Williams o en el sutil lirismo de “Para ti” (con un guiño simpático a Wallace Stevens...). La comicidad, en Koch, no excluye la emoción: como en Ashbery o incluso en Schuyler, se adivina una tenue nostalgia por esa América tempranamente pop de los años treinta y cuarenta que fue el paisaje de fondo de su infancia. En “Variaciones sobre un tema de William Carlos Williams”, Koch opta por la hipérbole, sacando de quicio el original de Williams y potenciando su secreta dosis de absurdo. Estoy seguro de que el propio Williams disfrutaría con este homenaje, que vio la luz un año antes de su muerte. Por lo demás, pocos poemas de amor pueden enorgullecerse de un final como el de “Para ti”, capaz de dar vida a los viejos tropos del sol y el amanecer con un remate sentencioso y abierto como el mejor de los aforismos. (Por cierto, ¿soy yo, o en ese verso “de Hartford a Miami” se esconde un guiño a Wallace Stevens, el agente de seguros de Hartford que solía veranear sin falta en Florida?)

Para ti

Te quiero como un sheriff busca la nuez 
que resolverá un caso de asesinato que lleva años sin resolverse 
porque el asesino la dejó en la nieve junto a una ventana 
por la cual vio su cabeza, conectada por 
un cuello a sus hombros, cubriendo su corazón 
con un tejado rojo. Por esto vivimos mil años; 
por esto amamos, y vivimos porque amamos, no estamos 
dentro de una botella, ¡gracias a dios! Te quiero como un 
niño busca una cabra; estoy más loco que los faldones de una camisa 
al viento, cuando estás cerca, un viento que sopla desde 
el gran mar azul, tan brillante, tan profundo y tan distinto de nosotros;
me parece que siempre estoy cruzando en bicicleta un África de campos 
verdes y blancos para estar cerca de ti, incluso en mi corazón 
cuando estoy despierto, que va a nado, y creo también que eres 
tan digna de confianza como la acera que me lleva hasta 
el lugar donde vuelvo a pensar en ti, ¡nueva 
armonía de pensamientos! Te quiero como la luz del sol gobierna la proa 
de un barco que navega 
de Hartford a Miami, y te quiero 
más y mejor al amanecer, cuando incluso antes de despertarme el sol 
me recibe en las preguntas que tú siempre planteas.

Permanente

Un día los Nombres estaban apiñados en la calle. 
Un Adjetivo pasó a su lado con su oscura belleza. 
Los Nombres quedaron impresionados, conmovidos, transfigurados.

Al día siguiente un Verbo llegó en coche y creó la Frase.

Cada Frase dice una cosa, por ejemplo: “Aunque era un oscuro y lluvioso día cuando el Adjetivo pasó a mi lado, recordaré la dulce y pura expresión de su rostro hasta el día mismo en que perezca y deje esta verde tierra eficiente”. 
O: “Andrés, ¿harías el favor de cerrar la ventana?”. 
O, por ejemplo: “Gracias, el tiesto rosa del alféizar ha cambiado de color hace poco y ahora es amarillo pálido debido al calor de la fábrica de calderas que está cerca de aquí”.
En primavera las Frases y los Nombres estaban tendidos en silencio sobre la hierba.
Una Conjunción iba de un lado a otro gritando a solas “¡Y! ¡Pero!”, pero el Adjetivo no aparecía.
Como el adjetivo se pierde en la frase 
así me pierdo yo en tus ojos, oídos, nariz y garganta... 
me has hechizado con un solo beso 
que solo podrá deshacerse 
con la destrucción del lenguaje.

Tú llevabas puesta

Tú llevabas puesta tu blusa de algodón estampada de Edgar Allan Poe. 
En cada recuadro de la blusa había un retrato de Edgar Allan Poe. 
Tenías el pelo rubio y eras muy linda. Me preguntaste: “¿Es que la mayoría de los chicos piensa que las chicas son malas?”. 
Sentí el olor a moho de hotel de playa de tu pelo, recogido con una horquilla estilo John Greenleaf Whittier. 
“No –dije–, son las chicas las que piensan que los chicos son malos”. Entonces leímos Snow-Bound juntos y corrimos por el ático hasta raspar un poco del esmalte azul de mis zapatos George Washington, Padre de Su Patria. 
Madre daba vueltas por el salón, arreglándose el pelo con su peine Valses de Strauss.
Esperamos un rato y luego nos reunimos con ella, pero solo para que nos sirvieran té en tazas decoradas con retratos de Herman Melville
y también con ilustraciones de su libro Moby Dick y de su novela corta Benito Cereno.
Padre entró con su corbata estilo Dick Tracy: “¿Os apetece una copa?”.
Yo dije: “Vayamos fuera un rato”. Salimos al porche y nos sentamos en el columpio con forma de Abraham Lincoln. 
Tú te sentaste en la parte de los ojos, la boca y la barba, y yo me senté en las rodillas.
En el jardín del otro lado de la calle vimos un muñeco de nieve con una tapa de cubo de basura que habían abollado hasta parecerse al loco rey inglés Jorge III.

Variaciones sobre un tema de William Carlos Williams

1 

Talé la casa en la que habías planeado vivir el verano que viene. 
Lo siento, pero era por la mañana, no tenía nada que hacer 
y sus vigas de madera eran tan tentadoras.

Los dos nos reímos al ver las malvarrosas 
y entonces las rocié con lejía. 
Discúlpame. Ya ni sé lo que hago.

3 
Regalé el dinero con el que pensabas vivir los próximos diez años. 
El tipo que me lo pidió iba vestido de cualquier manera 
y el sólido viento de marzo en el porche era tan jugoso y frío.

Ayer por la noche salimos a bailar y te rompí la pierna. 
Perdóname. Estuve muy torpe, y 
te quería aquí en la clínica, ¡donde soy el médico!

Articulo : http://www.elmalpensante.com 05/2012

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